jueves, 5 de junio de 2008

La caída de lo bello y hermoso

Äriastóteles Lumínico

Quizá la libre interpretación de la Biblia condujo a la libertad de pensamiento. Tal vez la libertad de pensamiento condujo, inesperadamente, a la interpretación literal de la realidad, lo cual desembocó en la ciencia moderna, y marcó el inicio de la pugna entre ciencia y arte, asunto este último que fue tratado por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia.
La interpretación literal de la realidad es una proeza de la ciencia y una ofensa para el arte, pues demerita lo bello y hermoso en beneficio de la así llamada objetividad científica.

viernes, 30 de mayo de 2008

Zen y realidad

Zen y realidad
Un acercamiento cuerdo y no sectario a la felicidad
Robert Powell
Editorial Yug
México, 160 págs.

Un clásico del esoterismo en manos de una pluma ágil y bien educada. Conoceremos las relaciones entre la espiritualidad y la vida cotidiana, así como algunas de las relaciones que hay entre el conspicuo Krishnamurti y el serenísimo Zen.
El autor nos invita a responder varias preguntas de vital importancia, como son: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué me está permitido esperar? Preguntas que por cierto se planteó Kant en un contexto muy distinto. En el que ahora nos ocupa, aprenderemos a vivir conforme al estado del Wu-Wei, que el autor traduce como “no intervenir” y que ha pasado a la imaginería popular como la “no acción”. Robert Powell nos advierte que Wu-Wei no equivale a no hacer nada, sino a vivir con plena conciencia. Por eso hay que tener la mente despierta y el ánimo dispuesto para practicar el Wu-Wei.
El autor nos alecciona sobre la búsqueda de la felicidad, las relaciones entre la ciencia y el Zen cómo podemos descubrir que si la ciencia estudia al budismo es porque también hay un budista que observa la ciencia; el papel del observador, pues.

Reseña elaborada por: Enrique Arias Valencia

lunes, 19 de mayo de 2008

AGAPEA TELEVISIVA

AGAPEA TELEVISIVA

Enrique Arias Valencia

O Fortuna
velut luna
statu variabilis,
semper crescis
aut decrescis;
vita detestabilis.

Canciones de Beuren

Mi madre no pierde de vista en la Pantalla chica una telenovela intitulada “Pobre rico... pobre” que versa, entre otros asuntos, sobre las peripecias de un hombre que habiendo gozado de los siempre envidiables beneficios de la también siempre esquiva diosa Fortuna, y que, caído en desgracia, se ve obligado a visitar furtivamente las fiestas para hurtar algo de las viandas que se sirven en las charolas, y así tener algo qué llevarse a la boca. El personaje (Andrés, para más señas) se debate entre lo patético y lo ridículo. La moraleja de la historia presentada es copla en una melodía de índole ardiente, y en consecuencia, tropical; que da comienzo a los créditos de la comedia:

Nadie sabe lo que tiene hasta el día que lo pierde.
Nadie sabe lo que tiene hasta el día que lo pierde.
¡Quién lo iba a decir, que hoy me iba a tocar;
lo que tuve ayer, hoy ya no estará!


Mientras tanto, yo me debato entre comprender y no comprender unos versos de la Madre Juana. Y hete aquí, coincidencia de coincidencias, concomitancia que te rima, que en los versos de la Madre Juana aparece también, el tema de los contrastes que nos engalanan el alma:

La salud aprecia el sano,
pero más, si estuvo enfermo;
y el que ve, estima la vista,
más no como el que estuvo ciego.


Una estrofa antes, la Madre Juana explicaba así una ausencia del Virrey a su amada Lisi, a quien revelaba que si somos privados de algo, luego entonces sabremos valorarlo mejor a su regreso:

quiere carecer de ti
para tu mayor aprecio,
porque carecer del bien
le da más merecimiento.


Y llegamos así a la dicotomía preferida por la exposición de aquello que, Octavio Paz, con certera voz, llamó “los privilegios de la vista”. El contraste entra la luz y las tinieblas es seguramente atávico, y siempre que el poeta invoca un atavismo, los mismos cielos se estremecen, dada la verdad de lo vertido:

Las cosas se ven mejor
por sus contrarios extremos,
y lo blanco luce más
si se pone junto al negro.


