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domingo, 25 de septiembre de 2011

Diablo, carne y mundo


Enrique Arias Valencia

Son muchos los filósofos que reconocen que una de las labores más importantes de la filosofía consiste en desentrañar la relación que hay entre Dios, el mundo y el alma. Por ejemplo, en las Meditaciones metafísicas René Descartes (1596-1650) trató de probar la existencia de estas tres sustancias. Más tarde, Immanuel Kant (1724-1804) en su proyecto crítico de la razón pura llegó a la conclusión de que Dios, alma y mundo, son Ideas de la razón que no tienen una referencia objetiva, en vista de que no podemos conocer los objetos de dichas Ideas, pero que de todas formas, éstas regulan el universo moral del hombre. Por otro lado, esta relación tripartita la argumenta el matemático, abogado, historiador y miembro del Trinity College de Cambridge Walter William Rouse Ball (1850-1925) como la relación entre Dios, la Naturaleza y el Hombre:

“He leído en alguna parte que la filosofía se ha preocupado principalmente de las relaciones entre Dios, la Naturaleza y el Hombre. Los primeros filósofos griegos se ocuparon principalmente de las relaciones entre Dios y la Naturaleza, y trataron el asunto del hombre por separado. La iglesia cristiana estaba tan absorta en la relación de Dios con el hombre que descuidó del todo a la naturaleza. Por último, los filósofos modernos se ocupan principalmente de las relaciones entre el Hombre y la Naturaleza. Si esto es una generalización histórica correcta de los puntos de vista que sucesivamente han prevalecido no me importa discutirlo aquí”. (1)

Es así que siguiendo a los filósofos modernos el ateísmo niega que el hombre tenga relación alguna con Dios, pues no se puede tener relación alguna con lo no-existente. En más de un sentido, el ateísmo estándar tiene razón. Dios es un término gastado, cuya ancianidad lo llevó a la muerte en el siglo XIX. A pesar de todo, un esteta irracionalista como lo soy yo no puede darse el lujo de despachar sin más la relación con lo así llamado divino. Lo divino, aún con Dios muerto, es materia de reflexión para el esteta. De hecho, se podría decir que lo divino es el único tema de reflexión del esteta, pues, ¿acaso no es el arte único e indiviso, divino en su naturaleza? Para intentar paliar esta situación y quizá provocar un malentendido, en este ensayo propongo que la relación “Dios, Naturaleza, Hombre” sea replanteada como una relación “Diablo, carne y mundo”. La frase la he tomado en préstamo al final de la Redondilla más célebre de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), trascendiendo el papel de género que en tal poema cumple dicho octasílabo final.(2) Así, elevo a carácter metafísico la expresión “Diablo, carne y mundo”, y por lo tanto, ésta ahora señala lo que la filosofía entiende por las relaciones entre Dios, el alma y el mundo.

¿Quién es el Diablo, para los fines de este ensayo? Como forma estética, el Diablo es personaje galán de gran dignidad. ¿Podemos entrar en relación con él? Indudablemente. Así, por ejemplo, si mal no recuerdo, el sábado 21 de agosto, durante un recital en el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte pude escuchar la célebre serenata del Fausto de Gounod en la voz del bajo Charles Oppenheim, en el papel de Mefistófeles. Han de saber que una de las primeras cosas que me desilusionaron del cristianismo fue advertir que en los Evangelios Jesús jamás se ríe. En cambio, Mefistófeles lanza unas colosales carcajadas en el momento de esta serenata. El Diablo galán, figura estética, es tempestad e impulso de vida, obra y palabra. Si su acto es intempestivo, la aparente contrariedad puede hacernos reír. Lo divino es trascendencia. Si dicha trascendencia se presenta como una carcajada, luego es obra del Diablo. Diablo, es pues el aspecto de lo divino si nos hace reír.

Charles Oppenheim

¿Qué es ahora el alma tras cuatrocientos años de ciencia, sino un montón de despojos del Universo, unidos tan sólo por una ilusión? Tras la labor Darwin, Freud y los neurocientíficos actuales, la supuesta simplicidad del alma se ha hecho añicos. Pero aún tenemos la carne. ¿Qué es la carne? La carne es la residencia de las pasiones, su alojo e inmanencia. Si lo divino es trascendente y eterno, luego la carne se le opone con su inmanencia, con su finitud. Gracias a la carne entramos en contacto con las pasiones del Diablo. La carne nos permite gozar con los sentidos y aún con los frutos de la razón. Carne es pues, la digna acción del muy estético Diablo galán en nuestro propio ser.

El domingo 21 de agosto de 2011 he asistido a un espectáculo titulado “Diablo, carne y mundo” en el que el grupo La Dexima Mvsa nos transportó a la época barroca y rindió homenaje a sor Juana Inés de la Cruz en la Sala Manuel M. Ponce. La obra se abrió con “Dicen que de Inés” de José Marín (1619-1699) a cargo de las sopranos Lourdes Ambriz y Gabriela Miranda, y los instrumentistas Abel Maní en la viola da Gamba, Víctor Hugo Peñaloza en la guitarra barroca, y Karina Peña en el clavecín. Por su parte, entre otros números, la actriz Elia Domenzain, vestida como sor Juana recitó “Hombres necios que acusáis”. A continuación, las dos primeras estrofas:

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Elia Domenzain también leyó un fragmento de la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, aquella misiva con la que sor Juana intentó defender su amor al saber en una época en la que el mundo era dominado por varones imbéciles. La suerte de sor Juana es un atisbo de que, a pesar de los esfuerzos del muy estético Diablo Galán, no todo es gozo en este mundo, e incluso las huestes angélicas, hoy huérfanas de Dios, están siempre dispuestas a interferir entre los humanos para impedir el triunfo del placer. Es por eso que este mundo no llega a ser completamente feliz, a pesar de la ayuda del Diablo y de la carne.

Un ángel nos amenaza. (3)

¿Qué es el mundo? El mundo es el escenario del desgarramiento de la voluntad en dos entidades: una es el alegre impulso del Diablo, la otra es el adusto gesto del ángel que no desea que esa felicidad se consume. Los jinetes del Apocalipsis son enviados desde el Cielo: guerra, hambre, peste y muerte. A diario, esos cuatro tíos bajan a la Tierra a hacer de las suyas. ¡Y hay ateos que se atreven a decir en una sorprendente mezcla de ingenuidad y desfachatez que el Apocalipsis es una profecía falsa! ¿Es este mundo feliz? ¡Ni el Diablo, supuesto padre de la mentira, creería eso! El Diablo galán se ríe de la afirmación: “Éste es un mundo feliz”. En realidad, los cuatro jinetes del Apocalipsis son sólo una muy optimista muestra de lo que los Cielos son capaces de hacer con tal de impedir la consumación de la diabólica alegría del mundo y de la carne. Hay por tanto en el Cielo toda una caballeriza atestada de pesares, lista para mandarnos sus huestes a la menor provocación: desde un dolor de muelas hasta una amarga decepción de amor. He experimentado varios dolores en este mundo. He visto a varios de mis semejantes sucumbir a dolores mayores que los míos. Aunque los ateos lo nieguen, a diario he visto el bravo galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis en los cuatro rumbos del mundo. A pesar de que es muy cierto que Dios no existe, no puedes relajarte y disfrutar de la vida. ¿Cómo escapar de este horror?

Hace mucho tiempo, mi padre me contó la leyenda de la Mulata de Córdoba. Hubo, pues, en tiempos del Virreinato, una hermosa Mulata que vivía en el puerto de Córdoba, Veracruz. La Mulata era deseada por todos los hombres que la veían, pero ella rechazaba todos los galanteos. Algún necio envidioso, harto de los desdenes de la Mulata, la denunció ante la Inquisición, con la acusación de que despreciaba a sus pretendientes porque era amante del Diablo. La Mulata fue aprendida, y confinada en un calabozo. Ahí entabló amistad con el guardia, quien como los demás hombres, quedó prendado de su belleza. Una noche la mulata le pidió a su carcelero una tiza. El hombre le llevó el encargo, y la chica comenzó a dibujar un barco en la pared. Ante los asombrados ojos del celador, la Mulata abordó el bajel dibujado, y escapó en él. El guardia se volvió loco.

He seguido las tres presentaciones del grupo de Solistas Ensamble del INBA, el cual, en el marco de las Fiestas Patrias nos obsequió una tertulia musical integrada por fragmentos de ópera mexicana. El miércoles 14 de septiembre de 2011 en el Salón de Recepciones del MUNAL, el miércoles 21 de septiembre en el patio principal del Palacio del Arzobispado, y el viernes 23 de septiembre en el Recinto de Homenaje a Benito Juárez en Palacio Nacional. Uno de los números musicales consistió en la bella escena de La Mulata de Córdoba, en la partitura del compositor José Pablo Moncayo (1912-1958) con libreto del poeta Xavier Villaurrutia (1903-1950) y el dramaturgo Agustín Lazo (1896-1971), interpretada por Lydia Rendón en el papel de la Mulata Soledad, Gerardo Reynoso como Anselmo, encarnando al Inquisidor a Emilio Carsi, el coro masculino del ensamble como los monjes, acompañados al piano por Eric Fernández, todos bajo la dirección de Xavier Ribes. No puedo dejar de apuntar que la voz de Gerardo Reynoso es un hermoso regalo para el corazón.
Amor, amor divino
que en ardoroso anhelo
nos transportas unidos
a las bodas del Cielo.(4)
La versión de Moncayo difiere de la que me contó mi padre, pues incluye una trama más elaborada. Hace poco le he pedido a papá que me contara la historia de la Mulata otra vez. Lo hizo, pero en su ancianidad, rendido a la razón, mi padre añadió al final: “Según mi parecer, la Mulata tuvo amores con el guardia y éste la dejó escapar”. En cierta forma, las palabras de mi padre son un incómodo epitafio de las ideas del atardecer de la filosofía: Dios, el alma y el mundo.

