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martes, 20 de julio de 2010

Sonata autógrafa para un hombre que desentona

Enrique Arias Valencia

Para Rosa Angélica, por el séptimo arte.


Hace unos meses, mi tocayo el señor Rojas me aseguró que ya estaba harto de las películas en las que los nazis eran los malos y los aliados los buenos. En mi fuero interno discurro: “Si bien no soy un enamorado del cine, si me invitan voy, incluso a ver películas de corte tan simplón”. Y hete aquí que el sábado pasado mi amiga Rosa Angélica me ha invitado al cine. Hemos visto Sonata para un hombre bueno. Esta noche, ella me da a leer un ensayo sobre la obra mística de Lanza del Vasto, el discípulo católico de Gandhi. Se trata de un trabajo en el que el poeta Javier Sicilia expone, entre complejos y apasionantes temas, que el místico vive más allá del bien y del mal. Es así que mi católica compañera de cuitas cinéfilas y literarias, Rosa Angélica, me ha preguntado cómo puede ser que el místico se las arregle sin el bien y sin el mal, pues para ella éstas son categorías esenciales de la realidad.

Como algo sé del tema, intento explicárselo con un ejemplo.

Durante la película Sonata para un hombre bueno, vemos que el 12 de diciembre de 1937 sin previo aviso se desata un ataque aéreo japonés a Nankín, una ciudad china donde había una importantísima empresa multinacional. A John Rabe, director general de la fábrica, y de nacionalidad alemana, se le ocurre desplegar en el patio una bandera nazi porque supone que al ver dicho emblema lo respetarán los cazas japoneses, cuya nación era aliada de Alemania. El truco da resultado, y un puñado de chinos se protegen bajo un enorme pendón nazi. Si la bandera nazi fuera esencialmente mala, no podría haberse usado para tal fin. Luego, el mal que hay en los símbolos nazis es una ilusión.

Mi amiga alega que tal cosa fue circunstancial; a lo que entonces replico:

Dios no puede ayudarme en forma circunstancial, porque no es esencialmente existente.

Católica al fin, ella intenta replicar que eso está por verse; pero le recuerdo que yo sólo aspiro a hacerle ver cómo el místico se las arregla para vivir más allá del bien y del mal.

Por cierto, la malvada Lísida fue una de las personas que me han ido paulatinamente convenciendo de que no existen el bien y el mal. Y la llamo malvada no porque lo que me hiciese fuera algo malo, pues ella me abandonó; y eso no es malo, sino que es la expresión de su libertad, a la que no puedo oponerme; pero sí puedo contestar con mi pesadumbre, pues soy hombre y en esa medida yerro y desentono.

Quizá sea muy peligroso que haga yo la siguiente observación en este párrafo, pero de todas formas me arriesgo: soy un ateo existencial que ya ha comenzado a subir la cumbre del ateísmo esencial. Y escalo sin equipo de alpinista, y quizá lo único que consiga sea partirme el hocico en aquella pendiente resbaladiza que ya diviso.

Y aquí parto: la peli de reciente factura rompe un tabú y muestra que no todos los nazis eran “malos”, y si mi tocayo la viese, quizá le agradaría. Yo le doy un diez a Sonata para un hombre bueno y la recomiendo amplia y cordialmente.

¡Salud e inquieta alegría!

sábado, 31 de octubre de 2009

Puertas racionales a otros mundos

Enrique Arias Valencia

“El cielo estrellado sobre mi cabeza, y la ley moral dentro de mí”.
Kant



Nacer para ver. ¿Cómo podríamos suponer que es Dios a partir de lo que sucede en el mundo? ¿Quién es Dios? Una noche estrellada, ¿nos habla del orden o del desorden? ¿Se trata de Cosmos o Caos? Después de todo, las constelaciones son un intento de la mente del hombre de poner en orden un montón de estrellas arrojadas al acaso. Rudy Rucker en su obra La cuarta dimensión nos da un atisbo de lo que pudiera ser el orden racional del mundo superior, la cuarta dimensión geométrica:

“Si no fuera por el tiempo, podría vivir eternamente. ¿Tiene sentido esto? Si no fuera por el espacio, podría estar en todas partes. ¿Hay alguna diferencia?”(1)



Geometría: la palabra que los matemáticos reverencian y los hasta los papas miran con recelo. Sólo los viejos filósofos gustaban de las matemáticas. “Que nadie entrare aquí si no supiere geometría” rezaba la advertencia de la Academia de Platón a todo aquel que quería aleccionarse en filosofía. Fausto Ongay en Máthema, el arte del conocimiento nos dice que su filosofía personal sobre las matemáticas es “platónico-pragmática”(2) y en su libro nos presenta una atractiva historia con las matemáticas como protagonista principal.

