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viernes, 11 de noviembre de 2011

jueves, 15 de septiembre de 2011

domingo, 18 de julio de 2010

Dios de los Estetas

Enrique Arias Valencia

Lámina sirva Universo a la imagen. Luego, ésta tendría 30 mil millones de años luz de diámetro. En este colosal lienzo Universo al menos hay un esteta que no ha tenido manera de encontrar el bien y el mal. A cambio, es capaz de percibir lo bello y lo feo. No obstante, el Dios de los estetas ha sido muy estricto con nosotros, y nos ha ordenado que no rechacemos lo feo por feo, sino que admitamos que aun lo feo tiene su buen lugar en la experiencia estética. Incluso, a veces lo horrible nos brinda una lección que lo bello jamás podrá dar. Por lo tanto, el Universo estético sólo estará completo si se reconocen lo bello y lo feo, por lo menos, y no se les mira como opuestos, sino como complementarios.

Pórtico, que si es siglo, pasa, pues el siglo es lo que se desvanece en la marea del devenir. En este sentido, el mundo sobrevenido es un amasijo de confusión, como nos lo hace saber la Madre Juana Inés de la Cruz en El Divino Narciso:

Tiempo que siglos son,
selva que es mundo.

El siglo es lo mutable, lo cambiante, lo veleidoso. Por eso es una selva, porque la selva representa lo incomprensible. Sin embargo, para comprender esta selva, podemos recurrir a la investigación científica. Digamos como ejemplo, que con la ayuda de un genio como Humboldt podemos abrirnos paso en la selva para saber qué hay en ella.

Cálices cautivos, la lección del sufrimiento. Lo dijo Jesús en aquella representación que alcanzó matices de redención: “Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Cálices cautivos de este cáliz altivo. El Dios de los creyentes es, en cierta forma, altivo: exige un sacrificio absoluto, y al profeta de la tierra prometida le había advertido que era un “Dios celoso”. La discreta paradoja consiste en que la casa del Dios celoso es la amorosa madre que, en tanto que fenómeno estético, nos recibe como un edificio perfecto:

Círculo desplegado en esfera.
Búcaro de las rosas castillas.
Céntricos diámetros de aljófar.
Cúpula de esplendor auspicioso.
Bóveda que despliega su curva:
Basílica del amor más hermoso.

Crátera, que si el dolor es siglo, el dolor pasa. Como pasó el amor de Lísida, como para la madre Juana se fue el amor de Laura. En la pluma inmejorable de la Musa Décima:

Muera mi lira infausta en que influiste
ecos, que lamentables te vocean
y hasta estos rasgos mal formados sean
lágrimas negras de mi pluma triste.

Cúspide, la pasión del pensamiento. ¿Qué no nos ayudan las emociones a decidir? Mientras la razón evalúa, el corazón ya ha decidido: el de algunas almas será para abandonar; a otros nos tocará odiar. Sin embargo, del arte es la promesa de redención. Algún día será verdad que lágrimas despidan al extinto duelo, y entonces será que, como dije hace poco:

Tíbares de la alegría más gustosa.
Campánulas que repican al vuelo.
Cósmicas si se escuchan graciosas;
mídanse y serán diminutas;
escúchense y entonarán magna gloria.

Sílfide alma, es el consuelo, de la música, de la religión, de la filosofía. En mi caso, “ateo místico”, significa, amén de mi ateísmo, que soy capaz de reconocer mi innegable herencia cristiana, que se mueve en mi mente como bello horizonte de poesía. No soy tibio, yo ya me decidí: Dios es para mí un personaje poético, poeta de un poema llamado mundo, que sólo se hace espantoso en el dolor de su ausencia. Hago mías las palabras de Jesús: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Dios ha muerto, sí, pero yo lo extraño como a un amante muerto. Por tanto, mi alma es la viuda de Cristo. ¡Ah, si Dios hubiese tenido la fineza de tener esencia!

