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miércoles, 30 de marzo de 2011

Kant, Schiller y Schumann, sublime trinidad

Enrique Arias Valencia

¿No será la belleza una consecuencia en sí?
José Miguel Moreno Sabio

De nuevo, Immanuel Kant me acompañó a un concierto. Recordemos que Kant sostiene que el alma descubre el sentimiento de placer y displacer gracias al principio de la facultad de juzgar reflexionante, el cual es independiente de toda experiencia, ya que con base en la subjetividad postula la aparente finalidad de la naturaleza. Juicio por el cual, no obstante, no se puede conocer ni demostrar nada acerca de la naturaleza, porque este juicio place sin concepto, y no es adecuado para el entendimiento, pues el producto de dicho juicio es el arte.



En esta ocasión para que Kant pueda ayudarnos en nuestras reflexiones estéticas debemos hacer dos cosas. Primero, reducir algunos puntos de su muy estricto sistema. Segundo, atrevernos a ir más allá de su sistema, plantear cosas distintas. Sin embargo, procuraremos ser fieles al espíritu de su obra. La tertulia se enriquecerá, porque Schiller, crítico de Kant, se ha unido a la reflexión.

Empecemos con unos pocos axiomas o ideas sueltas:

Kant sostiene que lo bello es una consecuencia del juego libre de las facultades de la imaginación y el entendimiento.

Sublime libertad, belleza enérgica, Finlandia de Sibelius es un homenaje a los bronces de la patria.

Sobre la senda estética del hombre, el Concierto para violín de Tchaikovsky es una hermosa y dulce herida en el corazón humano. El solista es Adrian Justus.

He roto mi propia marca. En un solo día, tres conciertos. ¿No es eso, por grande, sublime?

Silogismo: Beethoven es el culmen de lo bello y el primero en lo sublime.

Toda culminación es última.

Toda belleza es clásica.

Todo lo sublime es romántico.

Por eso dice el refrán: “Beethoven es el último de los clásicos y el primero de los románticos”.

Según Schiller belleza es libertad en la apariencia. El impulso de juego tiene un bello reflejo en las Canciones infantiles de Schumann, que escucho enmarcadas por trinos de pájaros en el patio de recreo de La Giganta de José Luis Cuevas. Carlos Barajas es quien hace el milagro al piano.

Por lo tanto, el imperativo categórico de la estética dice: “Escucha de tal forma que tu oído pueda tomarse como norma de belleza universal”.

Vayamos ahora a la cosa misma.


Tempo del sublime Schumann

Sostiene Kant que la naturaleza como una fuerza sublime reside en nuestra alma: “La sublimidad no está encerrada en cosa alguna de la naturaleza, sino en nuestro propio espíritu, en cuanto podemos adquirir la conciencia de que somos superiores a la naturaleza dentro de nosotros y por ello también a la naturaleza fuera de nosotros”. Por lo tanto, a un alma profunda corresponde el sentimiento sublime en consecuencia. Sumerjámonos en las profundidades de nuestra propia alma. El alma, negada por los ateos, tendrá su recompensa: la intuición de lo sublime, que no está en el objeto, sino en el sujeto.

Este fin de semana he escuchado la Cuarta sinfonía de Schumann dos días seguidos, en sendos conciertos, uno en la mañana y otro en la tarde, ejecutada por la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, bajo la batuta de José Arturo González. Es así que la Cuarta sinfonía de Schumann es una obra totalmente sublime.

Las obras sublimes emergen del fondo del alma. La prueba la encuentro en el programa de mano, donde sostiene Juan Arturo Brenan: “El caso es que la Cuarta sinfonía de Schumann, que según su mujer emergía desde el fondo de su alma, estuvo terminada en septiembre de 1841, y el compositor ofreció el manuscrito a su esposa el día en que bautizaron a su primer hijo”.

Clara Schumann afirma que la sinfonía surgió del fondo del alma de su esposo. Siguiendo a Kant, decíamos que las obras sublimes emergen del fondo del alma. Por lo tanto, la Cuarta es una obra sublime. Ahora bien, según Kant: “Sublime llamamos lo que es absolutamente grande”. En el caso que nos ocupa, la prueba consiste en lo siguiente. La versión de 1851 de la Cuarta sinfonía se ejecuta en forma continua. Es una sinfonía en un solo movimiento. Al disolver las interrupciones, se trata de una obra absolutamente grande.

Otra prueba: timbales, las maderas y las cuerdas.
  • Dos flautas

  • Dos oboes

  • Dos clarinetes

  • Dos fagots

  • Cinco trompas

  • Dos trompetas

  • Tres trombones

  • Timbales

  • Cuerdas.
Hace unas semanas, Javier Sicilia, transfigurado en liras, me acompañó a un concierto. Han matado al hijo del poeta. Una amiga, tras saber la terrible noticia, me comenta que Sicilia sostiene que “Toda aventura espiritual es un calvario”. Añado que la vida en esta tierra es siempre una aventura espiritual, y por tanto, la vida es un calvario. En lontananza, la locura de Schumann lo refrenda, y lo sublime termina por corroborarlo. Sostiene Crescenciano Grave en Verdad y belleza. Un ensayo sobre ontología y estética:
“Lo sublime dinámico es el sentimiento que concibe el sujeto consistente en su poder de resistir la potencia de la naturaleza con el cual él mismo aparece como si fuera más poderoso que la misma naturaleza. En lo sublime dinámico el sujeto adquiere conciencia de su poder resistir la potencia de la naturaleza”.

Hacerle frente al destino, eso es sublime.

El sábado 19 de marzo de 2011 me acompañó Kant a otro concierto. El domingo 27 me acompañó Schiller a tres conciertos. He hecho una síntesis de sendas aserciones de estos filósofos, y he obtenido una curiosa proposición.

1) Kant: “Belleza es la forma de la finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin la representación de un fin”.

2) Schiller: “La belleza es la forma de una forma”.

3) La belleza es la forma de una forma de la finalidad sin fin.

La tercera frase es graciosa y seria a la vez. Graciosa porque es un cantinfleo. Seria porque apunta a un fin mayor que ella misma. ¿Qué nos dice la filosofía? Tenemos la corazonada de qué es lo bello, si bien no podemos expresarla con palabras. ¿Qué es la belleza? “No lo sé”. Esa es la respuesta más sincera y simple del filósofo. Yo no soy fuente fidedigna de conceptos. Yo soy reflejo intempestivo de lo bello. Tiene razón Schiller cuando nos convence de que el alma libre sólo debe jugar con la belleza y sólo con la belleza debe jugar. En la sinfonía de Schumann que ahora nos convoca, El Scherzo es una muestra de lo que Schiller llama belleza enérgica, esto es, sublime.

¿Qué es la belleza? Kant nos advierte sobre este interrogante, la cuestión fundamental de las artes, de este modo: “La belleza, sin relación con el sentimiento del sujeto, no es nada en sí”. Ahora, para contestar la pregunta de José Miguel Moreno Sabio que engalana epígrafe este ensayo: la belleza es una consecuencia del alma.

Por eso, poetas, músicos y bailarines nos ilustran. Después de todo, son ellos los expertos en belleza. Nuestra buscada definición sostiene entonces: la belleza es la forma pura de la finalidad, alba de canción y danza, desnuda presencia.

Siguiendo a Schiller sostengo que la obra de arte es el lugar donde se suprime el tiempo en el tiempo. Por eso jamás consulto mi reloj cuando la obra termina. ¿Qué hora es? Es la hora en que me doy cuenta de que el arte es la belleza desnuda de presencia.

Continuando con mi concierto de Schumann. Durante la Romanza, Miguel Ángel Villeda Cerón interpreta el solo de violonchelo. Por su parte, en el concertino, su hermana Ana Caridad está a cargo del solo de violín. Durante mi audición del sábado, pude descubrir el solo de violonchelo. Claudia, la madre de los jóvenes, el más tierno fulgor de la razón práctica, me ha revelado el solo de violín, y he podido deleitarme con él este domingo.

