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sábado, 23 de junio de 2012

El amor percibido a los doce años

Enrique Arias Valencia

Hay cosas que percibo aun cuando yo no haya decidido percibirlas. Hay cosas que he decidido percibir y que sin embargo, no percibo. ¿Qué es lo percibido? De entre lo percibido, hay algo que destaca por atractivo, por estimular en nosotros el sentimiento de placer y displacer. Recordemos que Immanuel Kant nos ha ayudado a ver en lo bello aquello que corresponde al siguiente esquema:

Cualidad: sin concepto.
Cantidad: universal.
Relación: finalidad sin fin.
Modalidad: necesario.

¿Seguro que así funciona? En tal caso, tal vez sólo las flores serían bellas, pues ellas placen sin decirnos nada, su belleza es aceptada por todos, gozamos con ellas sin atender a objetivo alguno y necesariamente admitimos esto como cierto. Pero, ¿son sólo bellos aquellos objetos que se acomodan al severo juicio reflexionante? Al declinar el siglo XVIII, ya Friedrich Schiller había elaborado una espléndida crítica a las tesis estéticas kantianas. ¿Qué es pues, lo bello, y quién es el árbitro de tan difícil materia?

¿Quién soy?

Vine al mundo sin saber porqué. ¿Qué hago aquí? ¿A qué he venido? Omar Kayam lo ha dicho en forma de poema:

Al mundo me trajeron sin mi consentimiento
y los ojos abrí con sorpresa infinita,
partiré después de reposarme un tiempo
sin saber la razón de mi entrada y mi salida.

El primer sentimiento es la admiración, que se volcará en asombro con el paso de los años. Asombro permanente: ante lo bueno y lo malo, lo bello y lo sublime, lo verdadero y lo espantoso. ¿Quién puede ayudarme a buscar la belleza en este mundo? ¿Podríamos, por un conjuro, percibir por un instante el mundo como alguna vez lo percibimos, como cuando teníamos doce años? ¿Quién era yo a los doce años?

¿De dónde vengo?

He llegado tarde a todos los compromisos. Casi no me entusiasmó la música de mi generación, si bien fui sensible a algunas excepciones. Me pareció curioso, hoy diría tal vez tragicómico, que la jarocha Yuri cantara baladas con inusuales reminiscencias de trompetas bachianas. He dicho tragicómico, aunque la palabra no es exactamente esa, porque cada vez que escucho la solemne intervención de los vientos en estas piezas, mi corazón cree encontrarse en medio de una revelación sobrenatural. Ahí tenemos “Esperanzas” de Yuri, con sus versos contradictorios, pues las primeras líneas sostienen categóricas:

Sólo tengo recuerdos de un pasado feliz.
Sólo tengo añoranzas en mi mente de ti.
Vuelve aquí.

Para, a renglón seguido, hablar de años difíciles que quiere borrar de la memoria:

He vivido unos años algo duros sin ti
Ahora quiero olvidarlos y volver a reír.

Por fin: ¿qué hay en la mente aferrada a un amor pasado? ¿Únicamente recuerdos que hablan de los días felices o tiempos rudos que se preferiría olvidar? Por confesión propia, ambas cosas. Por lo tanto, nos pese o no, los que vivimos creyendo que todo tiempo pasado fue mejor también tenemos la cabeza ocupada por las inclemencias del presente. Y si la belleza tiene que ver con lo mejor, entonces la belleza no es, en consecuencia, la pura muestra sin concepto, sino toda una pléyade de sentimientos, no sólo el del placer y displacer, sino de todo aquello que tenga sabor humano, como el concepto de la angustia, por decirlo en términos del existencialismo kierkegaardiano.

Al final, las armonías que despide la canción recuerdan tanto a Johann Sebastian Bach como a Richard Clayderman: lo mejor y lo peor se dan cita para hablarnos de la nostalgia, un sentimiento peligroso porque nos ancla al pasado en vez de permitirnos abrir las puertas del presente.

Yuri aún canta aquel que fuera uno de sus más tempranos éxitos. Lo acaba de hacer en Viña del Mar en 2011. En lo personal me parece que en esta versión en vivo la línea del teclado queda descontextualizada de las “Esperanzas”. Pero la voz de Yuri compensa los descalabros. Consultando internet me he enterado que esta canción fue cantada por primera vez por un dueto español, Pecos.