¿Y no hemos propuesto aquí una semejanza y no un contraste entre la cultura popular y la más alta poesía? ¿Cuál será nuestra sanción al emprender tan arriesgado y pánfilo afán? Sólo espero que sea, que si el buen gusto estuvo ausente en mi reflexión, que quien lea esto, en lo sucesivo lo disfrute más por su exceso, y no por su defecto. Por consiguiente, que la vida sea bella en lo bueno y buena en lo bello, por siempre.
Salud.

domingo, 18 de mayo de 2008

SUEÑO DE UN CASI CREYENTE

SUEÑO DE UN CASI CREYENTE EN UNA ABSOLUTA NOCHE SECULARISTA O PEQUEÑA DIABLURA CONTRAPUNTÍSTICA SOBRE UN TEMA DE JOSEF WINKLER

Enrique Arias Valencia

Para la población muerta y herida durante el reciente terremoto en China.

Me tocó nacer en México, un país cuyas leyes, hasta hace algunos años, hubiesen hecho las delicias de Richard Dawkins. Según este brillantísimo científico, el culto religioso siempre debe ser privado, y nunca público. Incluso, Dawkins alega que educar a un niño con base en valores cristianos, es un abuso, porque el infante aún no tiene la capacidad de elegir, voz que corean ya varios ateos, fasto de las llamas del más acendrado secularismo militante. Bien podemos replicarles: nadie puede dar lo que no tiene. Si yo no comparto los valores del secularismo, ¿cómo voy a inculcárselos a mi hijo? Y hete aquí que remembranzas de mi infancia de por medio, en el México secular, entre otras linduras, el culto público estaba prohibido. O algo así; el caso es que no podíamos oír misa en la calle: sólo dentro de los templos, que no eran privados, sino públicos, porque los edificios de los templos les pertenecen al Estado. O sea que sí hacíamos culto público, pero en el interior de los templos, que son edificios públicos. Era un enredo, pero así vivíamos.

Subo al metro. Extraigo un periódico y leo unas líneas dedicadas a un libro de Josef Winkler. El propio Winkler comenta: «Fui monaguillo durante seis o siete años en un pequeño pueblo católico de labriegos del sur de Austria, en la Carintia. La Iglesia me educó en el temor. Nos contaron que los ángeles llevaban un minucioso registro de cuanto hacíamos y pensábamos, de cuanto soñábamos y sentíamos. El día del Juicio Final se abriría ese libro en el cielo y seríamos condenados, según lo que estuviera apuntado, al fuego eterno del infierno». Parece que nuestro quejumbroso amigo no ha llevado una vida feliz. Por mi parte, considero que he llevado una vida, la mayor de las veces risueña. Sin embargo, si me preguntasen a qué se debe que yo lleve una vida dulce y feliz, creo que ésta sólo es cuestión de azar. Nada puede garantizarme la buena suerte del siguiente día, y mis experiencias son casi incompatibles con las experiencias de los demás. Aunque de vez en cuando me siento aventurado a querer comprobar que hay un mundo en el que compartimos nuestra subjetividad. Quizá Dios sólo sea una ilusión, pero su fantasía se patentiza de vez en cuando.

En Cementerio de las naranjas amargas Winkler escribió: «Había sido un día caluroso cuando viajé de Biel a Carintia. Me quedé unos pocos días en mi pueblo materno, entré por la puerta principal del panteón, salí por la puerta de atrás, miré alrededor, vi una pila de tierra amontonada, sobre la cual estaban colocados huesos y esquirlas de huesos». Es lo último que puedo leer en mi periódico, pues ahora el mundo se convulsiona frente a mis azorados ojos. Son las 7:19 del 19 de septiembre de 1985: como muchas otras veces el metro se atasca en la estación. Intempestivamente, y aunque Platón diga que “De la nada, nada”, de la nada comienza un violentísimo movimiento telúrico. Y como este bosquejo es un contrapunto, en consecuencia, confrontemos las rojizas y atormentadas líneas de Winkler con mi experiencia: durante el terremoto, a mí me tocó ver cómo se derrumbaba un edificio donde trabajaban cientos de humildes costureras. En una lluvia alucinante, los cuerpos humanos se mezclaron con los de los maniquíes. Por unos segundos, plegarias, alaridos y llantos. Al minuto siguiente, un silencio sepulcral. “¡Es el Juicio Final!” gritó una joven. ¿Dónde estaban los secularistas para desdecirla? Muertos de miedo, como todos nosotros.