Una prueba más de lo sublime. En la Cuarta sinfonía, la tonalidad que predomina es el Re menor.
Andante con moto - Allegro di molto (Re menor / Re mayor)

Romanza: Andante (La menor)

Scherzo: Presto (Re menor)

Largo - Finale: Largo - Allegro vivace (Re mayor)

Uno de los momentos del juicio estético de Kant afirma que: “Bello es lo que, sin concepto place universalmente”. Es así que el segundo mandamiento del juicio estético dice: “¡No conceptualizarás!” Sin embargo, los genios contradicen a Kant. Después de todo, la tentación de verter el concepto en donde no puede verterse, es irresistible. Según su esposa, Schumann quería darle un concepto a su música:
“Robert inició ayer otra Sinfonía, que será en un movimiento pero tendrá un adagio y un final. No he oído nada de la obra pero oigo el constante ajetreo de Robert y escucho constantemente el re menor en la distancia, por lo que sé que otra obra está tomando forma en el fondo de su alma.”

El problema es irresoluble pues es filosófico. El comentario de Brenan refuerza la tesis:
“Lo más interesante de este párrafo es, sin duda, la asociación directa que Clara Schumann hace entre la tonalidad de re menor y las profundidades del alma del compositor. Es especialmente significativo en este contexto el hecho de que el propio Schumann escribió un artículo en el que intentaba resolver (sin éxito) el curioso problema de la caracterización de las tonalidades. Afirmaba Schumann, con razón, que era igualmente inadmisible suponer que un sentimiento determinado sólo podía ser expresado musicalmente a través de una tonalidad específica, o sostener que cualquier sentimiento podía ser expresado en cualquier tonalidad. Aparentemente nadie ha podido resolver esta cuestión, ni desde el punto de vista de la percepción subjetiva, ni desde el punto de vista de la acústica”.

Y sin embargo, se puede resolver: Schumann lo consigue en su Cuarta sinfonía. Por lo tanto, a pesar de que según Kant, lo bello place sin concepto; sí hay concepto de lo bello en la Cuarta sinfonía de Schumman, pues hay concepto de Re menor. De nuevo, Brenan en el programa de mano:
“En un curioso texto en el que se intenta analizar el carácter de cada tonalidad musical, nos enteramos de que re menor es considerada como una tonalidad contemplativa y apasionada, casi religiosa, de carácter devocional y tranquilo, y al mismo tiempo noble. ¿Serán estas, en verdad, las cualidades de la Cuarta sinfonía?”

¿Y no llamaríamos sublime al sentimiento de tranquila contemplación, que se va haciendo religioso por su devoción arrebatada, y que culmina en un noble sentimiento de alma profunda? ¿Serán acaso, los aspectos de nuestra alma que emergerán al escuchar la Cuarta sinfonía?

¿No son estos los sentimientos que encontramos en el retrato sonoro de la Catedral de Colonia que Schumann plasmó en la Sinfonía Renana? Voy a arriesgarme a sostener algo sin consultar la partitura. Con base en los comentarios anteriores acerca de lo sublime, según mi parecer, la Catedral de Colonia de la Renana está en Re menor, una obra emparentada en lo sublime con la que hemos analizado. O al menos, uno de los tempos de la Renana está en Re menor.


Fuga

“El producto bello puede, y debe incluso, estar sometido a reglas, pero tiene que aparecer libre de reglas”.
Schiller

Una satisfacción personal. He descubierto por mi propio esfuerzo la solemne fuga del último movimiento. La fuga es muy estricta en reglas. Será la imaginación de Schumann la que la haga libre, pues bello es aquello cuya regla no la dicta el concepto, sino el ejercicio libre de la imaginación y el entendimiento, cuya supresión y conservación constituye el impulso de juego. Las cinco trompas: Ricardo Aldair Cornejo Estrada, Orlando Segovia Aguilar, Sergio Argumedo González, Francisco Torres García y Osvaldo Barbadillo Zavala, hacen infinitamente grande, sublimemente matemático el pasaje que sigue a la fuga. Dado el número de trompas, parece que se usó la orquestación de Gustav Mahler, pues la Wikipedia finesa prescribe cuatro para la versión de 1841. Sin embargo, en el programa de mano del concierto al que asistí se usó la notación italiana de 1841, si bien ya en esta versión la tendencia de Schumann era escribir una sinfonía que se ejecutara sin interrupciones, como finalmente sucede en la versión de 1851, con notación alemana y cinco movimientos.

Al final, la obra entera se revela desnuda de presencia.

Bibliografía Web:







Bibliografía de papel:

SCHILLER, Friedrich, Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre, Barcelona, Anthropos, 1999. Estudio introductorio, de Jaime Feijoó. Traducción y notas de Jaime Feijoó y Jorge Seca. 397 pp.

  • Foto cortesía de Pancho Bedregal.

lunes, 21 de marzo de 2011

Celebración del Juicio Estético

Enrique Arias Valencia

Nuevamente, este año, asistí a un concierto en el que se interpretó la Novena sinfonía de Beethoven. En el autógrafo que me ha brindado, el tenor José Antonio Díaz apunta: “Para un nonofanático”. A mis amables lectores les suplico que lean este ensayo, pues si bien la obra que he escuchado es la misma de la reflexión anterior, les aseguro que mis juicios son diferentes.

Obertura Coriolano de Beethoven

Tras disfrutar de una fiesta pagana para recibir el equinoccio vernal al pie de la pirámide de Cuicuilco, ahora estoy en el vestíbulo del Centro Cultural Ollin Yoliztli, para asistir al octavo concierto de la temporada de invierno de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, con el Coro Filarmónico Universitario, los solistas Alejandra Sandoval, soprano; Grace Echauri, mezzosoprano; Leonardo Villeda, tenor y Josué Cerón, bajo; todos dirigidos por la batuta de Jorge Armando Casanova. Fuera de la sala, espero a que la soprano Adriana Ruiz Sotelo me entregue un boleto que su esposo, el tenor José Luis Sosa Trujillo me ha prometido. Mientras aguardo la preciada prenda, el tenor José Antonio Díaz charla conmigo. Poco antes de las doce y cuarto, aparece Adriana y me entrega mi billete de entrada. La hermosa aparición de Adriana es saludada por la alegría de mi espíritu. En los caracteres morales se refleja la belleza del alma en forma tal que me hace ver que es en mis amigos en quienes encuentro el mayor deleite ético.

Entro a la Sala Silvestre Revueltas, la cual está atestada. Me sentaré hasta atrás. Como individuo, estoy solo, pero a mi alma Immanuel Kant la ha acompañado a este concierto con su Crítica del juicio. En ella, el filósofo alemán aborda el problema de la estética, y por lo tanto, del arte. He querido, el día de hoy, efectuar una síntesis entre algunos aspectos de esta sección del idealismo trascendental de Kant y la música del concierto que escucharé. Los aciertos son de Kant, los errores son míos, y el deleite de lo bello es universal. Para comenzar diré que el heroísmo de Coriolano place en la realización de su bella finalidad sin fin.

K.200 de Mozart

Kant me invita a reflexionar que el espíritu descubre en el sentimiento de placer y pesar la facultad del juicio de gusto, asombro del principio universal y necesario que, cautivo de subjetividad cree haber encontrado el propósito secreto de la Naturaleza. Juicio por el cual no se puede demostrar nada acerca del mundo, porque dicho principio es en sí mismo indeterminable y por eso no produce conocimiento. Pero encuentra satisfacción en las artes.

¿Puede satisfacernos una sinfonía de Mozart no en tanto que sinfonía sino en tanto que sonido puro? Si la respuesta es sí, luego lo que ha operado en nosotros es el juicio de gusto. ¿Nos gustan los sonidos, el ritmo, la melodía y la armonía? Luego, nos gusta la música.