Gótica gala en la argamasa. Exultante estoy en la fotografía. Espadaña peraltada con tres arcos de campanario, y sobre ellos un cuarto arco: una breve hornacina. Es el templo de El Rosario, la capilla más bella de Tlayacapan, la cual dibujé completamente ebrio, tratando de olvidar la partida de Lísida. Una niñita se acerca a ver mis desgarbados trazos y me pregunta: ¿Por qué dibuja esa capilla? Un niñito interviene y le contesta a la escuincla: “Porque las capillas de Tlayacapan son muy bonitas, ¿qué no lo sabías?” Al terminar el feo boceto, he decidido ir a comer algo. Es así que desayuno un tlacoyo de Tlayacapan aplatanado en un platón de Talavera. Y todo esto revela influencia nahuatlata. Allá en la capilla, la cocoxóchitl está de gala en la argamasa. Es un fin de semana de 2009: rapsodia sobre la plenitud del atlas de Tlayacapan. He podido visitar todas sus capillas. En la capilla del Tránsito el paisaje es también un jagüey. En el utópico poblado, enormes rocas volcánicas conforman la cañada: un estanque sulfuroso. Algún día, cuando todas las lágrimas se descubran como ríos que desembocan en el mar de la alegría, jugaré de nuevo contigo en el jardín sagrado.

Tránsito de aquel que atiende al alto ruego. Estoy enamorado de los volcanes y de las montañas que conforman el centro de México. Mentiría si dijese que los conozco todos. ¡Son tantos y se alzan infinitos! San Martín está abierta. Estoy en el campanario. Puedo ver el Popocatépetl con fumarola y a San Juan Bautista con espadaña. La Luna, el Sol y el Cerro de la Ventanilla; la capilla de El Rosario, que acabo de retratar. Tlaxcalchica, la más pequeñita, voces lejanas de bebés. Santiago, visitado por ebrios en el atrio, no los condeno. Mi nombre es un graffiti en la Biblia. En lontananza de tiempo y espacio, desde el Bosque de Nativitas, en Xochimilco, se divisan Topilejo y Parres. Un volcán que supongo es el Tláloc. Entre tantos cerros, valles y cuencas no puedo evitar pensar en lo que dijo Arturo Graf: “La existencia es un viaje en el que no existen los caminos llanos: todo son subidas o bajadas”. Frase que también me recuerda mi persistente asombro para con el mundo: jamás me aburro, no puedo aburrirme: el horror y la dicha me lo impiden. A Milpa Alta llego para ver el final con mariachi del recorrido con el Santísimo Sacramento el 10 de julio de 2010. Es la fiesta de la Purísima e Inmaculada Concepción. La siguiente semana será montar Alondra, y galopará con fuerza hasta que lleguemos al establo. Alguna vez, en Tlayacapan, un caballo me impidió ascender hasta la cruz del cerro de la Ventanilla. Fue mi Cancerbero equino: tímpano que relinchó en el monte. Hoy celebro la montada de Chabelita, Moztaza y Alondra, por mencionar a los más queridos. A veces, quisiera que mi vida tuviese plenitud, como dijera Alfred Víctor de Vigny: “Una vida lograda es un sueño de adolescente realizado en la edad madura”. ¿No es éste el misterio de Santa Catarina? Y con la venia de la madre Juana, quiero orar así al Dios de los estetas:

No pescuden más,
porque más no sé,
de que es Catarina,
para siempre. Amén.

viernes, 10 de abril de 2009

Dibujos de Tlayacapan 3

De Äriastóteles Platónico


Santa Cruz Tlazclachica es la ermita más pequeñita. Está en una esquina. Su nombre en náhuatl quiere decir pan de maíz, que en el México actual se llama tortilla.
Enrique Arias Valencia, Nueva magia de Tlayacapan

jueves, 9 de abril de 2009

Dibujos de Tlayacapan 2

De Äriastóteles Platónico


El Rosario

El Rosario es la capilla de la portada más bella, por las proporciones de su espadaña y su arco bajito.
Enrique Arias Valencia, Nueva magia de Tlayacapan

miércoles, 8 de abril de 2009

Dibujos de Tlayacapan 1

San Miguel






Tras visitar una diminuta ermita y asombrarnos con las espadañas y almenas de otra, gentil, mi acompañante me ofreció un jugo y una bolsa de empanadas. No nos sentamos a comer, seguimos nuestro paseo. En una de las escenas más bonitas, con una cascada de buganvilias blancas en los muros, deambulamos bajo sendos arcos de los contrafuertes laterales de San Miguel, una capilla de fachada casi triangular. Sólo ella sabe que no miento cuando cuento que hasta un majestuoso pavo real nos sorprendió en el camino.

