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martes, 18 de octubre de 2011

Milagro no reconocido a san Cristóbal

Enrique Arias Valencia

La ciencia parte del supuesto, más o menos disfrazado, que plantea que todas nuestras experiencias pueden explicarse en términos científicos. Por su parte, la obligación moral nos exige que seamos veraces en nuestras declaraciones. De hecho, la ley lo exige. Estas dos últimas afirmaciones entran en contradicción con la primera. Por lo tanto, la ciencia nos exige la insinceridad.

Hace algunos ayeres, mi instinto aventurero me llevó al barrio de San Cristóbal, una de cuyas fronteras es, me parece, la Avenida Nuevo León, en Xochimilco. La capilla de San Cristóbal es diminuta, pero tiene el encanto de los edificios viejos. No recuerdo si pude entrar a ella o la encontré cerrada, pues mi intuición de explorador me condujo hacia la laguna de Xaltocan, al sur de dicho barrio. Traspuse un puentecillo que atraviesa el canalito, y me perdí en una calle ancha. Quería averiguar si por ahí se podía llegar al Bosque de Nativitas. Xochimilco es lugar de flores y aguas: el paisaje era paradisíaco. Sin embargo, poco a poco la calle se fue estrechando, y las viviendas se hacían cada vez más modestas y desvencijadas. Desapareció el asfalto, y el terreno se volvió tortuoso. La calle terminaba intempestivamente frente a un canal. Comencé a desandar el camino, cuando de pronto, fui sorprendido por una jauría.

Si bien soy capaz de reconocer la hermosa estampa de los perros, sé por experiencia propia que aquellos que gruñen al aproximarse a uno, sí muerden. Así, en medio de su iracunda belleza, los colmillos expuestos de los canes son señal de su carácter peligroso. Había yo entrado inoportunamente a su territorio, y algunos gruñían en las notas bajas y otros ladraban estruendosamente: entre todos me cercaron. Ante tan horrísono espectáculo, yo estaba muerto de miedo. Nadie se asomó de entre las destartaladas casas.

De pronto, fue el literal milagro. De entre la fronda apareció un perro diferente a la jauría. Su talante era de autoridad, y sereno y callado, atravesó la formación envolvente para situarse a mi lado. De blanco pelaje, tranquilo y algo ya viejo, el noble animal se sentó en los cuartos traseros y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro. Sus congéneres lo miraron respetuosamente, y detuvieron su marcha hacia nosotros. Los ladridos se fueron apagando. Tan pronto sucedió esto, el perro blanco comenzó a caminar decididamente hacia el Norte. Yo lo seguí, acariciando de vez en cuando su níveo lomo. La retirada se efectuó en el más completo de los silencios. La jauría rompió la formación para dejarnos pasar. Algo tenía ese callado ambiente del sabor de lo sagrado. Una vez me hubo servido, tan discreto como llegó, mi salvador de cuatro patas desapareció.

Unos cientos de metros después, el barrio recuperaba la alegría de sus casas. Pregunté a un vecino si podía llegar al Bosque de Nativitas, y me indicó que siguiese la sinuosa Avenida del Puente. Éste comunicaba con Santa Cruz Acalpixca. Al Este se encuentra Nativitas. Finalmente, al atardecer alcancé el bosque. No recuerdo qué hice ahí ese día.

Volví al barrio de San Cristóbal, y después me dirigí al templo de San Bernardino de Siena, en el centro de Xochimilco. En las paredes de la enorme nave de San Bernardino, hace tiempo se descubrió una pintura de san Cristóbal. Quizá sea del siglo XVI. Aparece al modo occidental: un hombre muy musculoso, que bastón en mano, carga con trabajos a un bebé. El diminuto personaje es el niño Dios, y su peso se debe a que lleva consigo los pecados del mundo. En México hay muchas poblaciones que honran a este conspicuo personaje. El ejemplo más famoso es San Cristóbal de las Casas, Chiapas, cátedra del ya fallecido tatic Samuel Ruiz, en medio de los más pobres.

En el siglo XX la jerarquía católica desconoció a san Cristóbal, y lo retiró del santoral. Me he enterado por el blog de C. Oriental que entre los ortodoxos, a san Cristóbal se le pinta con cara de perro. Es una metonimia curiosa porque Cristóbal era extranjero, bárbaro, el hombre que habla como los perros: “barbar” es lo que expresan con sus gargantas los bárbaros. Sin embargo, ¿no es curioso que en las inmediaciones del barrio de San Cristóbal, en la tierra de nadie, y a merced de una amenazante jauría, un perro me salvase de un ataque inminente? ¿Se trata de un milagro? Indudablemente. Según los creyentes, los milagros deberían suspender las leyes de la naturaleza. ¿Se violó alguna ley de la naturaleza con la visita de aquel Cancerbero blanco? No, y sin embargo, su presencia fue extraordinaria. Carl Sagan solía decir que afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias. ¿Qué prueba puedo dar de mi afirmación? Ninguna, salvo mi testimonio. Según los abogados se necesitan dos testigos para probar algo. Soy mi propio testigo, y si nadie me cree, aún así tengo la satisfacción de que aquella mañana, en circunstancias milagrosas un perro me salvó el pellejo. Tal vez un etólogo sostenga que no hay tal milagro, y que lo único que sucedió fue que desperté la simpatía del macho alfa de la manada. Sin embargo, el milagro no solo consiste en que fuese salvado por un perro, sino en que ese preciso perro llegó en el momento oportuno, en medio de una atmósfera solemne. Es la belleza del acto y del actor, además del acontecimiento mismo: poesía en acción. Un perro blanco y silencioso. El blanco es a la pureza lo que el secreto es al milagro. El silencio es el lenguaje de Dios. Pero, ¿este milagro prueba que exista el Dios de los cristianos? No lo creo.


La definición estándar de Dios es que se trata de un ser infinitamente bueno y omnipotente. Y si es ambas cosas, ¿por qué no actúa siempre? No siempre me he salvado del mal, y he sufrido sus azotes. ¿Dónde está Dios cuando lo necesitamos? El Dios que yo he visto actuar a veces nos ayuda y también es capaz de abandonarnos. Al negar a san Cristóbal, ciencia y religión no agotan el milagro del mundo. ¿Qué Dios envió a un perro aquella misteriosa tarde en un barrio perdido del sur de Xochimilco?

La religión recurre al mito para expresar lo inexpresable. La filosofía también es capaz de reconocer que en el mundo hay algo inexpresable. La paradoja estética es la manera en que yo lo hago. En cierta forma, hay un aspecto de mi experiencia que, siendo subjetiva es inexpresable. Se trata de un ambiente que rebasa la cotidianidad, el vulgar paso del tiempo que registra el método científico, y que por un instante, es capaz de abrir las puertas de los Cielos aun a aquel que no cree en Dios.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Diablo, carne y mundo


Enrique Arias Valencia

Son muchos los filósofos que reconocen que una de las labores más importantes de la filosofía consiste en desentrañar la relación que hay entre Dios, el mundo y el alma. Por ejemplo, en las Meditaciones metafísicas René Descartes (1596-1650) trató de probar la existencia de estas tres sustancias. Más tarde, Immanuel Kant (1724-1804) en su proyecto crítico de la razón pura llegó a la conclusión de que Dios, alma y mundo, son Ideas de la razón que no tienen una referencia objetiva, en vista de que no podemos conocer los objetos de dichas Ideas, pero que de todas formas, éstas regulan el universo moral del hombre. Por otro lado, esta relación tripartita la argumenta el matemático, abogado, historiador y miembro del Trinity College de Cambridge Walter William Rouse Ball (1850-1925) como la relación entre Dios, la Naturaleza y el Hombre:

“He leído en alguna parte que la filosofía se ha preocupado principalmente de las relaciones entre Dios, la Naturaleza y el Hombre. Los primeros filósofos griegos se ocuparon principalmente de las relaciones entre Dios y la Naturaleza, y trataron el asunto del hombre por separado. La iglesia cristiana estaba tan absorta en la relación de Dios con el hombre que descuidó del todo a la naturaleza. Por último, los filósofos modernos se ocupan principalmente de las relaciones entre el Hombre y la Naturaleza. Si esto es una generalización histórica correcta de los puntos de vista que sucesivamente han prevalecido no me importa discutirlo aquí”. (1)

Es así que siguiendo a los filósofos modernos el ateísmo niega que el hombre tenga relación alguna con Dios, pues no se puede tener relación alguna con lo no-existente. En más de un sentido, el ateísmo estándar tiene razón. Dios es un término gastado, cuya ancianidad lo llevó a la muerte en el siglo XIX. A pesar de todo, un esteta irracionalista como lo soy yo no puede darse el lujo de despachar sin más la relación con lo así llamado divino. Lo divino, aún con Dios muerto, es materia de reflexión para el esteta. De hecho, se podría decir que lo divino es el único tema de reflexión del esteta, pues, ¿acaso no es el arte único e indiviso, divino en su naturaleza? Para intentar paliar esta situación y quizá provocar un malentendido, en este ensayo propongo que la relación “Dios, Naturaleza, Hombre” sea replanteada como una relación “Diablo, carne y mundo”. La frase la he tomado en préstamo al final de la Redondilla más célebre de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), trascendiendo el papel de género que en tal poema cumple dicho octasílabo final.(2) Así, elevo a carácter metafísico la expresión “Diablo, carne y mundo”, y por lo tanto, ésta ahora señala lo que la filosofía entiende por las relaciones entre Dios, el alma y el mundo.

¿Quién es el Diablo, para los fines de este ensayo? Como forma estética, el Diablo es personaje galán de gran dignidad. ¿Podemos entrar en relación con él? Indudablemente. Así, por ejemplo, si mal no recuerdo, el sábado 21 de agosto, durante un recital en el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte pude escuchar la célebre serenata del Fausto de Gounod en la voz del bajo Charles Oppenheim, en el papel de Mefistófeles. Han de saber que una de las primeras cosas que me desilusionaron del cristianismo fue advertir que en los Evangelios Jesús jamás se ríe. En cambio, Mefistófeles lanza unas colosales carcajadas en el momento de esta serenata. El Diablo galán, figura estética, es tempestad e impulso de vida, obra y palabra. Si su acto es intempestivo, la aparente contrariedad puede hacernos reír. Lo divino es trascendencia. Si dicha trascendencia se presenta como una carcajada, luego es obra del Diablo. Diablo, es pues el aspecto de lo divino si nos hace reír.