Novena sinfonía de Beethoven

PRIMER MOVIMIENTO

¿Podemos escuchar el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven sin esperar identificar alguno de sus temas con alguna situación del mundo exterior? ¿Podemos escucharla desinteresándonos del mundo ordinario? Sí podemos, porque nuestro espíritu estará derramado en la propia música, desnuda de todo asunto ajeno. Sólo se trata del ritmo, el modo, la melodía y la armonía, vertidas en nuestro espíritu sin interés alguno.

Leemos en la Crítica del juicio que “El juicio de gusto es estético”. Kant establece cuatro momentos del juicio estético, el primero, según la cualidad, dice a saber: “Gusto es la facultad de juzgar un objeto o una representación mediante una satisfacción o un descontento, sin interés alguno. El objeto de semejante satisfacción llámase bello”. Yo soy un esteta desde el primer momento.

Intentaré aplicar la anterior definición al primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven. Bello es lo que satisface desinteresadamente. Podemos juzgar el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven sin interés alguno. Por lo tanto, el primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven es bello.

SEGUNDO MOVIMIENTO

Pareciera que el segundo momento del juicio estético está anunciado en el anterior, pues según la cantidad, el juicio estético nos llevará a saber que: “Bello es lo que, sin concepto place universalmente”. Y si hemos despojado a lo bello de interés, ¿cómo podríamos tener de ello un concepto?

Tomemos como ejemplo el Molto vivace - Presto de la Novena sinfonía de Beethoven. Al ser considerado en abstracto, esto es, sin interés, de ahí se sigue que esta música no tiene concepto alguno que ofrecernos, pues si lo hubiere, de inmediato atraparía nuestro interés.

Por eso, al intelecto, la música no le dice nada, pues su lenguaje no es conceptual, es emocional. Es un asunto de alegría y pesar, nada más. Y dicho sea de paso, el pesar de la música es bello pues es ajeno a nuestros intereses particulares. Es un dolor universal que, sin embargo, en su momento también nos comunica con la sonrisa del universo.

En su Crítica del juicio, Kant trató el asunto de los chistes, recomendándolos como fuente de salud para el cuerpo y el espíritu. Uno de los chistes que cuenta Kant, dice a la sazón: “Otro gracioso cuenta, con gran lujo de detalles, la aflicción de un mercader que, volviendo de las Indias a Europa con toda su fortuna en mercancías, se vio obligado a echarlo todo por la borda, durante una tempestad, y se apenó de tal suerte que en la misma noche encaneció su peluca”. Kant aclara que la gracia del chiste consiste en que la apariencia se resuelve en la nada, mostrando un absurdo.

Mozart y Kant usaban preciosas pelucas. Beethoven prefirió soltarse el pelo, y arrojó fuera de sí uno de los más queridos emblemas del Antiguo Régimen.

TERCER MOVIMIENTO

La finalidad sin fin del juicio estético es uno de los aspectos más difíciles de la metafísica kantiana. Ésta aparece al analizar la relación de los fines considerada en el juicio de gusto. Ésta relación es universal y necesaria. Por lo tanto, es independiente de encanto y emoción particulares. Por consiguiente, sostiene Kant que “Belleza es la forma de la finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin la representación de un fin”.

No puedo decir objetivamente que el Adagio molto e cantabile de la Novena sinfonía es bello. Pero si aparto de mí el interés por la estructura de la obra, en tanto que sonido, este sonido apunta sin la representación de un fin, y entonces, lo encuentro bello.

CUARTO MOVIMIENTO

Hay un enlace en el tercer y cuarto momentos del juicio estético, y es entonces cuando subjetivamente descubrimos la finalidad de la naturaleza. El juicio subjetivo del fin de la naturaleza apunta al enlace entre belleza y bien. Éste sólo puede realizarse en la poesía. Gracias al juicio de gusto, la naturaleza parece tener un propósito. Dicho propósito es una idea de la razón que encuentra su correspondencia en el reino de los fines. Sin embargo, no hay que olvidar que las ideas no son conocimiento de objeto de experiencia alguna. En cambio, sobre el propósito de la naturaleza humana, Schiller pregunta en el himno A la alegría, al que Beethoven puso música: “¿Presientes, oh mundo, a tu creador?”

Ahora bien, según Kant, lo bello, a partir del cuarto momento, esto es, la modalidad de la satisfacción en los objetos, consiste en que: “Bello es lo que, sin concepto, es conocido como objeto de una necesaria satisfacción”.

La satisfacción necesaria está dada en el juicio subjetivo de la finalidad. Es así que el juicio, al ser reflexionante, se pliega sobre sí mismo. Por lo tanto, al contemplar la belleza desinteresada de mi corazón bien puedo advertir que yo no soy un artista, soy un esteta. Si quiero disfrutar con arte, debo relacionarme con artistas. Ha sido una gran alegría charlar con algunos miembros del Coro Filarmónico Universitario: Adriana, Pepe, José Antonio y Alejandra, sobre el pasaje que comienza en el compás 730 de la partitura que me acompaña, y que dice:

Ihr stürzt nieder, Millionen?

Ahnest du den Schöpfer, Welt?

Such ihn überm Sternenzelt,

Über Sternen muss er wohnen.


En el que las voces, por relevos van subiendo a lo que parecen los Cielos, desde la cuerda más baja hasta la más alta y culminan en un “¡Hermanos!” De hecho, Adriana Ruiz fue muy gentil y paciente, pues supo interpretar mi pésima voz y terrible ejemplificación cuando yo me refería a dicho pasaje musical como la parte en la que los cantantes se pasan la bolita diciendo “Ahora vas tú, ahora vas tú, ahora vas tú”. De camino a mi hogar, José Antonio Díaz me ayudó a ubicar mejor este párrafo en la partitura. Esta parte termina cuando el coro canta por última vez “Sobre las estrellas debe habitar”. Gracias al YouTube, ahora sé que esta sección termina en el compás 762 y sigue a la fuga. No puedo dejar de señalar que con su grandilocuencia acostumbrada, Nietzsche comentó este mismo pasaje en El nacimiento de la tragedia, y asegura que es entonces cuando le salen las patitas al fauno.

Dadas las características que la conforman, la Novena sinfonía es una obra ideal, en la que los agudos exigidos a los cantantes así como los requerimientos demandados a la pericia de la orquesta la colocan aparte de la mayoría de las obras humanas. En este sentido, su ejecución sólo puede realizarse como ideal de la razón, y es por tanto, una obra bella en la partitura, y su ejecución es siempre difícil, aunque no irrealizable.

CONCLUSIÓN

El encore de la coda de la Novena sinfonía de Beethoven me permite escuchar temas que preludian la Carmina Burana de Orff. Así también, Kant en su Crítica del juicio abrió las puertas del romanticismo, y su labor fue criticada por Schiller, por ejemplo.

A Kant lo abandono cuando entro en éxtasis místico, gracias a la música. ¡Me sucedió en este concierto a partir del compás 730! Por eso, a pesar de la laboriosa construcción del juicio de gusto estético desprovisto de interés, no puedo dejar de interesarme en sólo algunos aspectos del arte. Es decir, la Novena me gusta como una orgía sagrada, aunque quizá Kant me alegaría que no a todos place de ese modo. Después de todo, como dice una tradicional canción antikantiana “Mi gusto es, ¿y quién me lo quitará?” Y eso no tiene nada de universal.

Bibliografía

Kant, Manuel, Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, Crítica del Juicio, México, Porrúa, 1997, Col. “Sepan cuantos”, No. 246, 408 pp. Trad. de la Crítica del Juicio: Manuel G. Morente.

domingo, 13 de marzo de 2011

El páramo pródigo de la existencia en abandono

Enrique Arias Valencia
Para el pueblo de Japón, en su dolor

Preludio antes de empezar la sinfonía. Tempo de Nona

Es la primera vez en este año que escucho la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, y parece que no será la última. De entre las de Beethoven, se podría decir que ésta es la obra de su vida. Aunque le fue encargada por la Royal Philharmonic Society en 1817, nuestro amigo comenzó a trabajar en la partitura en 1824. Hay quienes sostienen que existen bocetos del material musical que fueron planeados en 1811 y 1817.

