lunes, 6 de julio de 2009

Una despedida del dios chipocludo

Enrique Arias Valencia

El chico que vende libros en un puesto callejero juega con el hermanito de la bebé. Al lado, la madre y su hija juegan. El pequeño puesto de dulces mexicanos consiste en alegrías de amaranto, obleas de miel y palanquetas de cacahuate. La bebé ríe, la madre frota su nariz en el rostro de la niñita. De pronto, el librero me comenta que la señora parte para Oaxaca.
La señora coloca en su espalda a la bebé, quien sigue riendo. La envuelve en su rebozo, y se retira. Es así como de nuevo, me quedo solo.

2 comentarios:

Atilio dijo...

Te quedaste solo en relación a ellos.
Pero todavía están todos los demás, conocidos y por conocer, y el recuerdo de la madre y la hija.

Äriastóteles Lumínico dijo...

Genial y sutil. ¡Tu comentario me ha hecho saltar de alegría!
Un abrazote