sábado, 23 de junio de 2012

El amor percibido a los doce años

Enrique Arias Valencia

Hay cosas que percibo aun cuando yo no haya decidido percibirlas. Hay cosas que he decidido percibir y que sin embargo, no percibo. ¿Qué es lo percibido? De entre lo percibido, hay algo que destaca por atractivo, por estimular en nosotros el sentimiento de placer y displacer. Recordemos que Immanuel Kant nos ha ayudado a ver en lo bello aquello que corresponde al siguiente esquema:

Cualidad: sin concepto.
Cantidad: universal.
Relación: finalidad sin fin.
Modalidad: necesario.

¿Seguro que así funciona? En tal caso, tal vez sólo las flores serían bellas, pues ellas placen sin decirnos nada, su belleza es aceptada por todos, gozamos con ellas sin atender a objetivo alguno y necesariamente admitimos esto como cierto. Pero, ¿son sólo bellos aquellos objetos que se acomodan al severo juicio reflexionante? Al declinar el siglo XVIII, ya Friedrich Schiller había elaborado una espléndida crítica a las tesis estéticas kantianas. ¿Qué es pues, lo bello, y quién es el árbitro de tan difícil materia?

¿Quién soy?

Vine al mundo sin saber porqué. ¿Qué hago aquí? ¿A qué he venido? Omar Kayam lo ha dicho en forma de poema:

Al mundo me trajeron sin mi consentimiento
y los ojos abrí con sorpresa infinita,
partiré después de reposarme un tiempo
sin saber la razón de mi entrada y mi salida.

El primer sentimiento es la admiración, que se volcará en asombro con el paso de los años. Asombro permanente: ante lo bueno y lo malo, lo bello y lo sublime, lo verdadero y lo espantoso. ¿Quién puede ayudarme a buscar la belleza en este mundo? ¿Podríamos, por un conjuro, percibir por un instante el mundo como alguna vez lo percibimos, como cuando teníamos doce años? ¿Quién era yo a los doce años?

¿De dónde vengo?

He llegado tarde a todos los compromisos. Casi no me entusiasmó la música de mi generación, si bien fui sensible a algunas excepciones. Me pareció curioso, hoy diría tal vez tragicómico, que la jarocha Yuri cantara baladas con inusuales reminiscencias de trompetas bachianas. He dicho tragicómico, aunque la palabra no es exactamente esa, porque cada vez que escucho la solemne intervención de los vientos en estas piezas, mi corazón cree encontrarse en medio de una revelación sobrenatural. Ahí tenemos “Esperanzas” de Yuri, con sus versos contradictorios, pues las primeras líneas sostienen categóricas:

Sólo tengo recuerdos de un pasado feliz.
Sólo tengo añoranzas en mi mente de ti.
Vuelve aquí.

Para, a renglón seguido, hablar de años difíciles que quiere borrar de la memoria:

He vivido unos años algo duros sin ti
Ahora quiero olvidarlos y volver a reír.

Por fin: ¿qué hay en la mente aferrada a un amor pasado? ¿Únicamente recuerdos que hablan de los días felices o tiempos rudos que se preferiría olvidar? Por confesión propia, ambas cosas. Por lo tanto, nos pese o no, los que vivimos creyendo que todo tiempo pasado fue mejor también tenemos la cabeza ocupada por las inclemencias del presente. Y si la belleza tiene que ver con lo mejor, entonces la belleza no es, en consecuencia, la pura muestra sin concepto, sino toda una pléyade de sentimientos, no sólo el del placer y displacer, sino de todo aquello que tenga sabor humano, como el concepto de la angustia, por decirlo en términos del existencialismo kierkegaardiano.

Al final, las armonías que despide la canción recuerdan tanto a Johann Sebastian Bach como a Richard Clayderman: lo mejor y lo peor se dan cita para hablarnos de la nostalgia, un sentimiento peligroso porque nos ancla al pasado en vez de permitirnos abrir las puertas del presente.

Yuri aún canta aquel que fuera uno de sus más tempranos éxitos. Lo acaba de hacer en Viña del Mar en 2011. En lo personal me parece que en esta versión en vivo la línea del teclado queda descontextualizada de las “Esperanzas”. Pero la voz de Yuri compensa los descalabros. Consultando internet me he enterado que esta canción fue cantada por primera vez por un dueto español, Pecos.




También recuerdo que cuando estaba en la escuela primaria canté una parodia de “La ladrona” de Diego Verdaguer:

Mi corazón es delicado…
Pues vete a un hospital y asunto arreglado…

Asimismo me pareció maravillosa “Mi gran noche” con Raphael. La encontré vigorosa y llena de vida. En la letra, se hacía uso de uno de los elementos más importantes de todo idilio: la expectativa. Y cuando la vida comienza, es decir, cuando se tienen sólo doce años, la vida entera tiene el esplendor rampante de la expectativa. El mundo nunca ha dejado de asombrarme, aun en aquello que podría parecer banal…

¿A dónde voy?