Las películas para niños de vez en cuando tratan temas científicos de una manera tan atractiva, que a veces pueden pasar inadvertidos. No hay que olvidar que la película de Disney El león, la bruja y el ropero, basada en la novela homónima de C. S. Lewis trata de una enorme metáfora en donde el ropero es ni más ni menos que el instrumento geométrico de las puertas de la percepción. Percepción que no es psicodélica, sino intelectual. El tema aparece varias veces en Disney. Está también en Alicia en el país de las maravillas. Por eso puedo añadir que Lewis Carroll usó el espejo tal y como C. S. Lewis usó un ropero. Éstas son las sutilezas del entendimiento: geometría y paradojas lógicas. Hemos visto algunos ejemplos de geometría, más adelante veremos las paradojas lógicas.

Para los evolucionistas radicales, el entendimiento es un rompecabezas. Según Stephen Jay Gould, el intelecto es el más estrafalario de los inventos de la evolución. Y el más estrafalario de los inventos del intelecto es la lógica simbólica o formal, tan apartada de los menesteres del cuerpo y tan cercana a las alegrías del alma. La lógica formal, con sus proposiciones ideales, es lo más cercano a Platón que un matemático pueda llegar a tener en su cabeza. ¿Qué son las ideas? Schopenhauer, siguiendo el planteamiento platónico, nos dice que las ideas son ajenas a la multiplicidad, son los modelos de las cosas individuales, sus imperecederas formas:

“las eternas formas de las cosas, no apareciendo en el tiempo y en el espacio, medium del individuo, sino inmóviles, no sujetos a cambio alguno, siendo siempre y no deviniendo nunca, mientras los individuos nacen y mueren, siempre están llegando a ser y nunca son [...]”(3)



Es así que hay una gran semejanza entre los números, las figuras geométricas, las formas de la lógica y las ideas, pues todos ellos son ajenos al tiempo y el espacio, no son objeto de cambios, son únicos y no devienen jamás. Por eso es que siempre podemos estar seguros de que dos más dos son cuatro; porque los números no son volubles, como tantas y tantas cosas de este mundo tan ordinario.

En varios pasajes de Concepción Cabrera de Armida. La amante de Cristo, Javier Sicilia arremete contra Platón. En resumen, la queja de Sicilia es la siguiente: “El cuerpo –decía Platón– es la cárcel del alma”.(4) Es así que, en contrapartida, Sicilia reivindica la visión unitaria del sistema alma-cuerpo, tan en boga entre los católicos cultos de la actualidad. Para que yo pueda contestar esto a la manera de un elogio de la cordura, me gustaría recurrir a un gran teólogo cristiano que también cita Sicilia:

“El filósofo Nicolás de Cusa decía que «como regalo divino habita en todas las cosas el anhelo natural a ser de mejor manera que lo que permite el estado actual de su naturaleza»”.(5)



Cusa sostenía la doctrina de la conciliación de los contrarios. Parece que Javier Sicilia olvida que por su formación matemática, Cusa es un neoplatónico. Según Nicolás de Cusa, “el hombre es una imagen viva de Dios”. Por consiguiente, se trata de un Dios vivo, que forma a su imagen, es decir, con base en una idea divina, al hombre. La idea del hombre fue concebida en la mente de Dios. En consecuencia, Cusa es el intelectual que nos permite exclamar: “Al cielo por la razón”.

1) Rudy Rucker, La cuarta dimensión, Barcelona, Salvat, 1989, p. 161.
2) Fausto Ongay, Máthema, el arte del conocimiento, México, Fondo de Cultura Económica, p. 7.
3) Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad, y representación, México, Porrúa, 1998, pp. 111-112.
4) Javier Sicilia, Concepción Cabrera de Armida. La amante de Cristo, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, p. 56.
5) Javier Sicilia, Concepción Cabrera de Armida. La amante de Cristo, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, p. 502.

lunes, 19 de octubre de 2009

El espinoso Spinoza

Enrique Arias Valencia

Dice Sócrates al final del Hipias: "Las cosas bellas son difíciles". Encuentro a Spinoza muy bello y muy difícil. A lo difícil lo encuentro espinoso. Luego, Spinoza, por bello, es espinoso, como una roja rosa.