Charles Oppenheim

¿Qué es ahora el alma tras cuatrocientos años de ciencia, sino un montón de despojos del Universo, unidos tan sólo por una ilusión? Tras la labor Darwin, Freud y los neurocientíficos actuales, la supuesta simplicidad del alma se ha hecho añicos. Pero aún tenemos la carne. ¿Qué es la carne? La carne es la residencia de las pasiones, su alojo e inmanencia. Si lo divino es trascendente y eterno, luego la carne se le opone con su inmanencia, con su finitud. Gracias a la carne entramos en contacto con las pasiones del Diablo. La carne nos permite gozar con los sentidos y aún con los frutos de la razón. Carne es pues, la digna acción del muy estético Diablo galán en nuestro propio ser.

El domingo 21 de agosto de 2011 he asistido a un espectáculo titulado “Diablo, carne y mundo” en el que el grupo La Dexima Mvsa nos transportó a la época barroca y rindió homenaje a sor Juana Inés de la Cruz en la Sala Manuel M. Ponce. La obra se abrió con “Dicen que de Inés” de José Marín (1619-1699) a cargo de las sopranos Lourdes Ambriz y Gabriela Miranda, y los instrumentistas Abel Maní en la viola da Gamba, Víctor Hugo Peñaloza en la guitarra barroca, y Karina Peña en el clavecín. Por su parte, entre otros números, la actriz Elia Domenzain, vestida como sor Juana recitó “Hombres necios que acusáis”. A continuación, las dos primeras estrofas:

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Elia Domenzain también leyó un fragmento de la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, aquella misiva con la que sor Juana intentó defender su amor al saber en una época en la que el mundo era dominado por varones imbéciles. La suerte de sor Juana es un atisbo de que, a pesar de los esfuerzos del muy estético Diablo Galán, no todo es gozo en este mundo, e incluso las huestes angélicas, hoy huérfanas de Dios, están siempre dispuestas a interferir entre los humanos para impedir el triunfo del placer. Es por eso que este mundo no llega a ser completamente feliz, a pesar de la ayuda del Diablo y de la carne.

Un ángel nos amenaza. (3)

¿Qué es el mundo? El mundo es el escenario del desgarramiento de la voluntad en dos entidades: una es el alegre impulso del Diablo, la otra es el adusto gesto del ángel que no desea que esa felicidad se consume. Los jinetes del Apocalipsis son enviados desde el Cielo: guerra, hambre, peste y muerte. A diario, esos cuatro tíos bajan a la Tierra a hacer de las suyas. ¡Y hay ateos que se atreven a decir en una sorprendente mezcla de ingenuidad y desfachatez que el Apocalipsis es una profecía falsa! ¿Es este mundo feliz? ¡Ni el Diablo, supuesto padre de la mentira, creería eso! El Diablo galán se ríe de la afirmación: “Éste es un mundo feliz”. En realidad, los cuatro jinetes del Apocalipsis son sólo una muy optimista muestra de lo que los Cielos son capaces de hacer con tal de impedir la consumación de la diabólica alegría del mundo y de la carne. Hay por tanto en el Cielo toda una caballeriza atestada de pesares, lista para mandarnos sus huestes a la menor provocación: desde un dolor de muelas hasta una amarga decepción de amor. He experimentado varios dolores en este mundo. He visto a varios de mis semejantes sucumbir a dolores mayores que los míos. Aunque los ateos lo nieguen, a diario he visto el bravo galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis en los cuatro rumbos del mundo. A pesar de que es muy cierto que Dios no existe, no puedes relajarte y disfrutar de la vida. ¿Cómo escapar de este horror?

Hace mucho tiempo, mi padre me contó la leyenda de la Mulata de Córdoba. Hubo, pues, en tiempos del Virreinato, una hermosa Mulata que vivía en el puerto de Córdoba, Veracruz. La Mulata era deseada por todos los hombres que la veían, pero ella rechazaba todos los galanteos. Algún necio envidioso, harto de los desdenes de la Mulata, la denunció ante la Inquisición, con la acusación de que despreciaba a sus pretendientes porque era amante del Diablo. La Mulata fue aprendida, y confinada en un calabozo. Ahí entabló amistad con el guardia, quien como los demás hombres, quedó prendado de su belleza. Una noche la mulata le pidió a su carcelero una tiza. El hombre le llevó el encargo, y la chica comenzó a dibujar un barco en la pared. Ante los asombrados ojos del celador, la Mulata abordó el bajel dibujado, y escapó en él. El guardia se volvió loco.

He seguido las tres presentaciones del grupo de Solistas Ensamble del INBA, el cual, en el marco de las Fiestas Patrias nos obsequió una tertulia musical integrada por fragmentos de ópera mexicana. El miércoles 14 de septiembre de 2011 en el Salón de Recepciones del MUNAL, el miércoles 21 de septiembre en el patio principal del Palacio del Arzobispado, y el viernes 23 de septiembre en el Recinto de Homenaje a Benito Juárez en Palacio Nacional. Uno de los números musicales consistió en la bella escena de La Mulata de Córdoba, en la partitura del compositor José Pablo Moncayo (1912-1958) con libreto del poeta Xavier Villaurrutia (1903-1950) y el dramaturgo Agustín Lazo (1896-1971), interpretada por Lydia Rendón en el papel de la Mulata Soledad, Gerardo Reynoso como Anselmo, encarnando al Inquisidor a Emilio Carsi, el coro masculino del ensamble como los monjes, acompañados al piano por Eric Fernández, todos bajo la dirección de Xavier Ribes. No puedo dejar de apuntar que la voz de Gerardo Reynoso es un hermoso regalo para el corazón.
Amor, amor divino
que en ardoroso anhelo
nos transportas unidos
a las bodas del Cielo.(4)
La versión de Moncayo difiere de la que me contó mi padre, pues incluye una trama más elaborada. Hace poco le he pedido a papá que me contara la historia de la Mulata otra vez. Lo hizo, pero en su ancianidad, rendido a la razón, mi padre añadió al final: “Según mi parecer, la Mulata tuvo amores con el guardia y éste la dejó escapar”. En cierta forma, las palabras de mi padre son un incómodo epitafio de las ideas del atardecer de la filosofía: Dios, el alma y el mundo.

¿Acaso soy un eco del ocaso? Y sin embargo, mi alma es la de la Mulata de Córdoba, quien ante los horrores del mundo, no duda en trazar un velero con la imaginación, y al amparo de sus velas hinchadas atracar en el reino del arte divino, y huir así de las falsas acusaciones de la muy Santa Inquisición.

Post scriptum

El viernes 23 de septiembre del presente tuve el honor de asistir a la interesantísima Conferencia Magistral “Schelling-Kierkegaard: la génesis de la angustia contemporánea”, dada por el doctor Fernando Pérez-Borbujo. La tesis principal de Pérez-Borbujo es que Schelling es el primer existencialista, y que Kierkegaard le calcó varias ideas, siendo, por tanto el danés no el primero, sino el segundo existencialista. Al final, durante la ronda de preguntas, el filósofo Jorge Juanes tomó la palabra, para, entre otras cosas, señalar que según su parecer, el problema con Schelling es que éste restauró el asunto de Dios, ya superado, y lo reinsertó como problema filosófico. No me considero capaz de siquiera esbozar la sabrosa discusión, pues mi intención más bien, consistirá en sostener que, desde mi punto de vista, Jorge Juanes se equivoca en el punto que señalé. El asunto de Dios, como problema filosófico no está de ninguna manera agotado, y tengo que reconocer la pésima manera en que yo mismo lo he tratado en este ensayo que ahora el lector tiene enfrente.



De hecho, este tanteo tuvo ya en mi blog una salida en falso, pues me parece que no faltará aquel que crea que “Diablo” se refiere al espíritu malvado, opositor de Dios. Si Dios no existe, tampoco existe el Diablo. Lo he rehabilitado como instinto estético, y nada más. Si me he decidido publicar mi reflexión, es porque finalmente me he dado cuenta de que refleja varias de mis intenciones en filosofía, sea sobre todo, estética.

***
NOTAS

  1. Tomado de: René Descartes (1596 – 1650) en A Short Account of the History of Mathematics (4th edition, 1908) by W. W. Rouse Ball. (La traducción es mía, con ayuda del traductor de Google).
  2. El cual reza completo: “juntáis Diablo, carne y mundo”.
  3. Templo de San Francisco El Grande, México. Ese día fue el 2° concierto de la 2° temporada de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez. Foto cortesía de MC.
  4. He transcrito el poema de oído. No conozco su forma, si bien sé que se trata de un heptasílabo. Las palabras las recita Anselmo, con réplica inmediata de Soledad. El dueto es hermoso en la poesía y las voces.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Acústica y danza de la chacona



Enrique Arias Valencia

1974. Quiosco de Tlaquepaque, en el estado mexicano de Jalisco. El niñito que aparece en las escaleras soy yo. Tenía tres años. Algunos minutos más tarde, el quiosco fue ocupado por un mariachi, un grupo musical originado en Jalisco y que en la actualidad se destaca por la brillantez de las trompetas, la estridencia de los violines, la claridad de las guitarras y guitarrones, el aire tradicional de la vihuela y la hombría de las voces. Quizá se originó en el siglo XVIII. El mariachi es uno de los más importantes símbolos nacionales, por lo que desde 1930 no se limita a tocar música de su comarca, sino que incorpora en su catálogo rancheras, corridos, huapangos, sones jarochos y valses, es decir, música de todas las regiones de México.

Quizá fue la primera vez que escuché música viva. ¿Qué puede sentir un niño cuando escucha por primera vez instrumentos y voces en vivo? Sólo puedo hablar a partir de mi experiencia: el aire del mediodía, la alegría de la vida que comienza, las promesas de la naturaleza siempre inocente, y la persuasión del ritmo. Entonces no lo sabía, pero esa fue la primera vez que fui poseído por el espíritu de Dioniso, y al son de la música, me despojé de toda mi ropa. Un bebé de tres años puede hacerlo con mayor libertad que un adulto, y así, entregarse al disfrute del esplendor de la vida en medio del marco perfecto de una danza improvisada conducida por un son.

Fue así que antes de que me hablaran de la doctrina de Jesús en el catecismo, antes de que me hablasen de moral laica en la escuela, participé de una danza extática en la que tuve una experiencia de primera mano de la metafísica del artista primigenio, con el instinto de lo dionisíaco.