¿Acaso soy un eco del ocaso? Y sin embargo, mi alma es la de la Mulata de Córdoba, quien ante los horrores del mundo, no duda en trazar un velero con la imaginación, y al amparo de sus velas hinchadas atracar en el reino del arte divino, y huir así de las falsas acusaciones de la muy Santa Inquisición.

Post scriptum

El viernes 23 de septiembre del presente tuve el honor de asistir a la interesantísima Conferencia Magistral “Schelling-Kierkegaard: la génesis de la angustia contemporánea”, dada por el doctor Fernando Pérez-Borbujo. La tesis principal de Pérez-Borbujo es que Schelling es el primer existencialista, y que Kierkegaard le calcó varias ideas, siendo, por tanto el danés no el primero, sino el segundo existencialista. Al final, durante la ronda de preguntas, el filósofo Jorge Juanes tomó la palabra, para, entre otras cosas, señalar que según su parecer, el problema con Schelling es que éste restauró el asunto de Dios, ya superado, y lo reinsertó como problema filosófico. No me considero capaz de siquiera esbozar la sabrosa discusión, pues mi intención más bien, consistirá en sostener que, desde mi punto de vista, Jorge Juanes se equivoca en el punto que señalé. El asunto de Dios, como problema filosófico no está de ninguna manera agotado, y tengo que reconocer la pésima manera en que yo mismo lo he tratado en este ensayo que ahora el lector tiene enfrente.



De hecho, este tanteo tuvo ya en mi blog una salida en falso, pues me parece que no faltará aquel que crea que “Diablo” se refiere al espíritu malvado, opositor de Dios. Si Dios no existe, tampoco existe el Diablo. Lo he rehabilitado como instinto estético, y nada más. Si me he decidido publicar mi reflexión, es porque finalmente me he dado cuenta de que refleja varias de mis intenciones en filosofía, sea sobre todo, estética.

***
NOTAS

  1. Tomado de: René Descartes (1596 – 1650) en A Short Account of the History of Mathematics (4th edition, 1908) by W. W. Rouse Ball. (La traducción es mía, con ayuda del traductor de Google).
  2. El cual reza completo: “juntáis Diablo, carne y mundo”.
  3. Templo de San Francisco El Grande, México. Ese día fue el 2° concierto de la 2° temporada de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez. Foto cortesía de MC.
  4. He transcrito el poema de oído. No conozco su forma, si bien sé que se trata de un heptasílabo. Las palabras las recita Anselmo, con réplica inmediata de Soledad. El dueto es hermoso en la poesía y las voces.

domingo, 1 de mayo de 2011

Primero ensayo en Do

Enrique Arias Valencia


¿Acaso es bella la nota Do? En cierta forma, Kant nos ha enseñado que sí. Incluso es bella porque sabemos desentendernos de ella. La nota Do es bella porque nos contenta o descontenta sin brindarnos concepto alguno. Por consiguiente, Bach, Mozart, Beethoven, y hasta los compositores contemporáneos han encontrado bella la nota Do. Do ha sido aceptada universalmente como una nota bella. Por lo tanto, es necesario que Do sea bella, como si cumpliese un propósito que, sin embargo, permanece oculto a la razón. El sentimiento que despierta en nosotros la nota Do: bello propósito sin fin que permanece en nosotros.


La palabra acuerdo significaría que las cuerdas se conforman a una norma: digamos, la 432, Do 256. Y pasamos a otra nota. Por lo tanto, decíamos, Do es bella porque sabemos desinteresarnos de ella. Por lo tanto, el sentimiento que despierta en nosotros la nota Do es necesario para amar la música. No es bella por sí misma, es bella cuando la referimos a nuestros sentimientos.


Lo mismo podríamos decir de cada nota, de cada acorde, de cada motivo, aunque quizá ya no de cada melodía ni de cada estilo musical. Encontramos belleza en lo más general, lo que sigue es cuestión de agrado, quizá. Sostendremos lo mismo de la luz y la oscuridad, y de cada color.


¿Y en poesía, qué decir en poesía sino que nos placen la rima y el metro? En 1670 Sor Juana escribió un poema para celebrar la construcción del Templo de San Bernardo, en la muy noble e insigne, muy leal e imperial ciudad de México. El metro y la rima de sor Juana son perfectos, modelo de arte elevada:




A este edificio célebre


sirva pincel mi cálamo


aunque es hacerlo mínimo


medida de lo máximo.




Pues de su bella fábrica


el espacioso ámbito


excede a la aritmética,


deja vencido el cálculo.




Donde aquel Pan angélico,


entre accidentes cándidos,


asiste como antídoto,


quiere estar por viático.





Le he leído a Nietzsche un pensamiento que también ha cristalizado en la imaginería popular del siguiente modo: “Los dioses tejen las desdichas de los hombres para que los poetas tengan algo que cantar”. Es así que en 1861, durante la guerra de Reforma, el célebre convento de San Bernardo de México, fue demolido por completo. Sólo se salvó una parte del templo. El pintor José María Velasco pintó algunas escenas de tan triste acontecimiento. Advirtamos que al disgustarnos sin interés, en un juicio de gusto universal, bello despropósito sin fin, es necesario descubrir la enérgica belleza del sublime nacimiento del México moderno entre las ruinas del templo de san Bernardo en el pincel de Velasco.








¿Qué pasa cuando el dolor es sin interés ni concepto, cuando se antoja universal y necesario? Tal dolor deja de ser fuente de infelicidad y se convierte en manantial de belleza. ¿Cómo llamaríamos a aquel ateo que sabe cultivar dicho dolor, sino esteta, y su dolor sería, por lo tanto, bello? No soy optimista, soy ateo, pero no veo la vida como un Valle de Lágrimas, salvo en su misteriosa belleza.


¿Cómo era de hermoso el templo de San Bernardo que arrancó a sor Juana un bello trabajo de poesía? No lo sé. Lo que sí sé es que en vista del triste papel que la Iglesia Católica desempeña ahora que se acerca al ocaso, no puedo dejar de advertir que liberales de Juárez hicieron bien en procurar el laicismo para nuestro México. Sin embargo, al ser partícipe de la destrucción del patrimonio cultural, el partido de Juárez se hace odioso para el ateo esteta. Por lo tanto, la historia de México es con Juárez, trágica; y sin Juárez, trágica.








He partido de la nota Do para comenzar este ensayo, y me he dirigido a lo muy particular del martirio del templo de San Bernardo. Para regresar a la tónica, modularé este ensayo con una visita al Museo José Luis Cuevas. Este recinto cultural está alojado en lo que fuera el Convento de Santa Inés. Con su belleza, ¿da una idea de la magnificencia del extinto convento de san Bernardo? No podemos saberlo.


Este sábado 30 de abril asistí a un concierto que el Ensamble Alter Voce brindó en el patio de la Giganta del Museo José Luis Cuevas. Dirigido por Rodrigo Castañeda, Alter Voce nos deleitó con un concierto a capella, que comenzó al mediodía en el siglo XVI con el Tourdion de Pierre Attaignant (1494-1552) y terminó en la tarde del siglo XX, con MKL (1984) de U2.


Con un anónimo del Cancionero de palacio “Dindirindin”, del siglo XVI los cantantes nos llevaron al deleite de las notas ágiles. “Triste España sin ventura” bien podríamos hacerla nuestra los mexicanos, pues por ejemplo, lo que le sucedió al muy célebre templo de san bernardo en México es parte del martirio de España. Una canción catalana “El cant des ocells” fue coreado por los pájaros que viven en el patio del museo. La filosofía también estuvo presente en ese juego de espejos que es el yo: “Yo no soy yo” del compositor Inocente Carreño y poesía de Juan Ramón Jiménez. Creo que a ésta siguió “Esta tierra” de Javier Busto.


La música popular tuvo su parte con el Bullerengue de José Antonio Rincón. También escuchamos tres piezas mexicanas: “A la orilla de un palmar”, de Manuel M. Ponce y la sandunga y la bamba, todas en arreglo de Ramón Noble. La aventura estética incluyó un paseo por África, con una pieza llamada “Caminando en la luz de Dios”.


Y así regresamos a la tónica de este ensayo: la nota Do estuvo presente en el concierto, pero los estetas pudimos desentendernos de ella, al fundirla en la cascada de melodías con que nos agasajó Alter Voce.

lunes, 11 de abril de 2011

Hermosa luz del arte plumario

Enrique Arias Valencia

Si uno no espera lo inesperado, no lo encontrará, que es difícil e inaccesible.
Heráclito

Este sábado 9 de abril he asistido con gran alegría a la exposición “El vuelo de las imágenes. Arte plumario en México y Europa” en el Museo Nacional de Arte de esta ciudad de México. Lo que sigue lo he elaborado a partir de los cuadros explicativos del museo y mi propia investigación.

Alrededor del siglo XVI el centro de nuestro México era un lugar privilegiado por una animadísima fauna aviar. Las plumas son uno de los elementos más coloridos y sorprendentes del reino animal. En aquel dichoso tiempo se cultivaban en esta región varias artes. Una de ellas era el arte plumario. Los indígenas mexicanos sabían utilizar las plumas de ave para engalanar sus atuendos, y también para elaborar lienzos y escudos. Por lo tanto, en México se desarrolló una habilidad conforme a los hermosos caracteres de las plumas en concierto. Los artistas de la plumaria eran los amantecas. Ellos usaban sobre todo quetzal, garza, loro, guacamaya, zacuán, águila y colibrí.

La más famosa de las piezas de arte plumario es el penacho de Moctezuma, el Quetzalapanecayotl. Sin embargo, en el México antiguo no sólo se elaboraban penachos. También se hacían escenas en papel de maguey o de amate e incluso tela, en las que se pintaba la más pura fantasía. En los escudos los temas eran las elaboradas geometrías de la compleja mitología guerrera mexicana.

La labor de los artistas de la plumaria se reseña en el Códice Florentino, donde se explican detalladamente los procedimientos de la elaboración de las obras. Para fijar las plumas en el papel de amate o de maguey o la tela se usa el mucílago de la orquídea tzauhtli.

