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jueves, 15 de julio de 2010

Esta noche

Enrique Arias Valencia

Un amigo de Astronomía Educativa me mandó por correo esta imagen:


Me asombra, pues durante años yo había conjeturado que la eclíptica debía dibujarse con una simple recta sobre la salida del Sol. Así de burdo: con una regla solapada al cielo. Y con esa diablesca conjetura había yo creído que los planetas debían situarse rectos sobre la salida del Sol, y así su órbita debía correr recta, como suponía yo que haría el Sol, sobre su salida en el horizonte.

La curva que dibujan los planetas en esta imagen es una elegante refutación de mis prejuicios, y me invita a disculparme no sólo con la astronomía, sino con José Luis Ferreira, Jack Rational y con Atilio, quienes pacientemente leen mis discursos, y saben siempre enmendarlos, refutarlos, trastocarlos; e incluso, sé que a veces encuentran algo valioso en ellos.

Estuvo nublado y no pude ver el fenómeno, pero la ciencia hace que mi visita en este planeta sea todo, excepto aburrida.

Yo, el peor de los astrónomos. Los sueños de la astronomía fantasiosa que viví en Milpa Alta fueron destruidos por esta imagen.

Con el permiso de la Madre Juana: mi trazo era el de una necia caravela errada perpendicular al horizonte tenebroso.

¡Salud y muy inquieta alegría!

jueves, 20 de agosto de 2009

Blanca crisálida de la inocencia terrible

Enrique Arias Valencia

Algunas cosas son, para todo propósito práctico, seguras. Si saltamos desde una ventana del décimo piso, podemos estar bastante seguros de que nos daremos un feo golpazo, no por la caída, como se dice, sino por la llegada.
Victor J. Stenger,
según traducción de Fernando G. Toledo


El poblado del sur de la Ciudad de México está enclavado en un cerro que saluda verde y pleno. Quiso la Providencia que el domingo pasado fuésemos mi hermano y yo a aquel pueblito que todavía conserva cierto aire de provincia, siendo ella un refugio para el alma que busca un poco de paz y armonía, ya perdidas en las grandes ciudades.

Era la fiesta de la Asunción de María. Quienes me conocen saben que si bien soy un rabioso ateo, por una razón de simpatía he querido ver en la Virgen María una metáfora de la pureza y del buen gusto, sin que por eso sea yo un hombre puro y de buen gusto, pues una cosa es el Dios, y otra su devoto.

Y es así que en torno a María se reúnen la ciencia, la música y la poesía. Para escándalo de propios y extraños, María representa en mi fuero interno la materia, pues ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma; y lo mismo pasa con la integridad de María. ¿Por qué soy capaz de hacer esa asociación, con base en qué patrón he establecido esta relación entre la materia y la Virgen María?

En tanto que los danzantes retornan de un viaje del que no fui testigo, tres bandas tocan en el atrio de la parroquia de la Asunción de María, en Villa Milpa Alta. De la primera fue la obertura Semiramide, de Rossini, de la segunda los Cuadros de una exposición de Mussorgsky, y de la última, el final de la Quinta sinfonía de Shostakóvich.

Y es así como entramos en materia. Las bandas de pueblo tienen un toque de sabia inocencia que prepara al alma para la experiencia de lo divino, esto es, la poesía. Y no fue casualidad que la segunda banda interpretase el finale de la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky, obra que en opinión del propio compositor retrata un sueño de demencia.

Vivimos en un mundo en donde impera la demencia: guerras, pestes, hambre y muerte. Vemos a los seres vivos evolucionar desde criaturas microscópicas hasta criaturas macroscópicas, adaptándose siempre para la guerra, devorándose unas a otras; unas en el papel de peste y otras en el papel de apestadas, unas muertas de hambre, con garras y colmillos, y otras muertas de hambre también, pero dotadas con pezuñas y aficionadas a la hierba. Y bien podemos decir así que “todos los seres vivos son mortales”.

¿Fue el mundo creado con inteligencia? ¿Fue el mundo creado? ¿Qué es la inteligencia? ¿Es esto todo lo que hay? Dice el alma embravecida: “Sólo un Dios demente pudo haber creado el mundo”. Y contesta serena la ciencia: “¡Ea, pues, salgamos a buscar al Divino!” Y la ciencia busca, y busca. Y Dios no aparece. En tanto, lo que sí aparece son evidencias de que Dios no existe.

¿Y si fue la naturaleza quien lo hizo todo? Creemos ver que la naturaleza ensaya una nueva creatura. La mariposa alza orgullosa el vuelo, y el instante siguiente es devorada por un pajarillo.

Y a pesar de todo, aun en este Siglo XXI, hay quienes todavía creen. ¡Seguro que habéis oído del diseño inteligente! Aquella vana opinión que sostiene que los seres vivos fueron creados con base en un plan, producto de la inteligencia. ¿Obró Dios con inteligencia al crear a sus creaturas? Ahí están los seres que nacen con limitaciones, más torpes o más débiles que sus congéneres. Mariposas que al salir de su capullo no pudieron alzar el vuelo, ballenas varadas en un arrecife porque sus aletas no eran lo suficientemente fuertes, mis propios ojos con espejuelos…

Y pues quien esto escribe ha querido expresar este desencanto del mundo en forma de una ironía filosófica, que al serlo, es completamente en broma, y completamente en serio. El etólogo Richard Dawkins sostiene que el cuerpo humano no nos aporta prueba alguna de diseño inteligente. Lo que vale para el cuerpo, vale para el cerebro. Lo que vale para cada cerebro del género humano, vale para el cerebro de Dawkins. Por lo tanto, por las pruebas que Dawkins mismo sostiene, en el cerebro de Dawkins no se distingue atisbo alguno de diseño inteligente. Luego entonces, en el cerebro de Dawkins no hay diseño inteligente distinguible. Ni una pizca, y él solito nos lo dijo.