Dicen que genio y figura, hasta la sepultura. Si bien no soy un genio, mi talante espiritual siempre ha tendido a la pasión y el arrebato. Por eso, cuando muchos años más tarde me dirigí hacia la filosofía para intentar poner en orden mis ideas estéticas, no fueron ni Santo Tomás, ni Spinoza, ni Leibniz ni Kant, ni Hegel quienes me persuadieron a seguir sus pasos. En cambio, desde la primera vez que leí a Nietzsche, fue la llamada deslumbrante de su broncínea voz la que me habló directamente al oído, como un viejo amigo, al que de nuevo veía después de que, siendo niños, bailamos juntos en un quiosco.

Decía líneas arriba que el mariachi nació en el Occidente de México, concretamente en Jalisco. Sin embargo, entre su repertorio se encuentran algunas muestras del son jarocho. El son jarocho es hijo de la lujuria del trópico. Mar, sol y melodía lo constituyen. Ahora bien, hay algunos musicólogos quienes, recientemente han forjado una sorprendente teoría que sostiene que la chacona de la música manierista y barroca es originaria del México Virreinal. De hecho, chacona sería una deformación de la expresión “son jarocho” o “choque”. La chacona original era un baile tan persuasivo que llegó a ser prohibido por la inquisición: se bailaba con un choque de caderas.

La chacona llegó a Europa, y en manos de hombres como Dietrich Buxtehude (1637-1707) se convirtió en una muy elegante y recatada danza lenta, con metro de 3/4, en la que el tema se repite cíclicamente en la parte del bajo, y sobre dicho tema se construyen una serie de variaciones. Todavía hoy mucha música indígena y mestiza mexicana recurre a este patrón repetitivo. Buxtehude y los barrocos europeos enriquecieron la chacona mexicana con una gran destreza contrapuntística. En 1937, cautivado por los alardes contrapuntísticos de la Chacona para órgano en mi menor, BuxWV 160 de Buxtehude, el compositor mexicano Carlos Chávez, (1899-1974) se entregó con entusiasmo de escribir una magnífica transcripción para orquesta sinfónica.

Este sábado 3 de septiembre de 2011, en el foro al aire libre de la Casa del Lago Juan José Arreola, del Bosque de Chapultepec, la Orquesta Filarmónica de la UNAM, bajo la dirección del maestro Rodrigo Macías hemos disfrutado de un concierto en el que una de las piezas que escuchamos fue la Chacona para órgano en mi menor, BuxWV 160 de Buxtehude, en la orquestación choncha del compositor mexicano Carlos Chávez. Si bien esta obra es de una solemne espiritualidad en extremo arrebatadora, he sonreído más de una vez al deleitarme con el insistente despliegue contrapuntístico del tema, como si él y yo fuésemos viejos conocidos, cómplices del quebranto de la austeridad.

Quizá aquella tarde de 1974, lo que los mariachis tocaron en el quiosco de Tlaquepaque fuese un son jarocho, que según hemos visto, tal vez es el abuelo de la chacona. De cualquier forma, seducido por el ritmo, un anónimo bebé dio muestras de que entendía perfectamente el lenguaje secreto de la música. Ninguna otra cosa importante hizo desde entonces, sólo saber responder con pasión a las invitaciones de la pasión.

En el mundo ordinario se le dice sí a lo que sí es, y se le dice no a lo que no es. ¿Puse en orden mis ideas estéticas? Sí y no, porque la labor del filósofo no consiste en quedarse en la seguridad de lo ordinario, sino en atreverse a desnudar el alma, y desnudo, caminar perpetuamente asombrado por las más diversas regiones del mundo, y de vez en cuando, ofrecer al prójimo una visión nueva: no es la razón la que se encuentra al final para darnos la respuesta a nuestras más grandes interrogantes, la respuesta palpita anhelante en la más oscura comarca de nuestro corazón, aguardando pacientemente para aflorar en forma de danza, poesía y música.

domingo, 28 de agosto de 2011

La Gran Trinidad

Enrique Arias Valencia
“La sinfonía ha de ser como el mundo, debe implicarlo todo”.
Gustav Mahler
Érase que se era una lejana ciudad provinciana en una de cuyas casas, una noche, una jovencita escuchó una propuesta de amor del mismo Dios. ¿Qué contestaría si Dios le dijese que se ha enamorado de usted? ¿Aceptaría? Después de todo, jugar a ser la noviecita de Dios parece implicar un gran compromiso. Y sin embargo, la mexicana Concepción Cabrera de Armida (1862-1937) contestó con entusiasmo a la voz de Dios, voz de amor, voz de misticismo. Y si bien Conchita visitó en vida el mundo celestial, ella también se movió en el mundo ordinario, pues se casó y tuvo nueve hijos. Concepción Cabrera retrató su amor por la Eucaristía en una obra teológica de sesenta y seis volúmenes manuscritos, entre la que se puede advertir una prosa poética asombrosa:
“¡Quisiera ser tu sagrario, tu copón, la oscuridad misma que te envuelve, y las especies sacramentales que te llevan consigo, y tu misma substancia y calor y luz!”
¡Quisiera ser tú!, dice la amante enamorada. Nosotros, menesterosos hombres hijos de la Razón, nada sabemos de la identidad contemplativa de Concepción Cabrera con el pan y con el vino, un amor espiritual que culminará con la encarnación mística de Conchita en 1906. Entre los papeles que nos dejó esta visionaria mujer hay un libro, Ven oh Santo Espíritu en el que incluye el himno del siglo IX “Veni Creator”. En esta obra, la mística mexicana celebra sus esponsales con el Espíritu Santo. Alma arrebatada, Conchita sabe que si uno entra en contacto con Dios, la prueba de su existencia sale sobrando.
Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a Ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que creaste poderoso.
¿Vendrá? Vida paralela, pues en el mismo año de la encarnación mística, pero en el otro extremo del globo el compositor austriaco Gustav Mahler (1860-1911) escribió la primera parte de su Octava sinfonía en mi bemol mayor basándose también en este himno de pentecostés, atribuido a Rabano Mauro, arzobispo de Maguncia. Mahler aborda su Octava como una obra completamente vocal. Escuchada entre líneas, nos damos cuenta de que si prestamos una muy delicada atención, Dios nos ofrece una serenata cada madrugada para crear con su omnipotente voz el mundo que habitamos. La música de las esferas de la filosofía idealista es testimonio vivo de esto.



No puedo resistirme a la tentación de confesar que Mahler habla directamente a mi niño interior cuando desata la llamada postrera de los metales en lontananza, los bronces del escenario, los ocho cornos de los maravillosísimos donceles y las voces en agudísimo, un efecto estético gozoso, todo un sonido de la naturaleza en un cuento de hadas que deja de ser un símbolo de la infancia y se hace triunfante realidad.

¿Qué es el hombre, y qué es Dios en vista de que en la Escritura se proclama que el hombre está hecho a su imagen? ¿Quién puede saberlo? ¿Quién puede afirmarlo? ¿Quién es Dios? ¿Quién es mi prójimo? Os contaré una parábola auténtica. Cien años después de la muerte de Gustav Mahler, yo, el más infeliz de los estetas entré a la página de la Orquesta Sinfónica de Minería, y vi con tristeza que los organizadores anunciaban que los boletos para la Octava de Mahler estaban agotados para sus tres días. Hubiera sido capaz de venderle mi alma al Diablo con tal de obtener un boleto. No obstante, la orquesta invitaba a asistir al ensayo general del miércoles. Asistí con ánimo renovado. Y hete aquí que dicho ensayo estuvo abarrotado. Fue espléndido, un auténtico concierto. ¡Una de las mejores versiones de la Octava que he escuchado en mi vida! Al finalizar el fastuoso recital, un amigo y yo fuimos a felicitar a algunos de los cantantes que intervinieron en tan emotiva interpretación de Mahler. Y entonces fue el milagro: una generosa soprano del Coro Filarmónico Universitario me obsequió un boleto para la gala del día siguiente.

Es así que puedo abrazar y felicitar en persona y por orden de aparición a mis amigos de los coros, los cantantes Adriana Ruiz y su esposo José Luis Sosa, Sergio Méndez y su esposa Mariana Peña, José Antonio Díaz y si novia Alejandra Jiménez, Alejandro González y su esposa Karla Giancaterino, el bajo Javier Platas y la contralto Patricia Palacios. El jueves obtuve el autógrafo de María Alejandres, quien interpretó el papel de la Madre Gloriosa.

La mística potosina Concepción Cabrera es la primera persona de mi trinidad estética. El kalisteano Gustav Mahler es la segunda. Mis amigos de los coros más importantes de México, gente cristiana toda ella, son la tercera persona: la humanidad generosa que sabe cantar la gloria de Dios en el mejor lenguaje de todos, la música; y que con su ejemplo vivo hace fracasar mi ateísmo al compartir la llama de la gracia que se derrama sobre mí cada vez que la lengua universal del Espíritu Santo sopla en mi cabeza transfigurando mi mundo en sonido.



***

Sala Nezahualcóyotl
Carlos Miguel Prieto, Director

Ensayo abierto: agosto 24 de 2011
Programa de Gala Agosto 25 y 27, 20:00 hrs. Agosto 28 12:00 hrs.

Gustav Mahler (1860-1911)
Movimiento de cuarteto para piano en La menor

Fernando Mino, violín
Luis Abbott, viola
Vitali Roumanov, violonchelo
Edith Ruiz, piano

***

Gustav Mahler (1860-1911)
Octava sinfonía en mi bemol mayor

Jennifer Grimaldi, soprano
María Alejandres, soprano
Carla López-Speziale, mezzosoprano
Marjorie Elinor Dix, mezzosoprano
Carlo Scibelli, tenor
Jorge Lagunes, barítono
Andrea Silvestrelli, bajo
Niños y Jóvenes Cantores ENM / UNAM /Patricia Morales, directora coral
Schola Cantorum de México /Alfredo Mendoza, director coral
Coro Filarmónico Universitario / Alejandro León, director coral
New York Choral Society / John Daly Goodwin, director coral
Coral Ars Iovialis / Facultad de Ingeniería / Óscar Herrera, director coral
Coro Convivium Musicum /Víctor Luna, director coral
Coro ProMúsica /Samuel Pascoe, director coral
Grupo Coral Cáritas /Carlos Alberto Vázquez, director coral

domingo, 21 de agosto de 2011

La caída de Gustav Mahler

Enrique Arias Valencia

“Las notas son huesos cubiertos de carne”.