En el rico universo de la mitología indígena, las aves y sus plumas juegan un papel destacado. Así tenemos que Quetzalcoatl estaba muy triste porque asustaba su forma de serpiente. Entonces leemos en la guía del museo que: “Coyotl Inahual adornó de plumas de quetzal a Quetzalcoatl para liberarlo del aislamiento en que su apariencia de serpiente lo había relegado”. Desde entonces, Quetzalcoatl fue la orgullosa Serpiente Emplumada. Hasta en la Conquista Española estuvieron involucradas las aves y sus plumas: “La llegada de los españoles, adornados con yelmos emplumados es anunciada, según el Códice Florentino, en el espejo de obsidiana que un pájaro habría llevado al tlatoani Moctezuma”. Termina diciendo la guía del museo.

Sacra plumaria de la eucaristía, tras la Conquista de México, los temas autóctonos del arte plumario cedieron su lugar a la imaginería religiosa cristiana. Es así que desde el siglo XVI México se convirtió en el proveedor de obras plumarias del Imperio Español. Con esta técnica los amantecas elaboraron mosaicos piadosos, cubre cálices, mitras e ínfulas, entre muchos otros objetos. El arte plumaria se exportaba a Europa, China, Japón y Mozambique.

No plumaria en la materia, pero sí en el espíritu, una de las más curiosas representaciones del escudo nacional, aparece un águila Habsburgo. Bicéfala posada sobre un nopal. ¡Sincretismo de dos mundos! Plumaria, sí, podemos ver un cubre cáliz del siglo XVI con un motivo geométrico completamente mexica. El autor anónimo novohispano, hizo un mosaico de plumas que hoy se conserva en el Museo Nacional de Antropología.

Podemos ver una mitra e ínfulas, piezas anónimas novohispanas del siglo XVI. Mosaico de plumas sobre papel de maguey y tela. Piezas del museo del Duomo, Venerada Fabrica de Duomo di Milano, Italia.

En un curioso mosaico de plumas sobre lámina de cobre, del siglo XVI, anónimo, hoy en la colección Mario Uvence Rojas, vemos que la Mujer del Apocalipsis, identificada con la Virgen María, calza huaraches.

Aparentemente envejecido por el tiempo, el Cristo Pantocrator Salvator Mundi es un mosaico plumario novohispano del siglo XVI que se encuentra originalmente en el Museo Nacional del Virreinato. Allá en Tepotzotlán pudimos verlo Lísida y yo en 2008. Se trata de Cristo como soberano victorioso del Universo, conjunción de arte plumario e iconografía bizantina cristiana.

En el universo espiritual de la Nueva España las aves son ángeles. La exposición está animada por muestras musicales del tiempo de mayor esplendor del arte plumaria. Es así que podemos escuchar entre muchas otras obras, los villancicos de sor Juana, “A la cima, al monte, a la cumbre” con música de Blas Tardío Guzmán, activo durante la segunda mitad del siglo XVIII y “A este edificio célebre” con música de Andrés Flores (1690-1754). De otro poeta, cuyo nombre no sé “Si el pan y el vino son dos”, con música de Gaspar Fernández (1566-1629) con la Capella Cervantina bajo la dirección de nuestro muy querido y admirado Horacio Franco.

Fue mi padre primer jilguero del alba poética. A él le escuché los primeros poemas de sor Juana. En México, la poesía siempre ha sido muy importante. Los Cantares mexicanos en la traducción de Berenice Alcántara dicen:

“Que tus alas,
tus orillas, las sacudas delante de Dios,
Aquel por quien vivimos”.

La forma “Aquel por quien se vive” es de origen prehispánico y siempre que la escucho me pone la piel de gallina. ¡Mis plumas reniegan de mi ateísmo!

En la colección que se expone temporalmente en el Museo Nacional de Arte, podemos ver de José Rodríguez, activo en la segunda mitad del siglo XIX un Escudo de la República Mexicana de 1829. Las plumas del águila son autorreferenciales.

Alguna vez, entre brumas, verde de los pastos, vi una madrugada varias garzas posarse en mi patio. Vivía entonces en Milpa Alta. En la exposición del museo, han traído varias aves disecadas, mencionaré sólo algunas. Chrysolophus pictus, conocido como faisán dorado. Es quizá el faisán celebrado por Lerdo de Tejada en forma de música. Casmerodius albus, es quizá la garza blanca que se posaba en mi patio. Llamada también garza de dedos dorados. El ejemplar pertenece a la Colección Nacional de Aves del Instituto de Biología de la UNAM. Aquila chrysactos, el águila real, de la misma colección.

Hoy el arte plumario se encuentra en peligrosa decadencia. Sé que estando en Nueva España, el barón explorador Alexander Von Humboldt compró un mosaico de plumas con una imagen de la Virgen, que ya en otra exposición pude contemplar alguna vez. El museo incluye una sala con piezas actuales de arte plumario. Manuel de Jesús Medina es uno de los artistas que todavía lo practican. Se exhibe una Virgen de Guadalupe, mosaico de plumas sobre cobre, colección particular.

Sin embargo, la plumaria influyó durante breve tiempo a las artes del mundo. Hay un anónimo europeo con la imagen del pájaro huitzilin, esto es, el colibrí. Dionisio Minaggio, influido por el arte plumario compuso el Libro de las plumas en 1618. Como ejemplo señalaré la “Imagen que muestra un escenario coompleto de la comedia escrita por Nicolo Barbieri, 1618”. Esta pieza pertenece a la colección de la Blacker-Word Library of Zoology and Ornithology, McGill University, Montreal, Canadá. Hoy también podemos ver en México cinco ilustraciones de aves de Dionisio Minaggio.

El arte plumario fue digno de atención de científicos y artistas del siglo XVI. Ulisse Aldrovandi en su libro Ornithologiae, de 1599 llega a hacer afirmaciones que sostienen que los mosaicos novohispanos de arte plumario están entre la ciencia y el arte. El boloñés Ulisse Aldrovandi pudo ver el San Bernardo del siglo XVI, arte plumaria anónima novohispana, que hoy se guarda en el Musei Civici d'Arte Antica de Bologna, Italia.

Siempre he tenido la gran fortuna de contar con la valiosa ayuda de científicos que aparecen en el momento justo para hacerme disfrutar mejor con el arte, y hoy no ha sido la excepción. Un físico óptico cuyo nombre no me ha sido posible recoger, me revela personalmente un gran secreto que pongo aquí para que sea deleite de quien pueda admirar obras de arte plumario.

Hemos dicho que las plumas de ave son sorprendentes y coloridas. Veamos porqué. Podemos observar que en las plumas el carácter de la luz varía según el ángulo en que sea observada. Dicho fenómeno óptico se llama iridiscencia, y también podemos encontrarlo en las pompas de jabón y las manchas de aceite. Este secreto de las plumas era conocido por los indígenas.

En los cuadros plumarios las plumas de azul turquesa representan el cielo y el manto de la Virgen y las plumas pardas serán trajes de santos y apóstoles.

A continuación, el secreto. Los mosaicos plumarios se elaboraban para ser contemplados desde abajo. Por lo tanto, mi amigo el óptico me indica que es menester que humildemente renuncie a mi ateísmo, y me arrodille frente al mosaico de San Pedro, de los siglos XVI-XVII, procedente de la Capilla del Espíritu Santo de la Catedral Metropolitana de Puebla. Al arrodillarse se hace el milagro visual: frente a mí San Pedro adquiere el brillo de la asombrosa majestad del Universo. Por primera vez en mi vida contemplo extasiado la iridiscencia de la pluma azul turquesa. La materia se desploma, y por un instante lleno de gloria mayestática queda sólo el Espíritu Santo a quien se le canta sin cesar: “Dios Itlazonantzine”. ¡Santa Madre de Dios! Los mosaicos de San Francisco de Asís, San Juan Bautista, la Sagrada Familia y San Juan Evangelista también adquieren un inusitado esplendor. Se trata del libre juego de la imaginación y el entendimiento gracias al efecto de unos mosaicos del periodo virreinal.

Lo quiera o no, dejo de interesarme en un viejísimo mosaico del siglo XVI para admirar la luz prístina de los primeros días de la Creación, cuando vio Dios que todo era bueno. El breve relámpago por el que soy bañado trasciende los conceptos. La naturaleza universal de su belleza nos acerca al reino de los fines, donde la vida se realiza en su sublime necesidad. Una voz en lo alto, la de Kant resuena vigorosa: “El cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral dentro de mí”. Es así como la experiencia estética cobijase bajo sus suaves alas a la razón práctica y a la razón pura.



