sábado, 18 de diciembre de 2010

Tres instantes musicales

Enrique Arias Valencia

Preludio

Si se es antes que cuidadoso, apasionado, antes que pensador, esteta, tomar notas de una mesa redonda y adaptarlas para su publicación es arriesgarse a traicionar el sentido de las ideas del expositor. Aún así, lo hago yo, el peor de los filósofos. Éstas, antes que las ideas propias de los expositores, son las sensaciones y reflexiones que me han invitado a experimentar tres filósofos en torno al ciclo Pensar Occidente, al cual asistí a su Quinta Mesa, del 7 de diciembre de 2010 en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, si hay en estas notas algún acierto, por supuesto que es de los ponentes, y en modo alguno es mío. Y finalmente, si hay algún entuerto que desfacer, éste es por supuesto, un fruto mío.


María Rosa Palazón

Por las orillas del río
se está la noche mojando
y en los pechos de Lolita
se mueren de amor los ramos.
Se mueren de amor los ramos.

Federico García Lorca


En el principio está la estética: Séneca y Gilgamesh. Cuando realizaba sus estudios sobre la psicología humana, Sigmund Freud recibió un coscorrón por parte de las matemáticas. Freud sostiene entonces: “No soy científico, soy lo que siempre quise ser, soy filósofo”. Así comienza su aventura con el consciente, el preconsciente y el inconsciente, sabiendo que sus investigaciones no corresponden al esquematismo científico, sino que se mueven más bien hacia los terrenos de la literatura. Por eso la pertinencia de Séneca y Gilgamesh: uno es el filósofo que plantea “Abstente y renuncia”; el otro retoma el mito del origen del mundo que se actualiza en unos comentarios que son más filosóficos que sistemáticos. Por lo tanto, es al pensador a quien se le revela la lucha entre Eros y Thanatos. La lucha de dos enormes gigantes que se enfrentan en el corazón del hombre. De esta lucha entre el amor y la muerte, la muerte no nos da alcance. Epicuro y Gilgamesh lo afirman con fuerza. En palabras de Epicuro: “La muerte no nos pertenece, puesto que cuando estamos vivos no la tenemos y cuando morimos ella llega”. Ésta es la tanática pasividad absoluta. En contraste, Freud descubre que la gente tanática tiende a ser sádica o masoquista.

Eros es el aliento de la vida autopoiética, la vida que se crea a sí misma. La vida creadora nos permite enfrentar el mutismo en su clamor. El Thanatos del mito, en su muerte dulce nos invita a descubrir que cada minuto de nuestra vida hay un atrás que muere.

El Eros terrenal es un mediador entre dioses y hombres, es un demonio, que bien puede tomar la forma de autopoiesis ingenua. Por ejemplo, ebrio de Eros, don Quijote se entrega tanto a la bondad, que no puede advertir el mal que acontece frente a él: al visitar una prisión, el ingenioso hidalgo libera a los presos que se confiesan inocentes. Sancho le amonesta argumentando que al ser interrogados, todos los presos se dicen inocentes, aunque sean culpables.

Thanatos actuaría para cumplir el destino decretado por las Moiras, por lo que hay también una tensión entre Moiras y Eros. La tensión entre la vida y la muerte es necesaria más para la propia vida que en beneficio de la muerte, pues si fuésemos eternos, nunca haríamos nada: todo lo dejaríamos para mañana, pues ¿qué prisa tendríamos?

Quienes sabemos que un día moriremos, gozamos de una cierta sabiduría, que entre otros aspectos, puede expresarse en la amistad. Por eso Séneca sostiene: “Lo que vuelve grandioso no es el saber docto, sino el sentido de camaradería”. En esta frase se revela el principio de constancia. En agudo y cruel contraste, Occidente se ha empeñado en destruir a los descendientes de Gilgamesh, precipitándolos al inframanundo. Eso es lo que ha sucedido en Irak, eso es lo que sucede en tantas partes de nuestro lastimado mundo.

Sonia Torres Ornelas

Según Gilles Deleuze “Lo que define a un sistema político es el camino por el que su sociedad ha transitado”. En el pasado, el mundo se alzaba como un conjunto de sociedades disciplinarias. En la actualidad, los sistemas sociales están constituidos por sociedades de control. La manera en que los sistemas sociales esquematizan la realidad es por medio de triadas, en las que se hace patente el viejo sueño metafísico que englobaba y explicaba el sistema de Dios, la persona y el mundo. Estas triadas se conforman como una explicación satisfactoria del mundo dentro del propio sistema de referencia, pero no lo agotan, en tanto que cada pensador tiene ante sí el desafío de pensar por sí mismo el mundo. Sin embargo, salir de un sistema filosófico dado es muy difícil.