También recuerdo que cuando estaba en la escuela primaria canté una parodia de “La ladrona” de Diego Verdaguer:

Mi corazón es delicado…
Pues vete a un hospital y asunto arreglado…

Asimismo me pareció maravillosa “Mi gran noche” con Raphael. La encontré vigorosa y llena de vida. En la letra, se hacía uso de uno de los elementos más importantes de todo idilio: la expectativa. Y cuando la vida comienza, es decir, cuando se tienen sólo doce años, la vida entera tiene el esplendor rampante de la expectativa. El mundo nunca ha dejado de asombrarme, aun en aquello que podría parecer banal…

¿A dónde voy?

Soy un ser social, y por lo tanto, he sido influido por mis padres, mi hermano y mis primos. Mi hermano presume que cuando yo voy a la música popular, él ya viene de regreso. Pero, ¿no podría presumirme lo mismo mi prima Rosa quien, cuando éramos niños nos invitó a ver una película llamada Una aventura llamada Menudo? Y a la fecha, puedo identificar algunas canciones de aquel grupo ochentero.

¿Qué hacer con todo aquello que escapa a lo cualitativo, a lo cuantitativo, a lo relativo y a lo modal? ¿Qué hacer con lo que según los académicos no es bello, pero que de todas formas vive en tanto que bello en nuestro corazón estético? ¿Qué hacer con la cultura popular?

Kant y la gente culta lo ponen demasiado esquemático: “esto es bello si y sólo si no es conceptual”. Sin embargo, no sólo el concepto, sino los retruécanos contradictorios de la cultura popular perfilan nuestra experiencia de la belleza. En lo que Kant no se equivoca es cuando dice que “Nada es en sí la belleza sin atender al sentimiento del sujeto”. Y es en atención a la subjetividad que he abordado este ensayo.

Gracias a la influencia de nuestra madre, tanto a mi hermano como a mí nos gustó la música clásica. Sin embargo, él además supo deleitarse con los frutos de su tiempo, en tanto que a mí con mi solemne lentitud, tarde me llegó el amor por lo popular, a pesar de que me conmovió aun antes de que yo cumpliese doce años. En lo que a mí respecta, la mayoría de las primeras canciones de la cultura popular que escuché me hablaban de un sentimiento que entonces no experimenté. Tardé años en enamorarme por primera vez.

El primer amor es el amor por la línea, por la melodía. Que los ateos me perdonen: esto es una epifanía. Y que los creyentes me dispensen, pues el Dios que se revela no es Jesús. La belleza es bandera de un mundo donde se vive en la santa paz de las armonías del espíritu.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Kant, Schiller y Schumann, sublime trinidad

Enrique Arias Valencia

¿No será la belleza una consecuencia en sí?
José Miguel Moreno Sabio

De nuevo, Immanuel Kant me acompañó a un concierto. Recordemos que Kant sostiene que el alma descubre el sentimiento de placer y displacer gracias al principio de la facultad de juzgar reflexionante, el cual es independiente de toda experiencia, ya que con base en la subjetividad postula la aparente finalidad de la naturaleza. Juicio por el cual, no obstante, no se puede conocer ni demostrar nada acerca de la naturaleza, porque este juicio place sin concepto, y no es adecuado para el entendimiento, pues el producto de dicho juicio es el arte.



En esta ocasión para que Kant pueda ayudarnos en nuestras reflexiones estéticas debemos hacer dos cosas. Primero, reducir algunos puntos de su muy estricto sistema. Segundo, atrevernos a ir más allá de su sistema, plantear cosas distintas. Sin embargo, procuraremos ser fieles al espíritu de su obra. La tertulia se enriquecerá, porque Schiller, crítico de Kant, se ha unido a la reflexión.

Empecemos con unos pocos axiomas o ideas sueltas:

Kant sostiene que lo bello es una consecuencia del juego libre de las facultades de la imaginación y el entendimiento.

Sublime libertad, belleza enérgica, Finlandia de Sibelius es un homenaje a los bronces de la patria.

Sobre la senda estética del hombre, el Concierto para violín de Tchaikovsky es una hermosa y dulce herida en el corazón humano. El solista es Adrian Justus.

He roto mi propia marca. En un solo día, tres conciertos. ¿No es eso, por grande, sublime?

Silogismo: Beethoven es el culmen de lo bello y el primero en lo sublime.

Toda culminación es última.

Toda belleza es clásica.

Todo lo sublime es romántico.

Por eso dice el refrán: “Beethoven es el último de los clásicos y el primero de los románticos”.