El milagro del juicio del que he sido testigo en el siglo XXI me transporta a otro que viví veinticinco años antes de que terminara el siglo pasado. En junio de 1975 para celebrar el fin de cursos en el jardín de niños, la profesora nos enseñó a untar mucílago en una cartulina redonda con el fin de sujetar unas plumas blancas alrededor de un diseño con grecas de colores. El círculo era acompañado por una diadema a la que se le sujetaron unas plumas en forma vertical. Fue así como en forma mágica, mi profesora de párvulos nos hizo partícipes a los niños de un arte ancestral. Quizá mi desbordado interés por el arte plumario se derive de lo que pasó aquella mañana, cuando en la escuela descubrí la emoción de vestir un tocado indígena. En cierta forma, todavía soy ese niño travieso de la fotografía: no puedo ser ni cristiano ni ateo. Aquel feliz día, en el parque público, mis padres toman algunas fotografías. Acompañado por mi hermano el querube, soy heredero de un culto secreto, que supo ver en las plumas el emblema de un espíritu que está siempre dispuesto a abandonar este oscuro mundo material en pos de un Universo de belleza y esplendor en las blancas alas de la libertad estética.

martes, 8 de febrero de 2011

El Espíritu Vivo de Beethoven es Invitación de la Nueva Vid

Enrique Arias Valencia

Cuando cayó el telón de la Edad Antigua, tras la muerte de los Olímpicos, la Iglesia se encontró con la pervivencia de la filosofía. Así, a pesar de sus descalabros, ésta sobrevivió a la Edad Media. Hoy, tras la caída del Dios Único, algunos ateos nos encontramos con la sorpresa de que el arte sacro está todavía con nosotros. ¿Qué hacer con él, que ha sobrevivido a su Padre? Los ateos científicos lo tienen muy sencillo: para ellos, el Espíritu no forma parte del cuerpo de hipótesis de su materia de estudio, y punto. Sin embrago, para los ateos estetas la cosa cambia: el Espíritu, aun como metáfora, no sólo aletea sobre las aguas, sino sobre las tierras, los fuegos, e incluso, se cierne en el propio aire. El Espíritu no es el éter, lo trasciende; si bien el éter es metáfora del Cielo. Considerando el poder de los cinco elementos, Sor Juana celebra los años de su rey con una loa de la que tomamos prestado el final, ya no para festejar al monarca, sino para ser bendecidos por la poesía:

Y del Universo junto,
perdonad el corto obsequio
(pues para vos aun son cortos
festejos del Universo),
porque os ayude propicio
con sus influjos el Cielo,
con sus halagos el Aire,
con sus ardores el Fuego,
con sus cristales el Agua,
con sus riquezas el Centro.

Y el Amor, que los une
con lazo estrecho,
sacrificios os rinda
de amantes pechos.
¡Porque unidos adoren vuestra grandeza
el Cielo, el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra!

Así, en virtud de la poesía el Espíritu sale victorioso armado con la fuerza de los elementos. El cielo es tempestad, el aire es huracán, el fuego es vino que enciende los corazones, el agua es inundación castálida, y el centro es la Tierra que reposa sabiamente inmóvil. Fue así que el Espíritu no se deshizo en el ácido sulfúrico del método científico, sobrevivió arioso e incluso, hizo sagrada toda arte. Por lo tanto, no hay artes profanas, sólo hay un divino arte indiviso. En el siglo XIX Richard Wagner presentó esta idea en las primeras líneas de su Credo:

Creo en Dios, en Mozart y en Beethoven, y también en sus apóstoles y discípulos. Creo en el Espíritu Santo y en la verdad del Arte, único e indivisible.

En estos dos primeros meses del año he podido comprobar varias veces el poder redentor de la música por experiencia propia. Para ilustrarlo, sólo recurriré a las obras de Ludwig van Beethoven que a la fecha he escuchado en varios conciertos. Todo comenzó el jueves 13 de enero de 2011, a las 19:00 horas cuando Miguel Ángel Márquez brindó un recital de piano en la Sala Hermilo Novelo del Centro Cultural Ollin Yoliztli, al Sur de la Ciudad. De las tres obras que interpretó, la última era de Beethoven. Se trató del Concierto N° 4 para piano y orquesta en Sol Mayor, Op. 58 en una reducción con piano acompañante a cargo de Gonzalo Gutiérrez.

El sábado 15 de enero, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Rafael Urrusti y María Teresa Frenk nos regalaron, entre otras obras, el Op. 41 de Beethoven, la Serenade en Re Mayor. La chispeante melodía del primer movimiento, vino para los oídos, Entrata en tempo de Allegro es una prueba contundente de que Beethoven hablaba en serio cuando aseguró que

La música es una revelación más elevada que toda la sabiduría y la filosofía, es el vino de una nueva generación, y yo soy el dios Baco que exprime para los hombres este vino glorioso y logra que beban con el espíritu.

Baco, Dioniso y alegría: la trinidad de un Dios desconocido. El milagro se repitió con idéntico programa y mayor felicidad a las doce del día en el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte el domingo 23 de enero. Para el jueves 20 de enero, en la Sala Hermilo Novelo del Centro Cultural Ollin Yoliztli pudimos presenciar la grabación en vivo de un disco con las Sonatas N° 20 Op. 49, N° 2, N° 11 Op. 22 y la N° 17 Op. 31 N° 2 “La tempestad”, todas ellas de Beethoven y todas ellas interpretadas por el pianista Emilio Lluis. Debo decir que la sala tenía lleno total, y hubo gente que se sentó en el suelo.

El miércoles 26 de enero, durante la Noche de Museos en el Museo Nacional de Arte pudimos escuchar el primer movimiento de la Sonata “Primavera”, del inspirado espíritu de Beethoven, en la interpretación de Manuel Ramos al violín y Eliseo Martínez al piano. El nombre del pianista cumple la profecía de Schiller que Beethoven utilizó en su 9° Sinfonía:

Alegría, bella chispa divina,
hija del Elíseo,
ebrios de tu fuego, entramos,
¡Oh celestial!, en tu santuario.
Tus encantos unen de nuevo
lo que rigurosamente separó la sociedad,
todos los hombres se hermanan
allí donde se posa tu suave ala.

El jueves 27 de enero, en la Sala Hermilo Novelo, en el marco de un recital de voz, piano y clarinete, fue el turno de la Sonata N° 7 Op. 10 N° 3 de Beethoven, a cargo del pianista Dagé Basulto. Ahora bien, el lunes 31 de enero de 2011 en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, en punto de las 20:00 horas se ejecutó primero la Obertura Coriolano Op. 62 de Beethoven. Después fue el Concierto N° 3 en Do menor para piano y orquesta, también de nuestro muy amado compositor alemán. Al piano, Edith Ruiz. El Rondo Allegro de esta obra es una muestra palpable de que el Espíritu vive y derrama su gracia entre los hombres. La Pequeña Camerata Nocturna, bajo la batuta de Gabriel Camacho cerró su hazaña con la Sinfonía de Praga, de Mozart.




Pocos días más tarde, los dioses me han conducido de nuevo hasta el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte para, el domingo 6 de febrero dentro del Ciclo “El íntimo decoro, música de cámara” escuchar a Tomás Marín en celestial violín y a Carlos Alberto Pecero en piano allegro. Es así que el Espíritu se descubrió en el Allegro vivace inicial de la Sonata Op. 12 N° 2 en La Mayor de Beethoven: atinado trineo de tinte tintineo. Luego el Andante più tosto allegretto. Uno no puede resistirse a tomar un apunte reflexivo mientras se ejecuta este tierno andante, que es lo que he hecho. El segundo movimiento de la Sinfonía 103 “El redoble de tambor”, de Haydn anticipa el tempo y los tresillos de Beethoven de este movimiento lento. El Andante pacevole, como sucede con todas las obras de arte, termina demasiado pronto.

Beethoven, pues, prueba la existencia del Espíritu, no por medio de un enmarañado silogismo de colores, sino por medio del arte musical. El Espíritu es la más perfecta creación del arte. Quien tenga oídos para oír, que oiga.


Bibliografía sorjuanina

sábado, 22 de enero de 2011

Museo Dolores Olmedo Patiño

Enrique Arias Valencia

Tú que con una lanza de fuego
has roto el hielo de mi alma
y la empujas hacia el mar espumoso
de sus más altas esperanzas,
cada día más claro y más sano,
libre en una sujeción amable,
por eso ella celebra tus milagros,
¡oh mes de Enero, el más hermoso!

Friedrich Nietzsche



Amanecer en mi cuartito, en un mes de feliz memoria, el más bello mes de enero, tuve a bien dirigir mis pasos hacia el sur, y llegué a Xochimilco. Lo que sucedió allí encantó tanto a mi alma, que fue dado a mi parecer repetir la experiencia durante tres días espaciados en dos fines de semana. Ésta sería una crónica de mi aventura. Empiécela la memoria, empiécela con prudencia. ¿Qué es la memoria? Me ha acompañado Sor Juana, y en la Inundación Castálida, la Musa Décima sostiene, que la memoria dice de sí misma:

Yo soy el archivo, yo
depósito donde encierra
de sus especies, el Alma,
los tesoros y riquezas;
y así, infórmate de mí,
para que tú después puedas
persuadir la Voluntad,
sin que el orden se pervierta.


Y mi archivo me inunda con gratos recuerdos. ¿Qué aloja mi depósito? Me presento así ante las puertas del Museo Dolores Olmedo Patiño. Portón grande, arco de piedra. A la izquierda, una discreta fuente nos recibe en la entrada, hoy adornada con flores de cuetlaxóchitl, que algunos han querido ver como flor de Nochebuena. En el anchuroso jardín el pavo real vibra durante el cortejo. Sobre las ramas del ahuehuete se han posado un par de pavo reales. Y es hora de entrar al edificio. La primera pieza que admiro es de Diego Rivera. Una pintura llamada La noche en Ávila, de 1907. Tras la fronda de los fresnos, talud del monte, una ventana de luz encendida en medio de la noche oscura del alma. En lontananza se alza la torre románica de la esperanza.

Varias piezas después, amén de salas, me cautiva el retrato de Pita Amor, de 1949. Óleo sobre tela, la Undécima Musa, Pita Amor está sobre un fondo verde, quizá de madreselva. Encaje y holanes del vestido blanco, los labios rojos y el cabello castaño, de bucles infinitos. Los ojos, cafés, siempre expresivos. Asombro de la hermosa poetisa que se descubre filósofa, que se descubre atea. Las cejas arqueadas, los ojos grandes, los aretes como almendras. Es la sorpresa de saberse finita, expresada en una rima inmortal:

I

Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia arcana,
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
¿o quieres que vaya yo?




VIII

No creo en ti, pero te adoro.
¡Qué torpeza estoy diciendo!
Tal vez te voy presintiendo
y por soberbia te ignoro.
Cuando débil soy, te imploro;
pero si me siento fuerte,
yo soy quien hace la suerte
y quien construye la vida.
¡Pobre de mí, estoy perdida,
también inventé mi muerte!


