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martes, 14 de junio de 2011

Centésimo concierto de 2011

Enrique Arias Valencia

La tarde de este domingo me sorprendió el que sería mi centésimo concierto de 2011. Este año me propuse batir mi propia marca de recitales escuchados, y lo logré muchísimo antes de llegar a la mitad del calendario. Teniendo como marco la Sala Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, y con la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez bajo la batuta de Eduardo Sánchez Zúber me entregué a los explosivos acordes del Concierto del Albaycín, de Xavier Montsalvatge. Ha sido toda una delicia esta obra, pues incluye la intervención del clavecín, un instrumento con que me he encontrado varias veces este glorioso y musical año. En éste, del Albaycín, el teclado deja de ser barroco para ser moderno. Creo que ya alguna vez había escuchado esta pieza en la finada estación de radio Estereomil FM, el sonido de los clásicos. Al menos, recuerdo que ya había tenido noticia musical de primer oído de las nuevas aventuras del clavecín en manos de compositores modernos.

En contraste, al mediodía del domingo 12 de junio de 2011 Águeda González nos deleitó interpretando la espineta en el Salón de Recepciones del Museo Nacional de Arte, con obras del barroco. Fue así la Suite XII de Louis Couperin, tío del famoso Francois. Águeda fue muy gentil al ilustrarnos sobre las obras que tocó. Es así que nos reveló que durante el barroco, se llamaba afectos a las emociones, y con el contraste lento-rápido-lento se buscaba despertar los afectos del escucha. Por lo tanto el barroco, con los afectos exaltados, es el primer romanticismo, es su semilla. Y como lo que íbamos a escuchar incluía una Sarabanda, yo no pude aguantarme las ganas de preguntarle a la clavecinista si la Sarabanda es lenta o rápida. Su cordial respuesta, “lenta”, iluminó mi alma, pues mis afectos, al ser siempre apasionados, no distinguen lo rápido de lo lento, sino sólo lo sublime de lo bello. Y en opinión de quien esto escribe, el barroco, en su arrebato, tiende siempre a despertar en nosotros lo sublime.

Águeda nos confió que el Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla sabía tocar el violín y era un gran admirador de Jean-Philippe Rameau. El Concierto V de Rameau que Águeda interpretó al teclado solo, incluye una versión para tocarse junto con violín. Ella aventura que quizá, Hidalgo tocó al violín el concierto que ella ejecutó en el clave. Incluso, nos aseguró que la espineta que escuchamos salió en la película “Hidalgo. La verdadera historia”. Esta espineta tiene aspecto sobrio, pues la madera está libre de pinturas y adornos, y sólo un discreto barniz natural la acompaña en su pardo aparecer.

Águeda González también nos expĺicó que durante el barroco Domenico Alberti creó el acorde desgranado que después usaría Mozart en todos sus conciertos para piano. Éste es el llamado bajo de Alberti.

La Forqueray, Les Graces y La de Sartine de Jacques Duphly cerraron el concierto. Sin embargo, el encore era casi obligado, y la clavecinista nos regaló una pieza más.

Águeda González nos hizo más interesante el concierto, al compartir con nosotros una parte del ambiente histórico en el que se generaron las obras que escuchamos el domingo 12 de junio, a las 12 horas.

Al ser más de cien, no puedo reseñar todos los conciertos a los que he asistido. Cuando redacto esto ya escuché uno más. Por lo tanto, sólo diré que el elemento común de mis conciertos 99 y 100 fue el clavecín, un instrumento que a mí me recuerda que la vida sólo es un breve acorde que galantemente interrumpe el pacífico silencio de los mundos, y nada más, pero también, nada menos.

sábado, 21 de mayo de 2011

El alma del mundo es la belleza

Enrique Arias Valencia

Kant en la Crítica del juicio nos habla de las condiciones de posibilidad del tercer momento de la facultad de juzgar. Un objeto es bello si al juzgarlo según la relación lo consideramos en tanto que finalidad sin fin.

Se llama finalidad sin fin al propósito que permanece en nosotros mismos. Por lo tanto, bella es la finalidad que permanece en nosotros. Ahora bien, en vista de que “Fin final es el fin que no necesita ningún otro como condición de su posibilidad” [Kant, Cdj, § 84]. Siguiendo a Kant, el fin final es subjetivo.

Uno de los aspectos más enigmáticos de la belleza consiste en que nos muestra un propósito que no se encuentra ni en el objeto ni en la naturaleza, ni en teleología alguna. ¿Dónde se encuentra el propósito de la belleza? En nosotros mismos.

Éste es el carácter de lo bello que advertimos en el tercer momento de la facultad de juzgar según Kant; pero también se hace patente en el primer momento, cuando advertimos que según la cualidad, un objeto place o displace sin interés, pues al carecer de éste, el objeto tampoco apunta a finalidad alguna fuera de nosotros. Su finalidad, por tanto, al ser desinteresada, es sin fin.

Por lo tanto, el primer y el tercer momento de la facultad de juzgar nos revelan el aspecto subjetivo y en cierta forma “particular” del juicio estético, particularidad, que sin embargo, aparece como si fuese gobernada por un principio a priori. El arte, por lo tanto, carece de concepto alguno que mostrarnos.

Do es una nota bella. Tratándose de música clásica, no podemos escuchar una nota do pura: cada vez que escuchamos un do, aun a capella, aun en solitario, do se escucha como la más destacada nota que es acompañada por una serie de sonidos. Los armónicos suceden a do, y así, son los que otorgan el timbre a cada nota. Gracias a ellos sabemos que una soprano es una soprano, que un oboe es un oboe y que un clavecín es un clavecín. Do no es bella por sí misma, es bella porque es siempre acompañada por otras notas, acordes secretos de la música, aun de la que se canta en soledad.

Do nos invita a desentendernos de ella tan pronto como la escuchamos, en primer lugar por los armónicos, y en segundo lugar porque las notas que le siguen son las que le otorgan la belleza. Los artistas hacen bella la nota Do al lograr que nos desentendamos de ella.

El Ensamble Anima Mundi está compuesto por tres bellas mujeres que han sabido dirigir el espejo de su alma para reflejar la imagen de Dios por medio de la más bella de las artes. Es así que el Martes 17 de mayo, a las 20:00 horas, en la Catedral Metropolitana se escucha a Luz Angélica Uribe, soprano, Carmen Thierry, en el oboe d'amore y Águeda González, en el clavecín

En el Altar de los Reyes se festeja la música con soprano, oboe y clavecín. El Altar de los Reyes reluce grandioso: el oro lo colma, el espíritu lo enarbola. La cúspide es el Padre Eterno.

La música de Bach interpretada en un contexto religioso, esto es, el Ensamble Anima Mundi en el Altar de los Reyes, es capaz de comunicarnos un mensaje bello cuyo propósito no surge del arte mismo, sino de nuestro propio corazón. Por lo tanto, bello es el propósito sin fin que permanece en nosotros mismos.