Gustav Mahler (1860-1911) el artista cuyo pentagrama audaz compuso el siglo XX, era un músico supersticioso. Para ser audaz hay que arriesgarse a ser un exagerado, y para ser supersticioso hace falta creer en el poder metafísico de la música.

A la más apolínea de las agrupaciones musicales de México, la Orquesta Sinfónica de Minería, bajo la batuta perfecta de José Areán le tocará interpretar la sinfonía maldita de Gustav Mahler. ¿Cuál es el origen de la maldición de la Décima? Desde que Beethoven estableció el canon de nueve sinfonías, muchos han sido los músicos que temen componer la décima de su ciclo propio. Así Schumann, así Schubert, así Bruckner, así Dvorak y suma y sigue. Gustav Mahler quiso evitarse contrariedades por medio de un truco con el que pretendería engañar al destino. Así, cuando Mahler terminó su Octava, escribió La Canción de la tierra como una nueva sinfonía, a la que no numeró como su novena. Luego hizo su propia Novena, y después, creyendo que había vencido la maldición, confiadamente empezó a redactar su Décima, en fa sostenido mayor. Sin embargo, el espíritu de Mahler estaba ya muy quebrantado cuando emprendió el proyecto de la Décima, y las notas que acompañan la partitura son estremecedoras. ¿Cómo podría un irracionalista como yo combatir la maldición de la Décima sinfonía?





Sala Nezahualcóyotl. He asistido a la función del sábado por la noche. Se trata de la versión ejecutable de Deryck Cooke, pues Mahler murió sin terminar la partitura fatal. El fantasmal Adagio que abren las cuerdas, motivo coreado por los bronces me recuerda por momentos la “Muerte de amor” wagneriana. Me resulta imposible identificar el primer y segundo sujetos del primer movimiento, pues el ambiente sombrío y sarcástico de la orquesta lo que predomina, por encima de cualquier sujeto. Citas de la noche de amor de la Séptima del propio Mahler perfilan una atmósfera que contrasta sutilmente con el carácter general del colosal Adagio.

En el segundo movimiento la dramática irrupción de la broncínea llamada de los alientos sobrecoge el espíritu. Quizá sean mis delirios irracionales, pero la rítmica del primer Scherzo me recuerda la marcha turca de Las ruinas de Atenas de Beethoven.

El tercer movimiento es chinesco. “¿Purgatorio?”, me pregunto. Y es que esta música es, desde mi muy personal punto de vista, sencillamente celestial. Amo el tratamiento pentatónico en las obras de Mahler. Hace ya un cuarto de siglo que leí en el clásico Mahler de José Luis Pérez de Arteaga que el compositor austriaco escribió en la partitura de este Allegretto Moderato las siguientes palabras: “Purgatorio o Infierno”, y que de forma muy supersticiosa tachó la palabra “Infierno”.

El cuarto movimiento me convence de que Mahler ya se había convertido en el amo del Scherzo. De nuevo, se hace en mí el recuerdo de la biografía de Pérez de Arteaga, pues fue al comienzo del segundo Scherzo de su incompleta Décima sinfonía, que Mahler apunta en la partitura: “El diablo baila conmigo, ¡locura, poséeme, maldito de mí! ¡Destrúyeme para que pueda olvidar que existo!” Mahler escribió estas notas cuando ya sabía que su querida y bella Alma era la amante del arquitectosete del universo Bauhaus. También la hija del desdichado matrimonio ya había muerto. En consecuencia, para un alma atormentada, es irrelevante que Dios y el Diablo no existan. Los científicos podrán llevar razón al sostener que Dios es un peligroso espejismo, y sin embargo, el hombre perdido en este tiempo que siglos son, selva que es mundo confuso y espantoso, no dejará de creer en los seres del mundo suprasensible sólo porque la ciencia sea el supuesto adalid de la verdad. Las escalofriantes palabras de Mahler acerca de la satánica posesión de la locura las leí casi veinte años antes de que fuera yo testigo de primera fila del espeluznante brote de locura de la Señorita Sin Nombre. En más de un sentido, Mahler ha sido para mí un asombroso profeta musical. Cuando reflexiono en estos acontecimientos, no puedo dejar de escapar una carcajadita de conmiseración, dirigida a quienes piensan que la ciencia es la mejor manera de conocer el mundo. Mahler, más humano que cualquier científico, y por lo tanto, más acertado que lo que pueda llegar a ser cualquier teoría científica, anota en su pentagrama: “¡Piedad, oh, Dios!, ¿por qué me has abandonado?”. Y al final: “¡Hágase tu voluntad!” En las manos de un artista, Dios es la mayor metáfora, mayor que la cual no hay nada más metafórico.

Antes de terminar su Décima, Gustav Mahler había muerto, pero su Evangelio musical vivirá por siempre. Sí, es cierto que Dios es sólo un prodigioso espejismo, una mentira con la que la mente se miente a sí misma. No obstante, en la sala de conciertos una detonación anuncia el final. La tuba y los metales replican a la violenta percusión. En vivo es más impresionante que cualquier grabación: del gran tambor me espanta su rugido, y cada vez que interviene me sobrecoge el corazón. A continuación, la flauta y las cuerdas nos ofrendan una de las páginas más bellas de Mahler. La catarsis es perfecta. A pesar del imbécil de Walter Gropius, a pesar de las infidelidades de su propia Alma, a pesar de las líneas mal trazadas de la naturaleza, como la bebé que parte prematuramente, la vida se impone como una esmerada danza apolínea que celebra ditirambos dionisíacos. ¿Qué es pues la Décima sinfonía para mí, el más irracional de los estetas? He digerido en mis venas las palabras de Aristóteles, y encuentro en su tesis de la purificación de las pasiones amén de la obra de arte, la respuesta al significado de la página incompleta de Mahler. Éste es el milagro del amor hermoso que cura mi cuerpo y embellece mi alma. Y que me sea deparado un futuro clemente.

***

Programa VIII | Agosto 18 y 20, 20 hrs. | Agosto 21, 12 hrs. |

Johann Sebastian Bach (1685-1750) - (orquestación de Luciano Berio)|
Contrapunctus XIX de “El arte de la fuga“

Gustav Mahler (1860-1911)
Décima sinfonía en fa sostenido mayor (versión ejecutable de Deryck Cooke)

domingo, 17 de julio de 2011

El luminoso Scherzo de la noche eterna de los dioses

Enrique Arias Valencia

Bendita sea la noche eterna.
Novalis


Que quede bien claro que sólo soy ateo del Dios de los católicos. Sin embargo, esto no me hace universalmente ateo. Si soportáis la ironía, bien podría deciros que soy ateo católico. En fin, que a lo largo de mi vida he podido constatar que dioses hay muchos, y no sólo uno, como quieren hacernos creer el teísmo, el monismo, el no-dualismo y (al negar sólo uno: Creador Eterno e infinitamente bueno) el ateísmo. Después de todo, ¿qué diablos podría ser un dios?

He salido a buscarlos, y los he encontrado. No sólo dioses santos varones, también diosas. He podido advertir que esta legión de dioses comparten un rasgo común que me permite sostener una apófansis que quizá calmará los ánimos de los ateos fuertes. “Todos los dioses son mortales”. Pero, si todos los dioses son mortales, ¿qué los hace dioses?




Hace varios meses, tras mi lenta recuperación de mi caída del corcel, me atreví a montar de nuevo. En aquella ocasión me tocó por caballerango un niñito de nombre Alexis. La conversación que sostuvimos casi se ha borrado de mi memoria, pero recuerdo que, de alguna manera, el niño me preguntó si había yo escuchado hablar de La Llorona, un mito famoso entre los mexicanos. Fingí no saber nada de la fábula, y le pedí que me hablara de ella. “La Llorona también es una diosa” me aseguró. La expresión del chaval me encantó, pues hasta ese momento nadie había mencionado dios alguno, y ahora, con un niño por mozo de espuela, en mi montura pude disfrutar de una versión de la historia de La Llorona de la que yo no me había enterado.




“La Llorona se enfrenta a sus cuatrocientos hijos, quienes terminan por matarla, si bien cada cierto periodo puntual, ella revive”. Ingenio hermoso de la razón mítica, hieros logos nahuatlato, el niño me puso en comunión con toda la gloria del pasado indígena. Minutos antes, yo era Quijote y él fiel Sancho, ahora, el mozo de espuela el sabio que aleccionaba al tozudo jinete.

Con su breve relato, el niñito me puso en contacto con muchos conceptos de los antiguos mexicanos. Sabed que el número cuatrocientos, centzontli, está relacionado con el número de las estrellas más importantes. Sería entonces La Llorona en esta versión una figura solar, que se enfrenta a la noche. Es vencida, sí, pero vuelve con cada amanecer.

¿Muere la diosa del día para, transfigurada en espíritu gemir la muerte de sus hijos en la noche? Indudablemente. El nuevo ateísmo, con candidez involuntaria, cree que su principal enemigo está en las creencias en un Dios judeocristiano. Aquí, en un bosque perdido en el Sur de la Ciudad de México, un mocito no habla de Jesús ni del Creador ni del Espíritu Santo. Sabio como es todo su pueblo, su religiosidad se ha dirigido a un mito fundacional, de veracidad innegable: la eterna batalla entre las fuerzas del día y las de la noche.




¿Qué es la Epifanía sino la manifestación de la divinidad en el mundo? Toda epifanía es una apófansis, por lo tanto toda epifanía nace de la aserción de una experiencia, por lo tanto toda epifanía nos conduce a los caminos claroscuros de los sentidos, por lo tanto, de un indefinido sufrimiento.

Meses después, la tarde del domingo 17 de julio de 2011 he escuchado en la Sala Nezahualcóyotl la Séptima sinfonía de Mahler, aquella que José Luis Pérez de Arteaga llama La canción de la noche, en la espléndida biografía homónima del músico austriaco que este año cuenta cien años de haber muerto. La Orquesta Sinfónica de Minería se ha enriquecido con la participación de YOA, Orquesta de las Américas, todos bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto, director principal.