Las Décimas a Dios son de 1953, apenas cuatro años después de que Diego Rivera pintara el retrato de Pita Amor que hoy admiro. Pita me roba el alma porque es mi propia alma: contradictoria, buscadora de Dios, atea, agnóstica, insatisfecha del mundo espiritual. El lesbianismo de Pita Amor es mi ambivalencia espiritual: soy totalmente ateo, no agnóstico, como Dawkins; pero por ese mismo hecho terrible, soy un adorador del Dios sempiternamente desconocido. Ahora estoy frente a las esculturas de marfil. Gordo, calvo y sonriente. ¿No es el Buda chino un bebé pícaro? Y es hora de pasar de nuevo al jardín.

El 9 de enero de 2011, en el foro al aire libre del Museo Dolores Olmedo Patiño se presenta la Orquesta Típica Añoranzas. Todos los mexicanos son nostálgicos. Yo soy mexicano. Luego, soy nostálgico. Por eso me arroban las obras que esta orquesta interpreta. De entre los tesoros y riquezas, destacaré las siguientes piezas:

Polka mexicana anónima: “Tris tras”.
De Agustín Lara: “Novillero”.
De Miguel Lerdo de Tejada: “El Faisán”.

El director nos comenta que las “Blancas mariposas” a las que se refiere la canción homónima son unas orquídeas en las que los enamorados tabasqueños se escribían poemas. ¿Lo harán todavía? La poesía es de José Claro García, escrita en Villahermosa, Tabasco, el 21 de septiembre de 1918. La música es de Cecilio Cupido. La música vernácula se atreve a decir las cosas con valiente nostalgia. Es así que, por su parte, la canción “Un viejo amor” sentencia valientemente:

“Por unos ojazos negros
igual que penas de amores…”


En emoción contraste, a pocos metros de mí, el orgulloso pavo real despliega su cola. En pleno invierno es época de celo. El pavo real hace vibrar su cola en forma majestuosa. He dicho al comienzo que quedé tan encantado con el lugar, que el fin de semana siguiente volví. Y en mi querido patio de recreo, mi archivo quiere advertir al entendimiento. El 15 de enero es el turno de la Marimba Nanishe, palabra que en zapoteco quiere decir “sabroso”.

Popurrí chiapaneco.
Gerardo Tamez: “Tierra mestiza”. Nostálgica.
Son istmeño de Oaxaca: “La bruja”. Otros sostienen que es de Veracruz.
Rubén Fuentes: “La Bikina”.
“Chiapas”, de Alberto Domínguez.
Son abajeño “La calandria”.
“Rascapetate”, de Chiapas.
Chilena de Oaxaca: “Pinotepa”.
Danzón chiapaneco “Juárez.
Son istmeño adoptado por chiapanecos: “La tortuga del arenal”.
Agustín Lara: “Danzones”. 1° clave, 2° güiro, 3° bongós.

La marimba es acompañada por caja, pandero, claves, maracas, bongós, güiro, batería y bajo eléctrico. A la una de la tarde del domingo 16 de enero es el turno de Danzaura: un grupo de danza regional mexicana. Y hete aquí que durante uno de los números, varias bailarinas descienden hacia el público, y en suerte soy invitado a bailar un son jarocho. Si bien nada sé de pasos de baile, sé por experiencia propia que un nuevo dios, hasta hoy desconocido, habla por medio de nuestro cuerpo.

En una de las dos Ofrendas de Día de Muertos, que han durado hasta enero, vemos que durante la Guerra de Independencia la Virgen de Guadalupe se enfrentaba a la Virgen de los Remedios. Alguna vez, en mi lejana infancia, mi padre me comentó que cuando se libraba la Independencia de México, ambos bandos acostumbraban capturar y fusilar a la Virgen estandarte del rival. Por eso no puedo ser tan ateo como mis hermanos ateos, porque yo sé que la Virgen de Guadalupe es símbolo de la resistencia de la nación frente al poder invasor, y eso desde tiempos de la Conquista. La fuerte espiritualidad de los antiguos mexicanos fue una de las razones de que los conquistadores españoles impidieran a los indígenas tomar cargos religiosos, cosa que J.-M. G. Le Clésio señala en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido:

“La consecuencia de esta exclusión es la desconfianza que los religiosos españoles sienten por todas las manifestaciones populares de la fe cristiana en el Nuevo Mundo, empezando por el culto a la Virgen de Guadalupe”.


Porque para escándalo de creyentes y ateos, bien mirada, en la Virgen de Guadalupe se presentan lo humano y lo divino como una y la misma cosa. Sus ropas están adornadas por símbolos prehispánicos: el nahui ollin y el tépetl, por ejemplo. Nahui Ollin es símbolo de movimiento, el Quinto Sol, el nuestro. Tépetl es cerro, como el Tepeyac donde auténticamente se apareció la Virgen de Guadalupe en 1531. Espiritualidad autóctona. La veneración a la Virgen de Guadalupe es algo más que el culto a una tilma. Es danza extática, música estruendosa, delirio de devoción encendida. Es, desde luego, la larguísima peregrinación desde los más remotos lugares. Entre los pueblos nómadas del México antiguo, a los dioses se les cargaba en la espalda. Alguna madrugada, yo he visto a ciclistas cruzar la Calzada de Tlapan con un enorme retrato de la Virgen de Guadalupe en la espalda. La Virgen de Guadalupe es, le pese a quien le pese, Tonantzin, nuestra madrecita, la Tierra y la Señora del Cielo, que sólo habla a los iniciados en los más grandes misterios, en tanto que para los gentiles, sólo es tierra muda que nada les dice. Siguiendo este orden de ideas, muy a pesar de su ateísmo, Diego Rivera y Frida Kahlo celebraban el Día de Muertos con una ofrenda. La Ofrenda de la entrada del Museo Dolores Olmedo Patiño es un homenaje a su fundadora y al México artístico. Aquí, en el museo, entre incontables figuras de xoloitzcuintle, vivos y de barro, danzando entre dioses arquetípicos, extraviado entre muestras olmecas y zapotecas, sé que estoy rodeado por mis dioses, los dioses de los antiguos mexicanos, a los que hay que celebrar con flor y canto. Nezahualcóyotl lo ha dicho por nosotros:

¡Oh, valeroso señor nuestro,
debajo de cuyas alas nos amparamos,
y defendemos, y hallamos abrigo;
tú eres invisible, y no palpable,
bien así como la noche y el aire!
¡Oh, que yo, bajo y de poco valor,
me atrevo a parecer delante de Vuestra Majestad!


Con ensalmos y encantamientos, se trata de un dios que huye de nosotros, que se desvanece con la llegada del ocaso. La tarde es el reflejo del amanecer. Yo soy un sueño que sufre la ponzoña del alba. Y en esta noche sin término, Dios es poco menos que una sombra fugitiva.

Bibliografía Web:

Sanctus Januarius

Sor Juana

Pita Amor

Blog de San Álvaro

sábado, 1 de enero de 2011

La búsqueda épica de la bebé pícara

Enrique Arias Valencia

Preludio

El primer pícaro de la lengua española fue Lazarillo, un niñito que guiaba a un ciego a cambio de exigua paga. Quizá pícaro provenga de pécora, que en latín significa ovejita, y de ahí pequeñito. Una pequeña ingenuidad. Luego, por esos espantosos reveses de la lengua, la picardía pasaría a ser lo contrario de lo que señalaba su origen. Sin embargo, nosotros romperemos una lanza por la inocencia: pícaro es un niñito capaz de hacer una diablura que enternece.

Lo mismo haremos con épico. No se trata de la cuenta y razón de un montón de dioses que se enfrentan por el domino del mundo, pues el bardo sentenciaría: Que si con su sangre se hicieron los ríos, que si al desollar a la diosa apareció el cielo y que si con las descuajadas tripas de quién sabe qué Dios omnipotente un diosecillo sangrón hizo nuestro corazón… No. Épico significará barroco, y no titulé así el post porque épico cuadra con las demás ideas centrales, y por estética no podría haber sido “la búsqueda barroca de la bebé bonachona”, pues bonachón es un término demasiado tosco para referirse a la ternura. Al menos en el contexto cultural en el que vivo, un niño puede ser un pícaro sin ofender a nadie, y sí puede regalar un instante de ingenuidad en este mundo tan falto de amor.

La Ciudad de México

Una tarde que el recuerdo de la ingrata Lísida me atormentaba sobremanera, el destino me llevó a una estación del Metro. Ahí, de la nada llegó una pequeña niña, quien, ajena a los prejuicios de los adultos, se acercó a saludarme. Su sonrisa inocente alejó de inmediato la amargura de mi rostro. Ese día nos hicimos amigos. Junto con su abuelita, sus papás y hermanitos, la bebé y yo vivimos cientos de aventuras. Una de las más significativas, y que ya comenté en otro lugar, iba más o menos así: Los niños tienen cierta magia que puede hacer descubrir de nuevo las bondades de la vida. Es así que he podido ver, en silencio, los juegos de estos tres hermanitos. Por ejemplo, una vez los niños estaban en el puesto de dulces de su abuelita, cuando pasó una muchacha con un girasol. La chica se detuvo frente al puesto y preguntó: “¿Son sus nietecitos?” La señora contestó que sí. La joven dijo: “¿Puedo regalarles un pétalo?” La abuelita contestó también que sí; y la muchacha desprendió tres pétalos, uno para cada niño. La joven dijo entonces a la señora: “Que Dios le conserve siempre sanos a sus nietos”, y se fue. Los niños estuvieron entretenidos con los pétalos un rato, hasta que se secaron. La bebé sostenía su pétalo con cuidado, lo mantenía entre sus pequeñas manos mientras jugaba en los alrededores del puesto, hasta que el petalito se marchitó.

Meses más tarde, la bebé con su familia partió hacia Puebla, un estado del centro de México, que a pesar de su relativa colindancia con mi ciudad, a mí me parecía muy lejano. Me quedé solo de nuevo.