Al ser absolutamente grande el marco de las intérpretes, el churrigueresco nos comunica el propósito espléndido del alma. Y es así que las artes, arquitectura, escultura, pintura, poesía y música se reúnen en armonía para brindarnos los más preclaros atisbos del universo de los fines.

Tras el concierto, hoy pudimos entrar al altar de San Felipe de Jesús, donde reposan los restos del emperador Agustín de Iturbide.

lunes, 11 de abril de 2011

Hermosa luz del arte plumario

Enrique Arias Valencia

Si uno no espera lo inesperado, no lo encontrará, que es difícil e inaccesible.
Heráclito

Este sábado 9 de abril he asistido con gran alegría a la exposición “El vuelo de las imágenes. Arte plumario en México y Europa” en el Museo Nacional de Arte de esta ciudad de México. Lo que sigue lo he elaborado a partir de los cuadros explicativos del museo y mi propia investigación.

Alrededor del siglo XVI el centro de nuestro México era un lugar privilegiado por una animadísima fauna aviar. Las plumas son uno de los elementos más coloridos y sorprendentes del reino animal. En aquel dichoso tiempo se cultivaban en esta región varias artes. Una de ellas era el arte plumario. Los indígenas mexicanos sabían utilizar las plumas de ave para engalanar sus atuendos, y también para elaborar lienzos y escudos. Por lo tanto, en México se desarrolló una habilidad conforme a los hermosos caracteres de las plumas en concierto. Los artistas de la plumaria eran los amantecas. Ellos usaban sobre todo quetzal, garza, loro, guacamaya, zacuán, águila y colibrí.

La más famosa de las piezas de arte plumario es el penacho de Moctezuma, el Quetzalapanecayotl. Sin embargo, en el México antiguo no sólo se elaboraban penachos. También se hacían escenas en papel de maguey o de amate e incluso tela, en las que se pintaba la más pura fantasía. En los escudos los temas eran las elaboradas geometrías de la compleja mitología guerrera mexicana.

La labor de los artistas de la plumaria se reseña en el Códice Florentino, donde se explican detalladamente los procedimientos de la elaboración de las obras. Para fijar las plumas en el papel de amate o de maguey o la tela se usa el mucílago de la orquídea tzauhtli.

En el rico universo de la mitología indígena, las aves y sus plumas juegan un papel destacado. Así tenemos que Quetzalcoatl estaba muy triste porque asustaba su forma de serpiente. Entonces leemos en la guía del museo que: “Coyotl Inahual adornó de plumas de quetzal a Quetzalcoatl para liberarlo del aislamiento en que su apariencia de serpiente lo había relegado”. Desde entonces, Quetzalcoatl fue la orgullosa Serpiente Emplumada. Hasta en la Conquista Española estuvieron involucradas las aves y sus plumas: “La llegada de los españoles, adornados con yelmos emplumados es anunciada, según el Códice Florentino, en el espejo de obsidiana que un pájaro habría llevado al tlatoani Moctezuma”. Termina diciendo la guía del museo.

Sacra plumaria de la eucaristía, tras la Conquista de México, los temas autóctonos del arte plumario cedieron su lugar a la imaginería religiosa cristiana. Es así que desde el siglo XVI México se convirtió en el proveedor de obras plumarias del Imperio Español. Con esta técnica los amantecas elaboraron mosaicos piadosos, cubre cálices, mitras e ínfulas, entre muchos otros objetos. El arte plumaria se exportaba a Europa, China, Japón y Mozambique.

No plumaria en la materia, pero sí en el espíritu, una de las más curiosas representaciones del escudo nacional, aparece un águila Habsburgo. Bicéfala posada sobre un nopal. ¡Sincretismo de dos mundos! Plumaria, sí, podemos ver un cubre cáliz del siglo XVI con un motivo geométrico completamente mexica. El autor anónimo novohispano, hizo un mosaico de plumas que hoy se conserva en el Museo Nacional de Antropología.

Podemos ver una mitra e ínfulas, piezas anónimas novohispanas del siglo XVI. Mosaico de plumas sobre papel de maguey y tela. Piezas del museo del Duomo, Venerada Fabrica de Duomo di Milano, Italia.

En un curioso mosaico de plumas sobre lámina de cobre, del siglo XVI, anónimo, hoy en la colección Mario Uvence Rojas, vemos que la Mujer del Apocalipsis, identificada con la Virgen María, calza huaraches.

Aparentemente envejecido por el tiempo, el Cristo Pantocrator Salvator Mundi es un mosaico plumario novohispano del siglo XVI que se encuentra originalmente en el Museo Nacional del Virreinato. Allá en Tepotzotlán pudimos verlo Lísida y yo en 2008. Se trata de Cristo como soberano victorioso del Universo, conjunción de arte plumario e iconografía bizantina cristiana.

En el universo espiritual de la Nueva España las aves son ángeles. La exposición está animada por muestras musicales del tiempo de mayor esplendor del arte plumaria. Es así que podemos escuchar entre muchas otras obras, los villancicos de sor Juana, “A la cima, al monte, a la cumbre” con música de Blas Tardío Guzmán, activo durante la segunda mitad del siglo XVIII y “A este edificio célebre” con música de Andrés Flores (1690-1754). De otro poeta, cuyo nombre no sé “Si el pan y el vino son dos”, con música de Gaspar Fernández (1566-1629) con la Capella Cervantina bajo la dirección de nuestro muy querido y admirado Horacio Franco.

Fue mi padre primer jilguero del alba poética. A él le escuché los primeros poemas de sor Juana. En México, la poesía siempre ha sido muy importante. Los Cantares mexicanos en la traducción de Berenice Alcántara dicen:

“Que tus alas,
tus orillas, las sacudas delante de Dios,
Aquel por quien vivimos”.

La forma “Aquel por quien se vive” es de origen prehispánico y siempre que la escucho me pone la piel de gallina. ¡Mis plumas reniegan de mi ateísmo!

En la colección que se expone temporalmente en el Museo Nacional de Arte, podemos ver de José Rodríguez, activo en la segunda mitad del siglo XIX un Escudo de la República Mexicana de 1829. Las plumas del águila son autorreferenciales.

Alguna vez, entre brumas, verde de los pastos, vi una madrugada varias garzas posarse en mi patio. Vivía entonces en Milpa Alta. En la exposición del museo, han traído varias aves disecadas, mencionaré sólo algunas. Chrysolophus pictus, conocido como faisán dorado. Es quizá el faisán celebrado por Lerdo de Tejada en forma de música. Casmerodius albus, es quizá la garza blanca que se posaba en mi patio. Llamada también garza de dedos dorados. El ejemplar pertenece a la Colección Nacional de Aves del Instituto de Biología de la UNAM. Aquila chrysactos, el águila real, de la misma colección.