Sacudida tras sacudida recordé que un amigo de la lejana infancia me había dicho: “Si un día puedes ver el Sol cuando tiembla la tierra, no dejes de hacerlo; claro, si el miedo te permite recordar mis palabras”. Y es así que tras el colapso del edificio de las costureras, polvo nuboso, esfera fugitiva entre los escombros, emergió una figura purpúrea y desquiciante: era la danza infernal del Sol. Convertido en una bola negra, había dejado de ser una estrella fija, y sin embargo, su movimiento era sólo la inaccesible y sombría intimidación del ángel de la muerte. Las palabras del Apocalipsis resonaron en mi interior: “Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre”. Algo que me desconcertó sobremanera fue que los edificios se derrumbaban en silencio. O quizá su desplome era acallado por los gritos de pavor de quienes me rodeaban. Sólo había almas reunidas frente al más severo de los jueces, y no todas tendrían un nuevo día.

El Estado quedó literalmente paralizado. El primero que salió a la calle a ayudar fue el pueblo. ¿Dónde estaba el Gobierno secular? Nadie lo sabía: era gente de a pie, sacerdotes, periodistas, religiosas y hasta niños quienes actuaron primero. No había una cabeza dirigiendo los rescates, se actuó espontáneamente. Aturdido, salgo del metro. Una monja me extiende una botella de agua y me dice: “¡Que la santísima Virgen lo ayude!” Más adelante, un grupo de Boy Scouts rodea con los brazos extendidos, un edificio que según ellos, está a punto de derrumbarse. Pero la peor pesadilla de Richard Dawkins está por venir: calle por calle, ruina por ruina, los rezos y jaculatorias se escuchan por doquier. “¡Es el culto público!”; pienso, y no puedo dejar de sonreír.

“Cada quien habla de la feria según le va en ella”; por eso Josef Winkler afirma que fue víctima de la Iglesia: «Nos contaron todo esto y crecimos con esos miedos, pero también descubrimos que aquello no era verdad»; y añade Winkler: «Pudimos ver lo que había detrás y comprobamos que esos ángeles que parecían de oro estaban vacíos. Ni lengua, ni corazón, ni entrañas, ni pulmones. Pura fachada, un gran fraude». Es su opinión, fruto de su suerte y de la libertad de expresión. Libertad de expresión que en mi caso, estaba restringida por el Gobierno secular. Tras el terremoto, el panorama que tengo frente a mí, es diferente: son los edificios del Gobierno secular los que estaban sustentados por un gran fraude arquitectónico del siglo XX. La Secretaría de Marina está en ruinas, la Secretaría de Comunicaciones también, las Torres del Conjunto Pino Suárez que albergaba varias oficinas del Gobierno con más de 20 pisos, están hechas polvo. Son los signos del oprobio los que se han derrumbado. Y sin embargo, nadie lo ve así; porque en realidad, la tragedia nos ha alcanzado a todos. Son días de lluvia y de granizo, de solidaridad y llanto. Siete días después del terremoto, de las ruinas del Hospital Juárez son rescatados tres bebés con vida. Sobrevivieron sin leche materna ni comida, sin arrullos ni calor, tan sólo rodeados por una sombra fugitiva. “¡Es un milagro!”, “¡Esos niños son unos ángeles!” exclama el pueblo. “¡No es un milagro, y estos niños no son ángeles!”, responde el tío Dawkie, pero todos se ríen de su necedad. Vox populi, vox Dei: son los bebés del milagro del Hospital Juárez.

Es una lección sublime, inocencia irresponsable contemplar los últimos pisos de la torre de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, con sus antenas modernísimas consumidas por un silencioso y solemne incendio. Estamos incomunicados con el mundo externo, y sin embargo estamos en continuo diálogo con nuestro espíritu. No cabe duda de que el reino de los cielos es un estado del corazón. Ni un solo templo católico edificado en tiempos del Virreinato ha resentido con gravedad los efectos del terremoto. Altiva y sin grietas, la Catedral; en cambio, el edificio secular que mandó construir Plutarco Elías Calles está cuarteado de arriba a abajo. Acabo de recordar las disposiciones del Gobierno: “En México, los sacerdotes y religiosos no podrán portar el hábito en la vía pública”. Y de pronto, frente a mí, una escena alucinante: los semáforos muertos, y un sacerdote, sotana flameante, dirige el tránsito de una calle. Pero el Gobierno se ha derrumbado, literalmente, y no puede impedirle al altanero cura que aporte su granito de arena para reconstruir el país.

