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domingo, 29 de noviembre de 2009

Himno de alabanza, gozo y templanza en la OFUNAM

Enrique Arias Valencia

El alemán se figura a Dios mismo preparándose a cantar himnos.
Friedrich Nietzsche



1. Sinfonia. I. Maestoso con moto – Allegro

Minutos antes de que comenzase la solemne sinfonía, el entrañable amigo Pepe Sosa me decía, que aquel que escuchare esta composición con atento oído encontraría, entre amenísimas y caras melodías, influencias del siempre bien amado Beethoven. En el programa de mano fui avisado de la influencia del espíritu de Bach nomás despuntar el movimiento coral, de vocal bonhomía. No obstante, lo más delicioso, hijo de mi natural bordonería, fue encontrar en esta obra influencias ni más ni menos que del propio Mendelssohn, ¡quién lo diría! Es así que tras la épica fanfarria de los trombones, el segundo sujeto del primer movimiento me trajo a la memoria sus sinfonías Escocesa e Italiana; así como el Sueño de una noche de verano.

II. Nietzsche se deleitaba en sostener “¡Qué poco basta para ser feliz!” El segundo movimiento es mucho más que una ensoñación, un ambiente libre de las limitaciones del espacio y las traiciones del tiempo, una disposición anímica que sor Juana expresó en unos villancicos dedicados a la fiesta de la Concepción de 1689:





¡Un instante me escuchen,
que cantar quiero
un instante que estuvo
fuera del tiempo!


En La revelación y los días, lírico y ensayista, Javier Sicilia sostiene que “el dominio absoluto de sí mismo corresponde al desasimiento profundo del yo, es decir, a la pobreza espiritual”. El Allegretto un poco agitato me trae a la memoria la estructura perfecta del Poco Allegretto de la Tercera Sinfonía de Johannes Brahms. Si bien la sosegadísima pluma de Mendelssohn perfila una partitura que, de nuevo, me conduce a los aires celtas que el compositor seguramente escuchó en el tiempo en que compuso la obra que ahora nos ocupa. Tiene razón Nietzsche cuando afirma en su aforismo que “Sin música la vida sería un error”.

III. El Adagio Religioso recuerda el serenísimo riachuelo que recorre el Adagio molto e cantabile – Andante moderato de la Novena Sinfonía de Beethoven. También me evoca, quizá por lo devoto, el Feierlich de la Sinfonía Renana de Schumann. Madurez prematura, podríamos decir. Recordemos que Nietzsche decía que para ser feliz, “El sonido de una gaita resulta suficiente”.

IV. Y llegamos así al cuarto movimiento de la obra. Mendelssohn entendía que esta era la segunda parte, la primera era propiamente la sinfonía. Por eso esta sección comienza con el número 2. Coro, soprano y coro femenino. El Allegro moderato maestoso – Animato, trae de nuevo el llamado de los trombones de la sinfonía. Allegro di molto: Lobt den Herrn mit Saitenspiel. Molto più moderato ma con fuoco.

3: Recitativo y aria del tenor (Allegro moderato). De nuevo advierto esta serena pasión que sólo el romanticismo pudo cultivar y que hizo de esta emoción en particular, un intempestivo oxímoron. La primera vez que escuché esta sinfonía fue en una estación de radio llamada XELA, que con el lema “Buena música desde la Ciudad de México” me inició en muchas obras del repertorio clásico, hace mucho, mucho tiempo. Cuando transmitían Himno de alabanza aseguraban que la obra constaba de once movimientos. En la Wikipedia alemana aseguran que tiene diez. Tristemente, XELA salió del aire al despuntar el 2002. En el programa de mano del concierto del domingo dan cuenta de los cuatro movimientos formales de una sinfonía.

Por lo vocal, lo coral y lo extensa, yo la tenía junto a la Sinfonía de los mares, de Ralph Vaughan Williams, si bien los estilos musicales de Mendelssohn y Williams tienen muy poco en común. ¡Pero ambas arrancan con gloriosa fanfarria!