Según Schiller belleza es libertad en la apariencia. El impulso de juego tiene un bello reflejo en las Canciones infantiles de Schumann, que escucho enmarcadas por trinos de pájaros en el patio de recreo de La Giganta de José Luis Cuevas. Carlos Barajas es quien hace el milagro al piano.

Por lo tanto, el imperativo categórico de la estética dice: “Escucha de tal forma que tu oído pueda tomarse como norma de belleza universal”.

Vayamos ahora a la cosa misma.


Tempo del sublime Schumann

Sostiene Kant que la naturaleza como una fuerza sublime reside en nuestra alma: “La sublimidad no está encerrada en cosa alguna de la naturaleza, sino en nuestro propio espíritu, en cuanto podemos adquirir la conciencia de que somos superiores a la naturaleza dentro de nosotros y por ello también a la naturaleza fuera de nosotros”. Por lo tanto, a un alma profunda corresponde el sentimiento sublime en consecuencia. Sumerjámonos en las profundidades de nuestra propia alma. El alma, negada por los ateos, tendrá su recompensa: la intuición de lo sublime, que no está en el objeto, sino en el sujeto.

Este fin de semana he escuchado la Cuarta sinfonía de Schumann dos días seguidos, en sendos conciertos, uno en la mañana y otro en la tarde, ejecutada por la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, bajo la batuta de José Arturo González. Es así que la Cuarta sinfonía de Schumann es una obra totalmente sublime.

Las obras sublimes emergen del fondo del alma. La prueba la encuentro en el programa de mano, donde sostiene Juan Arturo Brenan: “El caso es que la Cuarta sinfonía de Schumann, que según su mujer emergía desde el fondo de su alma, estuvo terminada en septiembre de 1841, y el compositor ofreció el manuscrito a su esposa el día en que bautizaron a su primer hijo”.

Clara Schumann afirma que la sinfonía surgió del fondo del alma de su esposo. Siguiendo a Kant, decíamos que las obras sublimes emergen del fondo del alma. Por lo tanto, la Cuarta es una obra sublime. Ahora bien, según Kant: “Sublime llamamos lo que es absolutamente grande”. En el caso que nos ocupa, la prueba consiste en lo siguiente. La versión de 1851 de la Cuarta sinfonía se ejecuta en forma continua. Es una sinfonía en un solo movimiento. Al disolver las interrupciones, se trata de una obra absolutamente grande.

Otra prueba: timbales, las maderas y las cuerdas.
  • Dos flautas

  • Dos oboes

  • Dos clarinetes

  • Dos fagots

  • Cinco trompas

  • Dos trompetas

  • Tres trombones

  • Timbales

  • Cuerdas.
Hace unas semanas, Javier Sicilia, transfigurado en liras, me acompañó a un concierto. Han matado al hijo del poeta. Una amiga, tras saber la terrible noticia, me comenta que Sicilia sostiene que “Toda aventura espiritual es un calvario”. Añado que la vida en esta tierra es siempre una aventura espiritual, y por tanto, la vida es un calvario. En lontananza, la locura de Schumann lo refrenda, y lo sublime termina por corroborarlo. Sostiene Crescenciano Grave en Verdad y belleza. Un ensayo sobre ontología y estética:
“Lo sublime dinámico es el sentimiento que concibe el sujeto consistente en su poder de resistir la potencia de la naturaleza con el cual él mismo aparece como si fuera más poderoso que la misma naturaleza. En lo sublime dinámico el sujeto adquiere conciencia de su poder resistir la potencia de la naturaleza”.

Hacerle frente al destino, eso es sublime.

El sábado 19 de marzo de 2011 me acompañó Kant a otro concierto. El domingo 27 me acompañó Schiller a tres conciertos. He hecho una síntesis de sendas aserciones de estos filósofos, y he obtenido una curiosa proposición.

1) Kant: “Belleza es la forma de la finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin la representación de un fin”.

2) Schiller: “La belleza es la forma de una forma”.

3) La belleza es la forma de una forma de la finalidad sin fin.

La tercera frase es graciosa y seria a la vez. Graciosa porque es un cantinfleo. Seria porque apunta a un fin mayor que ella misma. ¿Qué nos dice la filosofía? Tenemos la corazonada de qué es lo bello, si bien no podemos expresarla con palabras. ¿Qué es la belleza? “No lo sé”. Esa es la respuesta más sincera y simple del filósofo. Yo no soy fuente fidedigna de conceptos. Yo soy reflejo intempestivo de lo bello. Tiene razón Schiller cuando nos convence de que el alma libre sólo debe jugar con la belleza y sólo con la belleza debe jugar. En la sinfonía de Schumann que ahora nos convoca, El Scherzo es una muestra de lo que Schiller llama belleza enérgica, esto es, sublime.