Hoy el arte plumario se encuentra en peligrosa decadencia. Sé que estando en Nueva España, el barón explorador Alexander Von Humboldt compró un mosaico de plumas con una imagen de la Virgen, que ya en otra exposición pude contemplar alguna vez. El museo incluye una sala con piezas actuales de arte plumario. Manuel de Jesús Medina es uno de los artistas que todavía lo practican. Se exhibe una Virgen de Guadalupe, mosaico de plumas sobre cobre, colección particular.

Sin embargo, la plumaria influyó durante breve tiempo a las artes del mundo. Hay un anónimo europeo con la imagen del pájaro huitzilin, esto es, el colibrí. Dionisio Minaggio, influido por el arte plumario compuso el Libro de las plumas en 1618. Como ejemplo señalaré la “Imagen que muestra un escenario coompleto de la comedia escrita por Nicolo Barbieri, 1618”. Esta pieza pertenece a la colección de la Blacker-Word Library of Zoology and Ornithology, McGill University, Montreal, Canadá. Hoy también podemos ver en México cinco ilustraciones de aves de Dionisio Minaggio.

El arte plumario fue digno de atención de científicos y artistas del siglo XVI. Ulisse Aldrovandi en su libro Ornithologiae, de 1599 llega a hacer afirmaciones que sostienen que los mosaicos novohispanos de arte plumario están entre la ciencia y el arte. El boloñés Ulisse Aldrovandi pudo ver el San Bernardo del siglo XVI, arte plumaria anónima novohispana, que hoy se guarda en el Musei Civici d'Arte Antica de Bologna, Italia.

Siempre he tenido la gran fortuna de contar con la valiosa ayuda de científicos que aparecen en el momento justo para hacerme disfrutar mejor con el arte, y hoy no ha sido la excepción. Un físico óptico cuyo nombre no me ha sido posible recoger, me revela personalmente un gran secreto que pongo aquí para que sea deleite de quien pueda admirar obras de arte plumario.

Hemos dicho que las plumas de ave son sorprendentes y coloridas. Veamos porqué. Podemos observar que en las plumas el carácter de la luz varía según el ángulo en que sea observada. Dicho fenómeno óptico se llama iridiscencia, y también podemos encontrarlo en las pompas de jabón y las manchas de aceite. Este secreto de las plumas era conocido por los indígenas.

En los cuadros plumarios las plumas de azul turquesa representan el cielo y el manto de la Virgen y las plumas pardas serán trajes de santos y apóstoles.

A continuación, el secreto. Los mosaicos plumarios se elaboraban para ser contemplados desde abajo. Por lo tanto, mi amigo el óptico me indica que es menester que humildemente renuncie a mi ateísmo, y me arrodille frente al mosaico de San Pedro, de los siglos XVI-XVII, procedente de la Capilla del Espíritu Santo de la Catedral Metropolitana de Puebla. Al arrodillarse se hace el milagro visual: frente a mí San Pedro adquiere el brillo de la asombrosa majestad del Universo. Por primera vez en mi vida contemplo extasiado la iridiscencia de la pluma azul turquesa. La materia se desploma, y por un instante lleno de gloria mayestática queda sólo el Espíritu Santo a quien se le canta sin cesar: “Dios Itlazonantzine”. ¡Santa Madre de Dios! Los mosaicos de San Francisco de Asís, San Juan Bautista, la Sagrada Familia y San Juan Evangelista también adquieren un inusitado esplendor. Se trata del libre juego de la imaginación y el entendimiento gracias al efecto de unos mosaicos del periodo virreinal.

Lo quiera o no, dejo de interesarme en un viejísimo mosaico del siglo XVI para admirar la luz prístina de los primeros días de la Creación, cuando vio Dios que todo era bueno. El breve relámpago por el que soy bañado trasciende los conceptos. La naturaleza universal de su belleza nos acerca al reino de los fines, donde la vida se realiza en su sublime necesidad. Una voz en lo alto, la de Kant resuena vigorosa: “El cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral dentro de mí”. Es así como la experiencia estética cobijase bajo sus suaves alas a la razón práctica y a la razón pura.



El milagro del juicio del que he sido testigo en el siglo XXI me transporta a otro que viví veinticinco años antes de que terminara el siglo pasado. En junio de 1975 para celebrar el fin de cursos en el jardín de niños, la profesora nos enseñó a untar mucílago en una cartulina redonda con el fin de sujetar unas plumas blancas alrededor de un diseño con grecas de colores. El círculo era acompañado por una diadema a la que se le sujetaron unas plumas en forma vertical. Fue así como en forma mágica, mi profesora de párvulos nos hizo partícipes a los niños de un arte ancestral. Quizá mi desbordado interés por el arte plumario se derive de lo que pasó aquella mañana, cuando en la escuela descubrí la emoción de vestir un tocado indígena. En cierta forma, todavía soy ese niño travieso de la fotografía: no puedo ser ni cristiano ni ateo. Aquel feliz día, en el parque público, mis padres toman algunas fotografías. Acompañado por mi hermano el querube, soy heredero de un culto secreto, que supo ver en las plumas el emblema de un espíritu que está siempre dispuesto a abandonar este oscuro mundo material en pos de un Universo de belleza y esplendor en las blancas alas de la libertad estética.

sábado, 1 de enero de 2011

La búsqueda épica de la bebé pícara

Enrique Arias Valencia

Preludio

El primer pícaro de la lengua española fue Lazarillo, un niñito que guiaba a un ciego a cambio de exigua paga. Quizá pícaro provenga de pécora, que en latín significa ovejita, y de ahí pequeñito. Una pequeña ingenuidad. Luego, por esos espantosos reveses de la lengua, la picardía pasaría a ser lo contrario de lo que señalaba su origen. Sin embargo, nosotros romperemos una lanza por la inocencia: pícaro es un niñito capaz de hacer una diablura que enternece.

Lo mismo haremos con épico. No se trata de la cuenta y razón de un montón de dioses que se enfrentan por el domino del mundo, pues el bardo sentenciaría: Que si con su sangre se hicieron los ríos, que si al desollar a la diosa apareció el cielo y que si con las descuajadas tripas de quién sabe qué Dios omnipotente un diosecillo sangrón hizo nuestro corazón… No. Épico significará barroco, y no titulé así el post porque épico cuadra con las demás ideas centrales, y por estética no podría haber sido “la búsqueda barroca de la bebé bonachona”, pues bonachón es un término demasiado tosco para referirse a la ternura. Al menos en el contexto cultural en el que vivo, un niño puede ser un pícaro sin ofender a nadie, y sí puede regalar un instante de ingenuidad en este mundo tan falto de amor.