Hay algunos melismas del primer movimiento que evocan la obertura de El barbero de Sevilla de Gioachino Rossini, ópera estrenada en 1816; si bien sabemos que dicha obertura ya había sido utilizada por el propio Rossini para óperas anteriores. También el trío del Scherzo beethoveniano cita la melodía del fagot rossiniano. Los expertos sostienen que tema del Scherzo fue tomado de una fuga compuesta por Beethoven en 1815.

Tengo un olfato perfecto para los melismas, lo cual a veces es una desventaja. En lo personal, hay un pasaje del tercer movimiento, Adagio molto e cantabile, que me causa cierto escozor, pues en medio de la serenidad general, la llamada de los bronces tiene mucho parecido con una canción de cumpleaños mexicana, llamada “Las mañanitas”, y no puedo evitar empezar a recitar mentalmente “¡Éstas son, éstas son...!” cada vez que lo escucho.

La Fantasía coral, Opus 80, data de 1808, y ahí se encuentra ya el germen de lo que será la Oda a la alegría del último movimiento. A su vez, la Fantasía coral se basa en otra obra, el Gegenliebe, de 1795. Ésta última son cinco minutos deliciosos de piano y barítono.

El Sordo de Bonn es por lo tanto, un seguidor de una tradición que nació antes que él, y a ella vuelve como un caudaloso río tributario. Beethoven finalizó la composición de su Novena sinfonía en 1824.

I. Allegro ma non troppo, un poco maestoso

En una frase clara y breve, buena por tanto según Gracián nos enseñó el deleite de lo atinado, Gustavo Bueno sostuvo que “El monoteísmo es la antesala del ateísmo”. Es cierto, pues el Dios que nos pide decir siempre la verdad será devorado por la búsqueda de la verdad. Sin embargo, su retirada no significa que en modo alguno la religión en tanto que el empeño de volver a unir lo que la costumbre austera separó se vea reducida a un curioso fósil. ¡No es tan fácil resolver el problema de la existencia humana!

Siete días después de que se diera a la luz imprenta La presencia desierta de Javier Sicilia la ciudad entera ardía en cenizas y ruina. ¿Es ese el destino de las grandes obras, nacer en medio de terribles dolores? Juan José Arreola así lo creía, y alguna vez nos advirtió del parto de los montes. Lo cierto es que, si hablamos de ruinas silenciosas, no podemos olvidar que la Novena sinfonía adquirió su forma definitiva en medio del más completo silencio, cosa espantosa para un músico. La sordera es el desierto de Beethoven.

¡Dios ha huido! Músicos, filósofos y poetas lo saben. Pero, ¿qué es la muerte de Dios? ¿Qué es su ausencia? Si aun desde un punto de vista lógico la proposición “Dios no existe” no se puede admitir.

A la sala de conciertos me ha acompañado un ejemplar de La presencia desierta de Javier Sicilia. Ya su título es una paradoja: ¿qué puede estar presente si se ha ido? Antes de que comience la velada musical, en la primera cascada de liras de este tríptico, se habla del encuentro del alma con Dios en la figura de la muerte, cantada por el Coro:

Desde el Vértice Tuyo, hacia Tu adentro
la materia palpita con Tu ausencia
el día generoso
le devuelve la luz de tu presencia.
Se realiza en la nada de mi centro
la profunda labor de tu reposo.

Se trata de versos de a once y de a siete, en seis líneas, liras para los entendidos. Tanto en La presencia desierta de Javier Sicilia como en la Novena sinfonía de Beethoven en el principio está la muerte. Para Beethoven es la amenaza de muerte del héroe trágico, como en su Tercera sinfonía. El hombre está solo en un Cosmos de quince mil millones de años luz de radio medio. Si el centro del alma es nada, ¿qué es el alma? En el primer tríptico de Javier, descubrimos que la muerte mística es la fusión del alma en el amor de Dios. Para ambos, en medio de relámpagos, diáfana, el alma se disuelve en la negrura de su nada.

En las ventanas que se abren frente a las escaleras hacia el segundo piso de la sala, veo que se ha desatado una curiosa lluvia.

Lira perfecta, el primer verso de Javier retrata un intenso erotismo que se cernirá a lo largo de la mayor parte de la obra, para precipitarse finalmente en la unión mística. La segunda línea es un gemido de orfandad; Dios se ha ido, y la Creación lamenta su ausencia. Ya durante el albor del cristianismo ni más ni menos que el ultraortodoxo San Pablo había reconocido que “Toda la creación gime y sufre con dolores de parto” (Rm 8, 22). El sufrimiento del poeta hace eco de este adviento gemebundo. Sin embargo, hay un tono erótico en el misticismo de Javier Sicilia, erotismo que bebe en el manantial de San Juan de la Cruz. Manantial del que bebieron también fray Luis de León y santa Teresa de Jesús. Por lo tanto, Javier Sicilia recorre dos mil años de cristianismo y los funde en una lira:

...tu vela a la deriva es como un sueño
oculto y demudado en el escándalo
del viento ¡Vive dada
entre los puertos! Y el aroma a sándalo
y a jazmín sobre todo nuestro ensueño...
¿Qué dios fue más amante de su amada...?

Amén de San Juan, la última línea, metro lira, es una delicia. Al Dios de los cristianos lo habían ya destacado porque era más hábil en la guerra que los otros dioses: era “el Dios de los ejércitos”. Ahora, la comparación con los otros dioses es en las artes amatorias, y el Dios de los cristianismo sale avante.

En cambio, el erotismo de Beethoven es más difícil de descubrir, pero también surgirá en forma de orgía sagrada al final del cuarto movimiento.

II. Scherzo: Molto vivace - Presto

En reciente charla, antes de un concierto de cámara en el que fue acompañado por la pianista María Teresa Frenk, nos dijo el flautista Rafael Urrusti que el minué era el emblema del antiguo régimen. Danza lenta y solemne. Añadió Urrusti que Beethoven hizo eco de la Revolución Francesa introduciendo una revolución en la música. El tercer tiempo de las sinfonías clásicas era un minué. Beethoven sustituyó el minué por un Scherzo, y en esta Novena sinfonía lo colocó como segundo movimiento: chispeante y rápido.

III. Adagio molto e cantabile

El adagio contiene un tema con un intervalo de cuarta que hará historia en las manos de Wagner y Mahler. Wagner en la obertura Rienzi, Mahler en la introducción del primer movimiento de su Primera sinfonía.

En tanto, el tríptico central de La presencia desierta celebra la encarnación, es decir celebra la materia por lo tanto anuncia que por medio de lo físico podemos advertir el amor de Dios. Es el Dios de los estetas, pues el arte necesariamente necesita de la materia para expresarse: el poeta y el músico juegan con los sonidos y silencios para entregarnos una nueva visión del mundo. Dice, pues, Javier Sicilia.

A TU MATERIA AMADA ME ACOSTUMBRO,
A TU SITIO MORTAL, —EN ÉL ME ALUMBRO
Y ESTALLO EN AMORÍOS—.
OCIOSIDAD QUE AFIRMA SU POTENCIA;
A LA VENTURA ENTREGO MI PRESENCIA;
SOBRE CAUCES DE RÍOS VOY GOZOSA.