¿Qué es la belleza? Kant nos advierte sobre este interrogante, la cuestión fundamental de las artes, de este modo: “La belleza, sin relación con el sentimiento del sujeto, no es nada en sí”. Ahora, para contestar la pregunta de José Miguel Moreno Sabio que engalana epígrafe este ensayo: la belleza es una consecuencia del alma.

Por eso, poetas, músicos y bailarines nos ilustran. Después de todo, son ellos los expertos en belleza. Nuestra buscada definición sostiene entonces: la belleza es la forma pura de la finalidad, alba de canción y danza, desnuda presencia.

Siguiendo a Schiller sostengo que la obra de arte es el lugar donde se suprime el tiempo en el tiempo. Por eso jamás consulto mi reloj cuando la obra termina. ¿Qué hora es? Es la hora en que me doy cuenta de que el arte es la belleza desnuda de presencia.

Continuando con mi concierto de Schumann. Durante la Romanza, Miguel Ángel Villeda Cerón interpreta el solo de violonchelo. Por su parte, en el concertino, su hermana Ana Caridad está a cargo del solo de violín. Durante mi audición del sábado, pude descubrir el solo de violonchelo. Claudia, la madre de los jóvenes, el más tierno fulgor de la razón práctica, me ha revelado el solo de violín, y he podido deleitarme con él este domingo.

Una prueba más de lo sublime. En la Cuarta sinfonía, la tonalidad que predomina es el Re menor.
Andante con moto - Allegro di molto (Re menor / Re mayor)

Romanza: Andante (La menor)

Scherzo: Presto (Re menor)

Largo - Finale: Largo - Allegro vivace (Re mayor)

Uno de los momentos del juicio estético de Kant afirma que: “Bello es lo que, sin concepto place universalmente”. Es así que el segundo mandamiento del juicio estético dice: “¡No conceptualizarás!” Sin embargo, los genios contradicen a Kant. Después de todo, la tentación de verter el concepto en donde no puede verterse, es irresistible. Según su esposa, Schumann quería darle un concepto a su música:
“Robert inició ayer otra Sinfonía, que será en un movimiento pero tendrá un adagio y un final. No he oído nada de la obra pero oigo el constante ajetreo de Robert y escucho constantemente el re menor en la distancia, por lo que sé que otra obra está tomando forma en el fondo de su alma.”

El problema es irresoluble pues es filosófico. El comentario de Brenan refuerza la tesis:
“Lo más interesante de este párrafo es, sin duda, la asociación directa que Clara Schumann hace entre la tonalidad de re menor y las profundidades del alma del compositor. Es especialmente significativo en este contexto el hecho de que el propio Schumann escribió un artículo en el que intentaba resolver (sin éxito) el curioso problema de la caracterización de las tonalidades. Afirmaba Schumann, con razón, que era igualmente inadmisible suponer que un sentimiento determinado sólo podía ser expresado musicalmente a través de una tonalidad específica, o sostener que cualquier sentimiento podía ser expresado en cualquier tonalidad. Aparentemente nadie ha podido resolver esta cuestión, ni desde el punto de vista de la percepción subjetiva, ni desde el punto de vista de la acústica”.

Y sin embargo, se puede resolver: Schumann lo consigue en su Cuarta sinfonía. Por lo tanto, a pesar de que según Kant, lo bello place sin concepto; sí hay concepto de lo bello en la Cuarta sinfonía de Schumman, pues hay concepto de Re menor. De nuevo, Brenan en el programa de mano:
“En un curioso texto en el que se intenta analizar el carácter de cada tonalidad musical, nos enteramos de que re menor es considerada como una tonalidad contemplativa y apasionada, casi religiosa, de carácter devocional y tranquilo, y al mismo tiempo noble. ¿Serán estas, en verdad, las cualidades de la Cuarta sinfonía?”

¿Y no llamaríamos sublime al sentimiento de tranquila contemplación, que se va haciendo religioso por su devoción arrebatada, y que culmina en un noble sentimiento de alma profunda? ¿Serán acaso, los aspectos de nuestra alma que emergerán al escuchar la Cuarta sinfonía?