La Ciudad de México

Una tarde que el recuerdo de la ingrata Lísida me atormentaba sobremanera, el destino me llevó a una estación del Metro. Ahí, de la nada llegó una pequeña niña, quien, ajena a los prejuicios de los adultos, se acercó a saludarme. Su sonrisa inocente alejó de inmediato la amargura de mi rostro. Ese día nos hicimos amigos. Junto con su abuelita, sus papás y hermanitos, la bebé y yo vivimos cientos de aventuras. Una de las más significativas, y que ya comenté en otro lugar, iba más o menos así: Los niños tienen cierta magia que puede hacer descubrir de nuevo las bondades de la vida. Es así que he podido ver, en silencio, los juegos de estos tres hermanitos. Por ejemplo, una vez los niños estaban en el puesto de dulces de su abuelita, cuando pasó una muchacha con un girasol. La chica se detuvo frente al puesto y preguntó: “¿Son sus nietecitos?” La señora contestó que sí. La joven dijo: “¿Puedo regalarles un pétalo?” La abuelita contestó también que sí; y la muchacha desprendió tres pétalos, uno para cada niño. La joven dijo entonces a la señora: “Que Dios le conserve siempre sanos a sus nietos”, y se fue. Los niños estuvieron entretenidos con los pétalos un rato, hasta que se secaron. La bebé sostenía su pétalo con cuidado, lo mantenía entre sus pequeñas manos mientras jugaba en los alrededores del puesto, hasta que el petalito se marchitó.

Meses más tarde, la bebé con su familia partió hacia Puebla, un estado del centro de México, que a pesar de su relativa colindancia con mi ciudad, a mí me parecía muy lejano. Me quedé solo de nuevo.

De México a Puebla

Meses atrás, uno de los hermanitos de la bebé me había dicho el nombre de su pueblito de origen. La señora de los jugos me comentó que ahí la familia había puesto una papelería. Tras un año sin ver a la niña, un día me decidí a visitarla. En la central de autobuses me enteré de que para llegar al pueblito era necesario antes visitar la ciudad de Puebla, pues desde la Ciudad de México ningún autobús llegaba hasta la diminuta aldea.

Una vez en Puebla me enteré de que en realidad, de ahí partían unos autobuses que no arribaban al pueblito, pero alcanzaban otra ciudad de la que salían otros autobuses que ahora sí, me aseguraban, entrarían en el pueblito.

De Puebla a Huejotzingo

En el trayecto a Huejotzingo fue el encanto de Cholula. Dicen que a la ciudad la adornan trescientas sesenta y cinco iglesias, una para cada día del año. No sé si sean tantas, pero a mí me alegró el corazón ver tantísimos torreones elevarse airosos en medio del caserío, y de los enigmáticos cerritos que pueblan la ciudad. Me prometí que al regresar de mi visita de con la bebé, visitaría a su vez aquel bello lugar.

Huejotzingo fue un regalo de la búsqueda de la bebé. El colosal exconvento de San Miguel Arcángel se alza con cierta dignidad elefantina en medio de la nada. Sus almenas triangulares son símbolos indígenas trasplantados a un templo cristiano. Y sin embargo, su aire grandioso se ve ensombrecido por el presente. Hoy ya casi nadie cree en Dios, y el templo lo sabe. Lóbrega por oscura, la única y elevada nave del templo ostenta unos murales del siglo XVI con certera mano huejotzinca. El altar luce una luz tenue y amarillenta.

De pronto, es la vida del barroco. El hombre que barre el atrio me cuenta la historia del convento de Huejotzingo. Me habla del plateresco, de los franciscanos y de los dominicos. Por unos instantes, el canto rosado del templo pareciera cantar al compás de su glosador. Al cordón franciscano lo acompaña el bicolor dominico. Cuando todo termina, la roca se hace otra vez muda. A cambio, a mi guía le entrego unas monedas.

Me invitan a pasar al museo, pero tengo un compromiso con la búsqueda de la bebé. Me despido de Huejotzingo con un ademán nostálgico.

De Huejotzingo al pueblito

Si bien en el mapa parecieran estar cerca, en la realidad los separa un campo casi llano, con algunos reveses de carretera incomprensibles. El pueblito yace oculto tras unas enormes parcelas polvorientas.

Sólo Dios pudo interceder para que yo diera con la papelería sin saber la dirección de la calle donde se asienta. Los niños jugaban en el interior de una casita que ellos habían improvisado con tela. Sus voces se escuchaban risueñas y entretenidas en quién sabe qué diálogo.

La abuelita, al verme, exclamó: “¡Niña, sal a ver a tu padrino!” Los niños me saludaron sorprendidos. Les pregunté si recordaban quién era, y el menor dijo: “Sí. Es el señor de México”. Sonreí ante la involuntaria comparación con Hernán Cortés. La niña me extendió un teléfono celular de juguete. El mayor de los niños me preguntó: “¿Es usted Santa Claus?” Su pregunta incluye el carácter de mi aparición misteriosa. Los niños saben que su pueblo está muy lejos de México. ¿Cómo supe dónde estaban? Sólo Santa Claus lo sabe, pues él tiene la dirección de todos los niños buenos. El niño menor fue quien disfrutó más con mi visita: le di varias vueltas en el aire tomándolo de los brazos. En la papelería, la niñita se entretenía haciendo mover un listón, y miraba atenta sus cadencias. La curiosidad infantil es el nacimiento de la vocación científica, y siempre debía ser alentada.

La familia me invitó a comer, pero no acepté, pues se haría tarde y en el pueblito no había hotel.

Supe que el papá de la niñita había emigrado a Estados Unidos para buscar trabajo, y a la fecha no había regresado. Por mi parte, fue la última vez que vi a los niños.

Del pueblito a Cholula

Cuando volví a pasar por Cholula, decidí apearme para conocer la ciudad. Los templos tienen diseños imaginativos, algunos con infinidad de torres y campanarios, almenas y alcázares enormes; otros diminutos, sencillos en su portadilla en la cima de cerritos. Meses más tarde, en Alpuyeca, creo resolver el misterio de los cerritos. El interior de uno de los templos cholultecas parece estar vagamente inspirado en el patio de la Alhambra, con su interminable serie de arcos filigrana y columnas de ancho capitel; aunque aquí no hay un patio central, sino el pasillo del altar mayor. En el atrio crece un enorme fresno, como aquel que sostenía el mundo.

Y de pronto, para mí es el buscar cómo llegar a la Pirámide de Cholula. Dicen las malas lenguas que la de Cholula es la pirámide más grande del mundo, pues algunas de las iglesias que la rodean, están en sus faldas. Incluso, los frailes cortaron uno de sus costados para trazar la carretera que se dirige a Puebla. Es así que debajo del nivel del suelo, ahí está el enorme teocalli, que así se dice en náhuatl.

Alguna vez escuché que por eso hay tantos templos en Cholula: fue un intento desesperado por exorcizar a los antiguos dioses, titanes de la Tierra, que por su tamaño, asustaron a los misioneros católicos. Al no poder derribar la enorme pirámide, en la cima construyeron un templo dedicado a Virgen de los Remedios.

Camino en el interior de la pirámide. Las largas galerías dan la impresión de interminables. Estoy en la matriz del mundo, de donde todo brota y a donde a veces yo quisiera volver a la brevedad posible. No se trata de un laberinto, sino de largas cámaras que no están dispuestas a anunciar la luz del día.

