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viernes, 13 de noviembre de 2009

¿Qué pasaría si “q” fuese verdadera?

Enrique Arias Valencia

Sea “q” “algo puede salir de la nada”. En el ensayo “De la nada, nada; inmaculada argumentada” concluí que si nos atenemos al significado estricto de nada, luego, “De la nada, nada”, como indica su título. Ésta es una expresión que hemos tomado en préstamo a Lucrecio y a la tradición materialista en general. Por tanto, la proposición “q” = “algo puede salir de la nada” es falsa según el materialismo estricto.

No obstante, ¿qué pasaría si consideráramos la nada como una analogía de lo indemostrable o por lo menos, de algo tan tremendamente paradójico que, pongamos por caso, sólo sucedió una vez en el remoto pasado, algo tan colosal que bien podríamos considerar como el origen del Universo? ¿Qué pasaría si pudiésemos contar con la nada para explicar el origen del universo?

Después de todo, los matemáticos llaman origen al lugar donde intersecan los ejes X e Y en el famoso plano cartesiano. Ahora bien, de manera muy simpática y humorística, el siempre ameno Isaac Asimov ilustra esto de sacar algo de la nada de la siguiente manera:

“¿Y por qué no? Si 0 = (+1) + (-1), entonces algo que es cero podría convertirse igual de bien en +1 y -1”.*


Asimov otorgó los siguientes valores a la ecuación: 0 = nada; (+1) = energía positiva; (-1) = energía negativa, por lo que Isaac Asimov es el autor original de esta versión de tan colosal descubrimiento matemático, que tras el signo de igualdad ya salta al terreno de la física. Es así que según Asimov ¡la nada cuenta! De paso, Asimov otorgó valores analógicos a los números, y probó así que la ciencia puede ser metafórica.

En el momento en que admitimos la proeza de nuestro querido Asimov, en detrimento del materialismo estricto, lo que hacemos es ilustrar una tesis que Robert Shapiro suscribe en su libro Orígenes, de una manera bastante clara y comprensible:

“La ciencia no es un conjunto dado de respuestas, sino un sistema para obtenerlas. El método que se emplea en la investigación es más importante que la naturaleza de las soluciones. Las preguntas no tienen por qué ser respondidas, y se pueden brindar respuestas y luego cambiarlas. No importa cuán a menudo y cuán profundamente se altere nuestra concepción del universo mientras estos cambios acontezcan de una manera consecuente con la ciencia”.**


De modo, que, para los fines de este ensayo, nuestra querida “q” es verdadera.
Una vez admitido lo anterior, no será difícil sostener que:

0 = (+1) + (-1)
0 = q
q = (+1) + (-1)
q = “algo puede salir de la nada”.
“Algo puede salir de la nada” = (+1) + (-1)
“Algo puede salir de la nada” = (energía positiva) + (energía negativa).


Ésta es la más sencilla demostración de que la suma total del universo es cero. Si cero es el origen, luego el universo tiene un origen. El origen es el “tiempo cero” del universo. Luego, nuestra fórmula también es el modelo más sencillo del Big Bang.

Pero para que la energía cero del universo se disperse en las fuerzas fundamentales del universo que conocemos hoy en día, debe haber un desequilibrio entre los dos unos que forman nuestra sencillísima ecuación. ¿Qué pasó?

¡¿QUÉ PASÓ?!

En cierta forma, lo que sucedió es un misterio. Soy incapaz de demostrar qué pasó. Con las leyes físicas vigentes, nadie puede remontarse más allá del tiempo de Plank en la investigación. Es como decir que, por sí mismo, es indemostrable sostener que “q” es igual a cero. Pero no debemos preocuparnos, pues si no podemos saberlo, es porque “q” nos dice que ella misma es indemostrable. Lo cual nos conduce al temible y jovial teorema de Gödel. Es así que:

q = Soy indemostrable.


Luego:

“Algo puede salir de la nada” = Soy indemostrable. Lo cual es una desfachatada y cínica autodeclaración de “q”, que incluso puede insertarse en el sistema materialista que defendí en “De la nada, nada”.

Resulta que matemáticamente hablando, decir que “q” es indemostrable conduce a admitir que “q” es falsa, si bien lo que “q” nos dice no sólo es eso, sino que por sí misma apunta a decir que ella misma es indemostrable.
Luego, entre el 10 y el 11 de octubre de 2009 sosteníamos algo como lo siguiente:

No hubo Big Bang, a menos que algo pueda salir de la nada. No hubo Big Bang. Por lo tanto, nada puede salir de la nada.

