martes, 15 de abril de 2014

Celebración del erotismo satírico



Enrique Arias Valencia


Estoy en la Casa del Lago del bosque de Chapultepec, aguardando a que dé comienzo el recital de voz y piano que rescata algunas canciones del teatro de revista de principios del siglo pasado. El teatro de revista es un género satírico en el que las palabras tienen doble sentido, ingenioso y de buen humor. También se le conoció como café concierto.


Una anciana derriba la cuarta pared del escenario cuando me pide que cargue su maleta hasta un lado del piano. Y es así que la viejecita canta “El trancazo” de R. García Arellano. Y entonces, es el milagro, pues tras descubrirse el velo, la mezzosoprano Estrella Ramírez se alza garbosa. Interpreta su canción de cabaret, y de pronto, se sienta en mis piernas, y me canta al oído lo que para mí suena como una canción nueva: “Coqueta”, de F. Ruiz. Les juro que esto bastó para que yo decidiera faltar a mi sesión de Reiki, pues una jocosa copla vale más que mil terapias.


Para cantar “El teléfono sin hilos” de Chin Chun Chan, Conflicto chino en un acto y tres cuadros, una zarzuela de Luis G. Jordá, La mezzosoprano me pide prestado mi móvil. Lo toma en sus manos, y al encender la pantalla, descubre una estrella. Es así como Estrella celebra su nombre. Luis G. Jordá (1869-1951) no sólo fue un compositor festivo, también escribió música para órgano, y hasta ganó el premio para la música del primer centenario de la Independencia de México, a cuyo estreno asistí el año pasado.


“La mujer tabla”, a pesar de ser una canción muy vieja, trata un tema siempre nuevo y preocupante. ¿Quién sería el inhábil imprudente que convenció a las jovencitas de que la anorexia es sexy? La letra de esta pieza de domino público hace escarnio de esa idea.


“Los amoríos de Ana” cuenta las peripecias eróticas de una chica casquivana que recibe en su casa a todos los hombres del barrio. Al final, Anita intenta salvar su alma:



Anita que es piadosa fue a ver al confesor y encendida y ruborosa sus pecados le contó. “Acúsome, le dijo, que en un curso, no más, desfiló por mi ventana toda la Universidad”. Y ciego de furor rugía el confesor: “Ana, te vas a condenar, Ana, no tienes salvación, Ana, de buena gana negárate la absolución”. Ana, gemía: “¡Ay! yo pequé pero culpa mía no fue Padre, pues mi ventana tan baja está, pase usted y lo verá”.


Fue muy gratificante que Estrella nos enseñara a corear “Ana” cada vez que el nombre de la protagonista era mencionado en la canción. “Los amoríos de Ana” se canta regularmente entre las tunas mexicanas. Juan Martínez Abades (1862-1920) el compositor de tan chispeante pieza fue también un esmerado pintor, siempre gustoso de capturar en su lienzo los hechizos de las mares. Afuera, son las ondas del lago mayor. Las paletas que se hunden en el agua, el chapoteo de los patos, el efluvio de las fuentes. Dentro, son las labores del arte. Nada hay más lejos del la costumbre austera que las canciones de revista. La costumbre es una estructura austera, mecánica, repetitiva, equidistante. La revista libera al arte de la forma: sólo es el esplendor del color.


Juan José Cadenas es el autor de “La llave”, una pieza que juega con la idea de la enorme llave que cuelga y aquello que cuelga como símbolo de virilidad. En esta tanda, la cantante finge seducir a un ancianito. Sobre este asunto del doble sentido, dice Emilio Jiménez Díaz en su blog Desde Mi Torre Cobalto:



“El picante era la salsa exquisita del cuplé y nadie se asustaba antes ni nadie se va a asustar ahora de aquellas letras de doble intencionalidad tan substanciosas para la risa y para alegrar inocentemente las pajarillas a los viejos verdes. Quién se iba a molestar por aquella letrilla que decía: Tengo dos lunares,/ tengo dos lunares:/ el uno junto a la boca/ y el otro donde tú sabes”.


Volviendo al recital, Estrella Ramírez nos regaló el famoso chotís “La Lola ”, de J. M. Román (1892-1968) y Francisco Alonso (1887-1948).