¿No son estos los sentimientos que encontramos en el retrato sonoro de la Catedral de Colonia que Schumann plasmó en la Sinfonía Renana? Voy a arriesgarme a sostener algo sin consultar la partitura. Con base en los comentarios anteriores acerca de lo sublime, según mi parecer, la Catedral de Colonia de la Renana está en Re menor, una obra emparentada en lo sublime con la que hemos analizado. O al menos, uno de los tempos de la Renana está en Re menor.


Fuga

“El producto bello puede, y debe incluso, estar sometido a reglas, pero tiene que aparecer libre de reglas”.
Schiller

Una satisfacción personal. He descubierto por mi propio esfuerzo la solemne fuga del último movimiento. La fuga es muy estricta en reglas. Será la imaginación de Schumann la que la haga libre, pues bello es aquello cuya regla no la dicta el concepto, sino el ejercicio libre de la imaginación y el entendimiento, cuya supresión y conservación constituye el impulso de juego. Las cinco trompas: Ricardo Aldair Cornejo Estrada, Orlando Segovia Aguilar, Sergio Argumedo González, Francisco Torres García y Osvaldo Barbadillo Zavala, hacen infinitamente grande, sublimemente matemático el pasaje que sigue a la fuga. Dado el número de trompas, parece que se usó la orquestación de Gustav Mahler, pues la Wikipedia finesa prescribe cuatro para la versión de 1841. Sin embargo, en el programa de mano del concierto al que asistí se usó la notación italiana de 1841, si bien ya en esta versión la tendencia de Schumann era escribir una sinfonía que se ejecutara sin interrupciones, como finalmente sucede en la versión de 1851, con notación alemana y cinco movimientos.

Al final, la obra entera se revela desnuda de presencia.

Bibliografía Web:







Bibliografía de papel:

SCHILLER, Friedrich, Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre, Barcelona, Anthropos, 1999. Estudio introductorio, de Jaime Feijoó. Traducción y notas de Jaime Feijoó y Jorge Seca. 397 pp.

  • Foto cortesía de Pancho Bedregal.

lunes, 21 de marzo de 2011

Celebración del Juicio Estético

Enrique Arias Valencia

Nuevamente, este año, asistí a un concierto en el que se interpretó la Novena sinfonía de Beethoven. En el autógrafo que me ha brindado, el tenor José Antonio Díaz apunta: “Para un nonofanático”. A mis amables lectores les suplico que lean este ensayo, pues si bien la obra que he escuchado es la misma de la reflexión anterior, les aseguro que mis juicios son diferentes.

Obertura Coriolano de Beethoven

Tras disfrutar de una fiesta pagana para recibir el equinoccio vernal al pie de la pirámide de Cuicuilco, ahora estoy en el vestíbulo del Centro Cultural Ollin Yoliztli, para asistir al octavo concierto de la temporada de invierno de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, con el Coro Filarmónico Universitario, los solistas Alejandra Sandoval, soprano; Grace Echauri, mezzosoprano; Leonardo Villeda, tenor y Josué Cerón, bajo; todos dirigidos por la batuta de Jorge Armando Casanova. Fuera de la sala, espero a que la soprano Adriana Ruiz Sotelo me entregue un boleto que su esposo, el tenor José Luis Sosa Trujillo me ha prometido. Mientras aguardo la preciada prenda, el tenor José Antonio Díaz charla conmigo. Poco antes de las doce y cuarto, aparece Adriana y me entrega mi billete de entrada. La hermosa aparición de Adriana es saludada por la alegría de mi espíritu. En los caracteres morales se refleja la belleza del alma en forma tal que me hace ver que es en mis amigos en quienes encuentro el mayor deleite ético.

Entro a la Sala Silvestre Revueltas, la cual está atestada. Me sentaré hasta atrás. Como individuo, estoy solo, pero a mi alma Immanuel Kant la ha acompañado a este concierto con su Crítica del juicio. En ella, el filósofo alemán aborda el problema de la estética, y por lo tanto, del arte. He querido, el día de hoy, efectuar una síntesis entre algunos aspectos de esta sección del idealismo trascendental de Kant y la música del concierto que escucharé. Los aciertos son de Kant, los errores son míos, y el deleite de lo bello es universal. Para comenzar diré que el heroísmo de Coriolano place en la realización de su bella finalidad sin fin.