Y el alma rebelde sentencia: “¡Ea, que la naturaleza es chapucera!” Pero no me he querido quedar a solas con esta impresión, y he salido a proclamarla a un foro ateo. Y hete aquí que fue en el excelente foro de Razón atea donde el brillante investigador S. Jarré me replicó:
“En realidad el chapucero (de existir) sería Dios, no la naturaleza. La naturaleza es una fuerza, un motor que inspira una simulación de creación bastante sofisticada valiéndose de siglos. Por eso, cuando se alude a que Dawkins mismo tiene un cerebro que no ha sido diseñado de forma inteligente, es totalmente cierto, no obstante, como buena simulación, sirve de utilidad para lo que se le pueda dar. Tanto Dawkins, tú o yo, tenemos un cerebro que es casi como un apaño evolutivo, que simula un diseño al igual que el resto del organismo, y en tanto exista esa simulación (que insisto: se generó a través de millones de años de continua evolución) en tanto existirá un atisbo de inteligencia que emane de la misma”.


¿De dónde procede nuestra capacidad de atribuir propiedades antropomórficas a la naturaleza? Chapucera, simuladora. También en Razón Atea, pero con una doctrina conocida como humanismo naturalista científico, Antonio Chávez Sánchez Silva tuvo a bien presentar la teoría de la agencia, cuyo concepto principal en breve, y según un diccionario de Internet quiere decir:

“Desde el punto de vista filosófico, se considera Agencia a la capacidad de un agente de actuar en el mundo; capacidad que incluso puede extenderse a entidades ficticias o no existentes. Esta capacidad de actuar no significa persé una dimensión moral específica para realizar un simple acto de selección para actuar, tema que es tratado por la agencia moral”.

La agencia es la capacidad de descubrir e incluso imponer patrones en el mundo que observamos. Los patrones no tienen existencia objetiva, y somos nosotros quienes los atribuimos a la naturaleza.

Entonces lancé en Razón atea esta pregunta: “¿Es chapucera la naturaleza o es una hiperactividad de la agencia decir eso de nuestra bella madre natura?” Con la respuesta de Jarré que vimos arriba.

Anthares, el bebé rebelde de Razón atea dijo: "No entiendo mucho lo de la agencia de Antonio". Y Antonio contestó: "Un buen ejemplo para enteder qué es: la capacidad de los infantes para darle vida a sus juguetes".

El ateo Atilio con interés científico formó un nuevo argumento, y un servidor lo resumió. Es así que pregunté a Antonio: “¿Tiene razón Atilio cuando sostiene que afirmar la no existencia de patrones en la naturaleza conlleva la refutación del principio antrópico fuerte, y es esto lo que sostiene el humanismo naturalista científico y su aparato del estudio de la cognición?” Y Antonio replicó: “Sí, es un modo de ilustrarlo”. En vista de nuestras constantes rencillas, a mí no me cabe duda de que a nosotros los ateos, el ateísmo es la diferencia que nos une. Pero por un instante, los rabiosos ateos hemos estado de acuerdo en algo. Vuelvo a casa renovado.

Enriquecido por la discusión, mi ateísmo estético es ahora capaz de advertir la terrible inocencia de la naturaleza. Ella es inocente de los pecados de Dios. La Naturaleza no es chapucera. Dada la agencia, la naturaleza es como Nuestra Señora, la Madre del Dios por quien se vive en su advocación de la Asunción de María. ¡Dios tiene un origen, y es la materia! ¡La materia es la madre de Dios! ¡Dios es hijo de María, quien hoy regresa contenta al Cielo, pues sabe que por fin he entendido que la naturaleza no es inepta! ¡Es tan difícil hacer a un lado los antropomorfismos! En mi alma, aun con todas sus garras y colmillos, el universo entero recupera su dignidad, su castidad, su blancura, su perfección, su orden y decoro (en realidad nunca los había perdido). Y esta ciencia inocente de la mariposa de blancura sabia, es en palabras de la poesía, boca de la Virgen, un secreto susurrado al oído atento:

Sábelo bien, tenlo por cierto,
hijo mío, tú el más pequeño,
que yo soy la Virgen perfecta
siempre Casta, María santa.

Cauce del verdadero Dios viviente
de la Causa cabe quien está todo,
sábelo bien que es mi vivaz retoño,
estampa fiel de aquel por quien se vive.

El autor del mundo y de su asunto,
Causa de las personas, en conjunto
el dueño en voluntad del firmamento,
Señor del cerca y dueño del junto,
y del Orbe terrestre, soberano dueño.

sábado, 15 de agosto de 2009

Noche de plenilunio en San Pablo Oztotepec




Enrique Arias Valencia

La primera vez que pisó la Luna un Homo sapiens yo no pude ver el prodigio porque esa noche me abandoné a los brazos de Amparito. Así me dijo mi abuelo en el pueblo de San Pablo Oztotepec... Mi interlocutor hace una pausa, y me muestra la Luna en su modesto telescopio. A continuación, añade con voz grave: “En octubre de 1917 el poeta Amado Nervo escribió el poema «El gran viaje», que en su primera estrofa incluye dos preguntas, un encabalgamiento, y una exaltada exhortación a la ciencia”:

¿Quién será, en un futuro no lejano,
el Cristóbal Colón de algún planeta?
¿Quién logrará, con máquina potente,
sondar el océano
del éter, y llevarnos de la mano
allí donde llegaron solamente
los osados ensueños del poeta?

