jueves, 18 de enero de 2007

Una fantasía natural

Enrique Arias Valencia
La inmensidad del Cosmos

“Sin música, la vida sería un error”.
Nietzsche

Una amarga decepción amorosa puede cambiar el curso de un proyecto filosófico. Emprendí mi tesis “El arte redentor” con la idea de rendir un homenaje a la música. No obstante, la amarga decepción amorosa a la que me refiero ha terminado por marchitar mi devoción por la música en general, y por la música sacra en particular; si bien sigo creyendo que el proyecto de mi tesis vale la pena. Quisiera reconocer que este proyecto es deudor de la filosofía de Nietzsche expuesta en El nacimiento de la tragedia, pues ahí se presentó por vez primera la intuición nietzscheana que valoró al arte como instrumento principal de la filosofía.

“El arte se convierte en el organon de la filosofía; es considerado como el acceso más profundo, más propio, como la intelección más originaria, detrás de la cual viene luego a lo sumo el concepto; más aún, éste adquiere originariedad tan sólo cuando se confía a la visión más honda del arte; cuando re-piensa lo que el arte experimenta creadoramente”.1

Es así que ahora me dedico a practicar lo que he querido llamar música teórica, una música que se percibe por el intelecto, no por el oído. La música teórica nos conduce a la física subjuntiva. La física subjuntiva nos lleva a preguntarnos: ¿qué es el Universo? ¿Quién puede saberlo? El Universo es la unidad de lo diverso. ¿Tuvo el Universo un principio o ha existido siempre? Si el Universo tuvo un principio, ¿tendrá un fin?

Para darle vida a este Universo; Dios hizo estallar un fortissimo de energía que formó e hizo vibrar a las supercuerdas y con el transcurso de las edades, encendió las estrellas. Una de ellas fue madre de nueve planetas. Veamos esto con un poco más de detalle, para lo cual voy a presentar mi adaptación de la hipótesis de Kant-Laplace sobre el origen del Sistema Solar. Hace mucho tiempo una formidable nebulosa de gas flotaba en medio de un pianissimo que engalanaba un espacio vacío. Dicha nube empezaría a girar en torno a un esbozado eje, y al compás de una danza conducida por la gravedad, dicha nube se contraería, y al compactarse, adquiriría entonces forma de disco abultado.

Este disco despediría un anillo de gas que muy pronto sería acompañado por otros que empujarían al primero un poco más lejos. El centro de la nube con el tiempo llegaría a estar ocupado por un gran soberano estelar que con resplandeciente ley gobernaría toda su corte de planetas, pues a su vez, cada anillito formaría un planeta.

Casi siglo y medio antes de que Kant enunciara su hipótesis del origen del sistema solar, el astrónomo Kepler escribió un libro llamado La armonía del mundo, donde mostraba que los planetas cantan perennemente en varias voces, percibidas por el alma, no por el oído.
Kepler afirmaba que los planetas entonarían diferentes notas, según se encontrasen más cerca o más lejos del Sol, pues nuestro amigo había descubierto que los planetas se mueven en órbitas elípticas.

1 Eugen Fink, La filosofía de Nietzsche, Alianza Universidad, Madrid, 2000, trad. de Andrés Sánchez Pascual, p. 20.

3 comentarios:

Bruggitte dijo...

¿acaso te volviste loco? ¿que es esto de hacer que la gente enriquezca su espiritu? ¡¡¡y encima pensaaaar!!! esto atenta contra la libertad de estupidizarnos que tienen los medios.

Bruggitte dijo...

Yo no hago uso de blandura con vosotros porque os amo, Oh hermanos de la guerra. Y es Briggitte

Äriastóteles Lumínico dijo...

Hola, Briggitte. Encantado de compartir tu desencanto sobre lo que somos capaces de hacer con los medios.