4. A tempo moderato es casi una resurrección del ambiente del Allegretto un poco agitato.

5. Dueto de soprano y mezzosoprano. Coro. Andante.

6. Tenor. Allegro un poco agitato. Allegro assai agitato. Tempo I, moderato. Soprano. Die Nacht ist vergangen!

7. Coro. Allegro maestoso e molto vivace. Sobrecogedora cita de san Pablo: “La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz” (Romanos, 13, 12).

8. Coro. Coral: Andante con moto. Un poco più animato.

9. Dueto: Soprano y Tenor. Andante sostenuto assai.

10. Coro final. Allegro non troppo. Più vivace.

Salmo 96: “¡Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, habitantes de toda la tierra!”

Maestoso como I

(1 Crónicas, 16, 8-10):

¡Alabad al Señor, proclamad su nombre,

testificad de sus proezas entre los pueblos!


Como dirían Schiller, Beethoven y Wagner, la música une de nuevo lo que la costumbre austera separó. Allá, en el coro cantan Patricia Palacios, Claudia Sofía, Adriana R. y su esposo José Luis Sosa. Entre el público, muchos buenos amigos y un servidor. Dionisos, el Dios de la alegría, no sabe de separaciones y todo lo reúne con la música embriagadora.

Y en una espiral que regresa al primer sujeto de la sinfonía, se teje un hilo sutil, de bronce fiel entre los trombones y los tenores. Al final, mi acendrado ateísmo va a morir a las playas de las artes. Heroicos tenores que resucitan el motivo de los metales del primer movimiento. Palabras del Salmo 150:




Alles, was Odem hat, lobe den Herrn,
Halleluja, lobe den Herrn!

Todo lo que respira alaba al Señor,
¡Aleluya, alabado sea el Señor!


Según Nietzsche, Dios es la máscara de la nada. En mi anillo intempestivo, espiral del motivo de los trombones, descubro asombrado que Dios es la máscara del prójimo y el prójimo es la máscara de Dios. Es así que el paso al misticismo musical es inevitable. Jacob es el hombre que se atreve a agarrar el talón de Dios para exigir una bendición, y Dios le concede lo pedido. Luego, soy un ateo en busca de Dios.

En medio del canto coral, los ecos místicos de San Pablo nos demuestran que Dios puede invitarnos a vivir un delirio de amor. Para los místicos es muy clara esta expresión de Benedicto XVI: “Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento”. El místico nos hace ver que es posible vivir un amor pleno y perfecto, que trasciende los límites y defectos de lo humano. Y sin embargo, sólo es en lo imperfectamente humano, demasiado humano, donde podemos vivir la verdadera vida del amor perfecto. El poeta Javier Sicilia descubre ese aspecto místico de la vida transfigurada por la caridad del prójimo con estas palabras: “A Dios sólo se le puede amar en lo humano y sus contradicciones”.

¿Qué es el amor? Camino del concierto mi querido y afectuoso amigo José Luis Sosa, pianista del Coro Filarmónico Universitario, y yo charlamos sobre este asunto. ¿Existe el amor? Yo, el peor de los ateos, tengo una gallarda respuesta para tan arriesgada pregunta. El único amor que conozco es el del prójimo. ¿Qué es el amor? El amor ha cantado frente a mí este día, y me extendió su abrazo generoso en las queridas personas que reconocí en el lleno total de una sala de conciertos del sur de la Ciudad de México, pedregal que enmarca un remanso para el alma.

La cordialidad de aquel que extiende su mano generosa para alabar al Señor por medio del amor concreto, del amor visible, del cariño que comparte lo mejor de su trabajo, de su voz, de su canto a un Dios que para mí hace mucho, mucho tiempo que yace desconocido en la tumba más oscura y vacía de mi corazón.

***


Félix Mendelssohn

Sinfonía No. 2 en Si bemol Mayor, op. 52

Sinfonie Nr. 2 in B-Dur op. 52, „Lobgesang“ von Felix Mendelssohn Bartholdy (1840).

OFUNAM, Tercera Temporada, Programa 7. Domingo 29 de noviembre de 2009, 12:00 hrs.

Amén del Himno de alabanza, el concierto incluyó la Obertura Ruy Blas, op. 95, también de Mendelssohn.