Un mantón me'he compra'o con algún dinero que tenía ahorra'o y en él lo he gasta'o. El mantón alfombra'o que a una cigarrera va que ni pinta'o y eso está proba'o. El mantón alfombra'o sabe Dios las cosas que me habrá tapa'o y aún me ha de tapar. Y en mi barrio ¡ay de mí! todas las cotillas suelen murmurar y cantar así. La Lola dicen que no duerme sola porque han visto un mozalbete que la ronda por las noches y no ven donde se mete. La Lola, en las batas gasta cola y camisas de farola de las de tira bordá las camisas de la Lola quien no las conocerá.


Tras “Los amoríos de Ana”, para corear “La Lola” estábamos ya bien puestos. La mezzosoprano sacó a lucir su mantón de Manila.


Por cierto que para la interpretación de “La llave” de Juan José Cadenas, Estrella Ramírez pide al público que mueva las manos cono si estuviese lavando cristales, en el estilo del chotís de los años veinte.


Para cerrar la primera parte, la mezzosoprano interpretó de Pascual Marquina “Amor y olvido”. Una canción cuya seriedad nos permite disfrutar de la voz de Estrella desde otro punto de vista, el dramático.


Tras el intermedio, es el turno de “Las tardes del Ritz”, de Álvaro Retana (1890-1970)) y Genaro Monreal (1894-1974). La longevidad de sus autores es una muestra de que la alegría es sana para el corazón.


Manuel Font de Anta (1899-1936) es el autor de “Inés la pantalonera ”, pieza que juega con la idea de cómo se vería mejor la chica en cuestión: con o sin prenda.



Juan Antonio Palacios compuso la “Rumba de los monaguillos ”, una pieza que condensa el cielo tropical en las notas sincopadas que se dicen con la voz.


A. L. López: “El martilleo”. De nuevo, el efecto del ritmo es importante en esta música de principios del siglo pasado.


Una pieza más de Juan José Cadenas: “El ojo de cristal”. La letra explora una idea que más tarde estudiará la psicología académica: la asociación entre el ojo y el final del intestino. Algo, que de cualquier modo, ya era tratado por el pueblo desde hace mucho, mucho tiempo.


Para terminar. Estrella Ramírez cantó “La chula tanguista ”, con letra de Ernesto Tecglen y música de Juan Rica, la cual comienza diciendo:



¿No habéis observado lo que pasa hoy de noche en los soupers? Van cuatro pollitos que no valen ná, la gracia está en los pies.


Tras los aplausos, Estrella Ramírez nos compartió su pesar: recién había muerto su maestro Enrique Jaso, y quiso invitarnos a la misa. Y es entonces cuando se revela el alma de la artista en todo su esplendor, pues agradeció a su finado maestro de música la manera en que la inició en el arte. Al hablar del buen corazón del maestro Jaso, Estrella Ramírez reflejó su propio corazón en el público que la homenajeó con un largo y sonoro aplauso, una aclamación que alcanzó a Jaso, pues su alumna y los pianistas le debían mucho a un hombre que siempre estuvo dispuesto a compartir con todo aquel que lo buscaba.


***


Casa del Lago Juan José Arreola


Presenta


Recital de voz y piano


Estrella Ramírez, mezzosoprano.


Víctor Manuel Hernández, piano.


Sábado 12 de febrero de 2011/ Salón José Emilio Pacheco / 12:00 horas


Con la colaboración de: Escuela Nacional de Música de la UNAM


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Los amoríos de Ana en YouTube


La llave, íbidem


El Blog Desde Mi Torre Cobalto, de Emilio Jiménez Díaz

viernes, 1 de marzo de 2013

Apogeo del miedo, de Richard Garriott


Como esteta que soy quiero aplaudir el audaz ingenio de Richard Garriott, quien ideó el primer filme de ciencia ficción ¡en el espacio exterior! Realmente asombroso. El simpático millonario introdujo una cámara polizón en su viaje de 2008. No olvidemos que Richard fue el sexto turista espacial de la historia. Los burócratas de la NASA quisieron censurar su peli con un argumento absurdo: que tal producción “estaba fuera del acuerdo” con Richard Garriott, quien “había usado como actores a empleados de la NASA” y que la peli exhibe “hardware y máquinas exclusivos de la NASA”. ¡Sopas cuerotes interestelares! No cabe de duda de que los grandotes siempre querrán aguarnos la fiesta. Incluso, la cinta ya fue presentada hace un año en la convención de cómics Dragon*Con y fue grabada clandestinamente por un pillastre. Gracias a este último, quien la subió a YouTube, aquí está. La trama: dos astronautas americanos y un cosmonauta ruso advierten que el consumo de oxígeno de la Estación Espacial Internacional aumenta desmesuradamente. Horrorizados descubren que la causa es la presencia de un extraterrestre en la ISS. La obra está llena de humor y no les cuento más para que la puedan disfrutar solos.