Una vez en la superficie, en la gran plaza con sus estelas solitarias, me doy cuenta de que no puedo ser ateo, aunque tampoco cristiano. Los dioses no están ausentes, están aquí, cientos de ellos, en su silencio esplendoroso. La tranquilidad del lugar me asombra y arrebata.

De Cholula a Puebla

Es el éxtasis de la revelación. Cuando examina la obra de los primeros misioneros que estudiaron el universo indígena, Le Clézio sostiene en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido: “Eso es precisamente lo que más asombra a Bernardino de Sahagún de estos ritos y fiestas: la presencia física de los dioses en medio de los hombres”. Para mí, los dioses se revelan en toda su terrible majestad en el seno perenne de su ausencia. Por eso al barroco seguirá el neoclásico. Es un intento racional por vencer la desmesura de la contradicción. En vano.



Antes de ser condenada al silencio, sor Juana envió una carta a su amigo, el obispo de Puebla. La carta es una hermosa defensa del derecho de las mujeres a estudiar, y es prosa poética que ensalza todas las ramas del conocimiento humano. En ella, sor Juana sostiene: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento”. La pluma de sor Juana es clásica en su mesura, clásica en su exposición, clásica en su claridad, y por todo esto es un clásico de la literatura novohispana. Alguna vez, cuando la bebé vivía en México, me arrebató un ejemplar de la carta de sor Juana. En la portada, enseñé a la bebé a identificar el retrato de su autora.

Bajo el amparo del clasicismo, Manuel Tolsá trazaría los planos de la Catedral de Puebla. Alguna vez mi padre me comentó que una copia de los planos de la Catedral de Puebla fueron enviados por error a la Ciudad de México. Por eso, ambos templos son casi idénticos, si bien los campanarios de Puebla son más altos. ¡Sólo la Virgen pudo haberlos asistido para subir las campanas! Y campanas enormes coronan campanarios enormes. Tres naves las hacen de planta basílica. El ciprés de Puebla sí cubre el altar mayor. En México, el ciprés caído nunca fue sustituido. Racimos dóricos, puerta del jubileo: ¿estoy en Puebla o en México? Neoclásicas ambas, ordenadas de dórico a jónico, y de ahí a corintio, estas catedrales rivales tratan de persuadirnos de que los viejos dioses de los naturales han muerto. Pero en el fondo de mi corazón, allá, en el silencio de mi lectura, he podido escuchar a Le Clézio cuando comenta un ritual mesoamericano. Los dioses piden sangre, y sangre recibirán:

“Se sacrifica y desolla a dos cautivas, y los sacerdotes, vestidos con las pieles de éstas y enmascarados, bajan los escalones de la pirámide mientras el pueblo exclama: «¡Llegan nuestros dioses! ¡Llegan nuestros dioses!»”

Al patentizar a lo divino, la épica termina por hacerse lo que dice su poesía. Es muy extraño estar en la punta de la pirámide de Cholula y contemplar el Popocátépetl a la izquierda y el Iztaccíhuatl a la derecha. ¡Literalmente he atravesado el espejo! Allá abajo, suenan interminables las campanadas de innumerables iglesias. No me ofende su pícaro repicar, pues esta misma tarde, en medio de los giros de brazos, la bebé, sus hermanitos y yo compartimos un breve instante de felicidad, arrebatada a dioses que sumidos en su silencio, quizá sonríen desde su inaccesible morada.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El Occidente Alternativo

Enrique Arias Valencia

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido.

San Juan de la Cruz

Todo lo que sigue es fruto de los apuntes que tomé durante la conferencia magistral “Pensar (el otro) Occidente desde el arte” que brindó Jorge Juanes López en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, a las 18:30 horas, el 7 de diciembre de 2010, para cerrar el encuentro iberoamericano de dos días “Pensar Occidente”.

Jorge Juanes nos invitó a pensar Occidente desde no se piensa Occidente, que es desde el arte. Esto nos lleva a removerlo todo, y a poner en práctica el axioma que dice: “Atrévete a pensar por ti mismo”. En esto consiste la filosofía: lanzarse a la aventura de pensar, arriesgándose a “fracasar”. Y uno fracasa entre comillas porque en esta perspectiva no hay verdades absolutas, todo es relativo, y por lo tanto, no hay fracaso.

Nos dicen que en Occidente, durante el siglo XVIII se desplegó la pregunta obsesiva: ¿qué es la razón? El siglo XVIII tenía mucha claridad sobre sus objetivos de autolegitimización coherente en el plano de la realidad fáctica. La modernidad es moderna en el plano de la metafísica del sujeto.

Parece que esta razón ilustrada se vive como realidad planetaria. ¿Qué es lo que pasa cuando la metafísica de Occidente se traslada al espacio geopolítico de Japón, China? ¿Qué pasa cuando la modernidad consumada rebasa al pensamiento que trató de comprenderla?

¿Qué es Occidente? ¿Es sólo la razón instrumental? ¿Qué pasa cuando las categorías que le dieron origen se hacen obsoletas? ¿Ha triunfado el modo Occidental? ¿A qué precio? Buena parte del drama de Occidente consiste en hacer víctima al mundo de la parálisis parmenídea.

Uno escucha lo dicho y lo redicho sobre las soluciones salvíficas que supuestamente van a salvar a Occidente de su debacle nihilista, sin alcanzar a comprender que dichas soluciones salvíficas fueron las que llevaron a Occidente a su propia catástrofe.

Sobran nombres para bautizar a la criatura que nació de la metafísica Occidental: posmodernidad, hipermodernidad, modernidad oscura, modernidad líquida.

Hoy Platón es el chivo expiatorio de la condición del origen eidético de Occidente. Ésta es la “astucia de la razón”. En Hegel, la razón descubre la razón de su razón. Habermas diría: “Es que no es suficiente. Todavía hace falta más razón”. Jorge Juanes replica: “Ya es demasiado”. La solución a la catástrofe de Occidente la encuentra Jorge Juanes en el Occidente tachado: el Occidente contestatario, que se constituyó en medio de la resistencia al proyecto ontológico: en Alemania, sólo por mencionar a dos de los ejemplos más conocidos: Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Franceses: Stéphane Mallarmé, Georges Bataille, Jacques Derrida y Gilles Deleuze. En otras regiones y tiempos, hasta Platón en el Cratilo aparece como un crítico de la escritura. Los pensadores de la physis son poéticos: agradecen a las voces no antropocéntricas. Se alza así, una réplica a Occidente dentro del propio Occidente, que se hace patente en la obra de Theodor Adorno y Max Horkheimer llamada Dialéctica de la ilustración.

No hay inicio de la resistencia, Occidente siempre ha tenido su propios críticos. Ellos constituyen un Occidente no metafísico, no antropocéntrico, no eidético. Todos ellos encuentran en el arte la fuente de la resistencia a Occidente. Y en medio de la resistencia, Jorge Juanes mismo no es un parteaguas. Con Jorge Juanes no empieza ni termina absolutamente nada, sólo es parte de este continuo.