Si bien la idea de colocar a Spinoza entre los panteístas me parece muy descabellada, también he encontrado puntos de empate entre la Ética demostrada según el método geométrico y el panteísmo.

Ya Bertie* había advertido que aquel que es místico no distingue entre bien y mal. Y aquel que es místico desemboca en el panteísmo. Y pues nuestro Benedicto sostenía que:



"En cuanto a los términos bueno y malo, estos no indican cualidades positivas en sí mismas, sino que son simplemente modos de pensar o nociones que nosotros formamos al comparar unas cosas con otras.

Así una misma cosa puede ser al mismo tiempo buena, mala o indiferente. Por ejemplo la música es buena para aquel que es melancólico, mala para el que lleva luto y para el que es sordo no es buena ni mala".




¿Será buena la música para aquel que es alegre? ¿Es la música un valor moral o es un valor estético?

A pesar de los esfuerzos de Nietzsche, de Spinoza y hasta de mi consejera espiritual de convencerme de que no existen ni el bien ni el mal; ni cosa alguna como mi yo objetivo, resulta que yo me sigo sintiendo mal. ¿Qué hago? Bueno, y quizá me arrepienta de estas disquisiciones, y el Buen Spinoza también tiene algo para mí:




“El arrepentimiento no es una virtud, o sea, no nace de la razón; el que se arrepiente de lo que ha hecho es dos veces miserable e impotente”.




¿Cómo se puede ser miserable e impotente sin un patrón moral que lo contraste? ¿Es bueno o malo ser miserable e impotente?

* Ver Bertrand Russell, Misticismo y lógica.



Algunos enlaces relacionados:

Pío Moa


Spinoza en breve

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mahler y Nietzsche, una sutil combinación

Enrique Arias Valencia

“La dicha ansía profunda eternidad”.
Nietzsche

El sábado 17 de Marzo de 2007 en la Sala Silvestre Revueltas a las seis de la tarde, minutos más, minutos menos, tuve el raro privilegio de escuchar la Tercera sinfonía de Gustav Mahler, obra que considero la mejor sinfonía compuesta en toda la historia de la humanidad porque incluye un poema del Zaratustra de Nietzsche, filósofo a quien considero el mejor pensador de toda la historia de la humanidad. Y es así que a Nietzsche lo considero el mejor filósofo porque forma parte de esta sinfonía y a ésta la considero la mejor sinfonía porque incluye a Nietzsche. Pongamos a los actores de este maravilloso acontecimiento. Carla López-Speziale, mezzosoprano, Schola Cantorum, Coro Femenino de Marina, Coro Femenino Pro Música México, todos bajo la batuta de Enrique Barrios. La de Mahler se trata de una colosal composición que parece hacer referencia a la Gran Cadena del Ser. Lo que sigue a continuación es una reflexión sobre las sensaciones que me provoca cada movimiento de esta sinfonía en particular. El primer movimiento es un conjuro que me hace pensar que en la blanca flama de la dignidad inmaculada forjaré el carácter de mi corazón sangrante. Es la llegada del más violento de los estíos. A continuación, los capullos del campo tratan de plasmarnos uno de esos paisajes románticos que continúan con la ascensión en la escala de los seres. Por eso, los animales suceden a las plantas en el tercer movimiento. Y entonces llegamos al movimiento del hombre. En el corazón del hombre late una contradicción. Ora contento, ora triste con aquello que lo había puesto contento. No cabe duda de que el hombre es una paradoja. Por eso resulta muy apropiado reflexionar sobre ciertos aspectos paradójicos del ser humano. Hay una mística mexicana que escribió algunas de las más brillantes páginas del arrebato y el éxtasis. Así tenemos que Concepción Cabrera de Armida nos dice:

“Hoy me duele el corazón y el brazo izquierdo hasta exteriormente, consecuencia de lo que hay por dentro. Me parece que tengo por dentro un volcán sin respiradero, una máquina de vapor con válvula, un horno sin tiro, y me dan ganas de poderlo romper para desahogarlo… El consuelo en estos momentos, o en esta situación, es la comunicación con el Señor, la oración, las jaculatorias, las penitencias, pero estas cosas, al mismo tiempo, Padre mío, son combustible que hace crecer el fuego”.