De México a Puebla

Meses atrás, uno de los hermanitos de la bebé me había dicho el nombre de su pueblito de origen. La señora de los jugos me comentó que ahí la familia había puesto una papelería. Tras un año sin ver a la niña, un día me decidí a visitarla. En la central de autobuses me enteré de que para llegar al pueblito era necesario antes visitar la ciudad de Puebla, pues desde la Ciudad de México ningún autobús llegaba hasta la diminuta aldea.

Una vez en Puebla me enteré de que en realidad, de ahí partían unos autobuses que no arribaban al pueblito, pero alcanzaban otra ciudad de la que salían otros autobuses que ahora sí, me aseguraban, entrarían en el pueblito.

De Puebla a Huejotzingo

En el trayecto a Huejotzingo fue el encanto de Cholula. Dicen que a la ciudad la adornan trescientas sesenta y cinco iglesias, una para cada día del año. No sé si sean tantas, pero a mí me alegró el corazón ver tantísimos torreones elevarse airosos en medio del caserío, y de los enigmáticos cerritos que pueblan la ciudad. Me prometí que al regresar de mi visita de con la bebé, visitaría a su vez aquel bello lugar.

Huejotzingo fue un regalo de la búsqueda de la bebé. El colosal exconvento de San Miguel Arcángel se alza con cierta dignidad elefantina en medio de la nada. Sus almenas triangulares son símbolos indígenas trasplantados a un templo cristiano. Y sin embargo, su aire grandioso se ve ensombrecido por el presente. Hoy ya casi nadie cree en Dios, y el templo lo sabe. Lóbrega por oscura, la única y elevada nave del templo ostenta unos murales del siglo XVI con certera mano huejotzinca. El altar luce una luz tenue y amarillenta.

De pronto, es la vida del barroco. El hombre que barre el atrio me cuenta la historia del convento de Huejotzingo. Me habla del plateresco, de los franciscanos y de los dominicos. Por unos instantes, el canto rosado del templo pareciera cantar al compás de su glosador. Al cordón franciscano lo acompaña el bicolor dominico. Cuando todo termina, la roca se hace otra vez muda. A cambio, a mi guía le entrego unas monedas.

Me invitan a pasar al museo, pero tengo un compromiso con la búsqueda de la bebé. Me despido de Huejotzingo con un ademán nostálgico.

De Huejotzingo al pueblito

Si bien en el mapa parecieran estar cerca, en la realidad los separa un campo casi llano, con algunos reveses de carretera incomprensibles. El pueblito yace oculto tras unas enormes parcelas polvorientas.

Sólo Dios pudo interceder para que yo diera con la papelería sin saber la dirección de la calle donde se asienta. Los niños jugaban en el interior de una casita que ellos habían improvisado con tela. Sus voces se escuchaban risueñas y entretenidas en quién sabe qué diálogo.

La abuelita, al verme, exclamó: “¡Niña, sal a ver a tu padrino!” Los niños me saludaron sorprendidos. Les pregunté si recordaban quién era, y el menor dijo: “Sí. Es el señor de México”. Sonreí ante la involuntaria comparación con Hernán Cortés. La niña me extendió un teléfono celular de juguete. El mayor de los niños me preguntó: “¿Es usted Santa Claus?” Su pregunta incluye el carácter de mi aparición misteriosa. Los niños saben que su pueblo está muy lejos de México. ¿Cómo supe dónde estaban? Sólo Santa Claus lo sabe, pues él tiene la dirección de todos los niños buenos. El niño menor fue quien disfrutó más con mi visita: le di varias vueltas en el aire tomándolo de los brazos. En la papelería, la niñita se entretenía haciendo mover un listón, y miraba atenta sus cadencias. La curiosidad infantil es el nacimiento de la vocación científica, y siempre debía ser alentada.

La familia me invitó a comer, pero no acepté, pues se haría tarde y en el pueblito no había hotel.

Supe que el papá de la niñita había emigrado a Estados Unidos para buscar trabajo, y a la fecha no había regresado. Por mi parte, fue la última vez que vi a los niños.

Del pueblito a Cholula

Cuando volví a pasar por Cholula, decidí apearme para conocer la ciudad. Los templos tienen diseños imaginativos, algunos con infinidad de torres y campanarios, almenas y alcázares enormes; otros diminutos, sencillos en su portadilla en la cima de cerritos. Meses más tarde, en Alpuyeca, creo resolver el misterio de los cerritos. El interior de uno de los templos cholultecas parece estar vagamente inspirado en el patio de la Alhambra, con su interminable serie de arcos filigrana y columnas de ancho capitel; aunque aquí no hay un patio central, sino el pasillo del altar mayor. En el atrio crece un enorme fresno, como aquel que sostenía el mundo.

Y de pronto, para mí es el buscar cómo llegar a la Pirámide de Cholula. Dicen las malas lenguas que la de Cholula es la pirámide más grande del mundo, pues algunas de las iglesias que la rodean, están en sus faldas. Incluso, los frailes cortaron uno de sus costados para trazar la carretera que se dirige a Puebla. Es así que debajo del nivel del suelo, ahí está el enorme teocalli, que así se dice en náhuatl.

Alguna vez escuché que por eso hay tantos templos en Cholula: fue un intento desesperado por exorcizar a los antiguos dioses, titanes de la Tierra, que por su tamaño, asustaron a los misioneros católicos. Al no poder derribar la enorme pirámide, en la cima construyeron un templo dedicado a Virgen de los Remedios.

Camino en el interior de la pirámide. Las largas galerías dan la impresión de interminables. Estoy en la matriz del mundo, de donde todo brota y a donde a veces yo quisiera volver a la brevedad posible. No se trata de un laberinto, sino de largas cámaras que no están dispuestas a anunciar la luz del día.

Una vez en la superficie, en la gran plaza con sus estelas solitarias, me doy cuenta de que no puedo ser ateo, aunque tampoco cristiano. Los dioses no están ausentes, están aquí, cientos de ellos, en su silencio esplendoroso. La tranquilidad del lugar me asombra y arrebata.

De Cholula a Puebla

Es el éxtasis de la revelación. Cuando examina la obra de los primeros misioneros que estudiaron el universo indígena, Le Clézio sostiene en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido: “Eso es precisamente lo que más asombra a Bernardino de Sahagún de estos ritos y fiestas: la presencia física de los dioses en medio de los hombres”. Para mí, los dioses se revelan en toda su terrible majestad en el seno perenne de su ausencia. Por eso al barroco seguirá el neoclásico. Es un intento racional por vencer la desmesura de la contradicción. En vano.



Antes de ser condenada al silencio, sor Juana envió una carta a su amigo, el obispo de Puebla. La carta es una hermosa defensa del derecho de las mujeres a estudiar, y es prosa poética que ensalza todas las ramas del conocimiento humano. En ella, sor Juana sostiene: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento”. La pluma de sor Juana es clásica en su mesura, clásica en su exposición, clásica en su claridad, y por todo esto es un clásico de la literatura novohispana. Alguna vez, cuando la bebé vivía en México, me arrebató un ejemplar de la carta de sor Juana. En la portada, enseñé a la bebé a identificar el retrato de su autora.

Bajo el amparo del clasicismo, Manuel Tolsá trazaría los planos de la Catedral de Puebla. Alguna vez mi padre me comentó que una copia de los planos de la Catedral de Puebla fueron enviados por error a la Ciudad de México. Por eso, ambos templos son casi idénticos, si bien los campanarios de Puebla son más altos. ¡Sólo la Virgen pudo haberlos asistido para subir las campanas! Y campanas enormes coronan campanarios enormes. Tres naves las hacen de planta basílica. El ciprés de Puebla sí cubre el altar mayor. En México, el ciprés caído nunca fue sustituido. Racimos dóricos, puerta del jubileo: ¿estoy en Puebla o en México? Neoclásicas ambas, ordenadas de dórico a jónico, y de ahí a corintio, estas catedrales rivales tratan de persuadirnos de que los viejos dioses de los naturales han muerto. Pero en el fondo de mi corazón, allá, en el silencio de mi lectura, he podido escuchar a Le Clézio cuando comenta un ritual mesoamericano. Los dioses piden sangre, y sangre recibirán:

“Se sacrifica y desolla a dos cautivas, y los sacerdotes, vestidos con las pieles de éstas y enmascarados, bajan los escalones de la pirámide mientras el pueblo exclama: «¡Llegan nuestros dioses! ¡Llegan nuestros dioses!»”

Al patentizar a lo divino, la épica termina por hacerse lo que dice su poesía. Es muy extraño estar en la punta de la pirámide de Cholula y contemplar el Popocátépetl a la izquierda y el Iztaccíhuatl a la derecha. ¡Literalmente he atravesado el espejo! Allá abajo, suenan interminables las campanadas de innumerables iglesias. No me ofende su pícaro repicar, pues esta misma tarde, en medio de los giros de brazos, la bebé, sus hermanitos y yo compartimos un breve instante de felicidad, arrebatada a dioses que sumidos en su silencio, quizá sonríen desde su inaccesible morada.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El Occidente Alternativo

Enrique Arias Valencia

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido.

San Juan de la Cruz

Todo lo que sigue es fruto de los apuntes que tomé durante la conferencia magistral “Pensar (el otro) Occidente desde el arte” que brindó Jorge Juanes López en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, a las 18:30 horas, el 7 de diciembre de 2010, para cerrar el encuentro iberoamericano de dos días “Pensar Occidente”.

Jorge Juanes nos invitó a pensar Occidente desde no se piensa Occidente, que es desde el arte. Esto nos lleva a removerlo todo, y a poner en práctica el axioma que dice: “Atrévete a pensar por ti mismo”. En esto consiste la filosofía: lanzarse a la aventura de pensar, arriesgándose a “fracasar”. Y uno fracasa entre comillas porque en esta perspectiva no hay verdades absolutas, todo es relativo, y por lo tanto, no hay fracaso.

Nos dicen que en Occidente, durante el siglo XVIII se desplegó la pregunta obsesiva: ¿qué es la razón? El siglo XVIII tenía mucha claridad sobre sus objetivos de autolegitimización coherente en el plano de la realidad fáctica. La modernidad es moderna en el plano de la metafísica del sujeto.

