miércoles, 31 de enero de 2007

Estética de la alegría. Augurios de inocencia

Enrique Arias Valencia

Todos los artistas saben que la naturaleza es una idea que nace en el corazón del espíritu. Todos podemos ser atistas, y así conoceremos la esencia del espíritu, la cual es alegría. Y sin embargo, a veces podemos tener una experiencia que nos impida disfrutarla. La vida incluso puede tornarse amarga o desabrida.

A pesar de todo, siempre podemos reemprender la búsqueda de la alegría. Y siempre que dicha búsqueda alcance el corazón del espíritu, la naturaleza nos regalará su más bello fruto en forma de alegría. La alegría que brota de la experiencia es más brillante que aquella que vivimos sin contrastes. El precio de la alegría luminosa es la vida. Quizá conocer este secreto pueda alentarnos en algún momento de nuestra existencia. Vamos a poner un caso concreto. Cuando Beethoven era un joven pianista, era un frívolo músico que coqueteaba con la superficialidad y se conformaba con pequeños bocados de fama y alegría. No obstante, sucedió que tras una serie de problemas con su oído, Beethoven se quedó sordo. Y sin embargo, fue entonces cuando comenzó a escribir con tal pasión, que fue conocido como El Sordo de Bonn. Beethoven compuso su Novena sinfonía cuando su sordera era absoluta.

El primer movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven es un Allegro ma non troppo, un poco maestoso con un principio tenue, aunque muy pronto se decide por la tonalidad menor, que el filósofo Schopenhauer identifica con el dolor. Un espléndido relámpago, el primer tema, deberá enfrentarse con el destino. Por momentos, la partitura descubrirá la paz, pero sólo para señalar el contraste que la caracteriza: una voluntad que busca una satisfacción, una voluntad que ha vislumbrado la alegría al final de una lucha heroica. La lucha le ha enseñado a desdeñar toda felicidad mezquina, por eso sólo se satisfará con una alegría que reúna a todos los hombres en torno suyo. Y cuando la encuentre, querrá celebrarla con un himno que la corone.

2 comentarios:

RosaMaría dijo...

No sé si sería tan así, talvez una gran rabia con momentos de aceptación pero no creo que fuera una aceptación total, habría también impotencia y un reconocimiento doloroso de su incapacidad tanto para escuchar lo compuesto como para oir a sus contemporáneos y/o colegas.Luego vendrían momentos de exaltación más no creo que fueran de alegría total, todo quedaría reducido a aceptación.
Creo que la creación de la música partía de su gran inspiración, al igual que de otros geniales compositores no sordos. Eso no quita nada su grandeza como tampoco quitaría dolor a su dolor.
No hagas mucho caso de mis divagues. Un abrazo afectuoso

Äriastóteles Lumínico dijo...

Tus divagues son bienvenidos, RosaMaría.

Un abrazo, sí