Deconstruir es el lema explícito del Occidente tachado. Para construir un territorio autónomo de Occidente Jorge Juanes plantea: 1° Pensar el arte desde el arte. 2° Pensar desde el arte. Y no pensar el arte como una superestructura. Para pensar desde el arte, es indispensable entrar a los lenguajes del arte. Pensar con el arte. Jorge Juanes sostiene en este punto que “Lo propio del arte es lo intempestivo”. El humanismo es arte. El humanismo es intempestivo.

El filósofo sostiene que el Renacimiento fue mucho más sustantivo que la ilustración, pues es falso que fuera durante la ilustración cuando se habló por vez primera de humanismo. Añade Jorge Juanes: “Durante el Renacimiento se presentó un popurrí de sabiduría, desde cábala hasta poesía”.

¿Qué hizo Occidente? Copérnico arrojó a la Tierra del centro del Universo. ¿Cómo se re centró el hombre tras Copérnico? La ciencia gana de calle. Sin embargo, paralelamente a la ciencia están todas las sabidurías profundas: de cara a la alteridad y no a la enajenación: el pensar es lo que otorga el centro.

El surgimiento del arte moderno tiene dos condiciones: 1° el discurso “De la dignidad del hombre”. Giovanni Pico della Mirandola: el surgimiento del individuo como un ser autónomo, libre y creador que escoge entre la finitud y la infinitud: es responsable de su propia vida. A partir del Renacimiento, ya no estamos predestinados, ahora tenemos libertades.

El hombre que piensa desde el arte está abierto a todas las experiencias. Y esto es inédito en la historia, pues las sociedades no occidentales tienen para cada individuo un trabajo específico, lo cual niega la individualidad. En cambio, en Occidente la individualidad sienta cada firma: las firmas son constituciones de obra que cada artista establece para dejar la señal encarnada de su diferencia.

La sabiduría filosófica nos revela que somos enigmas de nosotros mismos. El día que sepamos quiénes somos, lo mejor será darnos un tiro. La condición individual, con todo su enigma, se revela en los manierismos extremos: el Greco, Tintoretto, Miguel Ángel.




Yo, Enrique Arias Valencia, el peor de los estetas, alcanzo a ver en la Última cena de Tintoretto el triunfo de la imaginación sobre la perspectiva, al revelarnos a los ángeles interactuando en este mundo, con Jesús como la más brillante fuente de luz de la escena. Dios es la mayor fantasía, mayor que la cual nada puede fantasearse.

La Última cena de Tintoretto es una fiesta audaz de perspectiva y fantasía que proclama: “¡Hay un Occidente alternativo!” Jorge Juanes sostiene que durante el manierismo la categoría de lo bello salta por los aires. Como segunda condición del surgimiento del arte moderno tenemos el Tratado de la pintura, de Leonardo Da Vinci. En dicha obra, la pintura subordina a la ciencia. Algo parecido a lo que afirmó San Juan de la Cruz cuando sostuvo:

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

Hace algunos años, este filósofo que ahora sólo toma apuntes, creyó saber que, según Leonardo, el arte tiene reglas tanto o más precisas que las de la ciencia, y por eso las trasciende todas.

Esto es Occidente también: Pico, Tintoretto, Leonardo, San Juan. Jorge Juanes pregunta irónico: ¿o esto qué es? ¿Marte? El barroco manierismo vindica lo monstruoso y la fealdad. Es el esplendor de las formas. Nuevas y desafiantes formas. A contracorriente con el arte imitativo, Leonardo da Vinci afirma que “Artista es el que trae al mundo lo que no era”. Algunos siglos más tarde, Goya se atreverá a increparle a la academia: “¡No hay reglas en la pintura!” Éste es el otro Occidente: vindicación del capricho y la invención. Johann Christian Friedrich Hölderlin en una carta, se atreve a sostener que

“Para los griegos, lo propio era la alteridad, lo abismal, la physis; lo extraño era el principio de razón”.

Esta carta anticipa el Dioniso nietzscheano. Todos los occidentales que replican a Occidente en su propio terreno constituyen lo que Antonin Artaud llamó “Los suicidados de la sociedad”, y son quienes nos dirigen a la apertura de la sociedad desde el arte. Son los suicidados quienes descubren la sensualidad del cuerpo. Y su mensaje, sutil y valiente consiste en hacernos ver que el arte sólo muere en manos de los sistemas totalitarios.

Por cierto que Jorge Juanes nos dio una enseñanza secreta, y que promete publicar en un libro futuro. Para finalizar, y como sostiene sor Juana, para resistir la sabiduría occidental, con su discurso interminable, nada mejor que la poesía:

Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.

***

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San Juan de la Cruz

sábado, 23 de octubre de 2010

Si se detuviese de improviso

Enrique Arias Valencia

Es mi mejor corcel: Juveno o Estrella, que indistinto le llaman sus dueños, ha cabalgado conmigo a todo galope durante casi media hora. Estoy a punto de entregarlo. Alcanzo a ver a una familia, y a mi izquierda, un automóvil. Los dioses, envidiosos, ya saben de mi nueva afición, y de la nada, harán rechinar las llantas del automóvil. Estrella se detiene abruptamente. Al no ser yo quien ha dado la orden, no puedo maniobrar con pericia, y salgo proyectado hacia el frente.

Soy el juguete de las leyes de la inercia. Como en el cuento de H. G. Wells que comenté hace unas semanas, al cesar el movimiento de mi cabalgadura, ésta, como la Tierra inmóvil “lanzó fuera de su superficie todo cuanto sobre ella había”. No hay culpables de mi accidente: es la física la que me ha hecho volar fuera de mi Estrella, y a continuación, mi cuerpo sólo obedece la inflexible ley de gravedad. En su relato de ciencia ficción, H. G. Wells imagina a un hombre llamado George McWhirter Fotheringay, quien recibió el don de obrar milagros, y que un día, con orgullo imprudente, le ordena a la Tierra detenerse, y como efecto, la fuerza inercial convulsiona al mundo entero, pues todos los objetos que no estaban firmemente sujetos a su superficie, salieron despedidos. Libres de las ataduras de la Tierra, las aguas y los vientos desatan un colosal huracán, y tras el enfrenón, los diminutos terrícolas se estrellan todos contra el suelo. Tras constatar los efectos de su estupidez, el personaje se enfrenta a las consecuencias de sus actos.


Fotheringay comprendió que el prodigio que acababa de hacer le había salido mal. Sintió una profunda repulsión por todo hecho semejante y se prometió a sí mismo no hacer más prodigios en su vida. Pero antes tenía que reparar el mal que había causado, y que no era pequeño. La tempestad seguía desencadenada, nubes de polvo eclipsaban la Luna y se oía ruido de agua que se acercaba. Brilló un relámpago y a su luz pudo ver Fotheringay cómo un muro de agua avanzaba hacia él vertiginosamente.