Recordemos que Teilhard de Chardin nos invitó a empaparnos de materia en aquel texto del que yo, he de confesarles con vergüenza, sólo he leído escasos fragmentos: el Himno del Universo. Aquí Javier se hace uno con esa idea, y nos entrega el más bello homenaje al mundo como representación. Porque tanto amó Dios al mundo…

IV. Presto

Érase que se era un pueblo en el que las cafeterías eran atentidas por cantantes, los templos tenían coros sinfónicos y los niños se preparaban para tocar en una orquesta clásica. Aunque me inspiré en Los maestros cantores de Richard Wagner para las líneas anteriores, hace algunos años me tocó vivir en persona una escena exactamente así como la que he pintado en este párrafo. Sólo diré una indiscreción: alguna vez, en el café Carusso, el barítono Armando Gama me sirvió un sabroso café. Hoy lo escucho decir: “O Freunde...” Y es secundado por la Sociedad Coral Cantus Hominum y el Coro del Centro Universitario México.

En el último tríptico que compone La presencia desierta, el poeta Javier Sicilia se dirige al abandono del amor de Dios. Como en la Novena sinfonía, Sicilia trata el tema de la comunión con lo divino. En la unión mística. Beethoven nos hace a todos hermanos. Por su parte, como en el vértice del principio, Sicilia nos reúne en erotismo Creador:

EL VÉRTICE del alma
se hiende en soledad y madrugada,
muchacho, cuando en calma
desciendo a tu morada
en busca de tus besos transformada.

¡Qué hermoso homenaje al Siglo de Oro español, y a los siglos de cristianismo! Al terminar la sinfonía, salto a abrazar a los millones que han cantado. No miento cuando les digo que todos son mis amigos. Uno de los vigilantes de la sala me advierte que no puedo pasar hacia los camerinos. Este guardia nada sabe de la disolución de las barreras que ha tenido lugar en la sala de conciertos, y a pesar de la prohibición del policía me acerco a darle un afectuoso abrazo a Leonardo Villeda, director de la Sociedad Coral Cantus Hominum. Tras el saludo, es el tiempo de la instrucción. No puedo evitar preguntarle si me puede decir el nombre de cierto extraño instrumento musical que he visto hoy por vez primera.

Le aseguro a Leonardo que vi unos platillos verticales con borlas de color rojo, coronados por una media luna, y sostenidos por un bastón de metal. ¿Qué instrumento es ese, que aparece en la marcha del tenor? Leonardo Villeda afirma que tal instrumento se llama campanelo, y es de origen mongol. Se usaba durante las batallas, y era una suerte de bandera, que con movimientos y sonidos indicaba el comportamiento de las tropas. En lo personal, ¡qué bello ha sido para mí ver un aporte musulmán en una sinfonía hecha como himno de la humanidad! Si he escuchado en vivo varias veces la Novena sinfonía, ¿por qué no había visto ese instrumento? Por lo regular, la orquesta que interpreta la Novena sinfonía de Beethoven es enorme. Mahler añadió más cornos y más cuerdas. Ahora, la he escuchado en una versión reducida para orquesta de cámara, y el campanelo pudo lucir en medio de ésta. Por cierto, en algunos programas llaman “platillos turcos” a dicho instrumento. Una amiga le llamó sistro. Así, la Novena sinfonía de Beethoven siempre me asombra con su frescura mensaje de inmortal poeta, de alegría que nos reúne a todos los seres humanos bajo el suave cobijo de sus alas.

***


Marcela Chacón, soprano
Belem Rodríguez, mezzosoprano
Saúl Sánchez-Román, tenor
Armando Gama, barítono
Sociedad Coral Cantus Hominum. Leonardo Villeda, director
Coro del Centro Universitario México: Jorge Pastor Escobar, director
La Pequeña Camerata Nocturna, bajo la dirección de Gabriel Camacho
Novena sinfonía, Ludwig van beethoven
Domingo 6 de marzo, 18:00 horas
Sala Nezahualcóyotl, del Centro Cultural Universitario

Bibliografía:

Sicilia, Javier, La presencia desierta, México, 1985, Fondo de Cultura Económica, 72 pp.

martes, 8 de febrero de 2011

El Espíritu Vivo de Beethoven es Invitación de la Nueva Vid

Enrique Arias Valencia

Cuando cayó el telón de la Edad Antigua, tras la muerte de los Olímpicos, la Iglesia se encontró con la pervivencia de la filosofía. Así, a pesar de sus descalabros, ésta sobrevivió a la Edad Media. Hoy, tras la caída del Dios Único, algunos ateos nos encontramos con la sorpresa de que el arte sacro está todavía con nosotros. ¿Qué hacer con él, que ha sobrevivido a su Padre? Los ateos científicos lo tienen muy sencillo: para ellos, el Espíritu no forma parte del cuerpo de hipótesis de su materia de estudio, y punto. Sin embrago, para los ateos estetas la cosa cambia: el Espíritu, aun como metáfora, no sólo aletea sobre las aguas, sino sobre las tierras, los fuegos, e incluso, se cierne en el propio aire. El Espíritu no es el éter, lo trasciende; si bien el éter es metáfora del Cielo. Considerando el poder de los cinco elementos, Sor Juana celebra los años de su rey con una loa de la que tomamos prestado el final, ya no para festejar al monarca, sino para ser bendecidos por la poesía:

Y del Universo junto,
perdonad el corto obsequio
(pues para vos aun son cortos
festejos del Universo),
porque os ayude propicio
con sus influjos el Cielo,
con sus halagos el Aire,
con sus ardores el Fuego,
con sus cristales el Agua,
con sus riquezas el Centro.

Y el Amor, que los une
con lazo estrecho,
sacrificios os rinda
de amantes pechos.
¡Porque unidos adoren vuestra grandeza
el Cielo, el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra!

Así, en virtud de la poesía el Espíritu sale victorioso armado con la fuerza de los elementos. El cielo es tempestad, el aire es huracán, el fuego es vino que enciende los corazones, el agua es inundación castálida, y el centro es la Tierra que reposa sabiamente inmóvil. Fue así que el Espíritu no se deshizo en el ácido sulfúrico del método científico, sobrevivió arioso e incluso, hizo sagrada toda arte. Por lo tanto, no hay artes profanas, sólo hay un divino arte indiviso. En el siglo XIX Richard Wagner presentó esta idea en las primeras líneas de su Credo:

Creo en Dios, en Mozart y en Beethoven, y también en sus apóstoles y discípulos. Creo en el Espíritu Santo y en la verdad del Arte, único e indivisible.

En estos dos primeros meses del año he podido comprobar varias veces el poder redentor de la música por experiencia propia. Para ilustrarlo, sólo recurriré a las obras de Ludwig van Beethoven que a la fecha he escuchado en varios conciertos. Todo comenzó el jueves 13 de enero de 2011, a las 19:00 horas cuando Miguel Ángel Márquez brindó un recital de piano en la Sala Hermilo Novelo del Centro Cultural Ollin Yoliztli, al Sur de la Ciudad. De las tres obras que interpretó, la última era de Beethoven. Se trató del Concierto N° 4 para piano y orquesta en Sol Mayor, Op. 58 en una reducción con piano acompañante a cargo de Gonzalo Gutiérrez.

El sábado 15 de enero, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Rafael Urrusti y María Teresa Frenk nos regalaron, entre otras obras, el Op. 41 de Beethoven, la Serenade en Re Mayor. La chispeante melodía del primer movimiento, vino para los oídos, Entrata en tempo de Allegro es una prueba contundente de que Beethoven hablaba en serio cuando aseguró que

La música es una revelación más elevada que toda la sabiduría y la filosofía, es el vino de una nueva generación, y yo soy el dios Baco que exprime para los hombres este vino glorioso y logra que beban con el espíritu.

Baco, Dioniso y alegría: la trinidad de un Dios desconocido. El milagro se repitió con idéntico programa y mayor felicidad a las doce del día en el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte el domingo 23 de enero. Para el jueves 20 de enero, en la Sala Hermilo Novelo del Centro Cultural Ollin Yoliztli pudimos presenciar la grabación en vivo de un disco con las Sonatas N° 20 Op. 49, N° 2, N° 11 Op. 22 y la N° 17 Op. 31 N° 2 “La tempestad”, todas ellas de Beethoven y todas ellas interpretadas por el pianista Emilio Lluis. Debo decir que la sala tenía lleno total, y hubo gente que se sentó en el suelo.

