jueves, 5 de junio de 2008

La caída de lo bello y hermoso

Äriastóteles Lumínico

Quizá la libre interpretación de la Biblia condujo a la libertad de pensamiento. Tal vez la libertad de pensamiento condujo, inesperadamente, a la interpretación literal de la realidad, lo cual desembocó en la ciencia moderna, y marcó el inicio de la pugna entre ciencia y arte, asunto este último que fue tratado por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia.
La interpretación literal de la realidad es una proeza de la ciencia y una ofensa para el arte, pues demerita lo bello y hermoso en beneficio de la así llamada objetividad científica.

2 comentarios:

Christian dijo...

(Supongo que como en Razón atea te pones en el papel de "malo", así que juguemos el juego de Juan Pirulero...)

Libre interpretación de la Biblia -> libertad de pensamiento -> interpretación literal de la realidad -> ciencia moderna -> pugna entre ciencia y arte.

La cadena anterior es razonable, sin embargo me viene a la mente que Galileo, al que se le considera "padre de la ciencia moderna" era católico y que no basaba sus investigaciones en la libre interpretación de la Biblia (como los protestantes), sino que veía ambas cosas como dos cosas separadas. La ciencia no está relacionada con la libre interpretación de la Biblia, sino con la investigación de la realidad.

Es común oír a los artistas sobre la deshumanización por causa de la fría ciencia. Sin embargo veamos desde otro ángulo. Existen dos tipos de belleza: la de la naturaleza y la creada por el hombre. Los científicos simplemente trabajan con la belleza natural, por lo que son muy parecidos a los artistas. De hecho la motivación del científico es el descubrimiento del funcionamiento del universo y la admiración que hay en la belleza de la naturaleza. El ser objetivo es su herramienta indispensable; pero de ninguna manera es fría o lo deshumaniza.

Äriastóteles Lumínico dijo...

Christian: agradezco tu comentario. Me servirá para comenzar a desarrollar algo que allá, en Razón atea quizá llegue a desplegar. Hay un pasaje de la Autobiografía de Darwin, prosa espléndida, confesión muy bien expuesta, en el que el científico nos revela que ha perdido su gusto por la poesía, la música e incluso, la pintura. Con una asombrosa capacidad de autodiagnóstico, Darwin se da cuenta de que esto ha sido así porque ha descuidado sus facultades estéticas, en beneficio del intelecto que elabora leyes generales, es decir, ha sacrificado el arte en el altar de la ciencia:

“Esta curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos es de lo más extraño, pues los libros de historia, biografías, viajes (independientemente de los datos científicos que puedan contener) y los ensayos sobre todo tipo de materias me siguen interesando igual que antes. Mi mente parece haberse convertido en una máquina que elabora leyes generales a partir de enormes cantidades de datos; pero lo que no puedo concebir es por qué esto ha ocasionado únicamente la atrofia de aquellas partes del cerebro de la que dependen las aficiones más elevadas. Supongo que una persona de mente mejor organizada o constituida que la mía no habría padecido esto, y si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso de la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza”.*

Este tema da para mucho, pues también se da el caso contrario: el del joven artista que no destaca en ciencias, pero es capaz de componer una hermosa sinfonía; o el del atleta, lerdo en matemáticas, pero habilísimo para anotar un touchdown. Con honrosas excepciones, los hombres del Renacimiento, como Galileo, vivieron durante el Renacimiento.

Con el corazón en la mano te digo que quizá Fernando sea un genio mutante o anfibio, capaz, si quiere, de combinar ambas habilidades: la del delicado poeta y el agresivo pensador. No obstante, también es cierto que ni él puede hablar todos los lenguajes del superhombre.

Dawkins, por su parte, en mi opinión, pareciera que a veces no es capaz de problematizar con profundidad los objetos de sus críticas, y al hacer juicios sumarios, este célebre científico corre el riesgo de quizá, arrojar una generalización apresurada en el mismo lugar donde yo esbozo una irónica sonrisa.

*Charles Darwin, Autobiografía, Alianza Cien, México, 1993, pp. 86-87.