No deja de ser sorprendente esta frase de la apasionada Concha, quien se queja de llevar fuego en el alma, pero que no puede darle salida; porque cuando es a Dios a quien se ama, ¿cómo poder saciar ese amor? Uno de los aspectos más terrible de la condición humana es que a veces planeamos dedicarnos a las más grandes misiones, pero la vida nos conduce por un sinfín de frustraciones, y no podemos exteriorizar toda lo poesía de nuestro genio creador. Ésa es la tragedia del hombre, en palabras de Anaïs Nin: “Tengo la fuerza de un caballo atrapada en un caracol”. Ésta es la razón de que sólo podamos esperar la redención por el amor. Y lo que nos dice el amor llega con el esplendor y la gloria de los timbales, que presiden el Finale de una sinfonía que sólo puede entregarnos una guía para vivir mejor la vida que nos ha tocado vivir. Por eso la alegría desea la eternidad, porque cuando estamos alegres pareciera que compartimos el esplendor de la eternidad. Y sin embargo, bien sabemos que la profundidad de la noche apunta a una eternidad sin nosotros. Por eso es que debemos hacernos como niños para entrar en el reino de los Cielos, pues la inocencia infantil nos regresa al Dios que nos ha abandonado en este valle de lágrimas. La más alegre de todas las sabidurías consiste entonces en saber ansiar la eternidad de la dicha, de la mano de un Dios que sólo puede ser entendido como amor.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Resurrección redentora

Resurrección redentora
Enrique Arias Valencia

“Mi tiempo aún está por llegar”.
Mahler

La Sociedad Coral Cantus Hominum acaba de participar en la ejecución de la Segunda sinfonía de Gustav Mahler en la Sala Silvestre Revueltas; lo cual me invita a reflexionar sobre este compositor, pues escribir sobre Gustav Mahler es remitirme a uno de mis ídolos de juventud, aquellos en quienes creí cuando parecía que las verdades eran ciertas, y el mundo tenía pinta de ser un hogar mejor. Dicen los entendidos que Mahler compuso sus sinfonías como si fuesen una sola obra. Además, a Mahler le gustaba componer con base en un programa, si bien él mismo eliminó después cualquier referencia programática en sus sinfonías. También estaba interesado en la filosofía. De modo que quizá con estos elementos pueda hacer algunos apuntes sobre Mahler.
A veces me gusta jugar con los elementos nietzscheanos de El nacimiento de la tragedia. Así, si Apolo es pensamiento, entonces Dionisos es intuición. Y como no podemos pensar sin palabras, por consiguiente Apolo es palabra. La música es la mayor intuición. Y en vista de que a Dionisos le agrada la mayor intuición, en consecuencia, a Dionisos le gusta la música en grado sumo. Es así que la reunión de la palabra de Apolo y la música de Dionisos en esta sinfonía será por parte de un coro que aparecerá en el quinto movimiento.

Primer movimiento
“Yo moriré para vivir”.
Gustav Mahler

Resulta que el Titán de la Primera sinfonía ha muerto. Por lo tanto, el primer movimiento de la Segunda sinfonía es un Allegro moderato estructurado en una colosal forma sonata descubierta en ritmo de marcha. Mahler comentó sobre este movimiento: “¿Qué es la vida? y ¿Qué es la muerte? ¿Existe alguna continuación para nosotros? ¿Es esto un puro sueño o esta vida y esta muerte tienen un significado? Y nos vemos forzados a contestar a estas preguntas si queremos seguir viviendo”. Y sin embargo, no quisiera contestar a estas preguntas, pues me deleito más en la esencia de su enigma que en el supuesto esplendor de su respuesta. No dejo de recomendar el trémolo de violines y violas que sirve de base para uno de los temas fúnebres más colosales que violonchelos y contrabajos hayan ejecutado jamás.

Segundo movimiento
Sigue un Andante moderato que fue una de mis piezas favoritas en mi juventud. De hecho, el comentario de Mahler para este movimiento es que se trata de “Un momento de la vida de la persona desaparecida y un recuerdo de su juventud y su perdida inocencia”. Recuerdo el papel de la flauta en este Rondó y variaciones. La música parece una llamada a preguntar ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

Tercer movimiento
Y entonces los timbales nos conducen a un Scherzo basado en la canción de Mahler “San Antonio de Padua predica a los peces”: una de las más deliciosas melodías con aire judío que hace que le dé gracias a Dios por haberme dado oídos. Las maderas se encargan de llevar la voz cantante en esta composición sinuosa. Mahler introdujo un contraste: tres llamadas de los metales parecen interrumpir la melodía de vez en cuando.