El miércoles 26 de enero, durante la Noche de Museos en el Museo Nacional de Arte pudimos escuchar el primer movimiento de la Sonata “Primavera”, del inspirado espíritu de Beethoven, en la interpretación de Manuel Ramos al violín y Eliseo Martínez al piano. El nombre del pianista cumple la profecía de Schiller que Beethoven utilizó en su 9° Sinfonía:

Alegría, bella chispa divina,
hija del Elíseo,
ebrios de tu fuego, entramos,
¡Oh celestial!, en tu santuario.
Tus encantos unen de nuevo
lo que rigurosamente separó la sociedad,
todos los hombres se hermanan
allí donde se posa tu suave ala.

El jueves 27 de enero, en la Sala Hermilo Novelo, en el marco de un recital de voz, piano y clarinete, fue el turno de la Sonata N° 7 Op. 10 N° 3 de Beethoven, a cargo del pianista Dagé Basulto. Ahora bien, el lunes 31 de enero de 2011 en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, en punto de las 20:00 horas se ejecutó primero la Obertura Coriolano Op. 62 de Beethoven. Después fue el Concierto N° 3 en Do menor para piano y orquesta, también de nuestro muy amado compositor alemán. Al piano, Edith Ruiz. El Rondo Allegro de esta obra es una muestra palpable de que el Espíritu vive y derrama su gracia entre los hombres. La Pequeña Camerata Nocturna, bajo la batuta de Gabriel Camacho cerró su hazaña con la Sinfonía de Praga, de Mozart.




Pocos días más tarde, los dioses me han conducido de nuevo hasta el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte para, el domingo 6 de febrero dentro del Ciclo “El íntimo decoro, música de cámara” escuchar a Tomás Marín en celestial violín y a Carlos Alberto Pecero en piano allegro. Es así que el Espíritu se descubrió en el Allegro vivace inicial de la Sonata Op. 12 N° 2 en La Mayor de Beethoven: atinado trineo de tinte tintineo. Luego el Andante più tosto allegretto. Uno no puede resistirse a tomar un apunte reflexivo mientras se ejecuta este tierno andante, que es lo que he hecho. El segundo movimiento de la Sinfonía 103 “El redoble de tambor”, de Haydn anticipa el tempo y los tresillos de Beethoven de este movimiento lento. El Andante pacevole, como sucede con todas las obras de arte, termina demasiado pronto.

Beethoven, pues, prueba la existencia del Espíritu, no por medio de un enmarañado silogismo de colores, sino por medio del arte musical. El Espíritu es la más perfecta creación del arte. Quien tenga oídos para oír, que oiga.


Bibliografía sorjuanina

domingo, 29 de noviembre de 2009

Himno de alabanza, gozo y templanza en la OFUNAM

Enrique Arias Valencia

El alemán se figura a Dios mismo preparándose a cantar himnos.
Friedrich Nietzsche



1. Sinfonia. I. Maestoso con moto – Allegro

Minutos antes de que comenzase la solemne sinfonía, el entrañable amigo Pepe Sosa me decía, que aquel que escuchare esta composición con atento oído encontraría, entre amenísimas y caras melodías, influencias del siempre bien amado Beethoven. En el programa de mano fui avisado de la influencia del espíritu de Bach nomás despuntar el movimiento coral, de vocal bonhomía. No obstante, lo más delicioso, hijo de mi natural bordonería, fue encontrar en esta obra influencias ni más ni menos que del propio Mendelssohn, ¡quién lo diría! Es así que tras la épica fanfarria de los trombones, el segundo sujeto del primer movimiento me trajo a la memoria sus sinfonías Escocesa e Italiana; así como el Sueño de una noche de verano.

II. Nietzsche se deleitaba en sostener “¡Qué poco basta para ser feliz!” El segundo movimiento es mucho más que una ensoñación, un ambiente libre de las limitaciones del espacio y las traiciones del tiempo, una disposición anímica que sor Juana expresó en unos villancicos dedicados a la fiesta de la Concepción de 1689:





¡Un instante me escuchen,
que cantar quiero
un instante que estuvo
fuera del tiempo!


En La revelación y los días, lírico y ensayista, Javier Sicilia sostiene que “el dominio absoluto de sí mismo corresponde al desasimiento profundo del yo, es decir, a la pobreza espiritual”. El Allegretto un poco agitato me trae a la memoria la estructura perfecta del Poco Allegretto de la Tercera Sinfonía de Johannes Brahms. Si bien la sosegadísima pluma de Mendelssohn perfila una partitura que, de nuevo, me conduce a los aires celtas que el compositor seguramente escuchó en el tiempo en que compuso la obra que ahora nos ocupa. Tiene razón Nietzsche cuando afirma en su aforismo que “Sin música la vida sería un error”.

III. El Adagio Religioso recuerda el serenísimo riachuelo que recorre el Adagio molto e cantabile – Andante moderato de la Novena Sinfonía de Beethoven. También me evoca, quizá por lo devoto, el Feierlich de la Sinfonía Renana de Schumann. Madurez prematura, podríamos decir. Recordemos que Nietzsche decía que para ser feliz, “El sonido de una gaita resulta suficiente”.

IV. Y llegamos así al cuarto movimiento de la obra. Mendelssohn entendía que esta era la segunda parte, la primera era propiamente la sinfonía. Por eso esta sección comienza con el número 2. Coro, soprano y coro femenino. El Allegro moderato maestoso – Animato, trae de nuevo el llamado de los trombones de la sinfonía. Allegro di molto: Lobt den Herrn mit Saitenspiel. Molto più moderato ma con fuoco.

3: Recitativo y aria del tenor (Allegro moderato). De nuevo advierto esta serena pasión que sólo el romanticismo pudo cultivar y que hizo de esta emoción en particular, un intempestivo oxímoron. La primera vez que escuché esta sinfonía fue en una estación de radio llamada XELA, que con el lema “Buena música desde la Ciudad de México” me inició en muchas obras del repertorio clásico, hace mucho, mucho tiempo. Cuando transmitían Himno de alabanza aseguraban que la obra constaba de once movimientos. En la Wikipedia alemana aseguran que tiene diez. Tristemente, XELA salió del aire al despuntar el 2002. En el programa de mano del concierto del domingo dan cuenta de los cuatro movimientos formales de una sinfonía.

Por lo vocal, lo coral y lo extensa, yo la tenía junto a la Sinfonía de los mares, de Ralph Vaughan Williams, si bien los estilos musicales de Mendelssohn y Williams tienen muy poco en común. ¡Pero ambas arrancan con gloriosa fanfarria!

4. A tempo moderato es casi una resurrección del ambiente del Allegretto un poco agitato.

5. Dueto de soprano y mezzosoprano. Coro. Andante.

6. Tenor. Allegro un poco agitato. Allegro assai agitato. Tempo I, moderato. Soprano. Die Nacht ist vergangen!

7. Coro. Allegro maestoso e molto vivace. Sobrecogedora cita de san Pablo: “La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz” (Romanos, 13, 12).

8. Coro. Coral: Andante con moto. Un poco più animato.

9. Dueto: Soprano y Tenor. Andante sostenuto assai.

10. Coro final. Allegro non troppo. Più vivace.

Salmo 96: “¡Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, habitantes de toda la tierra!”

Maestoso como I

(1 Crónicas, 16, 8-10):

¡Alabad al Señor, proclamad su nombre,

testificad de sus proezas entre los pueblos!