Enrique Arias Valencia, La magia de Tlayacapan

martes, 31 de marzo de 2009

Nueva magia de Tlayacapan

Enrique Arias Valencia


Para mí el arte es una analogía de la Creación de Dios, un acto de la encarnación en pequeño en que contemplamos, aunque el artista lo ignore, algo de la belleza del verbo.
Javier Sicilia


Hoy que mi voz se diluye en vuestra memoria, puedo ya expresar sin sonrojarme que yo soy a la religión y el ateísmo lo que la inquieta ambivalencia es a la positiva sensualidad. Y no hagáis mucho caso a aquel que dijo que al tibio el mismo Dios en persona lo vomitaría, pues puedo aseguraros que en ambos casos me comporto de una manera muy ardiente.

Por eso, no tengo recato en ser un ateo que de vez en cuando sale a buscar a Dios en un poblado lejano, con todo y vano empeño capaz de encontrarlo en una coqueta capillita, y a la sazón increparle su tan invisible amor y en seguida partir hacia un nuevo encuentro de pasión, ya que antes que ateo o siquiera agnóstico soy un irracionalista, pues yo soy una cosa, y la razón es otra. Hoy les prometo que los nombres de los templos que les doy en esta reseña están muy bien cuidados, y sólo se desliza una confusión con la atribución correcta a la misteriosa capilla de los Reyes, que he revisado ya, a otros viajeros también complica.

Hoy sé que la capilla ardiente de la divinidad que durante mi visita anterior la bebé gloriosa me señaló en lontananza aquella tarde gris de gris matiz es la de la Natividad. Con ollas a manera de macetas en el atrio, arco atrial con piedras de río, corona de macetas, cruz de Jesús y cerrada con breve candado. Presidida ésta por una capilla que sólo es espadaña, “De la Concepción”.

Me presento ante esa gigantomaquia atrial de arcos y columnas dóricas, que con su Cancerbera reja impide el paso a Santiago, coloso de dos torres. Hoy no he visto al pavo real, seguramente lo han puesto a la leña y lo han cenado. Gracias a las indicaciones de los lugareños, arribo a una capilla diminuta en su pequeñez que parece ser la de Los Reyes, con un árbol seco que la preside en color hueso; candado insalvable, inexplicable olor a canela. Unos niños me dan las señas para llegar a la así llamada capilla La Cruz, amarilla y fea, pues fue construida durante el horrible siglo XX.

Pero no todo está perdido, pues hoy sí pude entrar al templo de San Juan Bautista. El triángulo domina el conjunto de la fachada, ya que el colosal edificio indocristiano tiene contrafuertes triangulares, con arcos de medio punto al centro, como es la costumbre del lugar. En el culmen los cinco arcos de la espadaña lucen el blanco de la portada, discretamente ochavada. Frontones triangulares: uno sobre la espadaña, otro sobre el arco de la ventana del coro. Puerta principal con arco de medio punto. El interior del templo es románico, y su feo altar neoclásico sólo nos hace suspirar por el pasado del Siglo XVI, sin ese armatoste de columnas corintias. Al lado el convento, que hoy es museo. El jardín del atrio está lleno de árboles, y como ya es primavera, todo es verde. Muy cerca de aquí hay una ceiba o pochote, árbol robusto que germinó en esta tierra en tiempos remotísimos, incluso antes de que Cortés hollara el suelo de México.

Intento asistir al encuentro con mi vieja conocida capilla de San Nicolás, y está ¡cerrada! Al menos su pardo perfil románico me consuela al no poder entrar en esta capilla, a pie de carretera.