El Scherzo Schattenhaft de esta obra me ha evocado el recuerdo que señalo arriba. La noche no sólo es un idilio, como en el cuarto movimiento, ni una colosal llamada, como en el primero, ni una resurrección de esqueletos, como en el segundo, ni una ronda infantil, como en el último, es ante todo, el asombro entre la sombras indefinidas de la noche, que nos sugieren que, a pesar de todos nuestros científicos esfuerzos, los hombres no sabemos nada, y la noche misma siempre será capaz de asustarnos con sus fuegos fatuos y los horrísonos lamentos de una diosa muerta.

***


domingo, 15 de mayo de 2011

De la Voluntad o La Valquiria

Enrique Arias Valencia

Le estás hablando a tu voluntad,
cuando me dice tu voluntad.
¿Quién soy yo
sino tu propia voluntad?
Brunhilda en La Valquiria


La ciencia es sólo un modelo de la realidad, pero no es la realidad misma. Hay que recordarlo cuando la ciencia refuta temas fuertes como la existencia de Dios o el libre albedrío. Según el modelo de la ciencia, yo no tendría libre albedrío porque según el modelo de la ciencia yo no debería tenerlo. No obstante, no hay que olvidar que la ciencia es un modelo de la realidad, y no la realidad misma. La ciencia se acerca lo más posible a la realidad, pero no puede sustituirla. La realidad no se aprehende por completo con un modelo, siempre hay algo que se desase del modelo, que es rebelde a él, y cuyo comportamiento no puede reducirse a la explicación del modelo. La realidad es superior a cualquier modelo: sea éste científico o moral.

Ése es el defecto de la ciencia: su rotundo sí y su rotundo no sobre temas fuertes, olvidando su carácter de representación. ¿Que todo puede explicarse en términos de las partículas y las fuerzas y que en vista de que en ellas no hay propósito, luego el mundo en sí no tiene propósito? ¿Que por lo tanto no hay libre albedrío? No olvidemos: si lo que hay en última instancia son fuerzas y partículas, eso lo sostiene un modelo, con un montón de supuestos.

Por eso el arte es rebelde al modelo científico, y nos muestra arquetipos en lo que podemos ver el despliegue de la voluntad. En mi caso, no es Richard Dawkins quien me habla al fondo de mi corazón, pero tampoco es el catolicismo. No es el cine tampoco. Son la poesía y la música. La poesía no habla de modelos: habla de arquetipos. La música ni siquiera habla de arquetipos: su mensaje supera al intelecto, y habla directo el lenguaje de la voluntad.

Con Richard Wagner encontramos la más bella metáfora del triunfo del libre albedrío en La Valquiria. Wotan le ordena a su hija Brunhilda hacer algo que repugnará a la valquiria. Y ella procederá a seguir los dictados de su conciencia, aunque esto implique desobedecer los aparentes dictados de su padre. Desobedecer a un dios significa modificar el orden cósmico, y eso es lo que hará Brunhilda. Es curioso, pero la orden de Wotan también repugnaba al propio dios.



Ante una situación trágica sólo el libre albedrío ilumina la escena. Somos más libres que Dios cuando procedemos desde nuestra conciencia, y no desde los dictados de Dios. Dios es esclavo de sus pactos y leyes, y atado como está a ellas, sólo puede confiar en alguien que trascienda los pactos y leyes: un alma libre, y esa es Brunhilda.

Por eso, algunos de nosotros, estetas, preferimos ver trastocado el orden del Valhala y el de la torre de marfil de la ciencia antes que claudicar ante un poder de oscuros pactos y leyes.

En pantalla gigante, desde el Met de Nueva York he podido disfrutar en pantalla gigante de La valquiria: todo un triunfo de la voluntad, capaz de desobedecer al propio Dios para seguir los más oscuros senderos del corazón. Cuando la ciencia llegue a la edad adulta, entonces descubrirá el libre albedrío que ahora niega. Después de todo, la libertad de acción es un signo de madurez.

¡Muera, por tanto el Valhala, con todo su esplendor!

sábado, 1 de enero de 2011

La búsqueda épica de la bebé pícara

Enrique Arias Valencia

Preludio

El primer pícaro de la lengua española fue Lazarillo, un niñito que guiaba a un ciego a cambio de exigua paga. Quizá pícaro provenga de pécora, que en latín significa ovejita, y de ahí pequeñito. Una pequeña ingenuidad. Luego, por esos espantosos reveses de la lengua, la picardía pasaría a ser lo contrario de lo que señalaba su origen. Sin embargo, nosotros romperemos una lanza por la inocencia: pícaro es un niñito capaz de hacer una diablura que enternece.

Lo mismo haremos con épico. No se trata de la cuenta y razón de un montón de dioses que se enfrentan por el domino del mundo, pues el bardo sentenciaría: Que si con su sangre se hicieron los ríos, que si al desollar a la diosa apareció el cielo y que si con las descuajadas tripas de quién sabe qué Dios omnipotente un diosecillo sangrón hizo nuestro corazón… No. Épico significará barroco, y no titulé así el post porque épico cuadra con las demás ideas centrales, y por estética no podría haber sido “la búsqueda barroca de la bebé bonachona”, pues bonachón es un término demasiado tosco para referirse a la ternura. Al menos en el contexto cultural en el que vivo, un niño puede ser un pícaro sin ofender a nadie, y sí puede regalar un instante de ingenuidad en este mundo tan falto de amor.

La Ciudad de México

Una tarde que el recuerdo de la ingrata Lísida me atormentaba sobremanera, el destino me llevó a una estación del Metro. Ahí, de la nada llegó una pequeña niña, quien, ajena a los prejuicios de los adultos, se acercó a saludarme. Su sonrisa inocente alejó de inmediato la amargura de mi rostro. Ese día nos hicimos amigos. Junto con su abuelita, sus papás y hermanitos, la bebé y yo vivimos cientos de aventuras. Una de las más significativas, y que ya comenté en otro lugar, iba más o menos así: Los niños tienen cierta magia que puede hacer descubrir de nuevo las bondades de la vida. Es así que he podido ver, en silencio, los juegos de estos tres hermanitos. Por ejemplo, una vez los niños estaban en el puesto de dulces de su abuelita, cuando pasó una muchacha con un girasol. La chica se detuvo frente al puesto y preguntó: “¿Son sus nietecitos?” La señora contestó que sí. La joven dijo: “¿Puedo regalarles un pétalo?” La abuelita contestó también que sí; y la muchacha desprendió tres pétalos, uno para cada niño. La joven dijo entonces a la señora: “Que Dios le conserve siempre sanos a sus nietos”, y se fue. Los niños estuvieron entretenidos con los pétalos un rato, hasta que se secaron. La bebé sostenía su pétalo con cuidado, lo mantenía entre sus pequeñas manos mientras jugaba en los alrededores del puesto, hasta que el petalito se marchitó.

Meses más tarde, la bebé con su familia partió hacia Puebla, un estado del centro de México, que a pesar de su relativa colindancia con mi ciudad, a mí me parecía muy lejano. Me quedé solo de nuevo.

De México a Puebla

Meses atrás, uno de los hermanitos de la bebé me había dicho el nombre de su pueblito de origen. La señora de los jugos me comentó que ahí la familia había puesto una papelería. Tras un año sin ver a la niña, un día me decidí a visitarla. En la central de autobuses me enteré de que para llegar al pueblito era necesario antes visitar la ciudad de Puebla, pues desde la Ciudad de México ningún autobús llegaba hasta la diminuta aldea.

Una vez en Puebla me enteré de que en realidad, de ahí partían unos autobuses que no arribaban al pueblito, pero alcanzaban otra ciudad de la que salían otros autobuses que ahora sí, me aseguraban, entrarían en el pueblito.

De Puebla a Huejotzingo

En el trayecto a Huejotzingo fue el encanto de Cholula. Dicen que a la ciudad la adornan trescientas sesenta y cinco iglesias, una para cada día del año. No sé si sean tantas, pero a mí me alegró el corazón ver tantísimos torreones elevarse airosos en medio del caserío, y de los enigmáticos cerritos que pueblan la ciudad. Me prometí que al regresar de mi visita de con la bebé, visitaría a su vez aquel bello lugar.

Huejotzingo fue un regalo de la búsqueda de la bebé. El colosal exconvento de San Miguel Arcángel se alza con cierta dignidad elefantina en medio de la nada. Sus almenas triangulares son símbolos indígenas trasplantados a un templo cristiano. Y sin embargo, su aire grandioso se ve ensombrecido por el presente. Hoy ya casi nadie cree en Dios, y el templo lo sabe. Lóbrega por oscura, la única y elevada nave del templo ostenta unos murales del siglo XVI con certera mano huejotzinca. El altar luce una luz tenue y amarillenta.

De pronto, es la vida del barroco. El hombre que barre el atrio me cuenta la historia del convento de Huejotzingo. Me habla del plateresco, de los franciscanos y de los dominicos. Por unos instantes, el canto rosado del templo pareciera cantar al compás de su glosador. Al cordón franciscano lo acompaña el bicolor dominico. Cuando todo termina, la roca se hace otra vez muda. A cambio, a mi guía le entrego unas monedas.

Me invitan a pasar al museo, pero tengo un compromiso con la búsqueda de la bebé. Me despido de Huejotzingo con un ademán nostálgico.

De Huejotzingo al pueblito

Si bien en el mapa parecieran estar cerca, en la realidad los separa un campo casi llano, con algunos reveses de carretera incomprensibles. El pueblito yace oculto tras unas enormes parcelas polvorientas.

Sólo Dios pudo interceder para que yo diera con la papelería sin saber la dirección de la calle donde se asienta. Los niños jugaban en el interior de una casita que ellos habían improvisado con tela. Sus voces se escuchaban risueñas y entretenidas en quién sabe qué diálogo.

La abuelita, al verme, exclamó: “¡Niña, sal a ver a tu padrino!” Los niños me saludaron sorprendidos. Les pregunté si recordaban quién era, y el menor dijo: “Sí. Es el señor de México”. Sonreí ante la involuntaria comparación con Hernán Cortés. La niña me extendió un teléfono celular de juguete. El mayor de los niños me preguntó: “¿Es usted Santa Claus?” Su pregunta incluye el carácter de mi aparición misteriosa. Los niños saben que su pueblo está muy lejos de México. ¿Cómo supe dónde estaban? Sólo Santa Claus lo sabe, pues él tiene la dirección de todos los niños buenos. El niño menor fue quien disfrutó más con mi visita: le di varias vueltas en el aire tomándolo de los brazos. En la papelería, la niñita se entretenía haciendo mover un listón, y miraba atenta sus cadencias. La curiosidad infantil es el nacimiento de la vocación científica, y siempre debía ser alentada.

