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viernes, 4 de julio de 2008

Eucaristía poética

Enrique Arias Valencia

Debo a mi tocayo el señor Rojas Gamboa el acertado contenido de las siguientes ideas, no obstante la forma, y por lo tanto los posibles errores doctrinarios, es mía.
Si la poesía consiste en vaciar de contenido un objeto, para vaciarlo en otro, dotando a ambos así de nuevos significados, luego entonces la eucaristía es poesía, pues se toman las especies del pan y el vino, objetos de la comida común, para dotarlos de un significado trascendente: hacerlos signos sensibles del misterio de la Encarnación.
El misterio de la Encarnación se presenta en la transubstanciación: los objetos dejan de ser lo que son, para pasar a ser el cuerpo y la sangre de Cristo que se ofrecen por todos nosotros.
Hace muchos años que no comulgo; tiempo ha que me he retirado de mi parroquia, y sin embargo, de vez en cuando no deja de conmoverme la forma en que se exponen las ideas en una Iglesia de la que hube de retirarme para gozar, así lo pienso yo, de mis procacidades libertarias.

miércoles, 25 de junio de 2008

Mahler, un músico de muy supersticiosa virtud

Enrique Arias Valencia


Yo moriré para vivir.
Gustav Mahler

Cuando Gustav Mahler compuso su Sinfonía trágica nuestro delicioso posromántico había pensado incluir tres golpes de martillo en el último movimiento de la partitura; pero al final, hizo lo que todo buen supersticioso hubiese hecho enfrentando una situación semejante: justo cuando los violines anuncian la tonalidad de La Mayor, el sabio compositor, raudo de corcheas, con decidido lirismo eliminó la tercera y fatal intervención del martillazo.

No olvidemos que entre los músicos, munícipes estéticos, el golpe del martillo es una metáfora sonora que nos manifiesta el insondable poder del destino. La figura del destino aparece en el universo polifónico a partir de que Beethoven compuso su Quinta sinfonía. Desde entonces, desafiar al destino que llama a la puerta se considera como algo muy peligroso, sobre todo porque Beethoven advirtió que lo hacía a cuenta y riesgo propios: “Lo tomaré del cuello y le daré pelea, no importa que al final me destroce”.

Mahler, más prudente quiso encarar al destino en pequeñito. Alma, la esposa de Mahler escribió: “En los Kindertotenlieder, al igual que en la Sexta, (Mahler) anticipó su propia vida en términos musicales. También él hubo de sentir los golpes del destino, y el último le derribó totalmente”. Al mencionar los Kindertotenlieder, Alma se refiere al hecho de que mientras su apasionado esposo componía esa obra, unas Canciones para los niños muertos,* ella tenía miedo de que el músico estuviese condenando a muerte a alguna de sus hijas; cosa que por desgracia, sucedió con la pequeña Mariana. Mahler nunca olvidó que Alma se lo había advertido.

Tras la fatal experiencia, el precavido Gustav Mahler decidió dejar de tentar al inescrutable destino, y en su Sinfonía trágica, a pesar de que en esta obra sombría el hombre es el gran derrotado, pareciera que no le va tan mal: gracias a un certero plumazo falta un martillazo estentóreo.

Tengo algo que confesarles sobre mi experiencia con la Sexta: la tarde del sábado 23 de junio de 2007 en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli se presentó esta obra, bajo la batuta de Enrique Barrios. Pues bien, durante la intervención, la luz se fue dos veces. Nunca antes me había tocado presenciar nada semejante, y juro por los dioses que de haberse ido la luz una vez tercera, me habría dado pánico. Por cierto que Barrios decidió jugársela con el destino, y a pesar de la inestimable corrección mahleriana la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México ejecutó la obra con los tres martillazos. Y entonces, la oscuridad. ¿Fatal coincidencia? Yo estoy seguro de que Mahler y su esposa dirían que no.


ADVERTENCIA: LA REPRODUCCIÓN POR TRES VECES DEL SIGUIENTE VIDEO ES POR CUENTA Y RIESGO DEL USUARIO:


* Gracias, Simbol, por la corrección del título de la obra.

jueves, 30 de noviembre de 2006

Teoría de la santidad restringida

Enrique Arias Valencia

Fue el inmortal Borges quien dijo que la teología es una rama de la literatura fantástica. Ahora me gustaría añadir que Dios es la mayor fantasía, mayor que la cual nada puede fantasearse.

Soy un ateo en busca de Dios, si bien a veces creo que Dios no existe; por eso supongo que la santidad en caso de existir, sería una característica humana. Es decir, pueden ser santos los humanos aunque no haya Dios.

¿Qué es la santidad? Es una manifestación de bondad que distigue a la persona que la practica.
No deja de sorprenderme el estilo literario de Benedicto XVI, quien en su primera encíclica Deus caritas est nos deleita con la idea de un Dios que es amor.
La encíclica incluye un tiempo para el buen humor, y su estilo ágil nos invita a profundizar en el aspecto amoroso de Dios.

“El epicúreo Gassendi, bromenado, se dirigió a Descartes con el saludo: «¡Oh Alma!». Y Descartes replicó: «¡Oh Carne!» Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma”.1

Esta unión inseparable del cuerpo y del alma llamada hombre vive la dimensión completa del amor. Benedicto XVI reconoce que:

“3. Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Digamos de antemano que el Antiguo Testamento griego usa sólo dos veces la palabra eros, mientras que el Nuevo Testamento nunca la emplea: de los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos”.2

Y si bien el Nuevo Testamento nunca emplea la palabra eros, Benedicto XVI nos conduce a un encuentro con el eros de Dios, el cual está unido con el agapé en una perfecta armonía:

“10. El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona”.3
En el párrafo anterior Benedicto XVI nos muestra la perla del cristianismo: el perdón. ¿Qué es el perdón? Al margen de la Encíclica que ahora nos ocupa, quisiera apuntar que perdonarse a uno mismo es un maravilloso Renacimiento; perdonar a los demás es una puerta hacia la paz.
Benedicto XVI demuestra un profundo respeto por las tradiciones precristianas y en lo que estas tienen de acertado sabe reconocer la semilla de verdad que contienen:

“Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre —aquello por lo que el hombre vive— era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor”.4
Muy bien: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”; ¿y cuál es el trato? Porque si hay amor hay una relación; ¿o no? ¿Y cuál es la actitud de Dios? Un silencio angustioso. Por eso, en un mundo tan neoliberal siempre me asalta esta pregunta: ¿Está Dios de más? Yo lo echo de menos. ¡Qué quieren que haga! Mi vicio es no creer en Dios, y sin embargo extrañarlo como a un amante muerto.
Es así que la santidad, en caso de existir es un asunto humano, y nada más, pero también, nada menos. Y en vista de que los seres humanos tenemos defectos y limitaciones, por lo tanto la santidad que yo anuncio es una santidad con defectos y limitaciones.

1) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 8.
2) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 6
3) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 14.
4) Benedicto XVI Deus caritas est, Arquidiócesis Primada de México, México, p. 17.