martes, 1 de enero de 2013

La nada calumniada

Enrique Arias Valencia


La primera vez que la nada fue calumniada fue cuando la Iglesia Católica incluyó en sus enseñanzas aquello de que Dios había hecho el mundo sacándolo de la nada. Desde entonces la ciencia, sí, pero sobre todo la filosofía, no ha dejado de señalar que tal cosa es un disparate.

Es curioso que ahora que la Iglesia se encuentra en un declive inexorable, sea la ciencia la que trate de tomar la estafeta del absurdo, y con la teoría del Big Bang, continuar con la pretensión de ofuscar las mentes con un cuento tan viejo como el mundo, pero que no a fuer de repetirse, ha terminado por ser verdad. Goebels se equivocaba: una mentira repetida mil veces no termina por ser verdad, aunque esté muy bien contada. Por lo tanto, aún sigue siendo verdadero, le pese a quien le pese, lo dicho por Lucrecio: “De la nada, nada”. Y el Big Bang es tan sólo una metáfora de un misterio que quizá carezca de sentido: el mundo no comenzó nunca, es el mito de origen sostener que alguna vez hubo un principio prestigioso.

Sin embargo, en parte creo saber porqué la ciencia nos habla tanto de la nada, pues ésta ejerce una fascinación que va más allá del concepto que engalana. Mi fascinación por la nada no procede de la ciencia, sino de mi anhelo de dejar de ser algún día. Para los cientificistas, un óvolo fecundado no es un ser humano, pues carece de sistema nervioso. Para los creyentes, un óvulo fecundado es un alma con un cuerpo. Desde mi punto de vista, un óvulo fecundado es demasiado, pues es una promesa en un mundo miserable que quizá no pueda satisfacer dicha promesa. La verdad es que envidio a mis hijos: ellos no deberán morir para no ser, ser nada. Ellos, al no haber sido concebidos nunca, son hermanos de leche de la nada. Están ahí, en ese lugar que supera al limbo en paz: “la sagrada paz de la nada”, como la llamó Schopenhauer.

Sabido es para quienes siguen este blog que no suelo simpatizar con los argumentos de Richard Dawkins, quien por cierto, y como la mayoría de los científicos, admite la teoría del Big Bang. Sin embrago, cuando en “¿Es la ciencia una religión?” su pluma toca el tema del destino de la vida humana individual, llega a conmoverme hasta la simpatía su reflexión, pues entonces, el célebre etólogo sostiene:



“Moviéndonos a la escatología, sabemos por la segunda ley de la termodinámica que toda complejidad, toda vida, toda risa, toda pena, está condenada al final a la fría nada. Ellos, y nosotros, no somos sino rizos temporales del resbalón universal hacia los abismos de la uniformidad”.



Suena tan bello lo que dice, que quizá no sea verdad. ¿Y a la nada, nada? ¿Qué sucederá cuando me muera? Si la nada siguiese a la muerte, sería algo: la nada sería el estado que le sigue a la muerte. Pero la nada no es nada, y por lo tanto, no sigue a la muerte.


Pero si la nada no sigue a la muerte, ¿fue o no fue un necio quien dijo una noche de negra quietud “¡No hay Dios!”?

No sé si el resto sea silencio…

miércoles, 1 de agosto de 2012

Un poco de art decó

Hace varias décadas Javier Solís cantó “¿A qué negar?” de Agustín Lara. Hoy Tatiana canta esta misma pieza, con algunas variaciones, comenzando la pregunta así: “¿Por qué negar?”