Cobró valor, y dirigiéndose al agua gritó:

— ¡Alto! ¡Ni un paso más!


Acá, en Xochimilco, me asombro de que pueda seguir pensando; incluso, disfruto del inusitado brillo que todos los objetos toman antes de que se consume la desgracia. Veo con detalle cómo suelto las riendas, y siento todo mi peso hacia el frente. Trato de sujetarme a la silla, y al ser infructuoso, sujeto el cuello palpitante de mi montura. Por unos breves momentos, mis manos en precipicio acarician el pelaje de Estrella, en un intento inútil y desesperado por evitar la caída. El día intensifica su azul luminoso, centellea solemne el Sol en lo alto, sus rayos generosos besan mi rostro, y yo, como un Satán despechado, lanzo un grito desgarrador antes de que en las indiferentes curvas del polvo del mundo me estrelle de costado izquierdo contra un piso de grava, duro y seco. Al alzarlos, no me golpeo ni la cabeza ni las extremidades. El noble corcel hace la guardia al lado de su jinete desplomado.

Uno de los miembros de la familia, el varón, se acerca a auxiliarme. Me tiende su mano, y me asegura que por el grito de terror que lancé, pensaba él que no iba a poder ponerme en pie. Me ayuda a montar de nuevo, y despacito, cabalgo para entregar a Estrella. Nada le comento a su dueña. Sólo quiero asegurarme del nombre del caballo, que creo que me han dicho que más bien es Juveno.

Tengo una mano lastimada, y el dolor que nace en el costado atenaza mis tripas. Me es difícil convencer a los demás de que aún en la más repugnante convulsión de mi estómago, que como nuevo Fotheringay testifico que lo que hago en este mundo no es bueno, brilla sin embargo en mi desgracia un elemento estético. Quizá Schopenhauer me entendería, pues él sobre la tragedia nos dice:

“La tragedia nos representa el triunfo de la voluntad consigo misma en todo su horror y en el desarrollo más completo del grado supremo de objetivación. Y nos presenta este cuadro, ya provengan nuestros dolores del azar o del error que gobiernan el mundo con tal perfidia que tiene todas las apariencias de una persecución personal deliberada, ya tengan su origen en la misma voluntad humana, en los proyectos y esfuerzos individuales que se entrecruzan y combaten, o en la malicia y estupidez de la mayor parte de los mortales”.

O quizá él tampoco me entendería. Es el esplendor del horror en lo sublime. A pesar de mis magulladuras, ese mismo día iré al concierto de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez. Los chicos disfrutan de la semana Académica: maestros vinculados con el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela FESNO-JIV visitan México, y comparten sus enseñanzas y experiencias con los jóvenes de la OSJCC.

Son dos días con programas diferentes. En mi desolación, este sábado sólo el primer movimiento de la Serenata para cuerdas de Tchaikovski me redime.

Al día siguiente, entre el público, al tenor Leonardo Villeda le comento que duelen más los golpes morales. Es curioso, Leonardo me confiesa que él también se ha caído, pero en unas escaleras. Allá en el escenario, los hijos de Leonardo ocupan sus puestos para integrarse a los números en los que su cuerda interviene hoy.

Bach o un dios caritativo me regalan el Tercer Concierto de Brandemburgo. Su primer movimiento, con la ágil bravura de un tema que atraviesa todas las cuerdas es un asombro en mundo que se distingue por lo perfecto de su barroco.

Rítmica No. 5 de Amadeo Roldán, con el ensamble de percusiones de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, bajo la batuta del maestro Gustavo Olivar hace las delicias de mi corazón. Gustavo Olivar rompe la cuarta pared y nos pone a aplaudir al tiempo de la percusión: es la magia de la rítmica, de la invitación del corazón a latir hasta que un día, cansado quizá de los horrores estentóreos del mundo, se detenga de improviso.


***

Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez

16 de octubre de 2010, 13:30 horas

17 de octubre de 2010, 18:00 horas

Conciertos de la Semana Académica. Con la participación de maestros de El Sistema (Orquesta Simón Bolivar de Venezuela) y los Bolivar Soloist.

Auditorio Blas Galindo

Centro Nacional de las Artes (Cenart)

domingo, 10 de octubre de 2010

Horacio Franco en el Casino Español

Enrique Arias Valencia

Para Eduardo Salceda, por la compañía.
Noche de luna nueva, jamás celebrada como ahora por serenata alguna, estoy frente a los reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía. Al frente de su imperecedera representación se ha montado el escenario, escena frente a escena, luz frente a luz, resonancia frente a resonancia. Me acompaña Eduardo, para escuchar a mi muy querida Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, ahora en el Salón de los Reyes, en el Casino Español de la Ciudad de México. Mudéjar, neoclásico, el medio punto de tres arcos trilobulados es toda una delicia.

Horacio Franco dirige sin batuta, pues todo él, el satín, la seda, es una señal de dirección la mano y el brazo, y hasta la cadera. Horacio desciende su grácil cuerpo para señalar el pianissimo, y se yergue orgulloso para marcar el forte. Dirige la Sinfonía en Re Mayor RV 122 de Antonio Vivaldi, y es el deleite el Allegro, la filosofía del Largo y la agilidad del Presto.

Tras el aplauso, Horacio se quita el saco para dirigir la Sinfonía en Re Mayor, Hob: 1:19, de Franz J. Haydn. El primer movimiento, Allegro molto, es una chispeante luz armoniosa. Pero Haydn me ha robado el corazón esta noche con sus movimientos lentos. Escucharé dos esta noche. El andante de la Sinfonía en Re mayor es una de las expresiones más acabadas de la serenidad y la reflexión. Si a Beethoven lo amo por sus allegros, a Haydn lo adoro por sus Andantes, por sus movimientos largos, sinuosos, llenos de filosofía y de amor al conocimiento. El Presto es un regalo extra.

Y es hora de que Horacio saque su instrumento, para dirigir la orquesta desde el solio, con su flauta en la boca. Es el Concierto en Do Mayor, P 78, para Flauta de pico, Cuerdas y Continuo, de Antonio Vivaldi. Allegro non molto, Largo y Allegro molto. Atilio estaría complacido de ver esta delicada reunión de tradición y tecnología, pues un discreto altavoz permite elevar la dinámica de la intensidad del volumen del instrumento barroco.

La Sinfonía en Re menor, Hob: 1:26 “Lamentatione”, de Franz J. Haydn es un monumento clásico. Tras el Allegro assai con spirito es la magia del Adagio. No deja de asombrarme cómo la lentitud es fuente de pasión, de vigor y de reflexión. Para esta vida tan frenética, el Adagio de Haydn es una invitación para descubrir que de la calma pueden salir las mejores cosas. Y llegamos a la forma ternaria Menuet-Trio-Menuet.