Como dirían Schiller, Beethoven y Wagner, la música une de nuevo lo que la costumbre austera separó. Allá, en el coro cantan Patricia Palacios, Claudia Sofía, Adriana R. y su esposo José Luis Sosa. Entre el público, muchos buenos amigos y un servidor. Dionisos, el Dios de la alegría, no sabe de separaciones y todo lo reúne con la música embriagadora.

Y en una espiral que regresa al primer sujeto de la sinfonía, se teje un hilo sutil, de bronce fiel entre los trombones y los tenores. Al final, mi acendrado ateísmo va a morir a las playas de las artes. Heroicos tenores que resucitan el motivo de los metales del primer movimiento. Palabras del Salmo 150:




Alles, was Odem hat, lobe den Herrn,
Halleluja, lobe den Herrn!

Todo lo que respira alaba al Señor,
¡Aleluya, alabado sea el Señor!


Según Nietzsche, Dios es la máscara de la nada. En mi anillo intempestivo, espiral del motivo de los trombones, descubro asombrado que Dios es la máscara del prójimo y el prójimo es la máscara de Dios. Es así que el paso al misticismo musical es inevitable. Jacob es el hombre que se atreve a agarrar el talón de Dios para exigir una bendición, y Dios le concede lo pedido. Luego, soy un ateo en busca de Dios.

En medio del canto coral, los ecos místicos de San Pablo nos demuestran que Dios puede invitarnos a vivir un delirio de amor. Para los místicos es muy clara esta expresión de Benedicto XVI: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento”. El místico nos hace ver que es posible vivir un amor pleno y perfecto, que trasciende los límites y defectos de lo humano. Y sin embargo, sólo es en lo imperfectamente humano, demasiado humano, donde podemos vivir la verdadera vida del amor perfecto. El poeta Javier Sicilia descubre ese aspecto místico de la vida transfigurada por la caridad del prójimo con estas palabras: “A Dios sólo se le puede amar en lo humano y sus contradicciones”.

¿Qué es el amor? Camino del concierto mi querido y afectuoso amigo José Luis Sosa, pianista del Coro Filarmónico Universitario, y yo charlamos sobre este asunto. ¿Existe el amor? Yo, el peor de los ateos, tengo una gallarda respuesta para tan arriesgada pregunta. El único amor que conozco es el del prójimo. ¿Qué es el amor? El amor ha cantado frente a mí este día, y me extendió su abrazo generoso en las queridas personas que reconocí en el lleno total de una sala de conciertos del sur de la Ciudad de México, pedregal que enmarca un remanso para el alma.

La cordialidad de aquel que extiende su mano generosa para alabar al Señor por medio del amor concreto, del amor visible, del cariño que comparte lo mejor de su trabajo, de su voz, de su canto a un Dios que para mí hace mucho, mucho tiempo que yace desconocido en la tumba más oscura y vacía de mi corazón.

***


Félix Mendelssohn

Sinfonía No. 2 en Si bemol Mayor, op. 52

Sinfonie Nr. 2 in B-Dur op. 52, „Lobgesang“ von Felix Mendelssohn Bartholdy (1840).

OFUNAM, Tercera Temporada, Programa 7. Domingo 29 de noviembre de 2009, 12:00 hrs.

Amén del Himno de alabanza, el concierto incluyó la Obertura Ruy Blas, op. 95, también de Mendelssohn.

Alun Francis, director artístico; Eugenia Garza, soprano; Anna Fischer, mezzosoprano; Jeffrey Lloyd-Roberts, tenor; Coro Filarmónico Universitario y Coro de la Escuela Nacional de Música: Samuel Pascoe, director concertador. Orquesta Filarmónica de la UNAM, Sala Nezahualcóyotl, Centro Cultural Universitario, México, Distrito Federal.

sábado, 14 de marzo de 2009

Ensueño material de una noche de concierto invernal

Enrique Arias Valencia

Para Carlos, un amigo que canta.

Mi estimado amigo, el señor tenor Carlos Courrech Sánchez tuvo el exquisito gesto invitarme al concierto en que él intervendría como miembro del Coro de la OSEM el 14 de marzo de 2009, en el Foro al aire libre Felipe Villanueva, en el que la Orquesta Sinfónica del Estado de México bajo la batuta de mi gran tocayo Enrique Bátiz interpretó un hermoso programa de concierto.

Escenario vivo, bosque luminoso, chopos ¡ay! memorables, cipreses flameantes, abetos misteriosos y pinos altísimos, el Sueño de una noche de verano de Mendelssohn es una de esas raras joyas cuya obertura siempre suena fresca, a pesar de las travesuras de las hadas, siempre listas a abandonarnos tan pronto quedamos prendados de ellas.

Concierto N° 2 en Do menor para piano y orquesta de Rachmaninoff, con su luna misteriosa en una fresca noche de marzo. El corazón destrozado corre por mi cuenta, el Allegro scherzando es por cuenta de la solista, Jie Chen; y a decir verdad, es inevitable recordar a Luis Miguel o por lo menos a Eric Carmen durante el Adagio sostenuto.

O Fortuna, de Carmina Burana, con mi amigo en la cuerda de los tenores y estos versos inevitables:

“¡Oh, Fortuna,
velo de la luna,
vida detestable,
status variable”.

Queda igual de bien en latín y en español; pero el coro, respetuoso de la tradición, cantó los versos en el macarrónico latín en el que está escrita Carmina Burana, de Carl Orff.

Quizá sea cierto eso de que Dios no tiene esencia, pero en el Coro de los ángeles, de Cristo en el Monte de los Olivos, op. 85 (1803), de Beethoven, la esencia de los ángeles es la misma que la de todos los hombres que se hacen hermanos al amparo de la Hija del Elíseo. Quien lo dude, que lo escuche: “Gotter Funken!” sin duda.

Marcha 2° acto, Tannhäuser. Desde que Venus nos dejó solos, mi refugio es la Virgen María, verdá segura de Dió. Mi directora espiritual me ha pedido algo muy absurdo: “Deberías hacer una recopilación de tus poemas en un libro y ofrecerlos a una editorial”. No le voy a hacer caso, pues la respuesta a su petición es contundente: no se pueden hacer versos sin musa, y yo ya no tengo musa.

Coro de los herreros, de Il Trovatore, de G. Verdi. En esta ópera los yunques se escuchan divinos, sencillamente melodiosos. Visiten una herrería para que vean que Verdi supo hacer música sublimando los durísimos martillazos de la existencia. ¡Si la vida tuviera el pudor de aprender un poco del arte! ¿Se imaginan? ¡La vida prosaica sería una obra de arte!

Marcha triunfal y ballet de Aïda, de Verdi. Una paradoja: mientras se escucha la marcha triunfal Aïda está presa, deseándole al Faraón que regrese vencedor de aplastar al propio padre de la ingrata etíope. O quizá no sería tan paradoja si dejáramos de idealizar a las mujeres. Siempre tienen algo más importante que hacer que atender la presencia de aquellos a quienes, en días lejanos, cautivaron con sus cantos.

