Enrique Arias Valencia
En occidente, por otro lado, existen aún muchos lugares donde se cree en el pecado, en la maldad y en un juicio final, momento en donde Dios juzgará las acciones vividas en la Tierra, y decidirá el destino final de dicha alma acomodándola ya sea en un Cielo o un Infierno, lugares donde el alma podrá ya sea gozar por las buenas acciones realizadas o, en su defecto, sufrir un castigo si el alma es perversa. Esta creencia convierte a la muerte en un momento de partida terrible, generando en la persona un sentimiento abrumador de culpa que provoca mucha ansiedad y resistencia, ya que además este momento se considera como un punto final e irrevocable, en donde nada se puede hacer sino esperar un juicio Superior y un desenlace final.
Laura Garcés Garmendia, Muerte, Cambio y Transformación
La impúdica ignorancia, vesánica mentira, vertida en caro artículo de insólitos inciertos. La casta del creyente, ya puesta en entredicho, exige ya la réplica del ingenio más derecho. Si es el cristianismo reo de acusación terrible, explíquese Garmendia si es que puede, y dará razón a las dudas más sinceras. Si es caso que en el Oriente no existe lo malévolo, luego no hay ahí alguien que grite: “¡Perdónalos, porque no saben lo que están en haciéndolo!”
Es así que a sus escasos nueve años Phan Thi Kim Phúc fue herida de metralla en Vietnam por un avión soldado displicente. A los nueve años su cuerpo quedó desfigurado por heridas incurables de napalm. Todos hemos visto esa fotografía: la niña desnuda que corre despavorida, en afán manifiesto de salvar la vida.
Tras varias desventuras, rehén de propaganda mediática, Kim Phúc logró escapar al Canadá. Si el cristianismo es todo ese horror que se sostiene tan sólo con falacias, ¿por qué, una vez en el calumniado Occidente, se convirtió la vietnamita Kim Phúc al cristianismo?
¿Qué le faltó mencionar a Laura Garcés en su artículo? El sombrío panteísmo es ciego al perdón, pues al no reconocer nada como bueno o como malo, no puede perdonar los pecados, porque no los ve.
Kim Phúc, un poco más humilde que el deslumbrado panteísmo, pero mucho más sabia, sostiene que “El perdón es más poderoso que cualquier otra arma”. Y una de las cosas que hizo con su corazón cristiano fue perdonar al oficial que hace 37 años le arrancó la felicidad.
A pesar de sus heridas, ella vive feliz. El conscripto, en cambio, ha necesitado tratamientos psicológicos para tratar con los fantasmas de sus culpas. Si bien saber que aquella niña que hirió, vive y que lo perdonó algo ha mitigado la hiel que todos los días prueba en su cruz.
Yo no me hice ateo por lo que hacen los cristianos, sino por lo que no hace Dios.
Aun si Dios ha muerto, con él no mueren los misterios.