Horacio Franco ha tenido a bien reconstruir unos trabajos de Bach para presentarlos en forma sinfónica. Es así que escuchamos con gratitud el Concierto en Re menor para Flauta de pico y orquesta, basado en las Sinfonías de las Cantatas BWV 29, 35, y de la Suite BWV 997, por Johann S. Bach. El programa marca cuatro movimientos: Allegro, presto, Sarabanda y Presto.

Tras los estruendosos y muy merecidos aplausos, el encore es, me parece, el primer movimiento de la Sinfonía en Re Mayor de Haydn. Todas las obras las aplaudí de pie. Eduardo y yo nos asomamos al breve balcón. Necesitamos una cerveza. Acompañándola por una orden de tacos en el Salón Corona así termina la velada, creyendo haber visto por ahí la sombra de mi hermano…

Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez
Director y Solista: Horacio Franco
Segunda Temporada de conciertos 2010
7 de octubre de 2010, 20:30 horas
Casino Español, Salón Los Reyes
Centro Histórico, Ciudad de México

jueves, 25 de febrero de 2010

El retablo dorado

Enrique Arias Valencia

“Grítenme piedras del campo”.

Cuco Sánchez



Obertura mesozoica

Recuerdo haber visto la fotografía de una laja de roca en la que se preservan las huellas de un brontosaurio que es perseguido por un tiranosaurio. No deja de asombrarme saber que una persecución que sucedió hace varios millones de años quedó registrada en un fósil que puede admirarse cuando toda la especie de los seres que participaron en aquel prístino drama de la vida se ha extinguido por completo. Sin embargo, la estela se interrumpe antes de que podamos saber el desenlace. Sólo tenemos noticia del comienzo de la prehistórica cacería; la naturaleza ha jugado una pequeña chanza a nuestra curiosidad. ¿Logró el tirano devorar a su víctima?

Preludio contemporáneo

Estoy frente al retablo del templo de San Bernardino de Siena, en Xochimilco. Es uno de los pocos del más temprano barroco mexicano que aún quedan en pie. Me he enterado de que quizá fue elaborado en los talleres de Santiago Tlatelolco, al Norte de la Ciudad de México. ¿Cómo se cinceló en madera de dorado que quisiéramos imperecedero este prodigio de los altares?

Acto único: El cordonazo de San Francisco

El anciano escultor se desplomó sobre la figura de Cristo que había estado labrando durante toda la semana. Pero su atacante no tuvo piedad, y tras los azotes, de un cordonazo lo descalabró.

Violenta ironía, la sangre viva del artista se confundió con la sangre fingida de la imagen. Fue así como un Dios insensible, porque insensible es una escultura de madera, se hizo a imagen y semejanza del hombre que sufre, porque la carne es el repositorio de los pesares de la voluntad.

Fue entonces cuando el mayoral de los pintores, Agustín García, se decidió a denunciar ante el tribunal de la Santa Inquisición a su agresor. El indígena Agustín García contó con el testimonio de sus cófrades. Ante los jueces del Santo Oficio tuvo que comparecer el temible fray Juan de Torquemada.

Durante la audiencia se supo, como una sátira macabra, que el fraile había usado el cíngulo de amor de San Francisco para golpear al viejo artista.

¿Por qué Torquemada se ensañaba con sus trabajadores? Contra la regla cristiana de no trabajar el domingo, fray Juan de Torquemada, el tirano, obligaba a sus escultores a rendir jornada. Torquemada era el jefe del taller de Santiago Tlatelolco, y le habían encargado, entre otras obras, el retablo de Xochimilco.

El 13 de febrero de 1601, Agustín García no sólo se negó a trabajar, sino que se quejó de que la paga era nula y el trabajo extenuante.

Agustín García no acudió a la audiencia. Yacía en cama, intentando restablecerse de los chichones y azotes que había recibido, algunos de ellos en público. Esa era la regla, y no la excepción. En esos momentos de convalecencia recordó que, cuando niño, su abuelo le había hablado de un tiempo en el que los dioses de México aún vivían y para honrarlos se habían alzado fastuosos templos y se habían esculpido maravillosas imágenes. Tan contento estaba con el relato de su abuelo, que García quiso ser escultor, y en realidad, las primeras lecciones de su arte no las tomó de los evangelizadores, sino de los sabios toltecas que aún daban lecciones en el Calmécac. Ahora, Agustín García había denunciado a fray Juan de Torquemada. Por eso, muchas obras de la iglesia del siglo XVI tienen un discreto sello mesoamericano.

Coda. ¿Qué pasó?

El tirano y la presa. No podemos saber qué sucedió después, pues el documento del juicio está incompleto. De nuevo, la historia sólo nos permite saber el comienzo del proceso, mas no su culminación… O casi. Leemos en Wikipedia:

“Torquemada dirigió la construcción de retablos de Santiago Tlatelolco, Xochimilco y otros que fueron enviados a Michoacán y Oaxaca. En 1613, Juan de Torquemada ocupó el cargo de guardián del Convento de Xochimilco. Torquemada murió en Santiago Tlatelolco, en 1624”.

Si se trata del de San Bernardino, entonces conozco el retablo de Xochimilco, de dorado ennegrecido. Hace tiempo que el de Tlatelolco se deshizo, vencido por los rigores del tiempo. Dicen los entendidos que se conserva un fragmento.

Hasta antes de este año, yo nunca había entrado al templo católico de Tlatelolco, edificado con las piedras de las ruinas de la ciudad prehispánica que está algunos metros enfrente de Santiago. Tras el altar, he visto la desnuda pared. Sin duda su retablo era enorme, pues sabemos que abarcaba hasta el final del cuadrado ábside, en los bordes del techo.

¿Fue sancionado Torquemada por su comportamiento? ¿Sanó Agustín García sus heridas? ¿Volvió al trabajo? No sabemos qué sentenció el tribunal. Como en el caso de la laja del triásico o cretáceo, el registro está incompleto. El grito de la presa que huía se perdió tras el deslizamiento de las rocas. En cierta forma, el tirano cazador se salió con la suya.

Sin embargo, sí sabemos que alrededor de 1613, Torquemada había terminado de escribir la Monarquía Indiana, una obra que le valió ser reconocido como uno de los rescatadores de la antigua cultura prehispánica. Debido a ello, la primera vez que tuve noticia de su nombre su biógrafo le llamaba “humanista”. Un reconocimiento irónico, de metonímica sangrienta sorna, en vista de lo que he expuesto aquí. El evangelizador murió en la paz de Dios de 1624. Del infeliz García no sabemos nada. La vida de los pobres no puede registrarse, ni siquiera en una laja, para por siempre jamás gritar junto con las piedras del campo, las grandes injusticias de la vida.

Bibliografía

Para elaborar este artículo, he recurrido a la siguiente fuente:

Constantino Reyes-Valerio, Arte Indocristiano: Pintura y Escultura en la Nueva España. Hay versión web. Basta hacer clic en este enlace.

domingo, 8 de junio de 2008

Baroque



Música barroca: lleno de formas, pero sin forma.
Äriastóteles Lumínico