Va pensiero. El coro de los esclavos de Nabucco es tajante: “Iros a hacer ladrillos sin paja”, ha sentenciado Dios, que es tanto como decir: “Id a hacer vuestra vida sin la ayuda de Dios”. ¿Verdad que es imposible? Y sin embargo, como los ladrillitos de los esclavos judíos, que los hornearon sin paja, sí es posible vivir sin la esencia de Dios. Lo estamos haciendo ahora, pro arte nostra. ¡Salud!

viernes, 2 de febrero de 2007

La experiencia de la alegría

Enrique Arias Valencia

La poesía más elevada es aquella que trata de los actos del hombre y nos descubre su contradicción. La tragedia nos habla del conflicto de la voluntad en su máxima y terrible manifestación, y siendo el hombre el lugar donde la voluntad se manifiesta con todo su horror y majestad, la tragedia es la obra donde se trata con poesía de la contradicción más intensa de la voluntad. La tragedia es la obra poética que habla del conflicto humano con la belleza de las palabras medidas.
No obstante, Beethoven recurrirá a una poesía ajena a la tragedia para culminar su Novena sinfonía. Tomará un himno de Schiller donde se exaltan la alegría y la fraternidad humanas. El himno A la alegría es un Trinkenlied, melodía para ser cantada mientras se escancia el vino durante un banquete. Una canción que nos redime del dolor de la vida y nos exhorta a una vida buena. Una vida buena acompañada por el vino tiene que ser una vida acompañada por un buen vino. Así lo señala Esteban Buch: “An die Freude se inscribe en una tradición de elogios a la alegría propia del siglo XVIII, marcada por la enunciación amistosa de las canciones báquicas, las Trinkenlieder. Schiller es de los primeros en asociar la alegría a un Weltgefühl, un «sentimiento del mundo»; la felicidad terrestre de la Humanidad desempeña en el texto un papel esencial”.15
Una vez que la sordera ha hecho presa de él, y tan pronto como ha aceptado su destino, Beethoven usará una divisa, “A la alegría por el sufrimiento”,16 frase que lo hermana con la tradición romántica que sabe ver el valor del sufrimiento, y que no lo rechaza, sino que lo asimila como parte del proceso que desemboca en la alegría. La alegría es un anhelo que muchos hombres comparten. Mientras más intenso sea nuestro anhelo, más intenso será nuestro dolor. Ante todo, debido a que todo anhelo brota como resultado de una carencia, y por lo tanto, de un dolor. Por eso, la calma transitoria de todos los anhelos, que se produce cuando el hombre se entrega a la contemplación de lo bello es por eso mismo, un elemento de redención. La serena mirada del Apolo del Belvedere es una invitación a entregarnos a lo bello: rendido al imperio de lo bello, el hombre apacigua sus anhelos y se abandona al placer estético, y por lo tanto, redime su dolor momentáneamente. Lo mismo hace por nosotros la música, porque nos invita a olvidar la falta de armonía que hay entre los hombres por medio de la armonía de las notas melódicas. La música, convertida en el lenguaje de la pasión, sin ser ella misma pasión, es el símbolo de una sociedad utópica en la que la emoción contribuye a la armonía de los hombres que conforman dicha sociedad. En el horizonte simbólico, la voz colectiva es inherente al coro báquico, y dicha congregación se expresa por medio de un himno A la alegría.
Schiller, en su himno A la alegría, retrata un ambiente equivalente al dionisiaco, pero expresado con el equilibrio de la forma apolínea de la métrica de la poesía:
“Alegría, bella chispa divina,
hija del Elíseo,
ebrios de tu fuego, entramos,
¡Oh celestial!, en tu santuario.
Tus encantos unen de nuevo
lo que rigurosamente separó la sociedad,
todos los hombres se hermanan
allí donde se posa tu suave ala”.17
Estos son algunos de los versos de Schiller que Beethoven toma para componer la parte vocal del finale de su Novena sinfonía. Miremos los cuatro primeros versos de este himno. En los dos del comienzo, la belleza es reconocida como alegría que procede de un mundo superior, el primer resplandor de Apolo. En los dos siguientes, se afirma que la manera de entrar a la residencia de la alegría es la embriaguez, el carácter de Dioniso. En el principio, están pues, la música y Beethoven, así como la poesía de Schiller; y el maridaje de estas artes afirma que lo verdadero es idéntico a lo divino, y lo divino es idéntico a la naturaleza, mensaje de la fuerza íntima presente en todo, y es en el arte donde se reúnen Apolo y Dioniso; arte que puede hacernos soportable la verdad terrible del fondo último de las cosas. La magia de la Alegría es el símbolo de la ascensión que es capaz de reunir aquello que la costumbre austera dividió pérfidamente. La Alegría es un estado del alma que en cálido abrazo fraterno se manifiesta en todos los seres humanos. Es producto de la ebriedad que incendia todas las divisiones, borra las fronteras entre los individuos.
El himno A la alegría de Schiller es una revelación que procede del mundo del ensueño y del deleite embriagador. La alegría honrada por la pluma del poeta es la preciosa hija de los más luminosos dioses, señores del mundo. Y en tanto que los amigos lo compartan todo, quien se haga amigo de los dioses podrá disponer del mundo. En conclusión: “Ama y haz lo que quieras”; decía San Agustín.


15 Esteban Buch, La novena de Beethoven. Historia política del himno europeo, Barcelona, El Acantilado, 2001, pág. 85.
16 Beethoven apud. Esteban Buch, op. cit., pág. 174.
17 Friedrich Schiller apud. Kurt Pahlen, La música sinfónica, Buenos Aires, Emecé Editores, 1963, pág. 124.

jueves, 1 de febrero de 2007

Cantares de experiencia

Enrique Arias Valencia

Debido a su sordera, Beethoven se deprimía tanto, que llegó a pensar que su vida era un abismo. Y sin embargo, hay contados ejemplos de individuos que muestren un grado similar de implacable coraje humano. Pareciera que la opinión que uno tiene del mundo en general depende del carácter espiritual que preside su sentido de identidad social. Por eso, Beethoven no puede inmolarse sin abandonar aquello que considera su identidad como persona en la sociedad: su música es aquello por lo que vive, porque su música es lo que le permite “acometer grandes acciones” con las cuales puede expresar “los más tiernos sentimientos de bondad” hacia la humanidad. Y en el sentido en el que Beethoven desea legar una obra a sus semejantes, comparte con el dios Prometeo su afán creador. El espíritu prometeico es aquel que busca redimirse en su creación. Y considera la libertad de la voluntad como acción del hombre.
El Scherzo de la Novena retrata la energía del carácter que sabe que triunfará a pesar de que tiene que enfrentar a un poder inmenso. Después de tan febril actividad, la dulce melodía del tercer movimiento es una invitación a reflexionar sobre nuestras metas de madurez.

miércoles, 31 de enero de 2007

Estética de la alegría. Augurios de inocencia

Enrique Arias Valencia

Todos los artistas saben que la naturaleza es una idea que nace en el corazón del espíritu. Todos podemos ser atistas, y así conoceremos la esencia del espíritu, la cual es alegría. Y sin embargo, a veces podemos tener una experiencia que nos impida disfrutarla. La vida incluso puede tornarse amarga o desabrida.

A pesar de todo, siempre podemos reemprender la búsqueda de la alegría. Y siempre que dicha búsqueda alcance el corazón del espíritu, la naturaleza nos regalará su más bello fruto en forma de alegría. La alegría que brota de la experiencia es más brillante que aquella que vivimos sin contrastes. El precio de la alegría luminosa es la vida. Quizá conocer este secreto pueda alentarnos en algún momento de nuestra existencia. Vamos a poner un caso concreto. Cuando Beethoven era un joven pianista, era un frívolo músico que coqueteaba con la superficialidad y se conformaba con pequeños bocados de fama y alegría. No obstante, sucedió que tras una serie de problemas con su oído, Beethoven se quedó sordo. Y sin embargo, fue entonces cuando comenzó a escribir con tal pasión, que fue conocido como El Sordo de Bonn. Beethoven compuso su Novena sinfonía cuando su sordera era absoluta.

El primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven es un Allegro ma non troppo, un poco maestoso con un principio tenue, aunque muy pronto se decide por la tonalidad menor, que el filósofo Schopenhauer identifica con el dolor. Un espléndido relámpago, el primer tema, deberá enfrentarse con el destino. Por momentos, la partitura descubrirá la paz, pero sólo para señalar el contraste que la caracteriza: una voluntad que busca una satisfacción, una voluntad que ha vislumbrado la alegría al final de una lucha heroica. La lucha le ha enseñado a desdeñar toda felicidad mezquina, por eso sólo se satisfará con una alegría que reúna a todos los hombres en torno suyo. Y cuando la encuentre, querrá celebrarla con un himno que la corone.