¿Por qué antes con una orquesta art decó y hoy con una persistente batería y un acompañamiento electrónico? Porque lo que se busca está más allá de la razón, sin derrocarla. Lo que se busca es querer mirar y desear mirar más allá de lo que se mira: admirar lo absoluto en una in-determinación particular, como si el amor fuese necesario a pesar de las palabra pronunciadas: los ángeles me asisten en una experiencia cuya finalidad no se muestra a los sentidos sino en la inmortalidad de una melodía sin fin.

domingo, 15 de julio de 2012

Truenos y relámpagos

Enrique Arias Valencia

¿Quién soy?

¿Quién soy? Yo soy una cosa que siente. Puedo advertir que si mis sentimientos perciben un objeto sin concepto, entonces tiene la cualidad de bello. Si mis sentimientos se vuelcan hacia el absoluto, luego es bello según la cantidad: universal. Si el objeto es percibido como si persiguiese una finalidad sin fin, luego, según la relación es bello. Si el objeto es percibido como necesario, luego es bello según la modalidad.

No hay ninguna razón para que a una nota cualquiera, digamos Sol bemol, le siga alguna otra nota, por lo que le puede seguir cualquier otra nota, digamos Mi. Y el método lo podemos repetir ad nauseam. Y sin embargo, nadie compone haciendo surgir las notas sin ninguna razón, salvo aquellos que intentaron la música aleatoria. Luego, hay una razón para componer; pero, ¿cuál es?

El problema se agudiza si nos damos cuenta de que Kant tiene razón cuando dice que la belleza está libre de todo concepto, porque entonces las razones para componer una melodía permanecerán ocultas por su propia condición estética.

¿De dónde vengo?

Es así que tenemos una bella melodía que surge de la mente soberana de un compositor, hija legítima de la facultad de crear, y sin embargo, heredera de todas las melodías que la precedieron y madre de todas las melodías que le sucederán.

El alma humana es melodía inmortal, sin fecha de nacimiento, pues no sabemos de dónde viene. Su carácter puede ser dado por un compositor en específico, pero tal melodía puede ser tomada por otro compositor, algunos siglos más tarde, para dotarla de un carácter nuevo. Incluso, compositores contemporáneos pueden tomar la misma marcha, para dotarla de su sello personal: Rakoczi-Marsch en manos de Liszt o de Berlioz.




No sólo las melodías, sino los sonidos de la naturaleza son fuente inmortal de inspiración. Para poner un ejemplo sellado por la alegría de la bella época: Los truenos y relámpagos Op.324 de Johann Strauss II tienen por ahí una hermana moderna, no en la melodía, sí en la inspiración atmosférica, así en “Me voy a enamorar” escuchamos a Tatiana cantar en los ochentas:

Bailo, contigo muy despacio
bailo, y tu besándome
truenos, relámpagos y rayos.
Ardo, por Dios ayúdame.

No deja de ser curioso que la melodía de Strauss sea un allegro chispeante, heredero de los rayos de tormenta; en tanto que con una encantadora melodía de la cuerda baja Tatiana pide ayuda ingenuamente, mencionando al Dios de las brechas, aquel que nosotros, los espíritus graves, sostenemos que sólo existe como personaje estético. Y la chica busca sobrevivir a un juego del que ella es cómplice: perdiendo gana, ganando pierde.

Y resulta curiosísimo que Strauss compuso una animadísima pieza en la que los truenos y relámpagos tienen un protagonismo ininterrumpido y persistente ambientado por bronces, timbales y platillazos, con sorpresivas disonancias; en tanto que Tatiana suena más dulce, respetuosa de la tonalidad, dulzura que persiste aún con la batería y el forte hacia el que evoluciona la voz, por lo que cabría preguntarse cuál de las dos piezas es más dionisiaca: bárbaro Strauss, bellísima Tatiana.

Repasemos breve e idealmente el diapasón de la música popular. Thalía es soprano. Tatiana es mezzosoprano. Luis Miguel es tenor. Alberto Vázquez es barítono. La soprano abarca del do4 hasta un do6. Idealmente, la tesitura de bajo va desde un mi2 hasta un hasta el fa4. Conforme las notas musicales se hacen más graves, las vibraciones individuales que las componen se vuelven cada vez más apreciables. Si en un piano tocamos la tecla que se encuentra en el extremo izquierdo del teclado, podremos advertir unas veloces pulsaciones simultáneas a la identificación de su tono. Esta nota musical es tan grave que dudamos entre percibirla como una nota unitaria y escucharla, o más bien sentirla, como un impetuoso curso de oscilaciones individuales. La nota grave fluctúa entre la singularidad y la pluralidad, entre su carácter audible y su carácter tangible. Hay pianos especiales con veinte teclas más bajas. Si pudiéramos ir más abajo aún, de pronto empezaríamos a sentir las notas supergraves más como estremecimientos en la piel y los huesos, y no como música. Dos notas vecinas sonarían no como tonos distintos sino como el retumbar de un trueno. Muchos componentes actuales nos permiten advertir esto, y las fiestas lejanas parecen una tormenta. De nuevo, los truenos y relámpagos acompañan esta reflexión sobre música.