Soy un ser social, y por lo tanto, he sido influido por mis padres, mi hermano y mis primos. Mi hermano presume que cuando yo voy a la música popular, él ya viene de regreso. Pero, ¿no podría presumirme lo mismo mi prima Rosa quien, cuando éramos niños nos invitó a ver una película llamada Una aventura llamada Menudo? Y a la fecha, puedo identificar algunas canciones de aquel grupo ochentero.

¿Qué hacer con todo aquello que escapa a lo cualitativo, a lo cuantitativo, a lo relativo y a lo modal? ¿Qué hacer con lo que según los académicos no es bello, pero que de todas formas vive en tanto que bello en nuestro corazón estético? ¿Qué hacer con la cultura popular?

Kant y la gente culta lo ponen demasiado esquemático: “esto es bello si y sólo si no es conceptual”. Sin embargo, no sólo el concepto, sino los retruécanos contradictorios de la cultura popular perfilan nuestra experiencia de la belleza. En lo que Kant no se equivoca es cuando dice que “Nada es en sí la belleza sin atender al sentimiento del sujeto”. Y es en atención a la subjetividad que he abordado este ensayo.

Gracias a la influencia de nuestra madre, tanto a mi hermano como a mí nos gustó la música clásica. Sin embargo, él además supo deleitarse con los frutos de su tiempo, en tanto que a mí con mi solemne lentitud, tarde me llegó el amor por lo popular, a pesar de que me conmovió aun antes de que yo cumpliese doce años. En lo que a mí respecta, la mayoría de las primeras canciones de la cultura popular que escuché me hablaban de un sentimiento que entonces no experimenté. Tardé años en enamorarme por primera vez.

El primer amor es el amor por la línea, por la melodía. Que los ateos me perdonen: esto es una epifanía. Y que los creyentes me dispensen, pues el Dios que se revela no es Jesús. La belleza es bandera de un mundo donde se vive en la santa paz de las armonías del espíritu.

6 comentarios:

genetticca dijo...

Nostalgia sentía yo de la belleza de tus escritos.

Yo a los doce años era bellamente estúpida, que es el adjetivo que se disimula con la palabra inocencia.
Digo bellamente porque si la belleza se define`por el sentimiento del sujeto,yo, no tenía ni idea de ello.
En cuanto a la música,mi amor por ella brotó con la leche que me alimentó.
A veces recuerdo cosas de esa adolescencia y me asombro de como la ignorancia se trueca por felicidad. No saber,no conocer, dejar que todo parezca un cuento de hadas,admitir la vida con ese ilusorio sentimiento de que todo florece constantemente. La muerte,jamás pense en ella como algo personal, siempre era cosa de otros.
Me enamoré sin amar y amé sin saber su significado exacto. Así que amigo, tu escrito rezuma belleza y mucha, mucha sabiduría.


Un abrazo

Enrique Arias Valencia dijo...

Genetticca: es muy interesante tu comentario porque abordas aspectos intencionales de mis propuestas en este blog.

Así, tenemos que dices que te asombras de que la ignorancia se transforme en alegría. El asombro es el punto de partida de toda filosofía. En Tristán e Isolda, de Richard Wagner, uno de los más filosóficos compositores, la inconsciencia se convertirá en el mayor de los placeres:

En el fluctuante torrente,
en la resonancia armoniosa,
en el infinito hálito
del alma universal,
perderse,
sumergirse
sin conciencia,
¡supremo deleite!


Luego, cómo toda esta ignorancia nos conduce a vivir como si fuésemos los personajes de un cuento de hadas. Ésta sería también la propuesta del arte, pues sólo en el arte tienen existencia las maravillas de la inocencia. Los cuentos de hadas nacen en el subconsciente, y ahí son verdaderos, como nuestra adolescencia nos lo demostró. ¿Podremos recuperar esta visión inocente del mundo? Yo lo he conseguido por momentos, muchas veces gracias a la música, incluso, la música popular.
Por lo tanto, muchas gracias por compartir sentimientos afines a la búsqueda de la metafísica de artista.

¡Salud e inquita alegría1

Marco Antonio Moreno dijo...

Delicada tu apreciación en este mentecato mundo, donde lo vulgar, es lo que manda, la apreciación de la belleza también pasa por un excelso estado de animo, que nos hace tamizar nuestras experiencias, pero que lindo. Verdad? En la curiosidad del espiritu, sin ninguna malicia, se alberga nuestra fuerza, un abrazo feliz, gracias por tus amorosos comentarios,

Enrique Arias Valencia dijo...

Hola, Marco Antonio. Muchas gracias a ti por ayudarme a descubrir dónde reside nuestra fortaleza. La experiencia se nutre de abrazos al ser y a la existencia.

¡Salud y muy muy inquieta alegría!

Jordi dijo...

Me quito el sombrero, tu texto es soberbio. Más allá de lo que dices me quedo con la estética de cómo lo dices. Soberbio.

Saludos

Enrique Arias Valencia dijo...

Muchas gracias, Jordi. Mi intención es celebrar la belleza en todas partes.

¡Abrazos!