Parece que esta razón ilustrada se vive como realidad planetaria. ¿Qué es lo que pasa cuando la metafísica de Occidente se traslada al espacio geopolítico de Japón, China? ¿Qué pasa cuando la modernidad consumada rebasa al pensamiento que trató de comprenderla?

¿Qué es Occidente? ¿Es sólo la razón instrumental? ¿Qué pasa cuando las categorías que le dieron origen se hacen obsoletas? ¿Ha triunfado el modo Occidental? ¿A qué precio? Buena parte del drama de Occidente consiste en hacer víctima al mundo de la parálisis parmenídea.

Uno escucha lo dicho y lo redicho sobre las soluciones salvíficas que supuestamente van a salvar a Occidente de su debacle nihilista, sin alcanzar a comprender que dichas soluciones salvíficas fueron las que llevaron a Occidente a su propia catástrofe.

Sobran nombres para bautizar a la criatura que nació de la metafísica Occidental: posmodernidad, hipermodernidad, modernidad oscura, modernidad líquida.

Hoy Platón es el chivo expiatorio de la condición del origen eidético de Occidente. Ésta es la “astucia de la razón”. En Hegel, la razón descubre la razón de su razón. Habermas diría: “Es que no es suficiente. Todavía hace falta más razón”. Jorge Juanes replica: “Ya es demasiado”. La solución a la catástrofe de Occidente la encuentra Jorge Juanes en el Occidente tachado: el Occidente contestatario, que se constituyó en medio de la resistencia al proyecto ontológico: en Alemania, sólo por mencionar a dos de los ejemplos más conocidos: Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Franceses: Stéphane Mallarmé, Georges Bataille, Jacques Derrida y Gilles Deleuze. En otras regiones y tiempos, hasta Platón en el Cratilo aparece como un crítico de la escritura. Los pensadores de la physis son poéticos: agradecen a las voces no antropocéntricas. Se alza así, una réplica a Occidente dentro del propio Occidente, que se hace patente en la obra de Theodor Adorno y Max Horkheimer llamada Dialéctica de la ilustración.

No hay inicio de la resistencia, Occidente siempre ha tenido su propios críticos. Ellos constituyen un Occidente no metafísico, no antropocéntrico, no eidético. Todos ellos encuentran en el arte la fuente de la resistencia a Occidente. Y en medio de la resistencia, Jorge Juanes mismo no es un parteaguas. Con Jorge Juanes no empieza ni termina absolutamente nada, sólo es parte de este continuo.

Deconstruir es el lema explícito del Occidente tachado. Para construir un territorio autónomo de Occidente Jorge Juanes plantea: 1° Pensar el arte desde el arte. 2° Pensar desde el arte. Y no pensar el arte como una superestructura. Para pensar desde el arte, es indispensable entrar a los lenguajes del arte. Pensar con el arte. Jorge Juanes sostiene en este punto que “Lo propio del arte es lo intempestivo”. El humanismo es arte. El humanismo es intempestivo.

El filósofo sostiene que el Renacimiento fue mucho más sustantivo que la ilustración, pues es falso que fuera durante la ilustración cuando se habló por vez primera de humanismo. Añade Jorge Juanes: “Durante el Renacimiento se presentó un popurrí de sabiduría, desde cábala hasta poesía”.

¿Qué hizo Occidente? Copérnico arrojó a la Tierra del centro del Universo. ¿Cómo se re centró el hombre tras Copérnico? La ciencia gana de calle. Sin embargo, paralelamente a la ciencia están todas las sabidurías profundas: de cara a la alteridad y no a la enajenación: el pensar es lo que otorga el centro.

El surgimiento del arte moderno tiene dos condiciones: 1° el discurso “De la dignidad del hombre”. Giovanni Pico della Mirandola: el surgimiento del individuo como un ser autónomo, libre y creador que escoge entre la finitud y la infinitud: es responsable de su propia vida. A partir del Renacimiento, ya no estamos predestinados, ahora tenemos libertades.

El hombre que piensa desde el arte está abierto a todas las experiencias. Y esto es inédito en la historia, pues las sociedades no occidentales tienen para cada individuo un trabajo específico, lo cual niega la individualidad. En cambio, en Occidente la individualidad sienta cada firma: las firmas son constituciones de obra que cada artista establece para dejar la señal encarnada de su diferencia.

La sabiduría filosófica nos revela que somos enigmas de nosotros mismos. El día que sepamos quiénes somos, lo mejor será darnos un tiro. La condición individual, con todo su enigma, se revela en los manierismos extremos: el Greco, Tintoretto, Miguel Ángel.




Yo, Enrique Arias Valencia, el peor de los estetas, alcanzo a ver en la Última cena de Tintoretto el triunfo de la imaginación sobre la perspectiva, al revelarnos a los ángeles interactuando en este mundo, con Jesús como la más brillante fuente de luz de la escena. Dios es la mayor fantasía, mayor que la cual nada puede fantasearse.

La Última cena de Tintoretto es una fiesta audaz de perspectiva y fantasía que proclama: “¡Hay un Occidente alternativo!” Jorge Juanes sostiene que durante el manierismo la categoría de lo bello salta por los aires. Como segunda condición del surgimiento del arte moderno tenemos el Tratado de la pintura, de Leonardo Da Vinci. En dicha obra, la pintura subordina a la ciencia. Algo parecido a lo que afirmó San Juan de la Cruz cuando sostuvo:

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

Hace algunos años, este filósofo que ahora sólo toma apuntes, creyó saber que, según Leonardo, el arte tiene reglas tanto o más precisas que las de la ciencia, y por eso las trasciende todas.

Esto es Occidente también: Pico, Tintoretto, Leonardo, San Juan. Jorge Juanes pregunta irónico: ¿o esto qué es? ¿Marte? El barroco manierismo vindica lo monstruoso y la fealdad. Es el esplendor de las formas. Nuevas y desafiantes formas. A contracorriente con el arte imitativo, Leonardo da Vinci afirma que “Artista es el que trae al mundo lo que no era”. Algunos siglos más tarde, Goya se atreverá a increparle a la academia: “¡No hay reglas en la pintura!” Éste es el otro Occidente: vindicación del capricho y la invención. Johann Christian Friedrich Hölderlin en una carta, se atreve a sostener que

“Para los griegos, lo propio era la alteridad, lo abismal, la physis; lo extraño era el principio de razón”.

Esta carta anticipa el Dioniso nietzscheano. Todos los occidentales que replican a Occidente en su propio terreno constituyen lo que Antonin Artaud llamó “Los suicidados de la sociedad”, y son quienes nos dirigen a la apertura de la sociedad desde el arte. Son los suicidados quienes descubren la sensualidad del cuerpo. Y su mensaje, sutil y valiente consiste en hacernos ver que el arte sólo muere en manos de los sistemas totalitarios.

Por cierto que Jorge Juanes nos dio una enseñanza secreta, y que promete publicar en un libro futuro. Para finalizar, y como sostiene sor Juana, para resistir la sabiduría occidental, con su discurso interminable, nada mejor que la poesía:

Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Tres retablos barrocos

Enrique Arias Valencia

Preludio

El jueves 25 de noviembre, a las 19:00 horas, es una experiencia desafiante y exquisita escuchar la Fantasía y fuga en sol menor (BWV 542) de Johann Sebastian Bach en un órgano romántico. José Enrique Ayarra Jarne hace el milagro en la Antigua Basílica de Guadalupe. Por otra parte, el 27 de noviembre de 2010, a las 13:30 horas durante el concierto de mi querida Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez no deja de intrigarme porqué Bizet en su suite sobre la gitana de cascos ligeros llamó “Preludio” a una pieza distinta a la obertura de Carmen, a la cual en esta ocasión movió de lugar y la llamó “Toreadores”. Pues bien, en el preludio de la suite se escucha el leitmotiv de la muerte, y es parte formal de la ópera, aunque allá no funja como preludio sino que es uno de los números que siguen a la obertura, la cual en esta suite ya dije que se llama “Toreadores”, y que ocupa el quinto puesto de la suite; ¿entendido? Todo esto me suena a un capricho español, cuya pieza homónima de Rimsky-Korsakov también pudimos disfrutar esta tarde, amén de las Danzas Húngaras 1, 5 y 6 de Brahms.


Los Templos y la Academia

En el marco del XVIII Festival Internacional del Órgano Barroco 2010, realizado por la Academia Mexicana de Música Antigua para Órgano, me encuentro en el Templo Expiatorio a Cristo Rey, Antigua Basílica de Guadalupe. Tres naves conforman la planta, ciprés altivo, Cristo Rey en baldaquino. Para recibir al público, Monseñor Pedro Agustín Rivera Díaz nos ha dado la bienvenida a creyentes y no creyentes, un gesto que me ha agradado mucho. Al observar las largas columnas de este templo, el cual yo nunca antes había visitado, viene a mi cabeza aquel soneto que la criolla sor Juana dedicó a la Virgen Morena:


La compuesta de flores maravilla
Divina protectora americana
que a ser se pasa Rosa Mexicana
apareciendo Rosa de Castilla.


Simultáneo al Festival, la Antigua Basílica celebra la restauración del órgano Würlitzer del templo. Este órgano romántico ha sido restaurado por un esmerado grupo de trabajo, dirigido por un científico, el organero Gerhard Grenzing.

Fue así que el jueves 25 fue el turno del organista José Enrique Ayarra Jarne, quien tras un hermoso concierto, y para despedirse, esta noche interpretó el número final que él mismo tocó durante la boda de Elena de Borbón: Sortie en mi b Mayor de L. Lefèbvre-Wely (1817-1870).

El viernes 26 pudimos aplaudir la espléndida interpretación de Vicente Ros. A este brillante organista iré a seguirle los pasos hasta San Pablo Apetatitlán, pues para el domingo 28 el Festival de órgano nos ha convocado en el Templo de Jesús, de esta población del estado de Tlaxcala. Los programas de Ros para la Antigua Basílica y para Tlaxcala son casi idénticos.

