jueves, 12 de febrero de 2009

200 años de Darwin


Enrique Arias Valencia



Creo que fue cuando estaba en tercer año de primaria. En casa de una tía descubrí un libro sobre animales prehistóricos. Mi tía Graciela me prestó el libro. Al leerlo, los dinosaurios me encantaron. Ulteriormente, mis padres me compraron varias bolsas de juguetes de dinosaurios. Una vez, estando yo enfermo, mi madre y mi hermano me regalaron un dinosaurio de felpa. Luego fue conocer la idea de la evolución del hombre, y de inmediato la admití. Algunos años después leí El origen de las especies. Darwin marcó mi vida. Hoy en día, a Darwin se le quiere hacer pasar por una de las banderas más fuertes del ateísmo, a pesar de que la postura de la Iglesia Católica no es desfavorable al darwinismo.


La actitud de la Iglesia Católica con respecto a la evolución de las especies habla muy bien de la madurez espiritual de sus jerarcas, quienes en 1947 admitieron el carácter metafórico del libro del Génesis.



"La teoría de la evolución de Darwin, el darwinismo fue mal entendida en su tiempo, si se excluye a la comunidad científica, que en seguida comprendió la naturaleza y los alcances de la gran síntesis darwiniana, y la aceptó. Pero el clero, con el arzobispo de Oxford, Samuel Wilberforce, a la cabeza, optó por una posición beligerante y por la defensa a ultranza de las explicaciones bíblicas sobre el origen del hombre y, en general, de las especies. Ciertamente, el relato del Génesis quedaba reducido a un sentido puramente metafórico (como así lo aceptó la Iglesia católica en 1947) y se hacía muy difícil sostener su carácter histórico literal".1



En este mismo asunto el entonces cardenal Ratzinger escribió en una de sus homilías de semana Santa una consideración entre las relaciones entre la Biblia y la ciencia. Es así que Joseph Ratzinger afirma que no hay discrepancia entre la fe y la ciencia, y por lo tanto no hay divergencias entre el dogma de la Creación y la evolución biológica. En concreto, dice el hoy papa Benedicto XVI:



"Los espíritus más reflexivos ya hace tiempo que reconocieron que aquí no hay un «o esto o lo otro». No podemos decir: creación o evolución. La fórmula correcta tiene que ser: Creación y evolución, pues ambas cosas responden a sendas dos preguntas".2



Por lo tanto, en lo que respecta a la evolución biológica y la Iglesia católica no hay discrepancia entre ciencia y fe.



No obstante, yo no dejé de creer en Dios porque el hombre descienda del mono. Yo dejé de creer en Dios por el estado moral del mundo actual, y no por lo que sucedió hace un millón de años. No me malinterpretéis. Lo que me desagrada no es la supuesta inmoralidad de las personas, pues cada quien puede hacer de su vida lo que quiere, sino la inmoralidad del sistema, el cual acarrea todo ese sufrimiento sin sentido que tenemos que padecer los seres humanos, y que pareciera que bien pudiese evitarse: guerras, hambre, peste y muerte. Aunque en realidad, han sido mis experiencias personales las que me han llevado a descreer en el Creador: poco dinero y muchas ilusiones rotas.



Uno de mis tropezones más terribles con respecto a Darwin fue cuando alguna vez, preguntándome qué es el hombre, me aventuré a decir: "¿Un grumo de proteína que tan sólo por azar, evolucionó hasta convertirse en un Homo sapiens?" Debo retractarme y admitir que no, la evolución por selección natural no sucede por azar. Por eso, me parece que uno de los mejores homenajes a Darwin está en conocer y divulgar su teoría de la selección natural. Richard Dawkins en Escalando el monte improbable estableció una excelente explicación sobre porqué la selección natural no es un juego de azar. Paul Davies recoge y glosa a la breve la idea en El quinto milagro:



"Richard Dawkins ha resaltado que, aunque las mutaciones individuales son generalmente aleatorias, la selección natural no lo es en absoluto. La selección elimina a aquellos organismos menos favorablemente adaptados, lo que inevitablemente impulsa una tendencia en la dirección de una mejor adaptación. Pero mejor adaptación puede o no implicar una complejidad creciente. La definición de "organismo mejor adaptado" variará de un caso a otro, dependiendo de las circunstancias ambientales cambiantes. No hay un "mejor ajuste", ninguna adaptación óptima, ni ningún "objetivo" final predeterminados hacia los que la selección natural dirige a la evolución. Cualquier direccionalidad en la adaptación implica probablemente un proceso de ajuste temporal, y no forma parte de una tendencia global".



A doscientos años del nacimiento de Darwin, el milagro de su teoría nos reúne al propio Darwin, a Ratzinger, a Dawkins, a Davies y a mí. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a admitir que la existencia del hombre no se debe a un juego de azar, pero que sí es resultado de la selección natural?


1 Faustino Cordón apud. Charles Darwin, prólogo a El origen de las especies, Madrid, Sarpe, 1983, trad. Aníbal Froufe, p. 17.


2 Joseph Ratzinger, En el principio creó Dios. Consecuencias de la fe en la creación, Valencia, EDICEP, 2001, trad. Salvador Castellote, p.68.

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