¿A dónde voy?

Tras la tormenta, ¿qué misteriosa fibra del corazón ha sabido tañer Tatiana? Aquella que a ella la hace verdadera artista y a mí me hace verdadero esteta. Apreciar el carácter particular que la época hace a cada obra musical nos revela el espíritu de dicha época. ¿Qué significa ser un artista romántico? Un artista romántico es aquel que nos eleva de la naturaleza inmediata al carácter moral. Así, Schiller, en la Tercera Carta sobre la educación estética del hombre, nos asegura que el ser humano “elimina por medio de la moralidad y enaltece mediante la belleza el aspecto vulgar que la necesidad física confiere al amor sexual”. Con muchas aventuras de por medio, este ideal artístico llegó a la época en que Tatiana grabó su primer disco. En “A plena luz”, Tatiana nos entrega su interpretación más hermosa, en la que se sintetizan con maestría las ideas que cantó por primera vez. La pieza forma parte del álbum Tatiana (1984). En esta canción, las cosas se dicen de una forma discreta, con el decir sin decir propio del arte romántico. La melodía es reposada, aunque se hace intensa a medida que pasa el tiempo. A amar, tan sólo con la vista, con toda la magia de la expectativa, es a lo que nos invita Tatiana con esta pieza en la que se reúnen todas las fuerzas del amor discreto.

Ámame....
con la mirada,
no hace falta que me toques
o me beses...
Es mejor una sonrisa,
que todo un universo de caricias.

Más tarde, en el álbum Chicas de Hoy (1986), en “Cuando estemos juntos” y “Detente” Tatiana le pedirá a su novio que pensara muy bien antes de tener relaciones sexuales. La música de ambas canciones es muy movida y ligera. Tatiana reunió así el carácter moral al artístico, con el tema de la paternidad responsable. Con este esfuerzo, a sus fans nos regaló una canción que deleita y alegra el corazón: “A plena luz”. ¿Qué significa ser fan? Para el esteta, todo es poesía. Por lo tanto, soy fan de Tatiana porque ella me revela el aspecto poético del amor romántico. Tatiana despliega la esperanza y nos conduce al amor platónico. Un amor que, en el caso de quien esto escribe, es totalmente platónico, pues se trata del amor ideal de una adolescencia no vivida.

domingo, 1 de julio de 2012

El discreto encanto de la popular Tatiana

Enrique Arias Valencia


El viernes, 4 de enero de 2008, a las 11:07 recibí un correo de la hermosa Lísida, que decía: “Mi querido hermano Enrique, quiero que me enseñes a cantar”. Y aunque si bien es cierto que la música es uno de mis grandes amores, yo no tengo estudios formales de la más perfecta de las artes. Pero, ¿cómo podía decirle que no a Lísida? Por lo tanto, le contesté que sí. Le hice una pequeña prueba, y ella añadió que alguna vez le habían determinado que su voz era semejante a la de Tatiana, y que además, era ideal como voz acompañante. ¿Quién era aquella Tatiana a la que se refería Lísida?





Tatiana Palacios Chapa nació en Filadelfia, Estados Unidos, de padres mexicanos. Es así que tiene doble nacionalidad. Si bien hoy dedica su carrera al público infantil, hacia 1984 debutó como cantante protagónica de la ópera Rock Kumán. También se lanzó como solista ese mismo año con un disco que sólo llevaba el nombre de la novel artista. Una canción de dicho álbum saltó a la fama y hasta llegó a grabársele un video muy celebrado: “El amor no se calla”. Así nació una estrella de la juventud; aunque no está de más aclarar que en aquella época la música de Tatiana sólo fue para mí un lejano eco de la cultura popular, y nada más. Con todo, en este apocalíptico 2012 y con ya 41 años a cuestas, ha querido mi alma repasar los tiempos felices de mi adolescencia. Y hete aquí que, gracias a YouTube y a varias páginas de discografías, el trabajo se ha hecho fácil y divertido.