Cuarto movimiento
El cuarto movimiento, a cargo de una contralto, se llama “Luz prístina” y es una traslación literal de una canción de un libro de poemas cuyo título es El cuerno mágico del doncel o algo así. Mahler estaba muy interesado en esos versos, frutos deliciosos de la tradición popular, y musicalizó varios de ellos. De hecho, el “San Antonio” del Scherzo anterior también había sido puesto en voz por Mahler, pero en esta Segunda sinfonía prefirió transcribirlo para orquesta.

Quinto movimiento
“El amor de Dios en el hombre es Dios”.
Pedro Ruiz de Alcaraz (s. XVI)

¿Qué estarás haciendo el Día del Juicio Final? Ésa es la pregunta. Llegamos así al más metafísico de todos los movimientos de esta sinfonía. Los contrabajos preceden a una grandiosa explosión que le pone punto final al mundo tal y como lo conocemos. En palabras de Mahler: “Retumban los truenos, el final de todas las cosas vivas se avecina, el juicio final está sobre nosotros y todo el terror de ese Día entre los días nos atenaza”. Mahler se atreve a escribir la partitura que ejecutarán las trompetas del Apocalipsis. No contento con eso, toma prestado el Dies irae de la Edad Media para que intervenga en esta composición. Un ruiseñor solitario, representado por la flauta entona un postrer responsorio con las trompetas del Juicio Final. Y de pronto, un coro en un dulce pianissimo hace su aparición, y entonces sucede lo más maravilloso que músico alguno haya escrito jamás: la resurrección anunciada por Mahler es una tierna caricia de un Dios clemente y compasivo. Si Dios admitiese sugerencias para el día del Juicio Final, nada me gustaría más que atendiera a las palabras de Mahler sobre la resurrección de los muertos: “Un coro de santos y bienaventurados se escucha quedamente: «resucita, sí, resucitarás»; ¡aparece la Gloria de Dios! Una luz maravillosa llena nuestros corazones, todo está ya bendito. Y, atención, no hay Juicio, no hay pecadores, no hay justos –no hay grandes ni humildes–, no hay castigos ni recompensas. Un glorioso sentido del amor nos invade con el conocimiento de sabernos salvados”. En lugar de una resurrección apocalíptica presidida por gritos descomunales, Mahler imagina a los muertos levantarse de sus tumbas al amparo de una melodía que casi parece un arrullo: una serena canción de cuna que el coro entona con matices de inocente disonancia y cambios de ritmo de gran valor expresionista. Poco después, la contralto nos exhorta a recuperar la fe. Y el coro interviene de nuevo para festejar en pleno una salvación musical. Mahler lo ha logrado: ha compuesto una sinfonía que supera a la Novena de Beethoven por su valor redentor universal. Que Dios nos ame con toda la capacidad de un Dios personal. Que Dios nos perdone con toda la fuerza de su misericordia, y que Dios nos guíe con todo su poder paternal. Ése es mi mayor deseo para el Día del Juicio Final.