Mi interlocutor continúa: “En San Pablo hay varios templos. Dos de ellos coronan cierta cima del cerro donde se aloja el poblado. Uno de los edificios es la pequeña capilla de Chalmita, al lado, la capilla abierta. Pareciera que la capillita data del virreinato, la capilla grande es más reciente, seguro que es del siglo veinte”. A doscientos metros de los templos, hollando el bosquecillo, podemos montar un improvisado observatorio, pues aquí las luces del pueblo son menos agresivas. La Luna de hoy es magnífica. Es una invitación a recordar la hazaña de hace cuarenta años. ¡Por fin el hombre había llegado a la Luna! Nervo no pudo disfrutarlo, había muerto en 1919. Mi amigo calibra su instrumento, y comienza a hablar de los cráteres lunares. De pronto su discurso se interrumpe: una bandada de murciélagos irrumpe victoriosa, y sus sombríos chillidos sobrecogen el corazón de los presentes. San Pablo Oztotepec significa “Encima de la gruta”. En el escudo del pueblo puede verse un glifo que quizá sea un murciélago dentro de una caverna.

¿Quién será en un futuro no lejano
el Cristóbal Colón de algún planeta?

¿Y qué sabremos tras el viaje augusto?
¿Qué nos enseñaréis, humanidades
de otros orbes, que giran
en la divina noche silenciosa,
y que acaso hace siglos que nos miran?

Al despedirse la bandada, no puedo dejar de pensar cómo es posible que en este milenio que nació cansado todavía nos sorprendan los seres vivos de nuestro propio planeta. ¿Cuánto más nos sorprenderían los seres vivos de otro sistema? Muchos de nosotros en nuestra cándida esperanza hemos querido ver en ellos a seres que serían mucho más inteligentes que nosotros. Amado Nervo también acarició esa idea, y así apuntó:

Espíritus a quienes las edades
en su flüir robusto
mostraron ya la clave portentosa
de lo Bello y lo Justo,
¿Cuál será la cosecha de verdades
que deis al hombre, tras el viaje augusto?

¿Con qué luz nueva escrutará el arcano?
¡Oh la esencial revelación
que fije nuevo molde al barro humano!

¿Quién será en un futuro no lejano
el Cristóbal Colón de algún planeta?

La visita de sabios del Cielo es un tema recurrente del imaginario colectivo. Da origen a la religión y a la más acendrada fantasía. También es la madre de los delirios más desbocados. ¿Cuántas personas no habrán visto por ahí, ya no digamos un ovni, sino un extraterrestre hecho y derecho con un mensaje sospechosamente humano, demasiado humano?

Y no hay nada más humano que el amor. Mi interlocutor no deja de suspirar por la ausente Amparito. Yo también alguna vez pude deslumbrarme con la luz de la ternura de Lísida, y fue en San Pablo Oztotepec donde culminó con un beso una conversación, una noche sin Luna en un café, con los templos de Chalma y Chalmita resguardando el paisaje de una fiesta mágica en el corazón de ayer. La fotografía la tomó ella, y data de esa fecha, por eso las nubes cubren el cielo, en contraste con la noche que redacté estas líneas.

Por cierto que Lísida nació un día de aniversario de la llegada del hombre a la Luna. Por eso, tras su partida, lo único que hice esa noche fue llorar su ausencia.

domingo, 9 de agosto de 2009

Homenaje palimpsesto a la Virgen María

Enrique Arias Valencia

Para Jimena, la hija de Manuel Millán, en su nacimiento

Magnificat
anima mea Dominum,
et exsultavit spiritus meus
in Deo salutari meo.

Lucas 1:46 &

En un muy interesante y muy divertido artículo llamado "Ateos por Jesús", el etólogo ateo Richard Dawkins, entre muchas ideas, afirma que "La religión motiva a las personas a flagelarse la espalda, o a prenderse fuego a ellas mismas o a sus hijas, a denunciar que sus abuelas son brujas o, en casos menos extremos, a permanecer arrodilladas semana tras semana durante ceremonias estupefacientemente aburridas". Como al final Dawkins suelta un juicio de valor, creo que puedo contestarle. ¿Son aburridos los cultos religiosos? He hecho la prueba tres domingos seguidos. Primero me fui al Santuario del Señor de la Cuevita, en Iztapalapa, a participar en una misa cuyo dato más característico consistió en que durante, me parece que el Ofertorio, una soprano cantó el Ave María de Bach-Gounod.

¿No es para estremecerse saber que Johann Sebastian Bach compuso un preludio en Do mayor, con el cual se abre su colosal Clave bien temperado, partitura que tras la muerte del compositor, y sabrá Dios cómo, fue vendida como papel para envolver? Varios años después, la esposa del músico Charles Gounod fue a comprar pescado, ¡y le empacaron su pedido con la partitura del Do mayor del Clave!