Ha terminado la Edad de Oro: reina la incertidumbre en torno mío, y sin embargo, la diosa Fortuna me permitirá continuar mi adolescencia no por una puerta estrecha, sino una grande: gracias a Dios –es un decir– mis padres y mi único hermano están vivos, y un extraño horizonte se abre ante todos los mexicanos. «Si alguien me dice que sabe escribir, desconfío», comenta Josef Winkler. Es por eso que yo desconfío de usted, Herr Winkler; percibimos un mundo muy diferente. Es cuestión de suerte; y tras sacudirme el polvo de los edificios que se derrumbaron frente a mí, me doy cuenta de que yo he corrido con ella. Y aunque yo no creo en nada, ni siquiera en el ateísmo, no puedo olvidar que fue la población civil, mayoritariamente católica, la que respondió primero aquel jueves 19 de septiembre de 1985. ¿Y dónde estaba el secularismo? Sepultado, como todos nosotros, aquella mañana en la que intempestivamente resonó, gloriosa y terrible la trompeta del Juicio Final.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Viva México, my country

I'm mexican. My nickname when I was a little boy was "Cachito". I admire you, Wenarto. Therefore, Is this song interpreted by your beautiful voice only a coincidence?

http://

Soy mexicano. Mi apodo cuando era un niño era "Cachito". Le admiro, Wenarto. Por lo tanto, ¿es esta canción interpretada por su maravillosa voz solamente una coincidencia?

Text by: Enrique Arias Valencia, mexican philosopher
Singer: Wenarto, the best artist if YouTube

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mahler y Nietzsche, una sutil combinación

Enrique Arias Valencia

“La dicha ansía profunda eternidad”.
Nietzsche

El sábado 17 de Marzo de 2007 en la Sala Silvestre Revueltas a las seis de la tarde, minutos más, minutos menos, tuve el raro privilegio de escuchar la Tercera sinfonía de Gustav Mahler, obra que considero la mejor sinfonía compuesta en toda la historia de la humanidad porque incluye un poema del Zaratustra de Nietzsche, filósofo a quien considero el mejor pensador de toda la historia de la humanidad. Y es así que a Nietzsche lo considero el mejor filósofo porque forma parte de esta sinfonía y a ésta la considero la mejor sinfonía porque incluye a Nietzsche. Pongamos a los actores de este maravilloso acontecimiento. Carla López-Speziale, mezzosoprano, Schola Cantorum, Coro Femenino de Marina, Coro Femenino Pro Música México, todos bajo la batuta de Enrique Barrios. La de Mahler se trata de una colosal composición que parece hacer referencia a la Gran Cadena del Ser. Lo que sigue a continuación es una reflexión sobre las sensaciones que me provoca cada movimiento de esta sinfonía en particular. El primer movimiento es un conjuro que me hace pensar que en la blanca flama de la dignidad inmaculada forjaré el carácter de mi corazón sangrante. Es la llegada del más violento de los estíos. A continuación, los capullos del campo tratan de plasmarnos uno de esos paisajes románticos que continúan con la ascensión en la escala de los seres. Por eso, los animales suceden a las plantas en el tercer movimiento. Y entonces llegamos al movimiento del hombre. En el corazón del hombre late una contradicción. Ora contento, ora triste con aquello que lo había puesto contento. No cabe duda de que el hombre es una paradoja. Por eso resulta muy apropiado reflexionar sobre ciertos aspectos paradójicos del ser humano. Hay una mística mexicana que escribió algunas de las más brillantes páginas del arrebato y el éxtasis. Así tenemos que Concepción Cabrera de Armida nos dice:

“Hoy me duele el corazón y el brazo izquierdo hasta exteriormente, consecuencia de lo que hay por dentro. Me parece que tengo por dentro un volcán sin respiradero, una máquina de vapor con válvula, un horno sin tiro, y me dan ganas de poderlo romper para desahogarlo… El consuelo en estos momentos, o en esta situación, es la comunicación con el Señor, la oración, las jaculatorias, las penitencias, pero estas cosas, al mismo tiempo, Padre mío, son combustible que hace crecer el fuego”.