K.200 de Mozart

Kant me invita a reflexionar que el espíritu descubre en el sentimiento de placer y pesar la facultad del juicio de gusto, asombro del principio universal y necesario que, cautivo de subjetividad cree haber encontrado el propósito secreto de la Naturaleza. Juicio por el cual no se puede demostrar nada acerca del mundo, porque dicho principio es en sí mismo indeterminable y por eso no produce conocimiento. Pero encuentra satisfacción en las artes.

¿Puede satisfacernos una sinfonía de Mozart no en tanto que sinfonía sino en tanto que sonido puro? Si la respuesta es sí, luego lo que ha operado en nosotros es el juicio de gusto. ¿Nos gustan los sonidos, el ritmo, la melodía y la armonía? Luego, nos gusta la música.

Novena sinfonía de Beethoven

PRIMER MOVIMIENTO

¿Podemos escuchar el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven sin esperar identificar alguno de sus temas con alguna situación del mundo exterior? ¿Podemos escucharla desinteresándonos del mundo ordinario? Sí podemos, porque nuestro espíritu estará derramado en la propia música, desnuda de todo asunto ajeno. Sólo se trata del ritmo, el modo, la melodía y la armonía, vertidas en nuestro espíritu sin interés alguno.

Leemos en la Crítica del juicio que “El juicio de gusto es estético”. Kant establece cuatro momentos del juicio estético, el primero, según la cualidad, dice a saber: “Gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o un descontento, sin interés alguno. El objeto de semejante satisfacción llámase bello”. Yo soy un esteta desde el primer momento.

Intentaré aplicar la anterior definición al primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven. Bello es lo que satisface desinteresadamente. Podemos juzgar el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven sin interés alguno. Por lo tanto, el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven es bello.

SEGUNDO MOVIMIENTO

Pareciera que el segundo momento del juicio estético está anunciado en el anterior, pues según la cantidad, el juicio estético nos llevará a saber que: “Bello es lo que, sin concepto place universalmente”. Y si hemos despojado a lo bello de interés, ¿cómo podríamos tener de ello un concepto?

Tomemos como ejemplo el Molto vivace - Presto de la Novena sinfonía de Beethoven. Al ser considerado en abstracto, esto es, sin interés, de ahí se sigue que esta música no tiene concepto alguno que ofrecernos, pues si lo hubiere, de inmediato atraparía nuestro interés.

Por eso, al intelecto, la música no le dice nada, pues su lenguaje no es conceptual, es emocional. Es un asunto de alegría y pesar, nada más. Y dicho sea de paso, el pesar de la música es bello pues es ajeno a nuestros intereses particulares. Es un dolor universal que, sin embargo, en su momento también nos comunica con la sonrisa del universo.

En su Crítica del juicio, Kant trató el asunto de los chistes, recomendándolos como fuente de salud para el cuerpo y el espíritu. Uno de los chistes que cuenta Kant, dice a la sazón: “Otro gracioso cuenta, con gran lujo de detalles, la aflicción de un mercader que, volviendo de las Indias a Europa con toda su fortuna en mercancías, se vio obligado a echarlo todo por la borda, durante una tempestad, y se apenó de tal suerte que en la misma noche encaneció su peluca”. Kant aclara que la gracia del chiste consiste en que la apariencia se resuelve en la nada, mostrando un absurdo.

Mozart y Kant usaban preciosas pelucas. Beethoven prefirió soltarse el pelo, y arrojó fuera de sí uno de los más queridos emblemas del Antiguo Régimen.

TERCER MOVIMIENTO

La finalidad sin fin del juicio estético es uno de los aspectos más difíciles de la metafísica kantiana. Ésta aparece al analizar la relación de los fines considerada en el juicio de gusto. Ésta relación es universal y necesaria. Por lo tanto, es independiente de encanto y emoción particulares. Por consiguiente, sostiene Kant que “Belleza es la forma de la finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin la representación de un fin”.

No puedo decir objetivamente que el Adagio molto e cantabile de la Novena sinfonía es bello. Pero si aparto de mí el interés por la estructura de la obra, en tanto que sonido, este sonido apunta sin la representación de un fin, y entonces, lo encuentro bello.

CUARTO MOVIMIENTO

Hay un enlace en el tercer y cuarto momentos del juicio estético, y es entonces cuando subjetivamente descubrimos la finalidad de la naturaleza. El juicio subjetivo del fin de la naturaleza apunta al enlace entre belleza y bien. Éste sólo puede realizarse en la poesía. Gracias al juicio de gusto, la naturaleza parece tener un propósito. Dicho propósito es una idea de la razón que encuentra su correspondencia en el reino de los fines. Sin embargo, no hay que olvidar que las ideas no son conocimiento de objeto de experiencia alguna. En cambio, sobre el propósito de la naturaleza humana, Schiller pregunta en el himno A la alegría, al que Beethoven puso música: “¿Presientes, oh mundo, a tu creador?”