Recordemos que decir que “algo pueda salir de la nada” es equivalente a “q”. Y como “q” nos dice “soy indemostrable”, luego:

No hubo Big Bang, a menos que “q” nos diga ella misma que “q” es indemostrable. Hubo Big Bang. Por lo tanto, “q” nos dice soy indemostrable. ¡Y ella misma es indemostrable en el sistema materialista estricto, para más señas!

Decir que “q” significa “soy indemostrable” es una deliciosa paradoja que puede hacer (y de hecho hace) diabluras en el sistema materialista estricto. Dirán: “¡Pero es que no podemos demostrar el Big Bang como origen del universo! Y “q” nos dice que ella misma lo declara así.

“¡Pero es que es una paradoja!”, protestaría el materialista. De nuevo, eso mismo sostiene “q”. Porque si “q” es ella misma indemostrable, luego es falsa, porque indemostrable es equivalente a falso en términos matemáticos. Pero si le concedemos razón a “q” sobre su descarada falsedad, luego, “q” dice la verdad si y sólo si, “q” no dice la verdad en vista de que “q” es indemostrable si y sólo si “q” es falsa si y sólo si a “q” le concedemos razón.

Según el modelo corriente del Big Bang el universo comenzó con una paradoja. En Wikipedia leemos:

“Según la teoría del Big Bang, el Universo se originó en una singularidad espaciotemporal de densidad infinita matemáticamente paradójica”.


¡Cuidado, porque Wikipedia se edita constantemente y la frase anterior ya podría ser falsa, aun sin necesidad de ser editada por ningún wikipedista!

Para hacer esto más endiablado (¡faltaba más!) no hay que olvidar que en lógica matemática 0 = falso. Y ¡Ups! Nuestra “q” = 0. Falso es indemostrable. Es verdad que “q” es cero, luego es verdad que “q” declara de sí misma que es indemostrable. Pues en sentido estricto nuestra “q” declara algo más que su mera indemostrabilidad: dice: “soy indemostrable en el sistema materialista estricto”.

En conclusión, “q” es verdadera… ¡e indemostrable! Y ella solita nos lo dijo.

*Isaac Asimov, Cien preguntas básicas sobre ciencia, Alianza Editorial, Madrid, 1979, p. 29.
**Robert Shapiro, Orígenes, fragmento del apartado La ciencia, el reino de la duda, del Capítulo 1 “Duda y certidumbre”; Salvat Editores, Barcelona, 1987, p. p. 21-22.

Bibliografía:
Asimov, Isaac Cien preguntas básicas sobre ciencia, Alianza Editorial, Madrid, 1979, p. 29.
Hofstadter, Douglas, Yo soy un extraño bucle. ¿Por qué un fragmento de materia es capaz de pensar en sí mismo?, Barcelona, Tusquets, 2008, 524 págs.
Shapiro, Robert, Orígenes, fragmento del apartado La ciencia, el reino de la duda, del Capítulo 1 “Duda y certidumbre”; Salvat Editores, Barcelona, 1987, p. p. 21-22.

jueves, 9 de julio de 2009

El irracional alegato del propósito del universo

Enrique Arias Valencia

Mientras más comprensible es el universo, menos sentido parece tener.
Steven Weinberg

Pareciera que por un instante, mi guerra contra el racionalismo tiene un respiro cuando éste se ocupa del Cosmos. Estas frases las suscribo con gusto: “El absurdo argumento de la finalidad cósmica”. Las paladeo despacio, con un cierto aire de sarcasmo. ¿No lo sabíais? ¡Ah, el asunto de las teleologías! No puedo sino aplaudiros cuando echáis por tierra el viejo ídolo de la causa final. Pues el argumento de la causa final es un esclarecimiento que no esclarece nada. El gran científico Carl Sagan lo sostuvo cuando nos habló de Anaxágoras:

"Fue la primera persona que afirmó claramente que la Luna brilla con luz reflejada, y en consecuencia ideó una teoría de las fases de la Luna. Esta doctrina era tan peligrosa que el manuscrito que la contenía tuvo que circular en secreto. No iba de acuerdo con los prejuicios de la época explicar las fases o eclipses de la Luna por la geometría relativa de la Tierra, la Luna y el brillo propio del Sol. Aristóteles, dos generaciones más tarde, se contentó afanando que estas cosas se debían a que la naturaleza de la Luna consistía en tener fases y eclipses: un simple juego de palabras, una explicación que no explica nada".



