martes, 23 de junio de 2009

Nuevo milagro de un dios chipocludo

Enrique Arias Valencia

La joven madre se ha establecido en un nuevo lugar. Su hijo varón está a su lado. En el rebozo de la señora está oculta la bebé, pues es así como discretamente, es amamantada. Al reconocer a la familia, me acerco a comprarle un dulce de amaranto. Será la única alegría que me acompañe.
Al pagar, de pronto, la bebé se revuelve en el rebozo, y tras lanzar un gruñidito, logra destaparse. Me mira seria, me mira atenta, me mira en silencio. Viste el mismo mameluquito amarillo de la vez pasada. ¿Sabía que yo estaba ahí y por eso se descubrió?
Me sorprende tanto lo que ha sucedido, me alegra tanto verla que comienzo a reír a carcajadas. El hermanito de la niña ríe conmigo.
Les lanzo un saludo y me retiro, con mi dulce de alegría en la mano, y una sonrisa en el corazón.

2 comentarios:

Chelo dijo...

Literal: te venden alegría, tú compras alegría. Los chilangos no no hemos percatados que de tener ojos más grandes obtendríamos alegría al comprar amaranto. Abrazos

Äriastóteles Lumínico dijo...

Genial observación, Chelo.