domingo, 25 de julio de 2010

Tonadas de un ateo errante

Enrique Arias Valencia

Estas tonadas de un ateo diletante son hasta cierto punto, aristotélicas, pues el Estagirita tuvo a bien sostener que el objetivo de la tragedia es la catarsis. Y hace tiempo que estetas y artistas advertimos que lo que es válido para el Ática lo es para el resto de las artes. Y es así que ahora que Dios ha muerto la redención es por medio del arte. Estoy en el segundo piso de la Sala Nezahualcóyotl a punto de comenzar el cuarto programa del Ciclo Gustav Mahler I, temporada de Verano de 2010.

Esmerado orquestador, Gustav Mahler me ha regalado hoy su arreglo y versión de la Suite Orquestal tras las suites BWV 1067 y BWV 1068 de Johann Sebastian Bach. En una sala atestada, mi soledad es mayúscula. La frase anterior es muy manida; pero una terrible verdad repetida duele más que una mentira piadosa dicha sólo una vez. Por eso es doble el mérito catártico de la Suite: el célebre Aire en la cuerda de Sol, cuyo nombre corresponde a la G de Gödel en la maravillosa imaginería del Gödel, Escher, Bach de Douglas Hofstadter: la autorreferencia, el teorema, la lógica divertida. Pero por encima de la lógica que sólo es “Apolo transfigurado en crisálida”, está el brillo puro del diamante del arte.

Estos tarareos de un ateo irracionalista se basan en un movimiento bachiano que Mahler decidió orquestar en forma de pizzicato: Badinerie. En cambio, el finale, es la Gavota el éxtasis prometido tras tres éxtasis realizados: uno por cada movimiento de la Suite.

Las Canciones para un camarada errante, de Gustav Mahler, a querer y no rescatan la figura de Caín, quien ha de vagar por el mundo para intentar en vano reparar su falta. Quizá mi inconsciente me ha jugado una broma a costa de mi propia vida. ¿No es mi existencia una puesta en escena de estas canciones? Pues “Mi tesoro celebra su boda”, mientras yo lloro desconsolado por su irreversible partida.

Durante el viaje iniciático del ateo místico llega el amanecer. Éste es el fuego metafórico de la intuición intelectual. Para uno de los más espléndidos finales de una silva barroca, la madre Juana Inés hizo a nuestra Tierra saludar con su reflejo el nacimiento del Sol, tropo de la culminación del más apasionante viaje del conocimiento humano:

ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.

Sor Juana Inés de la Cruz despierta de un sueño de primera. En contraste, yo le soy fiel hasta el denuedo al pesar manifiesto en las postrimerías de la segunda canción, pues “Cuando esta mañana crucé los campos”, acompañado por pinzones, campanitas y faroles sólo puedo darme cuenta de que el mundo puede estar muy contento por la mañana:
“Entonces, a la luz del Sol,
el mundo comenzó a brillar;
sonidos y colores todos,
renacieron a la luz del Sol”.

en tanto que en mi corazón mi propia alegría “¡Florecer nunca podrá!” porque (y llegamos ya a terrenos de la tercera canción) “Tengo un cuchillo al rojo vivo”, que es el recuerdo de los ojos verdes de mi amada Lísida.

Tengo unos amigos católicos que dicen que en realidad, mi ira sólo habla de que estoy enojado con Dios. Y sí es así: yo estoy tan enojado con el Dios de los creyentes como lo puedo estar con Zeus porque mandó clavar a Prometeo a una roca, como escarmiento por habernos regalado el fuego del conocimiento.

Aquí debo hacer una pausa para recordar al lector que todo esto pretende ser purificador, por lo que no hay que desesperar con los desvaríos de la desesperanza. Por eso, al final, reflexionar sobre “Los ojos verdes de mi amada” conduce a descubrir que
“De nuevo todo estaba bien.
Todo, todo, amor y penas
y el mundo y el sueño”.

Ésta es la redención artística por medio de la conciliación con los sentimientos. Por cierto, en realidad Mahler en su cuarta canción retrató unos ojos azules. Mío es el recuerdo de unos ojos verdes. Es así que bajo el tilo, la revelación poética que procede del mundo del ensueño y del deleite embriagador es la serena alegría honrada por la pluma del poeta. Es la preciosa hija de los más luminosos dioses, señores del mundo.


T 17


Mahler amaba estos finales, en los que el amor redime el mundo. Del mismo modo termina su Tercera sinfonía: “Lo que me dice el amor”. Gustav Mahler lo aprendió de “la redención por el amor”, de Wagner. Wagner lo asimiló de Schopenhauer, y éste filósofo a su vez, lo descubrió en el cristianismo. Es así que como ateo irracionalista, debo reconocer que gracias a la catarsis el Creador del mundo se deja traslucir diáfano como principio de fusión de la redención por medio del amor, augurando la existencia de una Divinidad invisible que aguarda en el mundo metafísico. El resto, no es silencio. Es el aplauso para el barítono Jorge Lagunes y la Orquesta Sinfónica de Minería que hoy dirige José Areán, mientras yo me pregunto: ¿Es el hombre un sueño, de aquel que al despertar sólo puede descubrir que todo es uno?



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Orquesta Sinfónica de Minería
Temporada de Verano 2010
Ciclo Gustav Mahler I
Sala Nezahualcóyotl
Concierto IV
22, 24 y 25 de julio
Director: José Areán
Solista: Jorge Lagunes, barítono

Programa
* Johann Sebastian Bach (arreglo y orquestación de Gustav Mahler): Suite Orquestal tras las suites BWV 1067 y BWV 1068

1. Ouverture
2. Rondeau – Badinerie
3. Air
4. Gavotte I / Gavotte II


* Gustav Mahler:
Lieder eines fahrenden Gesellen (Canciones para un Camarada Errante)

1. Wenn mein Schatz Hochzeit macht (El día de la boda de mi amada)
2. Ging heut Morgen übers Feld (Salí esta mañana a caminar al campo)
3. Ich hab’ ein glühend Messer (Tengo un cuchillo ardiente)
4. Die zwei blauen Augen von meinem Schatz (Los dos ojos azules)


* Robert Schumann: Segunda Sinfonía
1. Sostenuto assai – Allegro, ma non troppo
2. Scherzo. Allegro vivace
3. Adagio espressivo
4. Allegro molto vivace


(El reseñista asistió el domingo 25 de julio).

5 comentarios:

Manuel dijo...

El programa es una belleza. El Mahler orquestador de otros me parce muy interesante, sobre todo por el espíritu "superador" que existía en ese momento postromántico. De alguna manera, se "podía mejorar" a Mozart o Beethoven (además de Bach).
Por otro lado, me encanta cómo fluye tu cabeza ante un concierto.
Un abrazo.

Enrique Arias Valencia dijo...

Hola, Manuel. La música es, a mi parecer, la más filosófica de las artes.

¡Un abrazo!

Lola (pecado,docape) dijo...

Sensibilidad erudita...yo te habria acompañado con mucho placer a este concierto.

Manuel dijo...

Hola Enrique, me gustaría que escucharas «Canción y danza» en mi blog, gracias.

http://elfiltrodemanuelmillan.blogspot.com/2010/07/audicion-de-cancion-y-danza.html

Enrique Arias Valencia dijo...

Hola, Pecado.

¡Pues puedes acompañarme al concierto al que nos invita Manuel!

¡Un abrazo a ambos!