martes, 6 de febrero de 2007

Ensayo sobre la santidad

Enrique Arias Valencia

¿Existe Dios? Y de existir, ¿cómo será? ¿Será un Dios tan viejo como el del hinduismo o tan joven como el del cristianismo? ¿Acaso se tratará de un Dios personal o de un absoluto impersonal? ¿Quién puede saberlo?
Fue el inmortal Borges quien dijo que la teología es una rama de la literatura fantástica. Ahora me gustaría añadir que Dios es la mayor fantasía, mayor que la cual nada puede fantasearse.
Soy un ateo en busca de Dios, si bien a veces creo que Dios no existe; por eso supongo que la santidad en caso de existir, sería una característica humana. Es decir, pueden ser santos los humanos aunque no haya Dios.
¿Qué es la santidad? Es una manifestación de bondad que distigue a la persona que la practica. No deja de sorprenderme el estilo literario de Benedicto XVI, quien en su primera encíclica Deus caritas est nos deleita con la idea de un Dios que es amor. La encíclica incluye un tiempo para el buen humor, y su estilo ágil nos invita a profundizar en el aspecto amoroso de Dios.
“El epicúreo Gassendi, bromenado, se dirigió a Descartes con el saludo: «¡Oh Alma!». Y Descartes replicó: «¡Oh Carne!» Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma”. (18)
Esta unión inseparable del cuerpo y del alma llamada hombre vive la dimensión completa del amor. Una obra de amor vale más que mil demostraciones de la existencia de Dios. De hecho, Jesús dice que seremos juzgados por lo que hagamos y no por lo que demostremos con argumentos. Por su parte, Benedicto XVI sostiene que:
“3. Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Digamos de antemano que el Antiguo Testamento griego usa sólo dos veces la palabra eros, mientras que el Nuevo Testamento nunca la emplea: de los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos”.(19)
Sólo desde el punto de vista biológico podemos considerar al corazón como una bomba sanguínea. Desde un punto de vista más humano, el corazón es la fuente del amor.
Benedico XVI nos enseña así que hay, en general, tres tipos de amor: erótico, filial y agápico. Cada uno con una dimensión propia, y sin embargo, están comunicados. Por eso, si bien el Nuevo Testamento nunca emplea la palabra eros, Benedicto XVI nos conduce a un encuentro con el eros de Dios, el cual está unido con el agapé en una perfecta armonía.
Debido a que Dios nos hizo, él sabe qué es lo que necesitamos. Sabe que tenemos un cuerpo y un alma, unidos en nuestra condición humana. Por eso Dios nos amó primero en forma erótica y agápica, es decir, en forma plena. Cuando el hombre es capaz de sentir el amor de Dios, el mundo entero se transforma. Y el amor de Dios es fruto de la gracia y el hombre dispuesto puede siempre recibir el amor de Dios, en cuerpo y alma, por completo.

“10. El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona”. (20)

En el párrafo anterior Benedicto XVI nos muestra la perla del cristianismo: el perdón. ¿Qué es el perdón? Al margen de la Encíclica del papa, quisiera apuntar que perdonarse a uno mismo es un maravilloso renacimiento; perdonar a los demás es una puerta hacia la paz. Perdonar significa reconocer con amor los límites y defectos de la condición humana. Es así que quien perdona, ama, y quien ama, comparte. Y sin embargo, perdonar no es permitir un abuso, porque el perdón promueve el amor y no el sufrimiento.
Benedicto XVI demuestra un profundo respeto por las tradiciones precristianas y en lo que estas tienen de acertado sabe reconocer la semilla de verdad que contienen:
“Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor”. (21)
Muy bien: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”; ¿y cuál es el trato? Porque si hay amor hay una relación; ¿o no? ¿Y cuál es la actitud de Dios? Un silencio angustioso. Por eso, en un mundo tan neoliberal siempre me asalta esta pregunta: ¿Está Dios de más? Yo lo echo de menos. ¡Qué quieren que haga! Mi vicio es no creer en Dios, y sin embargo extrañarlo como a un amante muerto.
Es así que la santidad, en caso de existir es un asunto humano, y nada más, pero también, nada menos. Y en vista de que los seres humanos tenemos defectos y limitaciones, por lo tanto la santidad que yo anuncio es una santidad con defectos y limitaciones.
El saber de los sentidos no es todo el saber; eso podemos sentirlo. El conocimiento racional no agota el conocimiento. Eso podemos argumentarlo. Sólo el amor puede darnos una dimensión más amplia, más humana, más rica, más plena.
Amar es decidirse a ver las cosas desde una óptica nueva. ¿Qué importa si la realidad está constituida por átomos, quarks, supercuerdas, Apolo o Dionisos? El amor trasciende todas estas dimensiones, si bien puede perdonarlas. Después de todo, un conocimiento bien empleado podría salvarnos la vida. Pensemos en los triunfos de la medicina. Por eso el Eclesiastés dice que “Todo tiene su tiempo”. Divertirnos con las supercuerdas es interesante, pero el asunto del amor es irresistible. Y el amor nos lleva al perdón y el perdón nos lleva al amor. Perdonar es ver con amor los límites y defectos de los demás y es una cordial invitación a identificar y enmendar nuestros propios errores.
Los místicos nos demuestran que Dios puede invitarnos a vivir un delirio de amor. Para ellos es muy clara esta expresión de Benedicto XVI: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento”. El místico nos hace ver que es posible vivir un amor pleno y perfecto, que trasciende los límites y defectos de lo humano.


18) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 8.
19) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 6
20) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 14.
21) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 17.