Al llegar a casa, la señora mostró a Charles la página. El maestro estudió aquellas notas, y tras deleitarse con su delicada belleza, sobre el preludio barroco, Gounod compuso la melodía de un Ave María. Por eso esta obra tiene dos compositores. ¡Se trata de un palimpsesto musical! Fue esta la pieza que escuché en una oscura iglesia el primer domingo de mi experimento.

El segundo domingo me fui a un poblado del sur del Distrito Federal, Villa Milpa Alta. No escogí el día, fue mera chiripa. Y hete aquí que era la fiesta del barrio, y la ceremonia fue llena de esplendores y colorido. Pueblo de reyes, barrio de espíritus de Dios. Ha sido la fiesta de la Santísima Virgen en el barrio de los Ángeles en Malacachtepec Momozco. La misa comenzó con aquel himno que reza:

Pueblo de reyes,
asamblea santa,
pueblo sacerdotal,
pueblo de Dios,
bendice a tu Señor.

Himno que tengo en grande estima y muy curiosa virtud, porque me fue presentado hace muchos años por el sacristán de la parroquia donde por primera y última vez tomé el sacramento de la comunión. Algo que me llamó la atención fue que no se rezó el "Yo pecador". Tras la misa, las danzas prehispánicas. Así es: el atrio del templo se despejó para que se presentasen hombres y mujeres ataviados con penachos de largas plumas, cascabeles en los talones y el taparrabos en su pundonoroso sitio. Al comenzar la ceremonia se enciende el enervante copal, se tocan las caracolas, se pulsan las conchas (una especie de bandurrias) y se entona una melodía que dice:

El Señor Momozco
esta tierra dio.
Toda en herencia
nos la entregó.


Por cierto que la caja de las bandurrias está formada por la concha de un armadillo. Y entonces comenzaron cuatro horas de danzas prehispánicas. Tambores de guerra, copal y casacabeles. Las plumas, los colores, los escudos, y el saludo a los cuatro puntos cardinales. Y nada más tocar este asunto de los cuatro puntos cardinales, deja de ser aburrida la religión. Resulta que los frailes que llegaron a México tan sólo terminada la conquista, tuvieron a bien permitir a los arquitectos indígenas participar en la construcción de los primeros templos católicos de la Nueva España, y por eso, quienes elevaron todos los edificios religiosos del México del siglo XVI e incluso varios del XVII, fueron artistas que estaban iniciados en las artes secretas de la geometría, y una de las cosas que hicieron fue trazar la planta de los templos cristianos con una perfecta orientación mesoamericana. El templo donde me encontraba tiene una fachada que mira al Occidente. Cuando los danzantes hicieron el saludo a los cuatro puntos cardinales, sus plantas se desplazaron por un espacio sagrado, un cuadrado que había sido dibujado con varios siglos de anticipación por sus antepasados. Esto no sucede en todos los templos de México, así, por ejemplo, la fachada de la muy noble y muy criolla Catedral Metropolitana, mira al Sur.

¿Por qué es interesante que la fachada de un templo del Centro de México mire al Occidente? Si nada más fuera esto, la cosa no despertaría ningún interés. El caso es que cuando miramos la portada de muchos templos del sur de México, tras dicha fachada se recorta la silueta de la que según la leyenda, es la pareja del Popocatépetl. El efecto es impresionante en San Bernardino de Siena, en Xochimilco. La montaña pareciera ser el marco perfecto del templo. Hoy todavía llamamos Iztaccíhuatl a ese volcán, nombre que quiere decir: La mujer que duerme. Visto en conjunto, un templo del siglo XVI, con su planta indígena, su iglesia católica y su marco de volcán, es todo un palimpsesto del paisaje.

¿Forma parte del culto la planta del templo? Indudablemente. El atrio de un templo mexicano es literalmente la pista de baile de danzas sagradas que antecedieron al cristianismo en América por varios milenios, y sus movimientos están determinados por la cuadratura de la tierra y los astros del cielo. ¡Para un danzante la Tierra no puede ser redonda! En nuestro muy querido México sabido es que debajo de muchos templos cristianos, está un templo indígena, perfectamente orientado, como el templo de la superficie. Un palimpsesto arquitectónico.

El estandarte de uno de los danzantes está ornamentado por el anverso que muestra a Jesús resucitado; sin embargo, el reverso ostenta un precioso Tláloc azul, dios de la lluvia y Muy Señor Nuestro. Sincretismo hermoso, celebrado con embeleso, palimpsesto religioso.

Danza que danza una señora con su hijita en brazos. Es increíble que en medio de tan intensa actividad la niña ni se inmute. Pero cuando la tía la toma un momento, la bebé despierta y rompe a llorar. Regresa a los brazos de su madre.

Los giros de los danzantes hipnotizan, los tambores de guerra predisponen al corazón para un combate imaginario, los cascabeles nos comunican un mundo trascendente que habla el lenguaje directo de la Voluntad; los movimientos de los brazos y las piernas, los gritos, los pasos, y el copal nos rinden a los brazos de la naturaleza del espíritu. De vez en cuando un danzante rinde reverencia a Ometéotl, "que es Dios". Tampoco faltan las referencias a Tonantzin, nuestra madrecita. ¿Aburrido? ¡The God Delusion es refutado con pasos de baile! Al final, el más anciano de la tribu toma la palabra, para cantar a capella:

Ya se va la danza azteca
Ya acabamos de danzar.
Para el año venidero
sabe Dios quién volverá.

Ya nos vamos, madre mía.
Nos vamos a retirar.


Debajo del texto latino de la fiesta dedicada a Santa María de los Ángeles está escrito otro texto, no con alfabeto latino, sino con pictogramas mexicas.