Hoy Tatiana me sorprende por su voz clara y feliz de mezzosoprano. Del álbum siguiente, me parece muy tierno e hilarante el dueto que hizo con Johnny Lozada en “Cuando estemos juntos”, y “Detente”, pues con ellas se pretendía dar una pequeña lección de educación sexual a los adolescentes. Sin embargo, las intensas melodías y el espíritu de Tatiana compensan todos los descalabros. “Me voy a enamorar”, cumple con todos los requisitos del amor cursi: un tema muy empalagoso para la poesía, pero que todos quisiéramos vivir. Este asunto es muy interesante, pero muy pocos lo han abordado, porque se corre el riesgo de colocar los sentimientos propios en la palestra. ¿Por qué a algunos de nosotros nos recorre una descarga dionisiaca cuando una bella chica nos canta una línea como la siguiente?
Locos, los dos estamos locos
todo, podría suceder
rojo, mi corazón al rojo
solos, hasta el amanecer.
No se puede estar cuerdo, enamorado y decir cosas coherentes. Friedrich Nietzsche, uno de los espíritus más graves de todos los tiempos, ha dicho: “En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón”. Busco después las piezas que no fueron tan famosas en su época, y que por lo tanto yo jamás escuché. Me encuentro con “Maldito teléfono”, y me roba el corazón. El coqueteo es algo que siempre resulta agradable en una pequeña historia de amor. De pronto, me topo con otra canción que, por su título, llama mi atención: “Querido amigo”. Sin embargo, postergo su audición algunos días, para volver a disfrutar con los éxitos de Tatiana. Una mañana, por fin escucho:

Son 15 largos años compartidos
Juntos de casa al cine,
siempre unidos
Manos entrelazadas
Besos de puro amigo
Y contigo contar.

Aun con toda su bella melodía y el indudable encanto de la voz de Tatiana, la letra subsiguiente de esta canción me revuelve el estómago. ¿Qué ha sucedido? He vivido algo semejante a lo que canta Tatiana: he sido amigo de quien me gusta, y ella también me ha dicho algo como esto:
Y no te enfades si vuelo a otros nidos,
Serás siempre mi amigo, tú serás siempre.
Quiero ser, tan libre como el río aquel,
Y saber que un día a ti podré volver.
Con su áspero carácter, seguramente involuntario, tal vez “Querido amigo” sea una pieza apta para alcanzar la catarsis aristotélica. Entonces, toda esa náusea que siento, una vez descargada en forma estética, podrá ayudarme a purificar mis pasiones al escuchar las razones del comportamiento ideal de la mujer. La mujer quiere ser libre de hacer pareja con quien ella quiera, pero quiere contar con el apoyo de una vieja amistad. El delicado corazón de la mujer, tan diferente al del hombre en este aspecto, es sin embargo un sublime contrapunto a las escandalosas pasiones del varón. El espíritu femenino sueña con una amistad eterna. El espíritu del varón anhela descubrir a martillazos el misterio de la verdad en medio de un oasis de belleza.

Otro problema es que, en términos de la estética kantiana, si se cuela un criterio moral cuando entramos en contacto con una obra, como es el caso de lo que me sucedió con “Querido amigo”, luego la apreciación del objeto está empañada por un concepto, “lo que debería ser” frente a lo que en efecto es. Por lo tanto, esta canción no es percibida como bella. Ojo, porque si la canción disgusta sin que se entrometa concepto alguno, la canción sí que será advertida como bella. El displacer también es bello si es ajeno a la moral. No obstante, el timbre de la voz de Tatiana, y la melodía, ajenas al discurso hablado, son aun admirables y bellas en su exposición.

Con sus canciones que evocan la juventud y sus avatares, Tatiana se convierte en arquetipo: Tatiana es el comienzo, lo no visto, lo eternamente bello, el noviazgo perfecto. No olvidemos que una mañana de enero, Lísida me envió un breve correo que decía: “Mi querido hermano Enrique, quiero que me enseñes a cantar”.