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miércoles, 15 de julio de 2009

Sacramento ante un ateo en San Agustín el Alto

Enrique Arias Valencia

Nos diste Señor el pan del Cielo,
que en sí contiene todo deleite.
Verso que se canta en la procesión


La visita del Santísimo Sacramento en San Agustín el Alto es todo un acontecimiento. Altivo, el ateo Atilio alega que hay esculturas de yeso del cristianismo que repugnan por su fealdad. Sin embargo yo, que me he atrevido a nadar en las nada claras aguas de la religiosidad popular, he llegado a vislumbrar una rara belleza en el burdo despliegue estético que acompaña a la fiesta en un barrio de pueblo. La familia Pérez Villanueva me recibe en su casa sin haberme visto antes. Vengo con los peregrinos. Al salir del hogar, una anciana me regala un dulce y un vaso de atole. Métrica ingenua, decepción del gusto, las canciones populares evocan un mundo bucólico, en el que las fuerzas que se enfrentan tienen colores que tan sólo advierten el blanco y el negro:

El Diablo está enojado, hay una razón,
el Diablo está enojado, hay una razón,
Cristo vive en mi corazón y mis pecados
son perdonados.


El monoteísmo, antesala del ateísmo, distingue el ontólogo de la materia. ¿Tiemblas osamenta? ¿No es para estremecerse cuando la devota ingenua se arrodilla y frente al Santísimo Sacramento del Altar exclama lacrimosa: “Quiero darte gracias por las dudas, las decisiones, las penas y las alegrías”? Es la misma fórmula que, algunas semanas atrás, mi consejera espiritual me sugirió hacer, invitación que me hizo retroceder horrorizado, pues algo hay de luciferino en mi espíritu, que se niega a ver la enseñanza de las penas. Quizá el pueblo sea más sabio que los ateos irracionalistas. ¿Cuáles son las razones para que el Diablo esté enojado? ¡Mientras no sea una razón atea! La razón tiene sentimientos que el corazón desconoce. Y que luzca en mí la azulada luz de Luzbel.

En los Cielos y en la Tierra
sea por siempre alabado
el corazón amoroso
de Jesús sacramentado.


Yo, el peor de los ateos. ¿Qué es más fea, una tristeza profunda e irremediable o “una grotesca figura a la que el pueblo adora y le atribuye poderes milagrosos”? Es el Jubileo 2009. En la mañana, he visto partir cantando a varios grupos de muchachos de la Parroquia de la Asunción, en Villa Milpa Alta. Su juventud garbosa porta el Santísimo Sacramento por las calles de un poblado pintoresco. Me dirijo a un cyber café para postear mi artículo “¿Ha dicho Reli… qué?”; y los he encontrado o han salido a mi encuentro cuando llegué al templo de San Agustín el Alto; tejado de barro, altar a un Dios desconocido. Son jovencitos ataviados de blanco, que con cantos y entusiasmo, anuncian el Jubileo. Sucede la escena de la anciana. Por gracia recibo mi bebida y mi alimento. Una bebé me sonríe desde los brazos de su madre. Por un instante, la Providencia, que por eso se llama así, entrega gratis todo. Mis necesidades afectivas son resueltas sin que yo haga el más mínimo esfuerzo por merecerlas. Al escuchar mi lamento de carencia y necesidad de amor, Dios me acepta tal como soy. Mi ateísmo irracionalista es un cristianismo mogollón.

Parto al monte de Santa Ana Tlacotenco. En lontananza, los volcanes me parecen infinitos. Alguna vez, el purpúreo trazo de la naturaleza fue reclamado por un Dios Creador y muy altivo. En un mirador están las últimas personas con las que tendré contacto durante la próxima hora. En uno de los extremos de la carretera, un joven de torva mirada aparenta realizar ejercicios calisténicos.

Entre los matorrales tomo un sendero y los trinos de las aves y el murmullo de lo que el oído me sugiere que es un arroyo lejano o las hojas de los árboles agitadas por el viento son la imagen y semejanza de mi única compañía.

En un paraje silencioso, noche de por medio, creo ser observado. Alzo la mirada, y en la cima de una colina, me sorprende la figura de aquel mozalbete que es casi un vagabundo. ¡Me había estado siguiendo, y al saberse descubierto, decide comenzar la cacería! Trato de huir, sin embargo, el joven tiene ventaja, pues domina el terreno desde arriba, y lo que a mí me cuesta diez zancadas, a él le bastan unas cuantas pisadas. El miedo me hace correr despavorido, y al alcanzar la carretera, intento detener un taxi, pero éste pasa rapidísimo. Debo ser todo un esteta o el más imbécil de los cursis, porque a pesar de mi desesperación, durante la persecución puedo escuchar con satisfecha curiosidad el donairoso crujido de las hojas secas que nuestros pasos pregonan jubilosos. Es todo un himno a la vida. En menos de un minuto llego donde la gente del mirador. El joven ya no me sigue. La misteriosa aparición del astuto bribón me recordó la de aquel furioso Cancerbero en Tlayacapan. Ambos me habían impedido avanzar hacia la naturaleza virgen.

Eterno retorno a Villa Milpa Alta. Después voy al mercado a cenar. Ahora que estoy a punto de regresar a la ciudad; también los he visto marchar de vuelta a la Parroquia de la Asunción de María. Son los chicos del Jubileo, aquellos a quienes seguí en su procesión, Santísimo en mano, la ropa blanca, la guitarra y el pandero. Aplausos y risas, canciones y gestos. En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche trata de explicarnos el fenómeno a partir de su metafísica de artista:

“Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica. Al igual que ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses”.


Pero, ¿qué puede la religión ante el embate de la ciencia? Las tres ocasiones que encontré a los jovencitos del Jubileo fueron meras coincidencias. Nada significan. Son cuestión de estadística. El Creador no juega a los dados con el Universo, dado que no hay Creador; antes bien, el universo mismo, si se me permite el desliz, juega un juego sin sentido ni finalidad. Si el azar no existe, tampoco existe la chiripa. Hay una razón que lo explica todo. La belleza misma es medible, cuantificable, explicable. Lo que hace el pueblo no es arte, es artesanía. El pueblo no tiene religión, tiene superstición. Dios se desploma como consecuencia de los movimientos de lo real.

Rebasado por las razones del ateísmo, y como nos lo hace notar el poeta Javier Sicilia, con su cruz convertida en un graffiti, nuestro Jesús en su postrer sacrificio se reduce a la nada, para consumir su alma transfigurada por última vez, y un instante antes de que su grito sea ahogado por el abrazo mortal de la razón, nos damos cuenta de que él también, como cada uno de nosotros, es, en palabras de la Madre Juana

la sombra fugitiva,
que en el mismo esplendor se desvanece.