En más de un sentido, el objeto de la poesía de la que el viejo danzante hace eco consiste en pintar los emblemas de un mundo sombrío. Siglos atrás, ya Nezahualcóyotl, el rey poeta, cuyo nombre significa Coyote que ayuna, natural de estas tierrras, había advertido la impermanencia de todos los seres del mundo, en el poema "Yo lo Pregunto", y que en la escuela me hacían recitar, cosa que evitó que me aburriese en horas de clase:

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de obsidiana se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.

El misterioso sonido del aliento de las caracolas me da estéticos escalofríos. Cuando los danzantes se dirigen al interior del templo para dar gracias, uno de ellos toma la palabra y sentencia: "Vamos a dar gracias a Dios, que en última instancia no tiene forma ni espíritu". Tras escucharlo, cursi como soy, me arrodillo gustoso con ellos. Quizá aburrirse sea cuestión de temperamento. A mí, la mera verdad, no me aburren varios rituales religiosos. Y para volver a probarlo, el tercer domingo fui a una parroquia que tengo muy olvidada, ahí donde canta la Sociedad Coral Cantus Hominum. Y de nuevo fue la maravilla y la gracia, el altar y la música. Una de las partes del rito católico fue engalanado con el Ave María de Jacques Arcadelt. Una de las mejores vacunas para el aburrimiento es mi permanente ignorancia. Grande fue mi sorpresa cuando, platicando con el director del coro, yo sostenía con gran necedad que dicho Ave María es contrapuntístico, y Leonardo me corrigió, (con un paternalismo que me recordó a nuestro Atilio) haciéndome ver que el Ave María de Arcadelt está compuesto con base en la armonía, y no el contrapunto. El Ave María de Arcadelt hace que sean verdad las palabras: "París bien vale una misa". Voz sobre voz, me arrodillo frente al arte de las divinas armonías, palimpsesto de voces.

La comunión fue cantada por la hija de Leonardo, y fue así que su dulce voz de niña dio vida al Ave María de Schubert, el cual me sirve para cerrar este homenaje a la Virgen con este paralogismo: para este irracionalista embravecido, la Virgen María es una metáfora perfecta de la ley de la conservación de la materia. Por lo tanto, si la Virgen María es la madre de Dios, y María es metáfora perfecta de la materia, palimpsesto juguetón, luego la materia es la madre de Dios. A que sí.

miércoles, 15 de julio de 2009

Sacramento ante un ateo en San Agustín el Alto

Enrique Arias Valencia

Nos diste Señor el pan del Cielo,
que en sí contiene todo deleite.
Verso que se canta en la procesión


La visita del Santísimo Sacramento en San Agustín el Alto es todo un acontecimiento. Altivo, el ateo Atilio alega que hay esculturas de yeso del cristianismo que repugnan por su fealdad. Sin embargo yo, que me he atrevido a nadar en las nada claras aguas de la religiosidad popular, he llegado a vislumbrar una rara belleza en el burdo despliegue estético que acompaña a la fiesta en un barrio de pueblo. La familia Pérez Villanueva me recibe en su casa sin haberme visto antes. Vengo con los peregrinos. Al salir del hogar, una anciana me regala un dulce y un vaso de atole. Métrica ingenua, decepción del gusto, las canciones populares evocan un mundo bucólico, en el que las fuerzas que se enfrentan tienen colores que tan sólo advierten el blanco y el negro:

El Diablo está enojado, hay una razón,
el Diablo está enojado, hay una razón,
Cristo vive en mi corazón y mis pecados
son perdonados.


El monoteísmo, antesala del ateísmo, distingue el ontólogo de la materia. ¿Tiemblas osamenta? ¿No es para estremecerse cuando la devota ingenua se arrodilla y frente al Santísimo Sacramento del Altar exclama lacrimosa: “Quiero darte gracias por las dudas, las decisiones, las penas y las alegrías”? Es la misma fórmula que, algunas semanas atrás, mi consejera espiritual me sugirió hacer, invitación que me hizo retroceder horrorizado, pues algo hay de luciferino en mi espíritu, que se niega a ver la enseñanza de las penas. Quizá el pueblo sea más sabio que los ateos irracionalistas. ¿Cuáles son las razones para que el Diablo esté enojado? ¡Mientras no sea una razón atea! La razón tiene sentimientos que el corazón desconoce. Y que luzca en mí la azulada luz de Luzbel.

En los Cielos y en la Tierra
sea por siempre alabado
el corazón amoroso
de Jesús sacramentado.


Yo, el peor de los ateos. ¿Qué es más fea, una tristeza profunda e irremediable o “una grotesca figura a la que el pueblo adora y le atribuye poderes milagrosos”? Es el Jubileo 2009. En la mañana, he visto partir cantando a varios grupos de muchachos de la Parroquia de la Asunción, en Villa Milpa Alta. Su juventud garbosa porta el Santísimo Sacramento por las calles de un poblado pintoresco. Me dirijo a un cyber café para postear mi artículo “¿Ha dicho Reli… qué?”; y los he encontrado o han salido a mi encuentro cuando llegué al templo de San Agustín el Alto; tejado de barro, altar a un Dios desconocido. Son jovencitos ataviados de blanco, que con cantos y entusiasmo, anuncian el Jubileo. Sucede la escena de la anciana. Por gracia recibo mi bebida y mi alimento. Una bebé me sonríe desde los brazos de su madre. Por un instante, la Providencia, que por eso se llama así, entrega gratis todo. Mis necesidades afectivas son resueltas sin que yo haga el más mínimo esfuerzo por merecerlas. Al escuchar mi lamento de carencia y necesidad de amor, Dios me acepta tal como soy. Mi ateísmo irracionalista es un cristianismo mogollón.