Ahora bien, según Kant, lo bello, a partir del cuarto momento, esto es, la modalidad de la satisfacción en los objetos, consiste en que: “Bello es lo que, sin concepto, es conocido como objeto de una necesaria satisfacción”.

La satisfacción necesaria está dada en el juicio subjetivo de la finalidad. Es así que el juicio, al ser reflexionante, se pliega sobre sí mismo. Por lo tanto, al contemplar la belleza desinteresada de mi corazón bien puedo advertir que yo no soy un artista, soy un esteta. Si quiero disfrutar con arte, debo relacionarme con artistas. Ha sido una gran alegría charlar con algunos miembros del Coro Filarmónico Universitario: Adriana, Pepe, José Antonio y Alejandra, sobre el pasaje que comienza en el compás 730 de la partitura que me acompaña, y que dice:

Ihr stürzt nieder, Millionen?

Ahnest du den Schöpfer, Welt?

Such ihn überm Sternenzelt,

Über Sternen muss er wohnen.


En el que las voces, por relevos van subiendo a lo que parecen los Cielos, desde la cuerda más baja hasta la más alta y culminan en un “¡Hermanos!” De hecho, Adriana Ruiz fue muy gentil y paciente, pues supo interpretar mi pésima voz y terrible ejemplificación cuando yo me refería a dicho pasaje musical como la parte en la que los cantantes se pasan la bolita diciendo “Ahora vas tú, ahora vas tú, ahora vas tú”. De camino a mi hogar, José Antonio Díaz me ayudó a ubicar mejor este párrafo en la partitura. Esta parte termina cuando el coro canta por última vez “Sobre las estrellas debe habitar”. Gracias al YouTube, ahora sé que esta sección termina en el compás 762 y sigue a la fuga. No puedo dejar de señalar que con su grandilocuencia acostumbrada, Nietzsche comentó este mismo pasaje en El nacimiento de la tragedia, y asegura que es entonces cuando le salen las patitas al fauno.

Dadas las características que la conforman, la Novena sinfonía es una obra ideal, en la que los agudos exigidos a los cantantes así como los requerimientos demandados a la pericia de la orquesta la colocan aparte de la mayoría de las obras humanas. En este sentido, su ejecución sólo puede realizarse como ideal de la razón, y es por tanto, una obra bella en la partitura, y su ejecución es siempre difícil, aunque no irrealizable.

CONCLUSIÓN

El encore de la coda de la Novena sinfonía de Beethoven me permite escuchar temas que preludian la Carmina Burana de Orff. Así también, Kant en su Crítica del juicio abrió las puertas del romanticismo, y su labor fue criticada por Schiller, por ejemplo.

A Kant lo abandono cuando entro en éxtasis místico, gracias a la música. ¡Me sucedió en este concierto a partir del compás 730! Por eso, a pesar de la laboriosa construcción del juicio de gusto estético desprovisto de interés, no puedo dejar de interesarme en sólo algunos aspectos del arte. Es decir, la Novena me gusta como una orgía sagrada, aunque quizá Kant me alegaría que no a todos place de ese modo. Después de todo, como dice una tradicional canción antikantiana “Mi gusto es, ¿y quién me lo quitará?” Y eso no tiene nada de universal.

Bibliografía

Kant, Manuel, Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, Crítica del Juicio, México, Porrúa, 1997, Col. “Sepan cuantos”, No. 246, 408 pp. Trad. de la Crítica del Juicio: Manuel G. Morente.