No deja de ser sorprendente esta frase de la apasionada Concha, quien se queja de llevar fuego en el alma, pero que no puede darle salida; porque cuando es a Dios a quien se ama, ¿cómo poder saciar ese amor? Uno de los aspectos más terrible de la condición humana es que a veces planeamos dedicarnos a las más grandes misiones, pero la vida nos conduce por un sinfín de frustraciones, y no podemos exteriorizar toda lo poesía de nuestro genio creador. Ésa es la tragedia del hombre, en palabras de Anaïs Nin: “Tengo la fuerza de un caballo atrapada en un caracol”. Ésta es la razón de que sólo podamos esperar la redención por el amor. Y lo que nos dice el amor llega con el esplendor y la gloria de los timbales, que presiden el Finale de una sinfonía que sólo puede entregarnos una guía para vivir mejor la vida que nos ha tocado vivir. Por eso la alegría desea la eternidad, porque cuando estamos alegres pareciera que compartimos el esplendor de la eternidad. Y sin embargo, bien sabemos que la profundidad de la noche apunta a una eternidad sin nosotros. Por eso es que debemos hacernos como niños para entrar en el reino de los Cielos, pues la inocencia infantil nos regresa al Dios que nos ha abandonado en este valle de lágrimas. La más alegre de todas las sabidurías consiste entonces en saber ansiar la eternidad de la dicha, de la mano de un Dios que sólo puede ser entendido como amor.

viernes, 2 de marzo de 2007

El efluvio de lo ridículo

El efluvio de lo ridículo

Enrique Arias Valencia

Los músicos son terriblemente irrazonables. Siempre quieren que uno sea totalmente mudo en el preciso momento que uno desea ser completamente sordo.
Oscar Wilde

Cuando la célebre soprano se levantó antes de tiempo para prepararse a cantar en medio del quinto movimiento de la Segunda sinfonía de Gustav Mahler, el trance bochornoso no pasó a mayores, pues su interpretación vocal sí se presentó en el momento adecuado. También pude advertir que a uno de los miembros del coro se le cayó la partitura a un lugar inalcanzable, con el correspondiente ruidito. Todo esto sucedió el pasado sábado 24 de febrero de 2007, en la Sala Silvestre revueltas, del Centro Cultural Ollin Yoliztli. No obstante, hay algo más sobre el papel del ridículo en la Segunda sinfonía de Mahler. Y éste es el motivo para reflexionar en torno al ridículo en esta nota.
Nosotros los posmodernos ya estamos acostumbrados a los desvaríos melódicos de la hoy rapada Britney Spears; pero los oídos del siglo XIX no estaban listos para las sinfonías de Mahler, y en su tiempo éstas fueron catalogadas como “inejecutables”. Entre otras cosas, debió resultar atroz la representación de una marcha militar en medio de una sinfonía. La vulgaridad y su hermano de leche, el ridículo, tienen un papel preponderante en el exaltadísimo quinto movimiento de la Segunda sinfonía. ¡Una marcha militar para levantar a los muertos de sus tumbas! Pues el tema de esta obra es la resurrección. No dejó de parecerme risible que los miembros del Coro de la Secretaría de Marina ostentaban sus bien plantados uniformes, mientras las notas paródicas del buen Gustav contrastaban con la supuesta solemnidad del acto.
Por cierto que los expertos saben que el primero que se atrevió a incluir una marcha militar en el final de una sinfonía vocal fue maese Beethoven, ni más ni menos que en su archiconocida Novena sinfonía. Pero en este nuevo milenio, tan neoliberal, tan poco artístico, parece que somos insensibles a las bromas de los grandes compositores.
Punto y aparte merece el primer Scherzo de la obra. Tengo unos amigos, muy entendidos de la lengua italiana, quienes han tenido la gentileza de traducirme Scherzo como una suerte de broma muy especial, aguda, profunda. Las maderas y los bronces de esta pieza son una celebración de la ironía de lo ridículo. Y conste que el último movimiento se abre con un In tempo des Scherzos”, que es tanto como decir que la ironía aún está por comenzar. Y al son de la fanfarria metafísica, la soprano de turno se levanta antes de tiempo. Nada que lamentar.