Parto al monte de Santa Ana Tlacotenco. En lontananza, los volcanes me parecen infinitos. Alguna vez, el purpúreo trazo de la naturaleza fue reclamado por un Dios Creador y muy altivo. En un mirador están las últimas personas con las que tendré contacto durante la próxima hora. En uno de los extremos de la carretera, un joven de torva mirada aparenta realizar ejercicios calisténicos.

Entre los matorrales tomo un sendero y los trinos de las aves y el murmullo de lo que el oído me sugiere que es un arroyo lejano o las hojas de los árboles agitadas por el viento son la imagen y semejanza de mi única compañía.

En un paraje silencioso, noche de por medio, creo ser observado. Alzo la mirada, y en la cima de una colina, me sorprende la figura de aquel mozalbete que es casi un vagabundo. ¡Me había estado siguiendo, y al saberse descubierto, decide comenzar la cacería! Trato de huir, sin embargo, el joven tiene ventaja, pues domina el terreno desde arriba, y lo que a mí me cuesta diez zancadas, a él le bastan unas cuantas pisadas. El miedo me hace correr despavorido, y al alcanzar la carretera, intento detener un taxi, pero éste pasa rapidísimo. Debo ser todo un esteta o el más imbécil de los cursis, porque a pesar de mi desesperación, durante la persecución puedo escuchar con satisfecha curiosidad el donairoso crujido de las hojas secas que nuestros pasos pregonan jubilosos. Es todo un himno a la vida. En menos de un minuto llego donde la gente del mirador. El joven ya no me sigue. La misteriosa aparición del astuto bribón me recordó la de aquel furioso Cancerbero en Tlayacapan. Ambos me habían impedido avanzar hacia la naturaleza virgen.

Eterno retorno a Villa Milpa Alta. Después voy al mercado a cenar. Ahora que estoy a punto de regresar a la ciudad; también los he visto marchar de vuelta a la Parroquia de la Asunción de María. Son los chicos del Jubileo, aquellos a quienes seguí en su procesión, Santísimo en mano, la ropa blanca, la guitarra y el pandero. Aplausos y risas, canciones y gestos. En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche trata de explicarnos el fenómeno a partir de su metafísica de artista:

“Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica. Al igual que ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses”.


Pero, ¿qué puede la religión ante el embate de la ciencia? Las tres ocasiones que encontré a los jovencitos del Jubileo fueron meras coincidencias. Nada significan. Son cuestión de estadística. El Creador no juega a los dados con el Universo, dado que no hay Creador; antes bien, el universo mismo, si se me permite el desliz, juega un juego sin sentido ni finalidad. Si el azar no existe, tampoco existe la chiripa. Hay una razón que lo explica todo. La belleza misma es medible, cuantificable, explicable. Lo que hace el pueblo no es arte, es artesanía. El pueblo no tiene religión, tiene superstición. Dios se desploma como consecuencia de los movimientos de lo real.

Rebasado por las razones del ateísmo, y como nos lo hace notar el poeta Javier Sicilia, con su cruz convertida en un graffiti, nuestro Jesús en su postrer sacrificio se reduce a la nada, para consumir su alma transfigurada por última vez, y un instante antes de que su grito sea ahogado por el abrazo mortal de la razón, nos damos cuenta de que él también, como cada uno de nosotros, es, en palabras de la Madre Juana

la sombra fugitiva,
que en el mismo esplendor se desvanece.

viernes, 22 de mayo de 2009

Ante el volcán


Enrique Arias Valencia

Una catarina de belleza inusitada, carmín encendido, atrapa mi mirada. De pronto, el poema se interrumpe, o mejor dicho, cambia de tono: la tierra tiembla. El fenómeno me sorprende en una ladera, ascendiendo el volcán Teuhtli, desde la cara que mira a Villa Milpa Alta.

Sé que los ateos no debemos tener ciertos sentimientos, pero ahora estamos solos yo y mi alma. Es así que mientras dura el movimiento, me invade una sensación de misticismo: no se escucha ni un solo ruido, pero siento cómo se balancea el terreno. Algunas pequeñas rocas se deslizan con una suavidad surrealista: lo hacen mudas, sin encontrar con qué hacer ni el más leve murmullo. Ni un solo sonido, sólo mi corazón que late con fuerza, rendido al supremo poder de la naturaleza. Es un temblor que me comunica con el silencio primordial, con la nada. Hasta ahora, los temblores de los que había tenido experiencia habían sido en comunidad. Ahora, esta soledad buscada me premia con una oscilación que podría traerme la muerte.

Hace unos días le confesé a mi consejera espiritual que me parecía que mi vida no tiene sentido. ¿Y si fuese aquí, despeñándome desde este solitario paisaje, como todo terminara para mí? Allá está el camino horizontal que la lava labró en el volcán. Hubiese bastado que el terremoto me hubiese sorprendido ahí, para que mi caída hubiese sido mortal.

En vez, de eso, alcanzo la cima. Rodeo el cráter, descubro al guardabosques de Tulyehualco, quien me pregunta que cómo me fue con el temblor. Platicamos brevemente sobre el caso; él me asegura que en el volcán no se sienten los terremotos, que éste había durado veinte segundos, y que estuvo muy duro.