Santa Ana, en las faldas del cerro de los gatos o Amixtepec, con su barda atrial de arcos invertidos, que en opinión del arquitecto Agustín Moro son de muy mal gusto. De cualquier modo, la portada triangular de la capilla, hoy rosa mexicano, espadaña feliz, es una invitación a entrar. La capilla es sombría, pero el aire que se respira es agradable, animado por un ramo de flores frescas. Y hete aquí que en las blancas paredes del fondo de esta capilla aparece una cenefa baja de chalchihuites rojos al fresco. Cada chalchihuite consiste en el trazo de un par de círculos concéntricos de rasgo grueso y seguro. El chalchihuite es el símbolo ancestral mesoamericano de la sangre. Si aparece en un templo católico, quizá señale la creciente redentora. El fresco no está muy bien conservado; tal vez los círculos hayan sido delineados en el siglo XVI. Soy un completo cursi casi culto, y la oportuna aparición de la cenefa de chalchihuites me conmueve hasta las lágrimas. Bien dice Javier Sicilia que "La Iglesia sabía, por los misterios de la encarnación, que desde que Cristo ascendió a los Cielos sólo el arte es capaz de hacer visible su presencia". Y la pálida luz de las veladoras ilumina la escena.

Fue en Santa Cruz de Altica donde la vez pasada me encontré con mi efímera acompañante. Únicamente dos capillas de Tlayacapan tienen planta de cruz latina, y ésta es una de ellas.

Santa Cruz Tlazclachica es la ermita más pequeñita. Está en una esquina. Su nombre en náhuatl quiere decir pan de maíz, que en el México actual se llama tortilla.

A la alegre capilla de la Exaltación le tocó estar al lado del vetusto panteón. Entré dos veces, una por la tarde y otra por la noche, que por fortuna todavía estaba abierta. La espadaña azul de esta capilla tiene un detalle que me hace enloquecer de esteticismo. Así es, un par de chalchihuites de piedra negra la engalanan.

San Lorenzo es blanca y pequeñita. Está al pie del Cerro de la Ventanilla. La capilla de Nuestra Señora del Tránsito también está muy cerca de la Ventanilla, es como de cuento de hadas. Su figura amarilla brillante, torre barroca, contrafuertes enormes, almenaje en la portada junto a la laguna, está en una suave pendiente, camino ya de la subida del cerro. Una de las ramas de un enorme árbol baja a beber al estanque circular. Las veloces nubes de semillitas se dispersan con la ayuda de Ehécatl, el dios del viento.

En el pueblo dicen que es cosa de grande maravilla y gozoso desconcierto visitar las pirámides mesoamericanas que están en el Cerro del Tlatoani, que era el nombre que los indígenas daban a sus principales. Y allá voy, sube que sube. Cuatro halcones chillaron sobre mi cabeza, un pequeño cenote con su misterioso lago era rodeado por un montón de piedras, hasta me enteré de que el paraje pertenece al sistema Chichinautzin; pero no pude llegar donde la pirámide. Dicen que al conquistar la cima del Tlatoani hay que cruzar una cueva y allende la cuevita, aparece el monumento. No pude ganar la cima, la ascensión era interminable, y la noche estaba por caer, así que volví sobre mis pasos, con el bosque del orden de los coniferales a la vista. No obstante, el apremiante e incorpóreo púrpura del Popocatépetl bien valió el recorrido.

El Rosario es la capilla de la portada más bella, por las proporciones de su espadaña y su arco bajito. San Martín Caballero es casi como un cofrecito de Olinalá, Guerrero, con sus fabulosos ciervos acosados por lobos y su águila bicéfala, que recuerda el escudo de los Austrias. Toda la portada es filigrana, con delicado arquito en diminuta corona de la espadaña. En el interior, en la pared bajo el coro, destacan los bajorrelieves de unos personajes de manufactura indígena.

Y llego por vez primera a San Diego, pequeñísima, rodeada de árboles de la clase de las coníferas. San Jerónimo: atrio libre. La Magdalena, muy cuadrada, a unas cuantos pasos, diminuta y permanentemente cerrada, pues la cerca de alambre que la rodea no tiene ni un acceso.

San Miguel, la de los dos contrafuertes triangulares, con arcos laterales y una buganvilia. Hace un mes, ahí retocé con mi amiga, para hacer verdad las palabras de Javier Sicilia, el certero poeta: "El amor es la herida que Dios abrió en el flanco de la especie para romper su soledad original". Trágicamente, en el atrio de esta capilla me sorprende la noche, pues parece que me faltará una capilla por visitar, quizá la de Los reyes, como apunté arriba, o la de la Concepción, según otras pesquisas.

En su testamento, Dios antes de morir me dio en herencia amigos. En el puesto donde ceno, Dulce María, una niña, me invita a ver una película. Sobra decir que no puedo verla completa. Con breve escala en Oaxtepec, tomo el bus para la Ciudad de México, y regreso al Desierto Cultural.