En ¿Qué es la filosofía? Gilles Deleuze sostiene que “La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar los conceptos”. Esta fábrica de conceptos se proyecta hacia la ciencia, la técnica y la sociedad. Las triadas pueden representarse alegóricamente como Idea, Fantasma, Monstruo. El sistema de la sociedad es un monstruo que nos devora, a la vez que nos protege y nos da forma fantasmal. Uno de los elementos más efectivos del control social lo encontramos en la triada de la designación, la manifestación y el significado.

En la vida social bullen las creencias. Deleuze sigue a Nietzsche cuando el filósofo alemán sostiene que “La creencia es una tierra aligerada que precede a las esencias”. Una sociedad cuyos miembros están acostumbrados a no salirse de sus creencias está condenada a la parálisis.

Para salir de los sistemas de creencias, de designaciones, de manifestaciones y de significados, Deleuze plantea la cuarta dimensión, pasar al otro lado del espejo, como le sucede a la Alicia de Lewis Carroll. Así nos sustraemos al fantasma mundo, y trascendemos todos los significados. Una manera muy efectiva de hacer esto es por medio del arte. Por eso Deleuze nos presentará las relaciones entre cine y filosofía.

Deleuze dirigirá sus filas hacia el poder separador, y reivindicará el poder de la anarquía. Una anarquía paradójica, porque su función va contra la opinión general de lo que se esperaría que hiciese la anarquía. En Mil mesetas, Gilles Deleuze lo planteará de esta manera: “La anarquía y la unidad son una sola y misma cosa, no la unidad de lo Uno, sino una más extraña unidad que sólo se reclama de lo múltiple”. Sonia Torres Ornelas, siguiendo las líneas de fuerza desplegadas por la vigorosa filosofía de Deleuze nos hace ver que el fantasma es la idea, el resplandor de los cuerpos. Este fantasma ha de entrar en lucha. Así, sostiene Deleuze:

“Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan. Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo”.

Se trata de una lucha entre el control y la libertad. La lucha es, en palabras de Sonia Torres Ornelas: “Púrpura deslumbrante en que arde el mundo”. Y entonces hace su aparición el arte: el cine como vehículo contestatario de la lucha entre el amor y el odio de las sociedades de control. “Amor y odio, no de juicio”, en palabras de Spinoza. En el cine, en la escena, en el arte, el elemento trágico es irresoluble. Deleuze amaba la forma del cine pues era el lenguaje idóneo para complementar su filosofía.


Veamos lo anterior con un ejemplo. En la película Redes (1936), influidos por las películas de Sergéi Eisenstein, los directores Emilio Gómez Muriel y Fred Zinnemann, presentan la historia de unos pescadores de Alvarado, Veracruz, quienes emprenden una huelga en contra de sus explotadores. La cinta fue ideada, filmada, producida, y supervisada por el fotógrafo Paul Strand, si bien éste nunca estuvo de acuerdo con muchos de los giros que Redes tuvo durante su producción. Así, jamás le agradó la banda sonora que compuso Silvestre Revueltas para la cinta. A este músico le tocaría plasmar en la partitura, entre otras cosas, la tragedia personal de una madre a quien se le muere un hijo como consecuencia de una enfermedad curable, que no puede ser tratada debido a la pobreza de la señora. Además, tras una fiesta de pueblo, escucharemos en forma de un audaz poema sinfónico la lucha de los trabajadores que deviene en enfrentamiento y muerte de alguno de los elementos de los bandos rivales.

Es así que el viernes 10 y el sábado 11 de diciembre, bajo la batuta de Antonio Tornero, la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez nos regaló una magnífica versión de Redes: la primera vez en el Patio de la Fonoteca Nacional, celebrando así el segundo aniversario de “la casa de los sonidos de México”; la segunda en su casa, la Sala Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes. Con la suite Redes, Silvestre Revueltas hace honor a su apellido: esta música abunda en disonancias, estridencias, elementos populares transfigurados por la fragua del genio y un agudo sentido del humor que lo trasciende todo. ¿Qué tiene de estrictamente occidental Silvestre Revueltas? Occidente recibe una lección en esta partitura. Redes trascendió a su película, la sinfonía se pasó al otro lado del espejo, podríamos decir, y hoy vive con derecho propio en las salas de conciertos.


Raymundo Mier

Desautorizar Occidente. Extrañeza con respecto a la noción de Occidente. Occidente elude la responsabilidad de pensar Occidente. Pensar Occidente es un oxímoron, pues hay que abandonar a Occidente para que podamos pensar: Occidente es una metáfora de destrucción y civilización.

Occidente no puede definirse sino en relación con Oriente. Occidente es excéntrico, ocupa uno de los extremos del mapa; pero paradójicamente, Occidente se sitúa en el centro, reclamando la supremacía del pensar.

Occidente es metáfora territorial: es una síntesis, un síntoma: un modo de destrucción. En palabras de Walter Benjamin, utilizadas ya varias veces para ilustrar muchísimos contextos: “Todo documento de cultura es un documento de barbarie”. A esto, añade Mier: “Y Occidente es un documento de cultura”.