La familia me invitó a comer, pero no acepté, pues se haría tarde y en el pueblito no había hotel.

Supe que el papá de la niñita había emigrado a Estados Unidos para buscar trabajo, y a la fecha no había regresado. Por mi parte, fue la última vez que vi a los niños.

Del pueblito a Cholula

Cuando volví a pasar por Cholula, decidí apearme para conocer la ciudad. Los templos tienen diseños imaginativos, algunos con infinidad de torres y campanarios, almenas y alcázares enormes; otros diminutos, sencillos en su portadilla en la cima de cerritos. Meses más tarde, en Alpuyeca, creo resolver el misterio de los cerritos. El interior de uno de los templos cholultecas parece estar vagamente inspirado en el patio de la Alhambra, con su interminable serie de arcos filigrana y columnas de ancho capitel; aunque aquí no hay un patio central, sino el pasillo del altar mayor. En el atrio crece un enorme fresno, como aquel que sostenía el mundo.

Y de pronto, para mí es el buscar cómo llegar a la Pirámide de Cholula. Dicen las malas lenguas que la de Cholula es la pirámide más grande del mundo, pues algunas de las iglesias que la rodean, están en sus faldas. Incluso, los frailes cortaron uno de sus costados para trazar la carretera que se dirige a Puebla. Es así que debajo del nivel del suelo, ahí está el enorme teocalli, que así se dice en náhuatl.

Alguna vez escuché que por eso hay tantos templos en Cholula: fue un intento desesperado por exorcizar a los antiguos dioses, titanes de la Tierra, que por su tamaño, asustaron a los misioneros católicos. Al no poder derribar la enorme pirámide, en la cima construyeron un templo dedicado a Virgen de los Remedios.

Camino en el interior de la pirámide. Las largas galerías dan la impresión de interminables. Estoy en la matriz del mundo, de donde todo brota y a donde a veces yo quisiera volver a la brevedad posible. No se trata de un laberinto, sino de largas cámaras que no están dispuestas a anunciar la luz del día.

Una vez en la superficie, en la gran plaza con sus estelas solitarias, me doy cuenta de que no puedo ser ateo, aunque tampoco cristiano. Los dioses no están ausentes, están aquí, cientos de ellos, en su silencio esplendoroso. La tranquilidad del lugar me asombra y arrebata.

De Cholula a Puebla

Es el éxtasis de la revelación. Cuando examina la obra de los primeros misioneros que estudiaron el universo indígena, Le Clézio sostiene en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido: “Eso es precisamente lo que más asombra a Bernardino de Sahagún de estos ritos y fiestas: la presencia física de los dioses en medio de los hombres”. Para mí, los dioses se revelan en toda su terrible majestad en el seno perenne de su ausencia. Por eso al barroco seguirá el neoclásico. Es un intento racional por vencer la desmesura de la contradicción. En vano.



Antes de ser condenada al silencio, sor Juana envió una carta a su amigo, el obispo de Puebla. La carta es una hermosa defensa del derecho de las mujeres a estudiar, y es prosa poética que ensalza todas las ramas del conocimiento humano. En ella, sor Juana sostiene: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento”. La pluma de sor Juana es clásica en su mesura, clásica en su exposición, clásica en su claridad, y por todo esto es un clásico de la literatura novohispana. Alguna vez, cuando la bebé vivía en México, me arrebató un ejemplar de la carta de sor Juana. En la portada, enseñé a la bebé a identificar el retrato de su autora.

Bajo el amparo del clasicismo, Manuel Tolsá trazaría los planos de la Catedral de Puebla. Alguna vez mi padre me comentó que una copia de los planos de la Catedral de Puebla fueron enviados por error a la Ciudad de México. Por eso, ambos templos son casi idénticos, si bien los campanarios de Puebla son más altos. ¡Sólo la Virgen pudo haberlos asistido para subir las campanas! Y campanas enormes coronan campanarios enormes. Tres naves las hacen de planta basílica. El ciprés de Puebla sí cubre el altar mayor. En México, el ciprés caído nunca fue sustituido. Racimos dóricos, puerta del jubileo: ¿estoy en Puebla o en México? Neoclásicas ambas, ordenadas de dórico a jónico, y de ahí a corintio, estas catedrales rivales tratan de persuadirnos de que los viejos dioses de los naturales han muerto. Pero en el fondo de mi corazón, allá, en el silencio de mi lectura, he podido escuchar a Le Clézio cuando comenta un ritual mesoamericano. Los dioses piden sangre, y sangre recibirán:

“Se sacrifica y desolla a dos cautivas, y los sacerdotes, vestidos con las pieles de éstas y enmascarados, bajan los escalones de la pirámide mientras el pueblo exclama: «¡Llegan nuestros dioses! ¡Llegan nuestros dioses!»”

Al patentizar a lo divino, la épica termina por hacerse lo que dice su poesía. Es muy extraño estar en la punta de la pirámide de Cholula y contemplar el Popocátépetl a la izquierda y el Iztaccíhuatl a la derecha. ¡Literalmente he atravesado el espejo! Allá abajo, suenan interminables las campanadas de innumerables iglesias. No me ofende su pícaro repicar, pues esta misma tarde, en medio de los giros de brazos, la bebé, sus hermanitos y yo compartimos un breve instante de felicidad, arrebatada a dioses que sumidos en su silencio, quizá sonríen desde su inaccesible morada.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Festoratorium

Enrique Arias Valencia

El sábado 27 y el domingo 28 de marzo del presente la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez nos ofreció los 45 números del Oratorio ocasional HWV 62 de Georg Friedrich Händel. Para cerrar la segunda temporada, el 18 y el 19 de diciembre de 2010 los chicos repitieron la hazaña con buena parte de esta composición. Los primeros tres días a los que me he referido, la Orquesta actuó en su casa, la Sala Blas Galindo. El último lo hizo en el Templo Expiatorio a Cristo Rey.

¿Qué habrá pensado Händel cuando musicalizó un libreto de Newburgh Hamilton conformado por un ramillete de glosas de los Salmos escritas por John Milton, así como citas de diversas obras de Edmund Spenser? Además, Händel reutilizó fragmentos de obras propias. Finalmente, el compositor se valió de algunos versículos del Éxodo para completar el colosal oratorio.

En una primera aproximación al Oratorio ocasional de Händel, podemos advertir que entre las obras de Edmund Spenser que Händel usó para su Oratorio ocasional, se encuentran fragmentos de La reina de las hadas, una asombrosa síntesis de cristianismo y paganismo, con el que el poeta buscaba el favor de la reina Isabel I de Inglaterra, cosa que el empeñoso bardo, terminó por conseguir. Si sólo se atiende a los accidentes, alguien podría creer que durante el Renacimiento, el cristianismo ya era compatible con las fábulas que celebran a las hadas. Según este punto de vista, ambos, cristianismo y paganismo, brotan de la misma fuente imaginativa, en la que los sueños se hacen realidad en un mundo físico que poco tiene que ver con la consumación de las esperanzas. Dios es la mayor fantasía, mayor que la cual nada puede fantasearse.

La ciencia nada puede hacer para alentarnos a vivir felices. Su compromiso con la elaboración minuciosa de un modelo que explique las propiedades de los fenómenos del Universo está condenado al fracaso moral. Con su cinismo impúdico, Richard Dawkins reconoce que “El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que deberíamos esperar si no existiera, en el principio de las cosas, ningún diseñador, ningún propósito, ninguna maldad ni bondad, nada, sólo ciega e implacable indiferencia”. Ese es el espantoso descubrimiento de la ciencia, frente al cual, ella misma nada puede hacer. Por eso es necesario llamar a los espíritus elementales para consolarnos, e incluso, redimirnos de la vida que llevamos en este universo mecánico, omnipotente, pero ciego. ¿No es este Universo motivo para la congoja de las musas?

¡Oh! ¿Quién verterá en mis hinchados ojos
un mar de lágrimas que nunca pueda secarse,
una áspera voz que con estridentes gritos
atraviese los apagados cielos y llene el aire tan espacioso;
una armadura de hierro que pueda soportar los suspiros,
para lamentar la miseria del mundo impuro?

Así se lamenta Edmund Spenser en Las lágrimas de las musas. Para salir del Universo mecánico bien podemos pasar al otro lado del espejo, metáfora carrolliana que nos incita a vivir en un mundo más acorde con el corazón humano, bien valga la discreta redundancia. Para conseguir esto debemos abandonar los accidentes de la obra de arte, y dirigirnos a su esencia. Y entonces advertiremos que el arte cristiano requiere al intelecto valiéndose de los sentidos. Por eso, todos los elementos que aparecen en una obra de arte cristiana son símbolos que hablan al intelecto, y describen con profundidad los estados del alma: las violentas tormentas y la serena claridad del Sol. Por eso, Spenser, en La reina de las hadas afirma en un poema:


Tras largas tormentas y tremendas tempestades
el Sol finalmente aclara su alegre rostro.
Así, después de haberse mostrado la furia de la fortuna,
se conoce al fin la hora feliz;
si no, el hombre afligido se desesperaría.

El Sol sólo brilla para quienes prestan oídos al poeta. ¿Para qué sirve el arte cristiano? El arte cristiano no es en modo alguno, decorativo, sino la consumación de una intencionalidad. Para el poeta, el tema no es una elección arbitraria, sino que lo suministran la tradición y la circunstancia. Las ideas del poeta pertenecen a toda la humanidad, por eso, reclamar su propiedad individual es fútil y risible. El origen de las ideas poéticas se pierde en la noche de los tiempos. Por ejemplo, en el Himno de la belleza celestial, Edmund Spenser hace eco de una idea viejotestamentaria: si nos atreviéramos a mirar cara a cara a Dios, no lo resistiríamos. Es una hipérbole del poder cegador del Sol. Dios es más brillante que el Sol, y al menos para el cristianismo, Dios es persona. Por eso, entre otras cosas, el cristianismo no se hunde, a pesar de los avasalladores triunfos de las ciencias físicas.

Humillado con temor y tremenda reverencia,
ante el escabel de su Majestad,
arrójate al suelo con temblorosa inocencia
y no te atrevas a lanzar tu débil y deslumbrada mirada
al terrible rostro de la gran Deidad,
temiendo que, si él por casualidad te mira,
te reduzcas a la nada y seas completamente confundido.