Dios no juega a los dados con el Universo, antes bien, el universo, si se me permite el desliz, juega un juego sin sentido ni finalidad. No hay causa final, no hay teleos alguno que nos honre con su presencia. El Cosmos entero es un brindis por nada, un vector que no apunta a ninguna parte. Decir que comenzó con un bigbán es un copioso decir. El bigbán es a lo mucho, un disparo de este universo, pero quizá no sea su origen. Pudo suceder antes, colapsarse y luego vuelta a empezar. Nuestro bigbán es sólo uno de una serie de pirotecnias sin descanso, un eterno retorno de la diferencia. Así, sin principio ni final en el tiempo, y aun con toda su infinitud cósmica, sin espacio para un Creador, es sólo un anillo de la así llamada eternidad. ¡La vida no tiene sentido! ¡Gritadlo a los cuatro vientos, a ver quién puede soportarlo!

jueves, 18 de enero de 2007

Una fantasía natural

Enrique Arias Valencia
La inmensidad del Cosmos

“Sin música, la vida sería un error”.
Nietzsche

Una amarga decepción amorosa puede cambiar el curso de un proyecto filosófico. Emprendí mi tesis “El arte redentor” con la idea de rendir un homenaje a la música. No obstante, la amarga decepción amorosa a la que me refiero ha terminado por marchitar mi devoción por la música en general, y por la música sacra en particular; si bien sigo creyendo que el proyecto de mi tesis vale la pena. Quisiera reconocer que este proyecto es deudor de la filosofía de Nietzsche expuesta en El nacimiento de la tragedia, pues ahí se presentó por vez primera la intuición nietzscheana que valoró al arte como instrumento principal de la filosofía.

“El arte se convierte en el organon de la filosofía; es considerado como el acceso más profundo, más propio, como la intelección más originaria, detrás de la cual viene luego a lo sumo el concepto; más aún, éste adquiere originariedad tan sólo cuando se confía a la visión más honda del arte; cuando re-piensa lo que el arte experimenta creadoramente”.1

Es así que ahora me dedico a practicar lo que he querido llamar música teórica, una música que se percibe por el intelecto, no por el oído. La música teórica nos conduce a la física subjuntiva. La física subjuntiva nos lleva a preguntarnos: ¿qué es el Universo? ¿Quién puede saberlo? El Universo es la unidad de lo diverso. ¿Tuvo el Universo un principio o ha existido siempre? Si el Universo tuvo un principio, ¿tendrá un fin?

Para darle vida a este Universo; Dios hizo estallar un fortissimo de energía que formó e hizo vibrar a las supercuerdas y con el transcurso de las edades, encendió las estrellas. Una de ellas fue madre de nueve planetas. Veamos esto con un poco más de detalle, para lo cual voy a presentar mi adaptación de la hipótesis de Kant-Laplace sobre el origen del Sistema Solar. Hace mucho tiempo una formidable nebulosa de gas flotaba en medio de un pianissimo que engalanaba un espacio vacío. Dicha nube empezaría a girar en torno a un esbozado eje, y al compás de una danza conducida por la gravedad, dicha nube se contraería, y al compactarse, adquiriría entonces forma de disco abultado.

Este disco despediría un anillo de gas que muy pronto sería acompañado por otros que empujarían al primero un poco más lejos. El centro de la nube con el tiempo llegaría a estar ocupado por un gran soberano estelar que con resplandeciente ley gobernaría toda su corte de planetas, pues a su vez, cada anillito formaría un planeta.

Casi siglo y medio antes de que Kant enunciara su hipótesis del origen del sistema solar, el astrónomo Kepler escribió un libro llamado La armonía del mundo, donde mostraba que los planetas cantan perennemente en varias voces, percibidas por el alma, no por el oído.
Kepler afirmaba que los planetas entonarían diferentes notas, según se encontrasen más cerca o más lejos del Sol, pues nuestro amigo había descubierto que los planetas se mueven en órbitas elípticas.

1 Eugen Fink, La filosofía de Nietzsche, Alianza Universidad, Madrid, 2000, trad. de Andrés Sánchez Pascual, p. 20.