¡Más sobre la magia de Tlayacapan!

miércoles, 4 de marzo de 2009

La Magia de Tlayacapan


Enrique Arias Valencia

Pretender saberlo todo, es una empresa de fracaso. Las vacaciones de diciembre pasado, exilio en abandono agridulce, un austero autobús, que no uno ateo, raudo me llevaba a la Ciudad de Cuautla. Sin embargo, poco antes de llegar a Oaxtepec, una extraña construcción del siglo XVI capturó mi atención. Lo que pude distinguir en un primer instante, juicio equivocado, reflexión estética acertada, fue casi un alcázar. Aljibes y almenas, roca parda, prado silencioso. Un rayo de Sol, regalo de la musa, acertó a seducir mi vista con su invitación a la aventura.
Tras estar un suspiro en Cuautla, regresé donde había sido deslumbrado por tan poco razonable fantasía. Lo que me recibió en el pueblo de Tlayacapan fue un templo católico, el de San Juan Bautista, siglo XVI, con su jardín de ensueños, do platiqué con un anciano que me ofrecía un librito en el que él da cuenta de los cerros que aquel poblado enmarcan, como se desbordan los sueños que de razón nada saben.
Espadaña de campanas, bronce mudo aquel día, tímpano que relinchó en el monte. Los primeros cerros en la nariz de la tierra, que eso significa Tlayacapan, me rindieron a escalarlos como se busca la iniciación en las alturas del Espíritu. Y ahí, en la postrer falda de la Ventanilla, Cancerbero transfigurado en corcel, me negó alcanzar la cima. Nada pude hacer, y volví mis pasos.
Diseminadas a lo largo y ancho del pueblo se encuentran varias capillas, doce o trece, que una se la ha llevado el tiempo, construidas y orientadas según las más estrictas normas mesoamericanas. El labrado y la ornamentación de cada una de estas capillas y ermitas es un desmentido de la Leyenda Negra, pues si hubiesen sido exterminados por la conquista hispana, ¿cómo podrían los indígenas dejar muestra de su arte escultórico, chalchihuites en muros, volutas y envolventes del lenguaje en los frontones?
La primera vez que visité Tlayacapan, fueron quizá cinco o seis templos a los que asistí, amén del mayor, que fue obra dirigida por agustinos, con discreto sello local. Pero las capillitas son hijas del espíritu de los naturales de estas tierras. Son, por lo tanto, arquetipos logrados de lo que Constantino Reyes Valerio llamó arte indocristiano: templos indígenas con fachada cristiana, poco europea, tequitqui y no tequitqui rebosante, sincretismo festivo.
Dispuestas en un enorme terreno en forma de parrilla, buscar las capillitas es un ejercicio del alma dispuesta a fantasear; no es un trabajo de la razón, siempre prisionera de lo que cree que es verdadero, cuando lo cierto es que la lógica es capaz de congelarlo todo, hasta la amistad.
En febrero pasado, huyendo del inmisericorde frío y nublado de la ciudad, supe que tenía una promesa de Sol en Tlayacapan. Por eso regresé. En mi arriesgada soledad, me atreví a subir al campanario de la Capilla de San Martín. La soberbia vista era premiada por los montes cercanos. “El Sol es Dios” dice Turner, y no hay que desestimar esa apreciación en Tlayacapan, cuyo cielo azul celeste aquí a nadie le cuesta.
Pasitos después, antes de entrar a una de las capillas más grandes, creyéndome el sacristán, una bella mujer me preguntó si podía pasar. Por supuesto que accedí, para así entablar conversación con ella. Por lo que platiqué con la joven y por lo que averigüé después, es escaso lo que se ha difundido en Internet sobre las trece misteriosas capillas de Tlayacapan. En las páginas más famosas que hay sobre el poblado, no se les menciona. Curiosamente, sí se les fotografía, pero en mi veloz paso por Google hoy en la mañana no encontré una foto memorable. La capilla donde conocí a mi efímera amiga ostentaba triángulo frontón, planta de cruz latina. Ella me hizo la observación de que le gustaba visitar iglesias de pueblo porque los edificios actuales parecen cajas de zapatos, y estuve de acuerdo. Algo se pierde en la vida del hombre cuando se deja de creer en Dios. Y fue así que visitamos el amplio atrio de la rosada Santa Ana, con sus pilastras deslucidas y sus arcos en los contrafuertes, para después pasar y al muro negro y románico de la ermita de San Nicolás.