Desde la cumbre pueden verse San Antonio Tecómitl, San Francisco Tecoxpa, San Jerónimo Miacatlán, San Agustín Ohtenco, San Juan Tepenahuac, Villa Milpa Alta, Santa Ana Tlacotenco, San Lorenzo Tlacoyucan, San Pedro Atocpan, San Pablo Oztotepec, San salvador Cuauhtenco y San Bartolomé Xicomulco. Al darle la vuelta al cráter, aparecen San Gregorio Atlapulco, San Luis y Tulyehualco, En lontananza, se distinguen Iztapalapa, Xico y Mixquic. De manera macabra, la bruma cubría la ciudad de México. ¿Habría desaparecido, devastada por el temblor, en tanto que el volcán Teuhtli soportó heroico su embate?

El guardabosques me facilita instrucciones para que yo pueda bajar al cráter del Teuhtli de la mejor manera. Una vez ahí, literalmente el volcán me rodea por completo. Es la primera vez que estoy en el centro del cráter. ¡Lo que hubiera dado porque el temblor me sorprendiese aquí! ¡Solo, en un volcán! Incluso, morir tragado por la tierra del Teuhtli durante la sacudida. ¡Qué poético! Pero la vida, mi vida, hace mucho tiempo que dejó de ser poética…

domingo, 8 de marzo de 2009

San Lorenzo Tlacoyucan

Enrique Arias Valencia

¡Yo viví en Milpa Alta diez años, los mejores de mi vida, se lo aseguro! Mirándome con cara de pocos amigos, el viejo dejó de fumar su pipa, y agregó: “¿Y qué lo trae a usted a San Lorenzo Tlacoyucan?” Le extendí la mano y repliqué: “Vine a visitar al presbítero del templo, el Señor Cura Don Fernando G. Esquivel Juárez. Sí, ya sé que tratándose de un sacerdote su nombre es un tanto cuanto irónico, usted sabe, vivimos en el México del muy anticlerical Benito Juárez”… Tosiendo, el viejo volvió a soltar su pipa, y rió a carcajadas, tras lo cual sentenció: “¡Creí que el nombre le resultaba irónico por tratarse de un tocayo de Fernando G. Toledo, vuestra merced ya ha de estar enterada, el famoso ateo de Internet, quien se diferencia de su primo por ponerse sólo la G de Gabriel!”…

No lo dejé terminar. Su respuesta me dejó frío. “¿Conoce usted, al señor Toledo?” Le pregunté atónito. El viejo se quitó las botas y les dio un largo soplido. Una fugitiva nube de polvo salió en dirección contraria a nosotros. A continuación me tomó del brazo y me contestó: “Tanto como conocerlo en persona, no. Ya ve que en estos tiempos el mundo se ha vuelto muy pequeño, y muy ateo. Gracias a Internet ya sé visitar foros y conjugar verbos: ‘Yo soy ateo, tú eres ateo, él es ateo, nosotros somos ateos’. Nunca participo en ninguna discusión electrónica, pero desde aquí, desde mi parcela ejidal, defiendo el ateísmo como si de una trinchera se tratase”. Miré su seca y desolada tierra. En el tejado de su cabañita se asomaba una antena de conexión inalámbrica. A varios kilómetros de distancia, no se veía un alma, ni siquiera la nuestra, porque el alma no existe, eso ya lo sé muy bien. Aquí Pedro Páramo saldría de su confusión, seguro que sí. El viejo continuó con su interesante monólogo.

“¿Ha visto alguna vez el pequeño museo de idolitos mexicas que el Señor Cura se ha montado en su despacho? Es muy completo. Un día de mi lejanísima juventud, tras haber visto más de trescientas figurillas, no pude aguantarme las ganas y pensé: Seguro que al menos uno de estos pinches cabrones sí representa al verdadero Dios. ¡Son muchísimos y muy variados! ¡Cuánta imaginación tenían los mexicas! Por estadística, de existir Dios, está en una de las vitrinas del despacho del Señor Cura. Cuando se lo conté a doña Macuquita, la cruel viejita fue a exigirle al Señor Cura que me excomulgase. Yo me reía mucho, pero cuando vi a los macheteros afilando sus instrumentos, tras salir de una asamblea donde la Macuquita, harto me asusté. Desde entonces no me paro en la iglesia”.

Rete bonito que se ve el Teuhtli desde aquí, ¿verdad? Son fregaderas eso de que en las fotos salga así, pequeñito. Es un volcán en escudo, soberbio y majestuoso. (El viejo era un convencido enamorado del paisaje milpaltense. Chupó con nostalgia su pipa). En ese momento nos interrumpió un niñito desnudo, que al acercársenos comenzó a gritar: “¡Nican Mopohua!”, y se echó a correr. El viejo se quitó el cinturón, y dijo: “¡Nieto miserable, mas ahorita vas a ver!” Pero el niño trotaba feliz como un corcel endemoniado entre el deslucido maizal, y el pesado abuelo no pudo darle alcance.

