domingo, 8 de marzo de 2009

San Lorenzo Tlacoyucan

Enrique Arias Valencia

¡Yo viví en Milpa Alta diez años, los mejores de mi vida, se lo aseguro! Mirándome con cara de pocos amigos, el viejo dejó de fumar su pipa, y agregó: “¿Y qué lo trae a usted a San Lorenzo Tlacoyucan?” Le extendí la mano y repliqué: “Vine a visitar al presbítero del templo, el Señor Cura Don Fernando G. Esquivel Juárez. Sí, ya sé que tratándose de un sacerdote su nombre es un tanto cuanto irónico, usted sabe, vivimos en el México del muy anticlerical Benito Juárez”… Tosiendo, el viejo volvió a soltar su pipa, y rió a carcajadas, tras lo cual sentenció: “¡Creí que el nombre le resultaba irónico por tratarse de un tocayo de Fernando G. Toledo, vuestra merced ya ha de estar enterada, el famoso ateo de Internet, quien se diferencia de su primo por ponerse sólo la G de Gabriel!”…

No lo dejé terminar. Su respuesta me dejó frío. “¿Conoce usted, al señor Toledo?” Le pregunté atónito. El viejo se quitó las botas y les dio un largo soplido. Una fugitiva nube de polvo salió en dirección contraria a nosotros. A continuación me tomó del brazo y me contestó: “Tanto como conocerlo en persona, no. Ya ve que en estos tiempos el mundo se ha vuelto muy pequeño, y muy ateo. Gracias a Internet ya sé visitar foros y conjugar verbos: ‘Yo soy ateo, tú eres ateo, él es ateo, nosotros somos ateos’. Nunca participo en ninguna discusión electrónica, pero desde aquí, desde mi parcela ejidal, defiendo el ateísmo como si de una trinchera se tratase”. Miré su seca y desolada tierra. En el tejado de su cabañita se asomaba una antena de conexión inalámbrica. A varios kilómetros de distancia, no se veía un alma, ni siquiera la nuestra, porque el alma no existe, eso ya lo sé muy bien. Aquí Pedro Páramo saldría de su confusión, seguro que sí. El viejo continuó con su interesante monólogo.

“¿Ha visto alguna vez el pequeño museo de idolitos mexicas que el Señor Cura se ha montado en su despacho? Es muy completo. Un día de mi lejanísima juventud, tras haber visto más de trescientas figurillas, no pude aguantarme las ganas y pensé: Seguro que al menos uno de estos pinches cabrones sí representa al verdadero Dios. ¡Son muchísimos y muy variados! ¡Cuánta imaginación tenían los mexicas! Por estadística, de existir Dios, está en una de las vitrinas del despacho del Señor Cura. Cuando se lo conté a doña Macuquita, la cruel viejita fue a exigirle al Señor Cura que me excomulgase. Yo me reía mucho, pero cuando vi a los macheteros afilando sus instrumentos, tras salir de una asamblea donde la Macuquita, harto me asusté. Desde entonces no me paro en la iglesia”.

Rete bonito que se ve el Teuhtli desde aquí, ¿verdad? Son fregaderas eso de que en las fotos salga así, pequeñito. Es un volcán en escudo, soberbio y majestuoso. (El viejo era un convencido enamorado del paisaje milpaltense. Chupó con nostalgia su pipa). En ese momento nos interrumpió un niñito desnudo, que al acercársenos comenzó a gritar: “¡Nican Mopohua!”, y se echó a correr. El viejo se quitó el cinturón, y dijo: “¡Nieto miserable, mas ahorita vas a ver!” Pero el niño trotaba feliz como un corcel endemoniado entre el deslucido maizal, y el pesado abuelo no pudo darle alcance.

El viejo se sonrojó: “Usted disculpe, estos niños creyentes de hoy no saben darnos buen ejemplo a los ateos de ayer. Richard Dawkins nos la pone fácil. Dice que no hay que hablarles de Dios a los niños. Yo nunca les hablé de Dios a mis hijos, pero aquí en el campo se les aparece por todos lados. Lo ven en las nubes, en la lluvia, en los maizales, en la tierra, en el Sol, en la Luna. Debe ser cosa de nuestros antepasados indígenas, porque un día hasta yo creí verlo, y tuve la imprudencia de despertar a mi nieto al amanecer: ‘¡Mire, Henry, qué bonito está el cielo! ¡Para mí que así es Dios!’, le dije emocionado, porque las nubes estaban aborregadas, rosa del amanecer. Yo lo decía en sentido metafórico, digamos poético, porque se veía muy bonito el firmamento, era Cosmos y no caos; no que en la iglesia le ponen a uno una estatuilla de San Martín de Porres. Pero debo de ser muy mal poeta, porque mi nieto ya no terminó de escucharme; rasgó sus vestiduras, se arrojó un puño de tierra en la cabeza y salió a buscar a Dios”.