No sé cómo alguien, reducido a la nada, pueda quedar enmarañado. Licencia poética que insinúa, que a pesar de todo, el modelo del bardo es este mundo físico, con todo su horror esplendoroso. ¿Qué es lo que hace el poeta? Él mismo se transfigura en ese horror, y nos invita a consumar nuestra vida en una fusión con lo divino. Dante afirma que “El que quiera pintar una figura, si no puede serla, no puede pintarla”. Nosotros añadimos que el poeta nos transforma en aquello que retrata en su esencia más pura. Se trata del poder omnipotente del Sol, y no de rey alguno. Al respecto, en su ensayo “La Comprensión del Arte de la India”, Ananda Kentish Coomaraswamy apunta que

“Los dioses de los pueblos antiguos no eran héroes humanos glorificados, sino diagramas matemáticos de poderes operativos; la mitología consiste en las imágenes verbales de la operación de estos poderes”.

Estos poderes operan en el alma humana, revelando su recta razón. La utilidad de la obra de arte se revela al intelecto. En el mundo de las ideas, el arte es, como dice el adagio latino “la razón recta de las cosas que se requiere que se hagan”. ¿Qué es lo que requiere hacerse? Contemplar la necesidad de la obra, y ver que es buena, como cuando Dios descansó de su propia obra. El intelecto se siente satisfecho cuando contempla las esencias inteligibles, las cuales se presentan en la obra de arte por medio de símbolos.

Por eso, si al principio alguien podría creer que el poeta hablaba del Sol en tanto que cuerpo físico, ahora sabemos que el Sol es un símbolo que procede de un reino de donde brota aquello que le da al hombre su humanidad, esto es, el reino de lo inteligible. El Sol es la belleza suprema, mayor que la cual nada puede contemplarse. Aquel que llega a comprenderlo, se da cuenta de que tiene razón Eckhart cuando sostiene que “La naturaleza humana no tiene nada que ver con el tiempo”. En este caso, entonces, gracias a los símbolos del poeta el Oratorio ocasional de Händel es el medio por medio del cual descubrimos un misterio que no es histórico, sino metafísico: es el profundo drama de la voluntad de vivir que, al hacerse individual, se ve sometida a las veleidades del tiempo y del espacio. Al trascenderlos, se muestran las ideas, las cuales placen al intelecto.

Sólo la música, con sus armonías preclaras, puede ayudarnos a trascender este Universo físico, y dirigirnos hacia el puerto de la metafísica de artista, donde sólo son realidad las más puras armonías.

Y pues creo que llegó el momento de deciros que yo soy ateo guadalupano. Luego, soy devoto de la pureza de la Virgen María, signo de todo mi acendrado irracionalismo. La segunda temporada de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez cierra en el Templo Expiatorio a Cristo Rey (Antigua Basílica de Guadalupe), el 19 de diciembre de 2010, 18:00 horas. Varios coros e infinidad de solistas se unen a la representación. Es la última vez este año que escucharé en vivo el Oratorio ocasional de Händel.

El edificio de la Antigua Basílica de Guadalupe consta de un par de torres al frente y un par de torres traseras. Cada torre tiene tres cuerpos, seguidos por otros tantos del campanario. Planta de tres naves. Las naves laterales tienen cuatro bóvedas. La nave central ostenta además una alta cúpula. Racimos de cuatro columnas que se alzan airosas. Ciprés con la figura de Cristo Rey. Por la época, hay coronas de Navidad en cada columna. A la derecha de la orquesta, un árbol de Navidad arde en frío. Doce candiles flotan hacia el cielo.

El mensaje del arte cristiano, que nos llega por medio de símbolos, quizá pueda resumirse así: la vida es un misterio precioso. Tomemos por ejemplo, la imagen de la Virgen de Guadalupe. Hay quienes sostienen, tanto creyentes como no creyentes, que cuando hablamos de la experiencia estética de la Virgen de Guadalupe, nos referimos a su belleza. Pero, ¿es que alguna vez el arte se ha referido a la belleza? La imagen de la Virgen de Guadalupe es la estancia del Ser, la cual descubrimos intelectualmente, como presencia de un mundo inteligible que aparece en nuestro interior. Dicho mundo, bien podemos sostener, es el de la divinidad. Entonces, tal y como dice William Blake: “Todas las deidades residen en el corazón humano”. Así, las flamas, el brocado de la túnica y el azul del manto, todo tiene un significado simbólico. Ananda Kentish Coomaraswamy nos explica el significado simbólico del manto de la Virgen en estos términos:

“El azul de la túnica de la Virgen se refiere a una cualidad de infinitud, infinitud que no podemos dibujar, sino que sólo se sugiere por la extensión indefinida y la profundidad desconocida del cielo”.

Más que un experto en arte, quiero expresar el máximo goce estético, que al escaparse de los sentidos, constituye un deleite para el intelecto. El lenguaje simbólico del arte pasa limpiamente a la metafísica, pues de ella es propio también el lenguaje de los símbolos. El lenguaje de los símbolos constituye la diferencia entre el arte y la naturaleza física de las cosas. De nuevo, Coomaraswamy:

“si tomamos el símbolo por un signo, por ejemplo, en el caso de la túnica azul de la Virgen, estamos entendiendo que la Virgen lleva puesto el cielo como nosotros llevamos las vestiduras, y esto equivale a una «personificación del cielo» y a una identificación de la Mariolatría con el «culto de la Naturaleza»”.

Por eso, la imagen de la Virgen de Guadalupe no es más bella que las bellezas físicas, pues su belleza apunta a un mundo que no es físico, sino metafísico. Si como estetas nos dedicamos a estudiar las obras de arte como meros fenómenos físicos, corremos el riesgo de negar nuestro carácter más humano, el cual consiste en participar del mundo de las ideas, y de comunicar a otros nuestros descubrimientos usando el pensamiento simbólico, el cual deviene arte y poesía. Entonces, ya no decimos “Dios salve al rey”, como si el rey fuese alguien ajeno a nosotros, sino que descubrimos asombrados que nuestro intelecto es el soberano de nuestra mente.

Alguna vez he sospechado que, de llegarse a probar la existencia de Dios, sería un ateo quien la probaría. Un abrazo irracionalista, pero ateo al fin y al cabo...

Bibliografía:

Coomaraswamy, Ananda Kentish, “La Comprensión del Arte de la India”, en La doctrina india del fin último del hombre, Madrid, Editorial Sanz y Torres, 2007.

La traducción de los versos que aparecen en el Oratorio ocasional es de Alfredo Mendoza M. México, marzo de 2010. Programa de mano.

***

Oratorio Ocasional “Festoratorium” / G. F. Händel

Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez
Primera temporada, 2010
Programa 6
Sábado 27 de marzo, 13:30 horas
Domingo 28 de marzo, 18:00 horas
Director: Julio Briseño
Coros: Coro de niños de la Schola Cantorum. Director: Alfredo Mendoza
Coro del SNFM. Director: Alejandro León
Solistas: Nadia Ortega, soprano
Fernando Pichardo, contratenor
Leonardo Villeda, tenor
Jesús Suaste, bajo
José Suárez, órgano
Rafael Cárdenas, clavecín

Segunda temporada, 2010
Programa 10
18 de diciembre de 2010, 13:30 horas
19 de diciembre de 2010, 13:30 horas

Director: Julio Briseño
18 de diciembre de 2010, 13:30 horas.
Auditorio Blas Galindo
Centro Nacional de las Artes (Cenart)

19 de diciembre de 2010, 18:00 horas
en el Templo Expiatorio a Cristo Rey (Antigua Basílica de Guadalupe)

sábado, 25 de septiembre de 2010

El Congazo de los Dioses

Enrique Arias Valencia

Plenilunio luminoso, la fiesta de mi graduación, tras el último sorbo de su copa de champagne, Friedrich Nietzsche hundió su vidriosa mirada en mi lánguida alma y me abrazó, para susurrar a mi cautivo oído: “Yo creería en un dios que supiese bailar”. Sus palabras excitaron sobremanera mi imaginación, y con la convicción que sólo las bebidas espirituosas pueden brindar, creí que podía complacer a mi amigo: “Eso es algo que puede arreglarse”, le aseguré, y tras pagar la cuenta, abandonamos Le troubadour, un lugar tan querido por mí y por muchos otros bohemios, algunos de célebre prosapia.

Tomé como montura a Mochocota, en tanto que il professore jineteó a Chamaco. Cabalgando entre la bruma del Down Town, no tardamos mucho en llegar a las calles de Izazaga e Isabel la Católica, en el Centro Histórico.

El secularismo ha triunfado, y lo que otrora fuese el Convento de San Jerónimo, en el que profesó sor Juana Inés de la Cruz, ahora es el Smyrna Dancing Club. El edificio, del siglo XVI, es el mismo, por lo que el patio central, do antes hacían sus devotos rondines las castas monjas, ahora sirve para que los bailarines nos dispongamos a realizar la danza entre Dios, el alma y el mundo. Al enterarnos de que entre los asistentes está un sacerdote católico, absurdamente embozado, Nietzsche y yo no podemos parar de reír. Sin embargo, mi alegría cesa cuando advierto que se trata del arzobispo Francisco de Aguiar y Seixas, pues es el hombre que celó tanto a sor Juana hasta hacerla abjurar de sus ideas de libertad y emancipación del pensamiento poético. Pero nada de esto le digo a il professore, quien está muy divertido al reparar en un hipócrita empurpurado entre los asistentes a tan animosa fiesta de medianoche. Nietzsche está tan contento que para celebrar esta velada, ha compuesto los siguientes versos:

Bailemos como trovadores
Entre santos y rameras
La danza entre Dios y el mundo.
Aparecerán en La Gaya ciencia. Nietzsche y yo nos burlamos de todo: de lo espantosa que es la vida y de lo ridícula que es la existencia. Le cuento el cuento del Bicentenario de mi país y él me cuenta el cuento del filósofo que estaba convencido del mundo-verdad. “¡Tan fácil que es el darse cuenta de que Dios ha muerto!”, me dice entre carcajadas. “¡Nomás hay que ver lo poco poética que es la vida de los poetas”, añado con muy poca originalidad de mi parte. Y entonces le deslizo la siguiente confidencia: “Cuando llegué a la adolescencia, mi padre me pidió que nunca visitase el Smyrna Dancing Club, asegurándome que lo que había en ese lugar me desconcertaría sobremanera. No le hice caso, y la noche de mi titulación entré, acompañado por un amigo. Es curioso, pero lo que vi le dio la razón a papá”. Mi interlocutor se sobresalta. “¿Pues, qué fue lo que te encontraste?”, inquirió Nietzsche acariciándose curioso el mostacho. “Al centro de la pista de baile, estaba mi padre”, concluí. Mientras tanto, endrinas más, endrinas menos, al fondo del escenario, intempestivamente, un par de mozalbetes toman la palabra, y recitan el villancico xvi de sor Juana Inés de la Cruz:

―¿Ah, Siñol Andlea?
―¿Ah, Siñol Tomé?
―¿Tenemo guitarra?
―Guitarra tenemo.
―¿Sabemo tocaya?
―Tocaya sabemo.
--¿Qué me contá?
―Lo que ve.
―Pue vamo turu a Belé,
y a lan Dioso que sa yoranda
le cantemo la salabanda.
―Paléceme ben.
―Y a mí tambén.
―Toca, plimo, pol tu fe.
―¡Así, así, que lo pe se me anda!
―¡Así, así, que me buye lo pe!
Es el suave esparcimiento de las luces, el cortés flirteo con las intransigentes mujeres, la delicia del perfume en la espalda con escote, la sobriedad de los fracs, al tacto casi de terciopelo, la lúdica tela de los cortinajes teñidos, la emoción de transitar por la alfombra roja, el colorido de las fichas, la tensión de encontrarnos con un peligroso gángster, el divino buqué del mejor vino de Atilio, el interminable juego de espejos de la sala, las asombrosas decepciones de los borrachos contertulios por un affaire fallido, los chismes que desatarán al día siguiente las bellísimas estrellas que visitan el lugar, los besos prometidos, la seducción interminable de la Luna brumosa que preside el balcón de mármol, el delicado murmullo del agua que brota de los surtidores del jardín, el estruendo glorioso de la fuente iluminada por neones desidiosos, el gesto de los flemáticos, el escarceo de los que se creen enamorados, los dolores de los sentimentales, la gala de las musas de una noche.

Al son de la Fanfarria de Alfredo Ibarra, dirigida por el propio compositor, llegan los chicos de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez. Tras los vítores a la agrupación, el director lanza un entonado grito. Es la señal que todos esperábamos para hacer una fila, tomar la cintura de la persona de enfrente y comenzar a bailar la conga: tres pasitos y patada, tres pasitos y patada, y así hasta el infinito. Cuando le salieron las patitas al fauno, Nietzsche pudo ver por fin bailar a Dioniso, como se lo había yo prometido.

Como por encanto, aparece mi padre. Espléndidamente vestido de blanco, con un clavel en el ojal. Muchos años después, trataré de imitarlo con un deslucido saco y una rosa roja al frente. Pero en más de un sentido, sólo soy una sombra de papá. La semana pasada, aquí, en el Smyrna, él ha ganado por unanimidad un concurso de mambo. Yo sólo soy un desparpajo de arritmias en el baile.

Nuevamente, con garbo, mi padre domina el salón. ¡Aplausos! Y de pronto, es el caos: a empujones, mi enérgica abuela se abre paso entre los atónitos danzantes, y alcanza desafiante el centro de la pista de baile. Toma la mano de papá, y lo conduce manso fuera. No me sonroja la escena, pues mi abuelita ha aprovechado para lanzarle un coscorrón y un jalón de orejas al mustio arzobispo Aguiar y Seixas, y arrebatándole el micrófono al rumbero, le grita al prelado:

“¡Por la conducta desvergonzada de hombres como usted mi nieto es un ateo redomado!”

CARCAJADAS Y TELÓN

Basado en las impresiones de la muy dionisiaca audición de la Conga del Fuego Nuevo de Arturo Márquez, ejecutada por mis amigos de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, bajo la batuta de Alfredo Ibarra durante el 2° Concierto de la Segunda Temporada 2010, del Sábado 25 de septiembre en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, cito a las 13:30 hrs., en la Ciudad de México.

sábado, 4 de septiembre de 2010

El mundo como voluntad sinfónica

Enrique Arias Valencia

Para Eduardo, por su valiosa compañía, por la música.

La vida, esto es, el Universo, es una monstruosa sinfonía de la que nada, absolutamente nada, está excluido. Sólo Dios en su reposo de inexistencia es capaz de escucharla completa, de principio a fin; por lo que nadie la ha escuchado en la plenitud pavorosa de su suprema majestad. Por supuesto, los poetas han intuido parte de la manifestación consternada, pero al compartirnos la estridencia de su percepción primordial, sólo unos pocos elegidos han podido ver y sentir la majestuosa danza de horror que como un Lucifer que cae del Cielo, se precipita en el hondo del alma para destruirla.

Sinfonía es un vocablo que nació para referirse a un tamborcillo. De ahí pasó a significar ritmo, tiempo y danza. Haendel y Bach lo hicieron bailable en la suite, llamada en su época obertura. Durante el neoclasicismo del XVIII, se hizo sonata orquestal. El agnóstico Mahler desfiguró la sinfonía, y nos entregó una colosal canción-oratorio, hervidero de modos y tonos, acordes de a ocho.

El tema ha reencarnado reiteradamente a lo largo de la historia de la música, y es así que los Thompson Twins en Doctor, Doctor! preguntan enfebrecidos:

Oh, Doctor, doctor, can't you see I'm burning, burning?
Oh, Doctor, doctor, is this love I'm feeling?

Más que amor, se trata de un convulsivo frenesí que devora el corazón, abrasa todo a su paso y entrega un alma consumida por los estertores de la angustia. El tema puede volverse tierno, apasionado y novelesco, y confesar en labios de Chucho Monge:

Creí
que tu vida era mía
y que tu me querías
como yo te quiero a ti.

Y aún así, lo reconocemos en tanto que desilusión; en forma de absurdo. Hace tiempo una chica cantaba uno de los temas que más me han gustado, pues en su negación de la identidad afirma su desesperación:

yo por él cambiaría
de gustos, de gestos,
de sexo
y hasta religión.

Irán Castillo: “Yo por él”; ella jura que lo haría. ¿Qué tenemos para enfrentar todo este horror? ¿Qué sino el horror mismo? Muchos soldados afirman que tras la cruenta batalla contemplan el campo ensangrentado con un sentimiento que sólo puede ser sublime. Tiene razón Kant cuando en la Crítica del juicio establece que lo sublime es lo absolutamente grande. Y no hay nada más grande que el horror de la guerra.

Nietzsche en su Zaratustra encuentra la filosofía del gran mediodía. Hoy leo en el programa de mano del concierto de la tarde que cuando trabajaba en esta obra el filósofo se cuestionaba: “¿A qué ámbito pertenece en realidad mi Zaratustra?” Y Nietzsche mismo replicaba: “Creo que pertenece al ámbito de las sinfonías”. Muchos años después de haberlo reflexionado, Richard Strauss hizo realidad el sueño de Nietzsche, al lanzar la colosal fanfarria introducción de su vigoroso poema sinfónico Así habló Zaratustra. El majestuoso acorde siempre me ha evocado la fiesta prometida que ha de celebrase tras la muerte de Dios. El hombre en soledad se enfrenta a un Cosmos rico, misterioso y violento, siempre dispuesto a rendir un enigma para cada jornada.

Es así como la sección de alientos de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, apoyada por sus contrabajos, percusiones y órgano invitados, bajo la batuta de Julio Briseño, literalmente me regala el primer programa de la Segunda Temporada de Conciertos 2010.

Nostalgia de la Edad Argenta, Aaron Copland brilla con su sello personal. Este año he tenido una alegría tan recóndita, que casi es una indecencia confesarla. Jamás me sedujeron los deportes. El fútbol me horrorizaba. El fútbol americano me parecía demasiado pleito para ser un deporte y demasiado deporte como para ser un pleito. El béisbol me parecía un ejercicio más de estadística que de verdadero amor al músculo, y suma y sigue. Plata de Copland de por medio, con sus melodías que siempre me hacen pensar en el Viejo Oeste, este año por fin fui conquistado por una práctica deportiva: la equitación. Claro que sólo la ensayo como el peor de los aficionados que soy; pero hoy el recio galope de Mister me ha hecho descubrir que todos los sentimientos son íntimos, y quieren la profunda y graciosa eternidad. La joven que desata mi calzado atorado en el estribo me recuerda que sólo soy un tonto apasionado. La orquesta lo dijo con la hermosa An Outdoor Overture.

Si yo fuera príncipe, me gustaría ser coronado al son de Marsch der Bavaria, de Christoph Von Reitzenstein así como la escuché hoy, con un reducido conjunto de trombones y un majestuoso timbal.

Y aunque parezca increíble, vuelvo a escuchar el Aria de la Suite Número 3 en Re menor, de Johann Sebastian Bach. Hace unas semanas la disfruté en el arreglo postrománico que Gustav Mahler escribió. No soy un experto en barroco, y sólo puedo sentenciar que la versión de esta tarde prescribió nueve ejecutantes, todos maderas, con el oboe en la melodía principal.

La Obertura para banda militar de Mario Kuri Aldama es el obsequio al mes patrio.

Tras el intermedio aparece mi amigo Eduardo, a quien yo había telefoneado para que me acompañara. La primera vez que escuché la Folk song suite fue en el radio, en una muy querida estación, Estereomil, hoy desaparecida. Por eso, no puedo evitar asociar la firma melisma de Ralph Vaughan Williams con mi lejana adolescencia. Hasta las oficinas de la estación acudía para recoger boletos de cortesía para la Sala Neza, y la voz de los locutores Juanita Martínez Palau y Agustín Romo Ortega alegraban mis siempre sinfónicos mediodías. Gracias a Juanita, a Estereomil y Guillermo Salas pude conocer al maestro Muñoz Flores, del Estudio Bartok, y sus maravillosos cursos de apreciación musical.

Y cerramos con Júpiter, de Los Planetas de Gustav Holst. Es el triunfo de la alegría sobre un mundo del que los dioses han escapado despavoridos. Me siento agradecido de estar acompañado por mi hermano mientras escribo estas torpes líneas, pues es Júpiter el más bello Adaggio trío en un mar de sonidos. De las tinieblas a la luz, el mundo como representación del arte se exalta en el bello brillo del melisma del Sol. En palabras de sor Juana Inés de la Cruz:

“Cítara solamente de Apolo”.

Y que así sea.