viernes, 2 de febrero de 2007

La experiencia de la alegría

Enrique Arias Valencia

La poesía más elevada es aquella que trata de los actos del hombre y nos descubre su contradicción. La tragedia nos habla del conflicto de la voluntad en su máxima y terrible manifestación, y siendo el hombre el lugar donde la voluntad se manifiesta con todo su horror y majestad, la tragedia es la obra donde se trata con poesía de la contradicción más intensa de la voluntad. La tragedia es la obra poética que habla del conflicto humano con la belleza de las palabras medidas.
No obstante, Beethoven recurrirá a una poesía ajena a la tragedia para culminar su Novena sinfonía. Tomará un himno de Schiller donde se exaltan la alegría y la fraternidad humanas. El himno A la alegría es un Trinkenlied, melodía para ser cantada mientras se escancia el vino durante un banquete. Una canción que nos redime del dolor de la vida y nos exhorta a una vida buena. Una vida buena acompañada por el vino tiene que ser una vida acompañada por un buen vino. Así lo señala Esteban Buch: “An die Freude se inscribe en una tradición de elogios a la alegría propia del siglo XVIII, marcada por la enunciación amistosa de las canciones báquicas, las Trinkenlieder. Schiller es de los primeros en asociar la alegría a un Weltgefühl, un «sentimiento del mundo»; la felicidad terrestre de la Humanidad desempeña en el texto un papel esencial”.15
Una vez que la sordera ha hecho presa de él, y tan pronto como ha aceptado su destino, Beethoven usará una divisa, “A la alegría por el sufrimiento”,16 frase que lo hermana con la tradición romántica que sabe ver el valor del sufrimiento, y que no lo rechaza, sino que lo asimila como parte del proceso que desemboca en la alegría. La alegría es un anhelo que muchos hombres comparten. Mientras más intenso sea nuestro anhelo, más intenso será nuestro dolor. Ante todo, debido a que todo anhelo brota como resultado de una carencia, y por lo tanto, de un dolor. Por eso, la calma transitoria de todos los anhelos, que se produce cuando el hombre se entrega a la contemplación de lo bello es por eso mismo, un elemento de redención. La serena mirada del Apolo del Belvedere es una invitación a entregarnos a lo bello: rendido al imperio de lo bello, el hombre apacigua sus anhelos y se abandona al placer estético, y por lo tanto, redime su dolor momentáneamente. Lo mismo hace por nosotros la música, porque nos invita a olvidar la falta de armonía que hay entre los hombres por medio de la armonía de las notas melódicas. La música, convertida en el lenguaje de la pasión, sin ser ella misma pasión, es el símbolo de una sociedad utópica en la que la emoción contribuye a la armonía de los hombres que conforman dicha sociedad. En el horizonte simbólico, la voz colectiva es inherente al coro báquico, y dicha congregación se expresa por medio de un himno A la alegría.
Schiller, en su himno A la alegría, retrata un ambiente equivalente al dionisiaco, pero expresado con el equilibrio de la forma apolínea de la métrica de la poesía:
“Alegría, bella chispa divina,
hija del Elíseo,
ebrios de tu fuego, entramos,
¡Oh celestial!, en tu santuario.
Tus encantos unen de nuevo
lo que rigurosamente separó la sociedad,
todos los hombres se hermanan
allí donde se posa tu suave ala”.17
Estos son algunos de los versos de Schiller que Beethoven toma para componer la parte vocal del finale de su Novena sinfonía. Miremos los cuatro primeros versos de este himno. En los dos del comienzo, la belleza es reconocida como alegría que procede de un mundo superior, el primer resplandor de Apolo. En los dos siguientes, se afirma que la manera de entrar a la residencia de la alegría es la embriaguez, el carácter de Dioniso. En el principio, están pues, la música y Beethoven, así como la poesía de Schiller; y el maridaje de estas artes afirma que lo verdadero es idéntico a lo divino, y lo divino es idéntico a la naturaleza, mensaje de la fuerza íntima presente en todo, y es en el arte donde se reúnen Apolo y Dioniso; arte que puede hacernos soportable la verdad terrible del fondo último de las cosas. La magia de la Alegría es el símbolo de la ascensión que es capaz de reunir aquello que la costumbre austera dividió pérfidamente. La Alegría es un estado del alma que en cálido abrazo fraterno se manifiesta en todos los seres humanos. Es producto de la ebriedad que incendia todas las divisiones, borra las fronteras entre los individuos.
El himno A la alegría de Schiller es una revelación que procede del mundo del ensueño y del deleite embriagador. La alegría honrada por la pluma del poeta es la preciosa hija de los más luminosos dioses, señores del mundo. Y en tanto que los amigos lo compartan todo, quien se haga amigo de los dioses podrá disponer del mundo. En conclusión: “Ama y haz lo que quieras”; decía San Agustín.


15 Esteban Buch, La novena de Beethoven. Historia política del himno europeo, Barcelona, El Acantilado, 2001, pág. 85.
16 Beethoven apud. Esteban Buch, op. cit., pág. 174.
17 Friedrich Schiller apud. Kurt Pahlen, La música sinfónica, Buenos Aires, Emecé Editores, 1963, pág. 124.