¿Qué tanto de lo que se pinta en una pintura impresionista es la evocación de un vaporoso instante, más que la estricta reseña de un momento en concreto? Muy poco fue lo que pude anotar sobre los monumentos, pues no llevaba libreta alguna. Además, caminar es mi obsesión, no escribir. Exaltación, San Martín, la pequeñita, la bella, Cruz de Antiqua (sic en mi apunte, quizá Santa Cruz Tlazatchico [sic a su vez]), María Magdalena, la de los arcos, San Nicolás, Santiago, con una torre y chiquita, así quedaron sentenciadas en una hojita de papel, sin respetar muchas veces el nombre original de los templos y ermitas, como el aficionado que siempre soy.
En todas las capillas había unos letreros, creo que íntegros eran obra del arquitecto Agustín Moro, en el que se daba cuenta y razón de las edificaciones. “Espadaña peraltada, con tres arcos de campanario y sobre ellos, un cuarto arco”. Creo que el apunte anterior se refiere a la Capilla del Santo de la Exaltación, al sur de Tlayacapan. Imafronte, nártex y aperaltado eran caracteres de otra capilla. En todas me arrodillé, antes que a otra cosa, ante el arte.
Ya en compañía de la bella mujer, la conduje hasta la Capilla de San Martín, cuya orientación, según la leyenda que niega el arquitecto Agustín Moro, fue escogida ni más ni menos que por el Emperador Carlos Quinto. En mi inocencia, creo que si algunos ateos fuéramos capaces de disfrutar por entero la deliciosa filigrana, barroco popular en pleno de la portada del templo, seríamos capaces de creer en Dios. Hasta el águila bicéfala de los Austrias fue retratada por las manos de Tlayacapan. Venado y lobo, flor y canto. La cocoxóchitl está de gala en la argamasa.
Tras visitar una diminuta ermita y asombrarnos con las espadañas y almenas de otra, gentil, mi acompañante me ofreció un jugo y una bolsa de empanadas. No nos sentamos a comer, seguimos nuestro paseo. En una de las escenas más bonitas, con una cascada de buganvilias blancas en los muros, deambulamos bajo sendos arcos de los contrafuertes laterales de San Miguel, una capilla de fachada casi triangular. Sólo ella sabe que no miento cuando cuento que hasta un majestuoso pavo real nos sorprendió en el camino. Y fue alcanzar San Ignacio ¿o era Santiago? En fin, la iglesia de ochavada portada, a la cóncava, como es costumbre en Tlayacapan, con amplio atrio de verde pasto, estaba cerrada. Las sólidas columnas dóricas del arco atrial eran tres soberbias muestras de la gigantomaquia mexicana. A lo lejos, la algarabía de la fiesta del pueblo lucía la banda de bronces de Tlayacapan. En la carretera se despidió la mujer, pues pronto anochecería, y ella se hospedaba en Oaxtepec.
Nunca supe cuántas capillas visité exactamente. ¡Eran tantas y tan variadas! Tuve tiempo todavía de buscar tres más. El par penúltimo apareció fácilmente. Unas niñas en el campo jugaban a la seca y cálida tarde. Les pregunté si sabían de una capilla cercana, para más señas, “una casa con una cruz y un campanario”; y todas, salvo la más pequeña, que muy pensativa guardó silencio, me replicaron que por ahí nunca habían visto edificio semejante. Pero la más pequeñita, tres años y medio, casi una bebé, suspendiendo su reserva, de pronto me dijo con voz clarita y segura que tras un cercado estaba mi capilla. Con la rápida caída de la noche era ya difícil caminar, puente sobre la cañada, lucero vespertino; pero cuando llegamos las niñas, la bebé y yo hasta una cerca de alambre, entonces entendí que la infancia es la época de la vida en la que siempre se dice la verdad: con su dedo minúsculo la bebé señaló hacia el horizonte sombrío y tras el coto, la última capilla, inaccesible terreno, lejana y altiva lucía su pardo perfil al cielo del atardecer.