Alun Francis, director artístico; Eugenia Garza, soprano; Anna Fischer, mezzosoprano; Jeffrey Lloyd-Roberts, tenor; Coro Filarmónico Universitario y Coro de la Escuela Nacional de Música: Samuel Pascoe, director concertador. Orquesta Filarmónica de la UNAM, Sala Nezahualcóyotl, Centro Cultural Universitario, México, Distrito Federal.

sábado, 14 de marzo de 2009

Ensueño material de una noche de concierto invernal

Enrique Arias Valencia

Para Carlos, un amigo que canta.

Mi estimado amigo, el señor tenor Carlos Courrech Sánchez tuvo el exquisito gesto invitarme al concierto en que él intervendría como miembro del Coro de la OSEM el 14 de marzo de 2009, en el Foro al aire libre Felipe Villanueva, en el que la Orquesta Sinfónica del Estado de México bajo la batuta de mi gran tocayo Enrique Bátiz interpretó un hermoso programa de concierto.

Escenario vivo, bosque luminoso, chopos ¡ay! memorables, cipreses flameantes, abetos misteriosos y pinos altísimos, el Sueño de una noche de verano de Mendelssohn es una de esas raras joyas cuya obertura siempre suena fresca, a pesar de las travesuras de las hadas, siempre listas a abandonarnos tan pronto quedamos prendados de ellas.

Concierto N° 2 en Do menor para piano y orquesta de Rachmaninoff, con su luna misteriosa en una fresca noche de marzo. El corazón destrozado corre por mi cuenta, el Allegro scherzando es por cuenta de la solista, Jie Chen; y a decir verdad, es inevitable recordar a Luis Miguel o por lo menos a Eric Carmen durante el Adagio sostenuto.

O Fortuna, de Carmina Burana, con mi amigo en la cuerda de los tenores y estos versos inevitables:

“¡Oh, Fortuna,
velo de la luna,
vida detestable,
status variable”.

Queda igual de bien en latín y en español; pero el coro, respetuoso de la tradición, cantó los versos en el macarrónico latín en el que está escrita Carmina Burana, de Carl Orff.

Quizá sea cierto eso de que Dios no tiene esencia, pero en el Coro de los ángeles, de Cristo en el Monte de los Olivos, op. 85 (1803), de Beethoven, la esencia de los ángeles es la misma que la de todos los hombres que se hacen hermanos al amparo de la Hija del Elíseo. Quien lo dude, que lo escuche: “Gotter Funken!” sin duda.

Marcha 2° acto, Tannhäuser. Desde que Venus nos dejó solos, mi refugio es la Virgen María, verdá segura de Dió. Mi directora espiritual me ha pedido algo muy absurdo: “Deberías hacer una recopilación de tus poemas en un libro y ofrecerlos a una editorial”. No le voy a hacer caso, pues la respuesta a su petición es contundente: no se pueden hacer versos sin musa, y yo ya no tengo musa.

Coro de los herreros, de Il Trovatore, de G. Verdi. En esta ópera los yunques se escuchan divinos, sencillamente melodiosos. Visiten una herrería para que vean que Verdi supo hacer música sublimando los durísimos martillazos de la existencia. ¡Si la vida tuviera el pudor de aprender un poco del arte! ¿Se imaginan? ¡La vida prosaica sería una obra de arte!

Marcha triunfal y ballet de Aïda, de Verdi. Una paradoja: mientras se escucha la marcha triunfal Aïda está presa, deseándole al Faraón que regrese vencedor de aplastar al propio padre de la ingrata etíope. O quizá no sería tan paradoja si dejáramos de idealizar a las mujeres. Siempre tienen algo más importante que hacer que atender la presencia de aquellos a quienes, en días lejanos, cautivaron con sus cantos.

Va pensiero. El coro de los esclavos de Nabucco es tajante: “Iros a hacer ladrillos sin paja”, ha sentenciado Dios, que es tanto como decir: “Id a hacer vuestra vida sin la ayuda de Dios”. ¿Verdad que es imposible? Y sin embargo, como los ladrillitos de los esclavos judíos, que los hornearon sin paja, sí es posible vivir sin la esencia de Dios. Lo estamos haciendo ahora, pro arte nostra. ¡Salud!