Gemelo de San Pablo, el templo de Jesús se construyó del siglo XVIII al XIX. Fachada y torre de dos cuerpos. En el primero de ellos hay un arco de medio punto lobulado, flanqueado por un par de pilastras adosadas al arco, seguidas por un nuevo par de pilastras dóricas. En el segundo cuerpo encontramos la ventana del coro, que es flanqueada por pilastras estilo árabe.




Torre a la manera mudéjar a dos cuerpos, el segundo es linternilla enladrillada con cornisa tablereada. El primer cuerpo de la torre ostenta un reloj. El segundo es linternilla en cono.

Retablo neoclásico: escapulario que es rosa; cruz que deviene eucaristía; calvario que constituye arte redentor. Escenario de pleno baldaquín, una de las caídas. Una sola nave, breve transepto. Bautisterio y casa cural.

Órgano del siglo XIX en el coro, de fuelles manuales. Después de misa de doce, ésta con la Santa Cruz, será el concierto con obras inéditas. No deja de entristecerme que sea muy posible que estas maravillosas piezas jamás las volveré a escuchar, pues no forman parte del repertorio organístico regular. Se trata de variaciones y sinfonías para órgano, una pastorela, un Ofertorio, elevación y plegaria y una marcha, todas de compositores españoles del siglo XIX: Miguel Soriano Morata, Ramón Carnicer, Mateo Ferrer, Fray Vicente Comas Ofm, Ramón Torres, Valeriano Lacruz, José Piquerres y Blas María Colomer.


El lunes, en la ciudad de México, a don Vicente Ros le escucharé dar una ponencia a las 9:30 horas en el salón 103 de la Escuela Superior de Música en el Centro Nacional de las Artes, actividad convocada por la Academia Internacional de Música Antigua para Órgano. Lo que sigue es una adaptación de los apuntes que tomé esa mañana. Por lo tanto, si hay algún error, es mío, y se debe a que siempre escribo en forma apasionada. Debo añadir que Vicente es muy afable y simpático, de buen corazón, y su buen humor nos embriaga más de una vez para reír y gozar durante un viaje hacia la época en que la música española se hizo barroca.

En el marco de los quinientos años del nacimiento de Antonio de Cabezón, el organista Vicente Ros nos hablará de la música española para órgano, del siglo XVI al actual. En su charla tratará algunas obras inéditas del repertorio organístico español, así como del carácter del organista. Vicente Ros asegura que es muy difícil hablar de siglos en unas horas. Antonio de Cabezón (1510-1566) es un personaje enigmático, pues no conocemos sus antecedentes artísticos; si bien, para que se cumpla el axioma de que “De la nada, nada”, Cabezón debió beber en alguna fuente, aunque no la conozcamos.

No hay que olvidar que “España es España hasta cierto punto”, pues en la época de Cabezón era reciente la unificación de las coronas de Castilla y de Aragón.

La imprenta española fue muy cicatera con la música, y por lo tanto se imprimió muy poco, por lo que buena parte del material español permanece como inédito. Algunos compositores lograron imprimir sus obras en el extranjero.

La producción era palatina y religiosa. “¿Qué oía un organista del siglo XVI?” Pregunta don Vicente Ros, y él mismo contesta: “Canción y danza”, ambas en perfecta unión, no por separado. Y en este momento viene a mi alma la imagen de mi querido amigo Manuel Millán, quien en una de sus obras se muestra heredero y renovador de este hermoso ideal español. Es así que el alimento artístico de la época lo constituían los cantos de caballeros, las diferencias o variaciones y la polifonía francófona. Amén de la misa con su estructura de kiries, glorias, sanctus, agnus, y a querer y no, el Credo; si bien éste último, observa Vicente Ros, no es una pieza musical, sino una profesión de fe, que debe recitarse entera.

Durante el barroco, el noventa por ciento de la vida de un organista consiste en interpretar versos para alternar con el seculorum: desde maitines hasta completas. Para la mayoría de las actividades había música. La catedral siempre estaba abierta, Vicente añade con muy buen humor: “No sé para qué tenían puertas. Tocar el órgano durante ocho o nueve horas seguidas era para acabar no muy bien de la cabeza”.

Muchos siglos más tarde, en 1903, con las reformas de Pío X, se prohibió el uso de instrumentos para los oficios divinos, con la sola excepción del órgano. Sin embargo, ¿cómo dar marcha atrás a una tradición tan arraigada en el corazón de un pueblo? Por eso, hubo bajones (fagotistas) en Zaragoza hasta 1950. Varios templos de España también conservaron a sus instrumentistas diversos.

En tiempos de Carlos V el Palacio es un coto flamenco: Antonio de Cabezón es una excepción española en ese mundo. Más tarde, Felipe II abrirá un poco el Palacio a la estética española. En este ambiente, Cabezón trabaja en transcripciones de motetes que por diferencias se hacen más “originales”.

El organista no era un pájaro solitario: estaba rodeado de cantores, instrumentistas, y el mismo pueblo. Éste es un fenómeno barroco generalizado. Por citar un ejemplo fuera de la península ibérica: Bach no era organista, era maestro de capilla.

La labor en comunidad del organista se puede ilustrar con el pange lingua: este himno procesional se interpreta con la voz de arriba, una corneta, en medio el cantus firmus y en la base, un bajón. Vicente Ros afirma jocosamente: “¡Cuando traduces esto al órgano, te vuelves loco!” y comenta que el organista debe emplear todo su cuerpo en este empeño, hasta sus piernas para marcar los bajos con el pedal.

Durante el barroco se cultivaron los tientos. Citaré el DRAE para definirlos:


10. m. Mús. Floreo o ensayo que hace el músico antes de dar principio a lo que se propone tañer, recorriendo las cuerdas por todas las consonancias, para ver si está bien templado el instrumento.

11. m. Mús. Composición instrumental con series de exposiciones sobre diversos temas, cultivada entre los siglos XVI y XVIII.


El organista es como una ardilla: guarda todas las partituras que caen en sus manos. Por eso, hoy creemos que hay piezas para órgano, que en realidad no lo son. Incluso, los tientos a veces no son tientos, son versos.

Vicente Ros regresa a un punto ya tratado: canción y danza. Canción monódica o polifónica. Religiosa o profana. Danza sagrada delante del Santísimo, como la que ejecuta el grupo de seises de la Catedral de Sevilla, niños frente a la custodia. O danza popular en la aldea; o de corte, para recibir a un gran príncipe. Por eso, el organista interactúa con el pueblo, los cantantes y los instrumentistas, como los ministriles.

Vicente Ros también trató las fuentes de cada obra en el contenido estético: la liturgia, lo profano y lo sacro. También la lengua: el latín, el alemán y el español. Nuestro querido amigo añade que “Al ser movedizas las ideas, la música para órgano es más una representación que una obra estática”. Y para animarnos a advertir que es nuestra responsabilidad continuar con la labor del arte, la armonía y la belleza, Vicente Ros cierra con una cita de la Ofrenda musical de Johann Sebastian Bach: “Buscando encontraréis”. Yo, por mi parte, no pude tomar nota de todo, pero algunos aspectos de lo que más me ha agradado lo regalo aquí.


La Catedral Metropolitana luce su altar mayor desnudo, sin otro ciprés que el nicho del Altar de los Reyes. Y es en este escenario con racimos de columnas dóricas que el martes 30 de noviembre Vicente Ros nos recrea con un concierto barroco que abre con las Diferencias sobre el canto llano del caballero, de Antonio de Cabezón. Antonio es el festejado del Festival, pues celebramos quinientos años de su nacimiento. Con sus intensos ecos, con sus flautas apasionadas, con sus exaltados trinos, con sus solemnes escalas y su misterioso bajo en los pedales, el órgano invita a los Cielos a que cante junto con nuestras almas embelesadas. El órgano Nassarre que ahora escuchamos data de 1735 y acaba de ser restaurado por el científico Gerhard Grenzing, por lo que nos ha tocado estar en los conciertos inaugurales de esta obra de arte.

Para mi gran alegría, don Vicente Ros nos regala un encore que consiste en la Sinfonía en do mayor, andante allegro de Ramón Torres (1801- ?), por lo que el concierto cierra con una pirotecnia de sonidos festivos y llenos de alegría. Esta sinfonía para órgano es inédita, y yo la escuché por primera vez el viernes 26 de noviembre de 2010 en la Antigua Basílica de Guadalupe, con el propio Vicente Ros al teclado.


Fuga

Allende están Las Cuevas, manantiales de agua dulce, amistades recién conocidas. Pues en el pueblo de San Pablo Apetatitlán, Doña Rosa María, mamá de muy querida amiga Alejandra Flores muy temprano me invita a desayunar en su casa. El pequeño Manuel y Tito, su padre, nos acompañan. Más tarde, al finalizar el concierto, el camarógrafo Darío Popoca me invita a comer. Ahí, durante una tertulia sobre México, se une a nuestra expedición el abogado Jorge Díaz Salusz. Los tres exploraremos algunas de las cuevas de la cañada que labró el río al oriente de la población.

Las cuevas, con sus largos tubos que supongo volcánicos, con sus aberturas iniciales y finales, me recuerdan los tubos del órgano, instrumento al que tanto he llegado a amar en estos días. Somos, pues, tres notas que recorren en acorde algunas de estas formaciones naturales, una fuga revolucionaria en un paraje natural.

Ya en terreno alto y llano, Darío Popoca, fotógrafo y periodista rescata para la posteridad un bello atardecer en la parte alta de San Pablo Apetatitlán. Según Jorge Díaz Salusz Apetatitlán significa petate (estera) sobre el agua, y esta agua que nace del manantial es promesa pura de mi salud, realización del arte redentor.

Deseo agradecer especialmente a Ofelia Gómez Castellanos y Gustavo Delgado Parra por la creación y dirección de este hermoso festival.

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El Festival en Oaxaca