El chamaco dice que lo encontró en la lengua. Vuestra merced sabe, aquí en Milpa Alta la lengua es muy importante. A mi nieto se la enseñaron en el Calmécac, el edificio donde se preservan las vetustas enseñanzas de los naturales de estas tierras. Por eso mi niño no se cansa de repetir:

Nican mopohua, motecpana,
in quenin yancuican
hueytlamahuizoltica monexiti
in cenquizca ichpochtli
Sancta Maria Dios Inantzin
tocihuapillatocatzin, in oncan Tepeyacac,
motenehua Guadalupe.


“¡Hasta se lo sabe completo! Los jóvenes son tan cándidos. Vuestra merced perdone, Don, pero ya ve qué irreverentes son los chiquillos de hoy. No saben respetar a sus mayores. No crea que mi nieto está siempre así de alebrestado; también sabe ser melancólico, y entonces se pone a repetir la frase: ‘Algún día’ con la mirada casi vacía. Y agarra una cara como la de un comediante que me pareció haber visto en YouTube. Yo cuando lo veo así, no sé porqué pienso que todos nosotros sólo somos reflejos de personas que viven en un universo paralelo a éste, algo así como los multiversos dichosos de Richard Dawkins. Hasta el Señor Cura Fernando G. Esquivel, de este pueblo de Tlacoyucan, debe tener su contrapartida en algún universo paralelo, muy cercano a éste. O quizá, en cierto nivel, usted, mi nieto y yo sólo seamos personajes de una historia mal contada. ¡Quién sabe! Pero no me haga caso su merced, que estas últimas sólo son figuraciones mías, y nada tienen que ver con mi ateísmo racionalista.

Cuando se enteró de la conversión de mi nietecito, doña Macuquita se ofreció a ser madrina de primera comunión del escuincle. Su servidor no asistió, porque como ya le digo, yo no me aparezco en la iglesia por temor al linchamiento. Y eso que en la fiesta no faltó el estridentista que gritara: ‘¡Viva el mole de guajolote!’ Con lo que me gusta el mole. El platillo lo trajeron del pueblo de San Pedro Atocpan, ansina allá, tras lomita”.

A decir verdad, no creo que al viejito lo linchen por ateo. Aparte, a mí me asombra que su nieto se sepa de memoria un discurso en náhuatl, aunque la queja del abuelo es que se trata del texto que narra las apariciones –supuestas apariciones, Dawkins y amigos Dixit– de la Virgen de Guadalupe, la Señora del Cielo quien, si me permiten un fragmento en una pasadera traducción versificada, sabremos que a Juan Diego aseguró:

Sábelo bien, tenlo por cierto,
hijo mío, tú el más pequeño,
que yo soy la Virgen perfecta
siempre Casta, María santa.

Cauce del verdadero Dios viviente
de la Causa cabe quien está todo,
sábelo bien que es mi vivaz retoño,
estampa fiel de aquel por quien se vive.

El autor del mundo y de su asunto,
Causa de las personas, en conjunto
el dueño en voluntad del firmamento,
Señor del cerca y dueño del junto,
y del Orbe terrestre, soberano dueño.

Por eso es, ahora te digo
que mucho, quiero
que mucho deseo
que aquí, elevado cerro
bien pronto levanten
mi casita bienaventurada.
Mi sagrada ermita,
mi templo, mi casa.


Quizá ni el viejo, ni yo, ni nadie tenga la más remota idea de lo que es “El Dios del cerca y del junto”, pero este nombre siempre me conmueve. ¡Es tan mexica! Acusa al Dios que está en este mundo, muy cerquita, casi una ironía. ¡La ironía del nombre! Con G de God, con G de Guadalupe, con G de Fernando Gabriel. Yo también me diferencio de “otro” Enrique Arias Valencia por una G; pero en este caso él la tiene y yo no, su nombre, por exceso del mío es Gerardo Enrique Arias Valencia, y es político. Ignoro si somos parientes.

Sé que muchos mexicanos estamos decepcionadísimos de Dios, pero la Virgen de Guadalupe es otro asunto. Su imagen es sagrada por misteriosa, arte del Nahui Ollin, cuatro rumbos del Orbe terrestre, proporción de oro, regalo de rosas. Muchas cosas más platicamos el abuelito y yo mientras los cohetes de la fiesta del pueblo interrumpían con sus devotos chirridos nuestras muy ateas voces. Cuando me despedí del anciano, el Sol ya era poniente. Y eso es lo que aproximadamente significa Tlacoyucan: donde se pone el Sol.

Ocaso de los dioses, sonrisa de la Virgen, feliz domingo para siempre, amén.

2 comentarios:

maxcourrech dijo...

Que onda cacho, leí tu articulo y aunque es interesante, perdió la magia de lo que hiciste en Tlayacapan y no se porque esa magia se fué.

Te sugiero que revises que es lo que hiciste entonces y vuelvas a lo básico, porque muchas veces es indispensable volver a lo básico.

Äriastóteles Lumínico dijo...

Así es Max. Por eso a este artículo ya no lo titulé. "La magia de San Lorenzo Tlacoyucan", sino simplemente puse el nombre del pueblo. Sin embargo, sí me sucedieron cosas mágicas, que quizá sentencie en otro artículo.