El viejo se sonrojó: “Usted disculpe, estos niños creyentes de hoy no saben darnos buen ejemplo a los ateos de ayer. Richard Dawkins nos la pone fácil. Dice que no hay que hablarles de Dios a los niños. Yo nunca les hablé de Dios a mis hijos, pero aquí en el campo se les aparece por todos lados. Lo ven en las nubes, en la lluvia, en los maizales, en la tierra, en el Sol, en la Luna. Debe ser cosa de nuestros antepasados indígenas, porque un día hasta yo creí verlo, y tuve la imprudencia de despertar a mi nieto al amanecer: ‘¡Mire, Henry, qué bonito está el cielo! ¡Para mí que así es Dios!’, le dije emocionado, porque las nubes estaban aborregadas, rosa del amanecer. Yo lo decía en sentido metafórico, digamos poético, porque se veía muy bonito el firmamento, era Cosmos y no caos; no que en la iglesia le ponen a uno una estatuilla de San Martín de Porres. Pero debo de ser muy mal poeta, porque mi nieto ya no terminó de escucharme; rasgó sus vestiduras, se arrojó un puño de tierra en la cabeza y salió a buscar a Dios”.

El chamaco dice que lo encontró en la lengua. Vuestra merced sabe, aquí en Milpa Alta la lengua es muy importante. A mi nieto se la enseñaron en el Calmécac, el edificio donde se preservan las vetustas enseñanzas de los naturales de estas tierras. Por eso mi niño no se cansa de repetir:

Nican mopohua, motecpana,
in quenin yancuican
hueytlamahuizoltica monexiti
in cenquizca ichpochtli
Sancta Maria Dios Inantzin
tocihuapillatocatzin, in oncan Tepeyacac,
motenehua Guadalupe.


“¡Hasta se lo sabe completo! Los jóvenes son tan cándidos. Vuestra merced perdone, Don, pero ya ve qué irreverentes son los chiquillos de hoy. No saben respetar a sus mayores. No crea que mi nieto está siempre así de alebrestado; también sabe ser melancólico, y entonces se pone a repetir la frase: ‘Algún día’ con la mirada casi vacía. Y agarra una cara como la de un comediante que me pareció haber visto en YouTube. Yo cuando lo veo así, no sé porqué pienso que todos nosotros sólo somos reflejos de personas que viven en un universo paralelo a éste, algo así como los multiversos dichosos de Richard Dawkins. Hasta el Señor Cura Fernando G. Esquivel, de este pueblo de Tlacoyucan, debe tener su contrapartida en algún universo paralelo, muy cercano a éste. O quizá, en cierto nivel, usted, mi nieto y yo sólo seamos personajes de una historia mal contada. ¡Quién sabe! Pero no me haga caso su merced, que estas últimas sólo son figuraciones mías, y nada tienen que ver con mi ateísmo racionalista.

Cuando se enteró de la conversión de mi nietecito, doña Macuquita se ofreció a ser madrina de primera comunión del escuincle. Su servidor no asistió, porque como ya le digo, yo no me aparezco en la iglesia por temor al linchamiento. Y eso que en la fiesta no faltó el estridentista que gritara: ‘¡Viva el mole de guajolote!’ Con lo que me gusta el mole. El platillo lo trajeron del pueblo de San Pedro Atocpan, ansina allá, tras lomita”.

A decir verdad, no creo que al viejito lo linchen por ateo. Aparte, a mí me asombra que su nieto se sepa de memoria un discurso en náhuatl, aunque la queja del abuelo es que se trata del texto que narra las apariciones –supuestas apariciones, Dawkins y amigos Dixit– de la Virgen de Guadalupe, la Señora del Cielo quien, si me permiten un fragmento en una pasadera traducción versificada, sabremos que a Juan Diego aseguró:

Sábelo bien, tenlo por cierto,
hijo mío, tú el más pequeño,
que yo soy la Virgen perfecta
siempre Casta, María santa.

Cauce del verdadero Dios viviente
de la Causa cabe quien está todo,
sábelo bien que es mi vivaz retoño,
estampa fiel de aquel por quien se vive.

El autor del mundo y de su asunto,
Causa de las personas, en conjunto
el dueño en voluntad del firmamento,
Señor del cerca y dueño del junto,
y del Orbe terrestre, soberano dueño.

Por eso es, ahora te digo
que mucho, quiero
que mucho deseo
que aquí, elevado cerro
bien pronto levanten
mi casita bienaventurada.
Mi sagrada ermita,
mi templo, mi casa.


Quizá ni el viejo, ni yo, ni nadie tenga la más remota idea de lo que es “El Dios del cerca y del junto”, pero este nombre siempre me conmueve. ¡Es tan mexica! Acusa al Dios que está en este mundo, muy cerquita, casi una ironía. ¡La ironía del nombre! Con G de God, con G de Guadalupe, con G de Fernando Gabriel. Yo también me diferencio de “otro” Enrique Arias Valencia por una G; pero en este caso él la tiene y yo no, su nombre, por exceso del mío es Gerardo Enrique Arias Valencia, y es político. Ignoro si somos parientes.

Sé que muchos mexicanos estamos decepcionadísimos de Dios, pero la Virgen de Guadalupe es otro asunto. Su imagen es sagrada por misteriosa, arte del Nahui Ollin, cuatro rumbos del Orbe terrestre, proporción de oro, regalo de rosas. Muchas cosas más platicamos el abuelito y yo mientras los cohetes de la fiesta del pueblo interrumpían con sus devotos chirridos nuestras muy ateas voces. Cuando me despedí del anciano, el Sol ya era poniente. Y eso es lo que aproximadamente significa Tlacoyucan: donde se pone el Sol.

Ocaso de los dioses, sonrisa de la Virgen, feliz domingo para siempre, amén.