Heidegger hablado del olvido del Ser. Añade Mier: Occidente es el lugar de múltiples olvidos. Olvidos de historia y del pensar. Occidente ha instaurado como razón el olvido que deviene su identidad.

Desde un punto de vista histórico, podemos considerar la Ilustración como umbral de la condición cultural de Occidente. Confróntese esto con Kant, en el texto ¿Qué es la Ilustración? Ahí, Kant reflexiona sobre los bordes y condiciones de posibilidad de la Ilustración. Estos son los bordes y condiciones de posibilidad de Occidente.

La barbarie es una gestión de las desapariciones. Afirmar “El pensamiento ha engendrado la identidad de Occidente” es una manera de entregar muchas voces al olvido, dentro y fuera de Occidente. Olvidar al otro es una manera de construir la identidad propia, capaz de eliminar toda ética, al margen de toda responsabilidad. La subjetividad se forja al margen del otro.

En contraste, argumenta Raymundo Mier: Este mudo es un mundo de otros, es un mundo que se construye cuando nos arrojamos al mundo constituyéndonos con el cuidado del otro. El mundo tiene sentido cuando advertimos el don del vínculo con el otro, una modalidad del actuar. La donación es la génesis del otro, que conlleva la génesis del autor de su propio lenguaje. Actor que no busca sino dar sentido al lenguaje en su propia donación, algo que es totalmente inútil, pues el lenguaje no tiene sentido por sí mismo, sino en la interacción con el otro. Por lo tanto, el vínculo con el otro consiste en dar lo inútil, dar el resplandor de la imaginación que desplaza la verdad en privilegio de la pureza estética de la inutilidad.


Aquí, yo, el peor de los estetas, advierto que la pureza estética de la más exquisita inutilidad queda reflejada en las canciones infantiles. He tenido el raro privilegio de escuchar con mi querida orquesta sinfónica Juvenil Carlos Chávez y la voz de Lourdes Ambriz las Cinco canciones infantiles de Silvestre Revueltas. Una de ellas, anónima, celebra con versos sencillísimos Las cinco horas:

A la una, a la una
Sale la luna, sale la luna.
A las dos, a las dos,
Sale el sol, sale el sol.
A las tres, a las tres,
Sale el buey, sale el buey.
A las cuatro, a las cuatro,
Sale el gato, sale el gato.
A las cinco, a las cinco,
¡Pega un brinco!

Por lo tanto, me parece que esta diatriba contra Occidente no condena lo inútil, antes bien, sabe darle su lugar en la donación de lo sencillo en el mundo que se perfila como alternativa a la barbarie occidental. La guerra no es inútil, es barbarie. Lo inútil es una donación libre que hacemos de nuestro lenguaje para reconocer al otro.


Espero seguir a Mier cuando apunto: es el yo que inventa su propio objeto en su propio silencio: la palabrería, que asusta tanto al ilustrado Kant como al meditabundo Benjamin. Cuando Claude Lévi-Strauss analizaba los mitos de cierta tribu X, observó: “Es extraña esta especie de veneración de las culturas primitivas por la palabra”. Lo que Lévi-Strauss encuentra es la fuerza de la poiesis. En Occidente, en cambio, hoy las palabras son objeto de sometimiento, y esto es abyección.

El lenguaje es quien nos cura del dolor, o para decirlo en los términos del administrador de este blog, el lenguaje forma parte indispensable del arte redentor. Quiero ser fiel a Mier cuando añado que, privados del lenguaje, nos queda el derrumbe ante el dolor. Y Raymundo Mier es enfático cuando sostiene que “La modernidad es el hábito de lo abyecto”. Este hábito se traduce en modalidades. Las modalidades del olvido son las tecnologías y la falsa promesa del bienestar de los cuerpos.

Hay dos vacíos del lenguaje: 1° El silencio de la vitalidad: la pregunta. 2° El silencio vacío de la modernidad. Occidente sustituye el placer por la promesa del bienestar, que ahonda el peso del olvido del otro.

La estética es responsabilidad: pleno reconocimiento del resplandor del rostro del otro. Según Raymundo Mier, en paráfrasis heideggeriana, “El lenguaje es la tumba del ser, pues es el fulgor del acontecer”. El lenguaje es el relámpago del devenir.

Cuando el lenguaje abandona el lenguaje, abandona un extrañamiento del propio lenguaje y sobreviene la poiesis, y se presenta el acto poético, creador.

La tragedia no es la un género, es la posibilidad de recuperar el fulgor del otro. Tras la espantosa representación de la chapuza de Occidente, ¿qué nos queda? La puerta magnífica de la libertad bajo el cobijo de la estética...

...Quizá.

2 comentarios:

Lola (pecado,docape) dijo...

No me canso de tus lecciones magistrales .
Erudito platónico , que tengas unos días bonitos.


- Osea, que conoces a Lila?...que suerte...

Enrique Arias Valencia dijo...

Hola, Lola.

No conozco a Lila.

Más bien quise decir que tomé en cuenta la música de Lila para hacer mi artículo.

Un abrazo